Los primeros cines de San Félix y Puerto Ordaz
Escrito por Alfredo Calzadilla Tessari en la Revista Guayana Moderna Año 4. N° 4 2016 de la Universidad Católica Andrés Bello Extensión Guayana
Resumen
El presente artículo presenta una narración distinta a la historia contada desde lo industrial; reconstruyendo la memoria colectiva referida a las salas de cine de Ciudad Guayana, muestra otra perspectiva del desarrollo de la ciudad y del modo de vida de sus habitantes. Aborda parte de la historia de los espacios de exhibición que aparecieron en los territorios que hoy conforman Ciudad Guayana durante el período de tiempo que va desde 1928 hasta 1955; tomando como punto de partida la primera proyección cinematográfica recordada en San Félix (1928) y como punto de llegada la inauguración del primer cine formal en la nueva ciudad de Puerto Ordaz (1955). La información se obtuvo a través de entrevistas personales con quienes estuvieron vinculados a ellas, complementadas con otros documentos e investigaciones previas que versan sobre la ciudad. En la memoria colectiva persiste la idea de que aquí no había otra cosa para hacer que ir al cine; a pesar de que existían otras actividades recreativas como clubes de lectura, de baile y torneos deportivos, el cine se mantenía como una actividad cultural de encuentro importante. Es posible que esta creencia tenga que ver con el hecho de que otros medios de comunicación, como la radio y la televisión llegaron con demasiada demora; la primera emisora radial se instala en 1966 y la televisión llega en 1972 con señal en diferido, por lo que el cine fue el rey en cuanto a entretenimiento de medios de comunicación. Incluso en la actualidad, ir al cine sigue siendo una de las principales actividades recreativas de diversos grupos de guayacitanos. Iniciativas de ciudadanos que buscan el rescate de espacios “soñados” como el cine del Centro Cívico, a más de 50 años de su fundación, son una muestra palpable de la importancia conferida a esta actividad.
La historia de Ciudad Guayana se ha construido, sobre todo, mirando su desarrollo industrial y el impacto que la actividad de las empresas básicas ha tenido sobre sus habitantes y el resto del país. Una historia que da fe del impulso económico de este llamado “polo de desarrollo”, “la alternativa no petrolera” de Venezuela. Una ciudad industrial erigida en medio de imponentes bellezas naturales, enclavadas en la confluencia de los ríos Orinoco y Caroní.
Sin embargo, cabría la pregunta, ¿son las dinámicas económicas e industriales las únicas que merezcan relatarse como nuestra “historia de ciudad”? Sería necio negar que han sido el génesis y motor de lo que sucede aquí en Ciudad Guayana. La pregunta apunta más a poner sobre la mesa aquellas dinámicas que han definido nuestro estilo de vida; y también, los lugares en los que se han desarrollado esas dinámicas, además de las empresas.
Maurice Halbwachs, sociólogo francés que ha dedicado gran parte de su obra al estudio de la memoria colectiva, propone que los espacios físicos donde nos desenvolvemos como sociedad y las imágenes que guardamos de ellos son tan importantes como las cosas extraordinarias que han sucedido en esos espacios. No se refiere solo a la interacción obvia entre las personas y los lugares, edificaciones, cosas materiales, sino al significado que genera tal interacción que termina creando vínculos entre quienes conforman determinado grupo social (1968, pp. 131-134).
Cuando ese conjunto de imágenes y recuerdos conservados por el grupo sea una familia, miembros de una comunidad o habitantes de un país, son también transmitidos hacia otros espacios geográficos y otras generaciones, podemos decir que se va conformando la historia de dicho grupo. Bernard Lewis clasifica la historia en 3 tipos: La “historia recordada” sería la que permanece en la memoria colectiva de la gente, transmitida generacionalmente o escrita de alguna manera. La “historia rescatada”, que sería la reconstrucción de hechos, personas o ideas que por alguna razón han quedado fuera de los recuerdos de un grupo social y que se “rescata” por medio de investigaciones académicas o arqueológicas. Por último, estaría la “historia inventada” que puede inventarse literalmente con algún objetivo particular, o puede ser producto de posibles imprecisiones en los recuerdos e interpretaciones de ciertos eventos (1976, p. 5) (1).
