El general Domingo Sifontes y la defensa del Cuyuní
El 9 de enero de 2024, ciento doce años después de su muerte, los restos del general Domingo Antonio Sifontes entraron al Panteón Nacional. Para la mayoría de los venezolanos fue un nombre rescatado del olvido; para Guayana nunca dejó de estar presente: el municipio del estado Bolívar cuya capital es Tumeremo lleva su nombre. Su historia —la del hombre que en 1895 plantó cara al Imperio británico en el río Cuyuní— la contó su propio nieto, Horacio Cabrera Sifontes, en el libro El abuelo, publicado en 1988 y reeditado en 2024 por la Fundación Editorial El perro y la rana con motivo del traslado al Panteón.
El llanero intelectual
Sobre su nacimiento las fuentes no se ponen de acuerdo, y es honesto decirlo: el libro de su nieto lo hace nacer en 1834 en el hato La Carata, cerca de Tumeremo, fundo de la familia desde tiempos de su padre, Manuel Antonio Sifontes; el estudio crítico de la edición de 2024, citando a la historiadora Hildelisa Cabello Requena, lo sitúa en cambio en Cantaura, en el actual estado Anzoátegui, de donde la familia habría emigrado a las sabanas guayanesas. Lo que nadie discute es el retrato: un ganadero criado a caballo entre Tumeremo y el Yuruari, pero de sólida cultura, buena letra y redacción precisa —su nieto lo llama «el llanero intelectual»—, en una comarca donde el oro de El Callao había traído imprentas, periódicos, bibliotecas familiares y hasta hijos de hacendados educados en Trinidad, Londres y París.
En la Guerra Legalista de 1892 fue jefe del Estado Mayor de la División Roscío y peleó en la batalla de Buena Vista de Orocopiche, que abrió a los legalistas las puertas de Ciudad Bolívar. El presidente Joaquín Crespo, agradecido, le obsequió una espada de honor y le ofreció cargos que Sifontes fue rechazando uno a uno, hasta aceptar el único que le interesaba: la Comisaría de Fronteras del Cuyuní, de la que tomó posesión el 2 de marzo de 1894.
El Dorado, frente al puesto inglés
Para entender lo que siguió hay que recordar la vieja herida: desde que Gran Bretaña compró a Holanda las colonias de Demerara, Berbice y Esequibo en 1814, sus mapas fueron corriendo la frontera hacia el oeste. El agrimensor Robert Schomburgk trazó una línea cada vez más favorable a Londres, y detrás de los mapas venían el oro, el balatá y los pastos que la colonia necesitaba. Para 1894, una «Estación de Policía del Yuruán» británica operaba en plena confluencia de los ríos Cuyuní y Yuruán, en territorio que Venezuela consideraba suyo.
La respuesta de Sifontes fue fundar un pueblo justo enfrente: El Dorado, sede de su comisaría, comunicado por telégrafo con Guasipati. Durante todo 1894 el inspector británico Douglas Barnes exigió por carta el desalojo de los colonos venezolanos de la margen derecha del río, y anunció que tomaría posesión del terreno el primero de enero de 1895.
El incidente del Cuyuní
El 2 de enero de 1895 la policía británica cruzó el río, arrió la bandera venezolana e izó la suya a la vista de la guarnición. El capitán venezolano Andrés Avelino Domínguez cruzó a su vez, capturó al inspector Barnes y al subinspector Baker, arrió el pabellón británico y volvió a izar el venezolano. Los prisioneros fueron remitidos a Ciudad Bolívar. Sifontes, que estaba enfermo en Tumeremo, llegó días después, instruyó el sumario y pagó de su propio bolsillo los daños que alegaban los ingleses, para no dejarles ni el derecho a la queja.
Mientras el gobierno de Crespo, presionado, ordenaba liberar a los detenidos, desde Demerara subió una expedición punitiva —treinta policías y cincuenta remeros armados al mando de Michael McTurk, con el objetivo declarado de tomar Tumeremo—. Sifontes no esperó órdenes: movilizó a los hacendados y peones de la comarca, que derrotaron a la vanguardia británica en Súa-Súa. McTurk escapó herido río abajo. Cuando Estados Unidos, invocando la Doctrina Monroe, medió para dar el episodio por cerrado, Sifontes aceptó en la legación americana no volver a hablar del asunto, no sin antes advertir: «pero si vuelven, los matamos a todos». Poco después, sin autorización de nadie, cruzó el río e hizo arder hasta los cimientos el puesto policial británico. Los ingleses no regresaron a ese punto.
El precio de la osadía
Venezuela pagó una indemnización de 1.500 libras esterlinas; el capitán Domínguez terminó enjuiciado y prófugo; y Sifontes fue destituido de la comisaría que había servido pagando gastos de su bolsillo. Ni el presidente ni el ministro lo recibieron en Caracas. Su defensa la hizo él mismo, por escrito: un folleto impreso en Ciudad Bolívar en 1895, El Incidente del Cuyuní, y una carta al director del diario El Tiempo rebatiendo el informe que Barnes había publicado en Londres, documentos que la edición de 2024 rescata como anexo.
Aquel diciembre de 1895, la Gran Manifestación Antiinglesa recorrió Caracas el día de Navidad con oradores en cada plaza; Sifontes asistió como un observador silencioso. La disputa de fondo terminó cuatro años después en el Laudo Arbitral de París de 1899, donde Venezuela —representada por Estados Unidos, sin voz propia— perdió la inmensa franja en litigio. Décadas más tarde, el abogado Severo Mallet-Prevost, miembro de aquella defensa, dejó una carta póstuma denunciando que el laudo había despojado a Venezuela de un territorio sobre el cual, escribió, Gran Bretaña no tenía «la menor sombra de derecho». La controversia sigue siendo, más de un siglo después, un asunto abierto entre los dos países.
Enero de 1912, El Callao
El general murió en El Callao en enero de 1912, a los 78 años, acompañado de su familia y de su amigo el conde Cattáneo, que le hacía sonar en el fonógrafo un aria de Tosca. Guayana le pagó la deuda a su manera: con el nombre de un municipio. La República tardó 112 años más.
Sobre el libro y las fuentes
Esta crónica es un resumen original basado en El abuelo. Vida y ambiente del general guayanés Domingo A. Sifontes, de Horacio Cabrera Sifontes (Ediciones Centauro, 1988; reedición de la Fundación Editorial El perro y la rana, 2024). El libro puede adquirirse aquí. En este sitio, Américo Fernández ha escrito sobre Domingo Sifontes y sobre el propio libro de Cabrera Sifontes.
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