Cuando el Instituto de Investigaciones de la Comunicación de la Universidad Central de Venezuela (ININCO) estudiaba la posibilidad de crear un sistema de radiodifusión educativa en Ciudad Guayana a finales de la década del 70, registraba en su informe 12 salas de cine entre San Félix y Puerto Ordaz; un par de esas salas tenían más de 20 años funcionando y habían sido referencia importante de la vida social y cultural de nuestras ciudades. Sin embargo, más allá de ese informe no hay mayor registro sobre esas salas. Si hacemos un sondeo rápido entre los habitantes de Ciudad Guayana con edad para recordarlas, la mayoría nombrará vagamente unas 3, posiblemente 4; las salas de cine de nuestra ciudad han quedado relegadas, sobreviviendo solo en el recuerdo de quienes las frecuentaron en su momento. Así, los más jóvenes no conservan registros de las salas que existieron antes de ellos. Solo los abuelos recuerdan, algunos con más lucidez que otros.
La falta de registro para las generaciones más jóvenes se agrava cuando los espacios en los que funcionaron estas salas ni siquiera existen en la actualidad; con esto no queremos significar que se les han dado otro uso a los locales, es que en algunos casos se demolieron los locales y nada se ha erigido en sus lugares. Sumados, la no-convivencia de espacios entre generaciones y la ausencia de material registrado sobre estos espacios dificultan la conciencia de una historia común, que nos ayude a conformar esa identidad guayacitana (sea habitante de San Félix o Puerto Ordaz), esa historia común que a menudo reclamamos.
(1) A este respecto encontramos el experimento de Wade, Garry, Read y Lindsay en 2001, en el que luego de mostrarle a unas 20 personas 4 fotos de su infancia, entre las cuales una era un montaje mostrando una escena que nunca había sucedido, aproximadamente la mitad de ellos afirmó recordar tal evento, y podían incluso describir sensaciones. Esto viene al caso de los riesgos de la historia que se escribe con testimonios orales, a la luz de recuerdos lejanos, que nadie se había interesado en rescatar, y que luego de tanto tiempo podrían confundirse con otros recuerdos, incluso épocas. El artículo publicado por Psychonomic Bulletin & Review está disponible en http://web.uvic.ca/~slindsay/publications/2002WadGarReadLind.pdf
Yosef Yerushalmi sostenía que “un pueblo ‘olvida’ cuando la generación poseedora del pasado no lo transmite a la siguiente, o cuando ésta rechaza lo que recibió o cesa de transmitirlo a su vez, lo que viene a ser lo mismo” (2010). Pudiera uno preguntarse, ¿en qué momento la gente de la ciudad decidió que las salas de cine eran prescindibles en nuestra historia local? Por vía contraria, la pregunta podría ser la siguiente: ¿Por qué deberíamos recordar la historia de las salas de cine en Ciudad Guayana? Las respuestas podrían ser muchas, comenzando por el antojo y la buena gana de rememorarlas. Particularmente, siendo la proyección de películas la primera (y por algún tiempo, la única) actividad de entretenimiento planificada de Puerto Ordaz, sugiere que alguien le dio la suficiente importancia como para que valga la pena recordarlo; y no sería erróneo decir que ir al cine sigue siendo una de las principales actividades recreativas de los guayacitanos, a pesar de que contamos con tan solo un establecimiento multiplex. En el caso de San Félix, más antigua, al momento de la fundación de Puerto Ordaz en 1952 ya tenía 3 salas de cine.
También podríamos tomar la posición de Halbwachs cuando plantea que si los objetos (que pueden ser las salas de cine, en nuestro caso) nos recuerdan los modos de vida común a ciertos grupos, “y cuando analizamos este conjunto, cuando nuestra atención se centra en cada una de sus partes, es como si disecásemos un pensamiento en que se confunden las aportaciones de diversos grupos” (1968, p. 132). Podríamos entender que reconstruyendo la memoria colectiva referidas a las salas de cine de Ciudad Guayana podemos también ver ese desarrollo de la ciudad y el modo de vida (en parte) de sus habitantes a través de ellas. En otras palabras, ver la ciudad desde de los espacios de exhibición cinematográficas, para aportar otro punto de vista al ya conocido enfoque “industrial” de nuestra historia.
En estas páginas se expondrá parte de la historia de los espacios de exhibición que aparecieron en los territorios que hoy conforman Ciudad Guayana durante el período de tiempo que va desde 1928 hasta 1955; tomando como punto de partida la primera proyección cinematográfica recordada en San Félix en la primera fecha, hasta la inauguración del primer cine formal en la nueva ciudad de Puerto Ordaz en la segunda. Los relatos de las historias de estas salas es producto, primordialmente, de la memoria de quienes estuvieron vinculados a ellas de alguna manera, y fueron obtenidos a través de entrevistas personales: Carlos Bello, hijo de Don Enrique Bello y vecino del Cine Fénix, Carmen “Cachicha” Rivas, hija de Manuel Rivas, quien fue dueño del Cine Piar, Héctor Núñez, proyeccionista del patio de la Orinoco Mining Company, Rafael García, cartelista y proyeccionista del Cine Principal, y Homero Hernández, cronista popular de San Félix. Estas memorias se contextualizan con otros documentos e investigaciones previas que versan sobre la ciudad, algunas que exploran igualmente otros fragmentos de la memoria colectiva de Ciudad Guayana, no referidos necesariamente a las proyecciones cinematográficas, sin embargo, hacen alguna mención a dinámicas de la ciudad que se convierten en visiones complementarias de esta investigación.
La vieja ciudad de San Félix
El cine, como actividad no sólo de recreación sino también comercial, tuvo una considerable importancia en el pueblo de San Félix de primera mitad del siglo XX. Inicialmente fundada como Puerto de Tablas, su importancia no solo venía por ser la salida de la producción del sur del estado Bolívar que surtía mercados antillanos y europeos, tanto de la minería aurífera y el balatá como también de ganado y cueros. Es acaso por este tráfico naviero, que llega a ser bastante movido, incluso desde la segunda mitad del siglo XIX, según cuenta Leopoldo Villalobos en su libro “Santo Tomé de Guayana: Historia y Desarrollo”, que muchos pobladores y comerciantes, tenían más contacto con las tendencias europeas que con el resto del país (como se citó en Viera, Rincones y Pérez, 2006). Sin embargo, esta misma cualidad de puerto no hizo que San Félix se asentara como un núcleo urbano en crecimiento. No es sino hasta el descubrimiento del Cerro El Florero en 1926 (posteriormente llamado Cerro El Pao) cuando la mirada del país comienza a dirigirse hacia esta zona, viéndola como un polo de desarrollo económico de grandes expectativas; además de los planes de explotar la cuenca del río Caroní con proyectos hidroeléctricos.
Entonces, comienzan a aparecer pequeños grupos de poblaciones más estables, migraciones de familias que venían del interior de Bolívar, como Upata, Guasipati, El Callao y también de Margarita, Cumaná, Maturín, que se convirtieron en esa élite de comerciantes que harían de San Félix una ciudad promisoria. Una de las actividades comerciales y sociales de esos años fue precisamente el cine. Aunque de visos caseros, los primeros, y luego más formales, la calle Orinoco fue la preferida para instalar estos primeros espacios de exhibición. Desde una proyección de una noche en el negocio de Enrique Bello hasta un cine a orillas del río. Lamentablemente no quedan muchos registros formales de estos, y los pioneros ya no viven para contarnos de primera mano los detalles. Quedan los hijos y las personas que vivieron, al menos, una parte de la historia posterior. En este artículo se deja registro de sus memorias, recogidas más que todo a través de sus testimonios orales, y a través de ellos ver cómo la dinámica de la calle Orinoco del centro de San Félix hizo que surgieran y también acabaran esas salas de cine.
La calle Orinoco
La calle Orinoco es la primera del “centro” de San Félix, más cercana al río, y va desde la esquina inferior del Edificio de la Alcaldía de Caroní (este) hasta que se conecta con la Avenida Bolívar (oeste), que recorre lo que hoy es el Malecón de San Félix. Si encomillamos la palabra “centro” es porque debemos poner en perspectiva urbana el mismo: lo que hoy es popularmente llamado “el centro” de la ciudad de San Félix es todo ese cuadrante que va desde la calle Orinoco hasta la Av. Guayana hacia el sur, y desde la carrera Gerónimo hasta la calle Páez hacia el este; pero durante más de la mitad del siglo XX, cuando San Félix no era más que ese cuadrante, el centro estaría en lo que es hoy la Calle Ramírez, y la calle Orinoco era el extremo ribereño.
Es difícil determinar el año de “construcción de la calle”, pero por referencias encontradas en los libros de historia podemos suponer que esta calle existe desde que se estableció el embarcadero de Puerto de Tablas “a orillas del Orinoco por su margen derecha, cerca de donde hoy está el monumento al General Manuel Piar” (Pereira, 1984, p. 16), y que posteriormente se oficializaría como población en 1841 con la ordenanza de la diputación provincial de Guayana con el nombre de Parroquia Civil Puerto de Las Tablas. La dinámica del embarcadero haría que a lo largo de la calle se fueran estableciendo locales como la Aduana, y la Oficina de Navegación. Siendo un punto de intercambio de mercancía, se entiende que es natural que también se instalara un mercado popular. Por la calle Orinoco se llegaba al centro de San Félix desde asentamientos como Palúa, por donde también se venía la gente de El Pao (Rojas y Sánchez, 2004).
Las casas que se construyeron a lo largo de la calle se convirtieron en los principales negocios de San Félix, que sumados a la actividad del mercado y el embarcadero hicieron que la calle Orinoco se convirtiera en la calle comercial por excelencia. De hecho, la ubicación del puerto a la altura de la Plaza Piar, y el mercado a unos pocos metros a la izquierda de esta “placita” concentraron un movimiento importante alrededor de las esquinas que hacían las calles Rivas, Piar y Chipia con la calle Orinoco.
Uno de los comerciantes más representativos de principios del siglo XX era Don Enrique Bello, que había instalado su casa familiar y negocio en la esquina de la calle Orinoco con Piar. La de los Bello era, como muchas de la época, una casa-patio que tenía un almacén de ventas de muchos productos, como telas, zapatos, enseres y bodega, que era la parte de la casa que hacía propiamente esquina con la Piar; este era una especie de largo corredor, al que se entraba por 4 puertas que daban a la calle Orinoco. Hacia la calle Piar también había una puerta que daba con la sección de la bodega. Al lado de la bodega estaba el depósito con toda la mercancía, y detrás del depósito estaba la fábrica de refrescos de Enrique Bello, que tenían por nombre “Refrescos La Llovizna”. Extendiéndose por la calle Orinoco, al lado del almacén había una puerta que daba a un zaguán, que era más un pasillo que llevaba al patio de la casa, y luego de esta puerta estaba la casa de la familia.
Cuenta Alcides Pereira en sus Crónicas Pretéritas de la Ciudad de San Félix que la primera proyección cinematográfica que vio San Félix se hizo en ese patio casero de Enrique Bello, hacia 1928, iniciativa de unos hermanos franceses de apellido Perruolo. Pereira no cuenta el detalle en su libro, pero al perecer esa fue la única función luego de un incidente que no le gustó al dueño de la casa; y no sobreviven testigos de esa noche que puedan ampliar el cuento (2). La importancia de esa noche de proyección es que las próximas experiencias cinematográficas buscarán repetirse con el mismo modelo: en patios de casas familiares. Es el caso del segundo intento de los Perruolo, en el patio de la casa de Ernesto Reyes, en la esquina de la calle Sucre, frente a lo que hoy es el edificio de la Cámara Municipal de Caroní.
(2) Carlos Bello, uno de los hijos de Don Enrique, no había nacido cuando ese “cine de una noche”. De lo que sí da fe es del carácter volátil de Don Enrique, que cuando no le gustaba algo, cambiaba de opinión y daba fin abruptamente a cualquier iniciativa; por lo tanto no duda que así haya pasado con el cine y los Perruolo.
El cine que renace de sus cenizas
Justo frente a la casa de Bello, en la casa de José Eusebio Osuna se instala el Cine Bar Radio, según lo registra Alcides Pereira, y hacia 1938 se convierte en el Cine Fénix, de la mano de su hermano, Ramón Astudillo. Es curioso el nombre de este cine, Pereira anota que se llamó así luego de problemas con el Cine Bar Radio, que Astudillo logra rescatar y le cambia el nombre a “Cine Fénix”, así que podría tomarse como una referencia al ave mítico que renace de sus cenizas luego de consumirse en llamas; resulta aún más curioso cuando el Cine Fénix se incendia en 1940.
El “Fénix” se había levantado en el patio de la casa de Osuna, como ya se había visto en el patio de Reyes, pero ahora, se trataba de un espacio remodelado y adaptado para tales proyecciones. Había una división entre el espacio de palco y galería. La zona de palco, la más cara, estaba ubicada justo frente a la pantalla, eran los primeros puestos, y a esta sección se entraba por la puerta que daba a la calle Orinoco. La zona de galería, que costaba la mitad, se ubicaba detrás de palco, y se entraba por una puerta que daba a la calle Piar. Lo que separaba a palco de galería era solamente una cerca de madera que era tan alta como las sillas; sin embargo, recuerda Carlos Bello, hijo de Enrique Bello y vecino del Cine Fénix, que nadie se saltaba de un lado a otro, no solo porque había vigilancia en ambas zonas, sino porque “entonces la gente respetaba”. El gran “adelanto” que tenía el Cine Fénix era un ventilador para refrescar un poco al público que asistía.
Al cine se iba a pie, en aquellos tiempos no había tanto parque automotor, y en el centro de San Félix todo quedaba “relativamente cerca” como para poder caminarlo. Estamos hablando de 1.300 habitantes, aproximadamente, según el censo nacional de 1941. Las calles de San Félix eran empedradas y tenían un canal por el medio por el que corría el agua cuando caía la lluvia, por ejemplo, y desembocaban en la calle Orinoco. Pero la Orinoco pronto fue de piedra molida y compactada, sin canal en medio, sino que en una de las calzadas tenía un canal que pasaba por debajo de la calle hacia el otro extremo y luego seguía camino hacia el río. Aceras había si el dueño de la casa construía una, por lo que la gente solía caminar por medio de la calle, lo que era posible gracias al poco número de autos que había.
El Cine Fénix tuvo su auge hasta que los Osuna se mudan de San Félix a Caracas. El trabajo fuerte de Osuna no estaba precisamente en el cine, sino en la Oficina de Navegación, así que cuando la cierran, Osuna se muda. Sin embargo, se queda José Miguel Gruber como administrador; en principio, también estuvo Manuel Rivas como socio cuando le cambiaron el nombre a Cine Bolívar, que fue el último nombre con el que se le conoció hasta entrada la década del ’60. Pero la calidad del local no era la mejor; cuenta Rafael García que fue en este cine donde Manuel Felipe Parra pisó sin querer unos restos de espaguetis mientras salía de la sala, y su molestia fue tal que decidió montar su propio cine, con la promesa de que fuera “de calidad”, pero nos referiremos a esa promesa más adelante.
Anegado y con plaga
Hacia el año 1950, llega a San Félix la familia Rivas y se instala en la calle Orinoco, pero del lado que da hacia el río, casi al frente de la casa de los Toussaint en la esquina con la calle Rivas, donde funcionaba también la bodega “El Esfuerzo”. El Sr. Manuel Jacinto Rivas, cabeza de la familia, compra una casa que queda justo detrás del mercado, y enseguida comienza a remodelar el patio para convertirlo en un cine. Los Rivas venían de El Palmar, donde el Sr. Manuel ya estaba dedicado al negocio de la proyección de películas con el Cine Carmen; así que, sabiendo del negocio, construye el cine familiar a orillas del río, el Cine Piar.
Decimos que el “Piar” nació como un cine familiar, pues al principio quienes atendían el cine eran sus propios hijos; Carmen, la menor, era la portera, Leonardo ayudaba en la venta de tiques y en el intermedio vendía las chucherías al público, y Pablo Elías, a quien llamaban “Paíto”, era el encargado de la proyección por ser el mayor. El cine se había construido en lo que era el patio de la casa, y al igual que para la función de una sola noche de Enrique Bello o el cine en el patio de Ernesto Reyes, la entrada al Cine Piar era por un zaguán que llevaba bien al comedor de la casa de los Rivas por una puerta, o al cine por la otra; de hecho, desde el comedor de la casa se podía ver perfectamente la pantalla. Afuera, al lado de la taquilla, estaba ubicada la bodega, que atendía el mismo Manuel, y que cerraba un poco antes de las 7:00 pm, cuando comenzaba la primera función. También había proyección a las 9:00 pm. A diferencia del “Fénix”, en el Cine Piar el área más cerca de la pantalla era la galería popular, con bancos de madera y sin respaldar. El palco estaba detrás de la galería y tenía sus sillas, y además estaba techado. Había un área del palco que estaba al lado del comedor de la casa y que se conocía como el “Palco Rivas”, que era un área reservada a los dueños de la casa. Una función llena contaba unas 200 personas.
En el Cine Piar se vieron sobre todo películas mexicanas, como las de Tin Tan y Cantinflas, y las vaqueras norteamericanas. Pero si algo caracterizó a este cine, y es lo primero que recuerdan si le preguntan a alguien contemporáneo, es que cada vez que había una crecida del Orinoco, el agua se filtraba por la pared más cercana al río e inundaba la galería hasta la altura de la pantalla. Los pisos de estos cines eran de cemento y planos, sin inclinaciones; el primer cine cuyo piso era inclinado para facilitar la vista de los asientos traseros fue el Cine Principal. Pero en el piso anegado del Cine Piar solo había agua en galería y aun así había función. Y con el tema de las inundaciones por la crecida, o incluso por las lluvias, hay cuentos bastante jocosos más allá del hecho mismo de un cine anegado; por ejemplo, Rafael García, quien fuera proyeccionista del Cine Principal, cuenta que cuando pasaron Tarzán, con Johnny Weissmüller, los cocodrilos de la película se reflejaron en el charco que se formó debajo de la pantalla, dándole un buen susto a los que estaban en las primeras filas.
La cercanía al río y sus crecidas no eran lo único que podía molestar; el no tener un techo que cubriera completamente el local permitía que los mosquitos entraran entre las 6 y 7 de la noche. Cuenta Carlos Bello, que como travesura algunos muchachos se llevaban tela de mosquitero y bombas de “fli” (3), una para protegerse de la plaga, pero sobre todo para hacer chanzas con el tema de la plaga. A pesar de lo incómodo que pueda sonar la experiencia del Piar, recuerda Carmen Rivas que, en oportunidades, algunas personas que recién llegaban a San Félix buscando trabajo y que no conseguían dónde pasar esa primera noche, pedían permiso para quedarse durmiendo en las sillas del palco, que tenían techo y resguardaban un poco del frío, a lo que el Sr. Rivas accedía.
Lamentablemente, un impasse con el dictador Marcos Pérez Jiménez por el otorgamiento de unas tierras hicieron que Manuel Rivas y su familia tuvieran que huir a Ciudad Bolívar para esconderse de la Seguridad Nacional, después de 1952. El cine lo dejaron a cargo de un cuñado de Rivas, Ramón “Mozo” Almedo, y luego Horacio Figarella, quien lo administró y además hacía el perifoneo de las películas que proyectarían. Rivas y su familia regresan al terminar la dictadura en 1958 para instalarse en Puerto Ordaz, pero no vuelven a tener relación con actividad cinematográfica alguna. El Cine Piar cerró sus puertas en 1968.
(3) “Flit” era la marca de un rociador insecticida casero, muy popular, que se vendía en lata y que se ajustaba a una bomba atomizadora para rociarlo. Aunque el producto “Flit” desapareció del mercado hace muchos años, la pronunciación “fli” se puede escuchar en muchos casos como sinónimo de “insecticida”, así como “baigón” ha llegado a significar “matacucarachas”.
Lo que el viento se llevó
Cuando uno pasa actualmente por la calle Orinoco es difícil imaginarse una calle con tanta vida y prosperidad. El mayor movimiento que se puede ver es en la entrada posterior del Edificio de la Alcaldía de Caroní, al inicio de esta. ¿Qué pudo pasar para borrar así el movimiento de la otrora calle comercial por excelencia de San Félix? Pudiera ser la mudanza del mercado municipal y el desarrollo de otras vías de comunicación que hicieron innecesario el puerto y la aduana.
El crecimiento vertiginoso de San Félix desde la instalación de las compañías del hierro desde finales de la década de los 30 se multiplica luego de la fundación de Ciudad Guayana, uniendo en una sola entidad a San Félix y Puerto Ordaz en 1961. Contrario de lo que sucedía en Puerto Ordaz, el asentamiento poblacional fue más desordenado en San Félix debido a que allí llegó la mayor cantidad de migrantes del resto del estado Bolívar y también del oriente del país. La oficina de Planificación Urbana de la Alcaldía de Caroní contabilizó la creación de 16 nuevos barrios en el periodo comprendido entre 1935 y 1951, contra 28 nuevos barrios desde 1952 hasta 1969 (4). Esto sugiere que la pequeña pero movida dinámica comercial de la Calle Orinoco ya no daba abasto para tanta población.
Con las nuevas urbanizaciones en desarrollo, las familias que otrora se habían instalado en el centro de San Félix, más allá de la calle Bolívar, fueron migrando a nuevos sectores, más modernos, dando paso a locales comerciales donde hasta entonces habían estado sus casas familiares. La actividad comercial se muda paulatinamente a otras calles como la Bolívar, la calle Mariño, o la calle Ramírez. El golpe más duro a la vida de la calle Orinoco, a juicio de Homero Hernández, antiguo cronista de San Félix fue la mudanza en 1969 del Mercado Municipal que estaba al lado de la Plaza Piar al terreno donde se encuentra actualmente, cerca del actual terminal de ferrys y chalanas donde comienza la Av. Manuel Piar.
Ninguna de las edificaciones donde se desarrollaron estas proyecciones sigue en pie. La casa de Don Enrique Bello se dividió entre varios hijos y la famosa esquina donde estaba el almacén comercial ahora es un terreno sin construcción que sirve de patio frontal a una casa muy humilde, sin rejas ni demarcación de ningún tipo, solo restos de un piso de cemento a pedazos. Lo mismo con la casa que fuera el Cine Fénix y luego Cine Bolívar, ahora es un terreno de tierra, con una cerca de alambre, sin ningún uso reconocible. El lugar donde estaba el Cine Piar es simplemente monte. La calle Orinoco actualmente le sirve de entrada al estacionamiento del malecón de San Félix, un malecón que a pesar de los esfuerzos de la municipalidad no ha logrado devolverle esa mirada al río, al que en algún momento decidimos como ciudad darle la espalda.
(4) Datos del trabajo de campo encabezado por María Nuria De Cesaris, en la oficina de Planificación Urbana de la Alcaldía de Caroní.
Cine en el patio
El 9 de febrero de 1952, el coronel Luis Felipe Llovera Páez preside el acto fundacional de Puerto Ordaz, la ciudad que servirá de base de operaciones para el desarrollo de la industria siderúrgica nacional, en primera instancia con la transnacional Orinoco Mining Company (OMC). Apenas un mes después llega Héctor Núñez, chileno, como chofer sustituto de un camión que transportaba explosivos desde Caracas, y con esa se queda. Cuenta Núñez que llegó a una tienda de campaña ubicada en el Patio de Almacenamiento, que daba justo a la confluencia de los ríos Orinoco y Caroní, y al día siguiente se trasladaron a las barracas de trabajadores.
En ese momento Puerto Ordaz era solo un movimiento de tierra en medio de una gran floresta. Había unas barracas donde funcionaban las oficinas ejecutivas, y apenas se comenzaba a construir las casas de los ejecutivos de la Orinoco Mining en el Campo C y más barracas para los trabajadores. Muchos ejecutivos y empleados tenían que alojarse en Ciudad Bolívar y trasladarse todos los días para la jornada laboral. La mayoría de los obreros se residenciaba en San Félix o en Castillito, que para entonces no era más que un caserío muy pobre.
Al mismo tiempo que se construyen las oficinas y las primeras viviendas, la OMC piensa también en áreas y edificaciones para esparcimiento y recreación. Es bueno recordar que a diferencia de la Iron Mines, que se había instalado en San Félix, que ya estaba poblada con anterioridad, la OMC no se instala solo como una gran empresa sino con un plan de ciudad por delante. En junio de ese mismo año, la compañía inaugura la cantina. Sería un local relativamente pequeño, ubicado en el terreno por donde hoy pasa la Carrera Upata, a la altura de la Librería Latina. Aparte de vender chucherías, refrescos y cervezas, también se recibían y enviaban correos, y se “mandaba” la ropa a la lavandería. El primer encargado de la cantina resultó ser el señor Héctor, que según él mismo cuenta, posiblemente haya sido porque pudo conversar a menudo con los gringos de la compañía con el muy poco inglés que sabía y les habría caído en gracia. Una de las tareas que le asignaron fue la proyección de películas.
Las proyecciones no se hacían en la cantina, sino en un patio que se extendía al lado de la cantina, entre la actual calle Guasipati y el Centro Comercial El Trébol (5), donde había unos bancos (que ni siquiera sillas en ese momento), y podían reunirse unas 100 personas, aproximadamente. Una vez a la semana, llegaba un camión de doble tracción con mercancía, correos y los rollos de la película que “tocaba” proyectar. Según la publicación semanal “El Minero” que publicaba la OMC, las películas eran seleccionadas por un comité entre un listado de títulos que enviaban las distribuidoras en Caracas; el comité escogía varias opciones y, de acuerdo con la disponibilidad y cronograma de llegada, las distribuidoras enviaban los rollos.
5 Hay imprecisiones respecto al lugar exacto. Algunos ubican este patio en los terrenos de lo que hoy es el Centro Comercial El Trébol I, mientras que otros lo ubican donde está la tienda de ropa “La Perla”.
Todos los sábados Núñez colocaba el proyector Bell & Howell de 16 mm en el patio y comenzaba la función alrededor de las 5 y media de la tarde; había que hacerlo temprano, porque el proyector funcionaba con la electricidad que generaba una planta cercana, pero el patio no tenía faros ni bombillos, así que, una vez finalizada la película, no había más qué hacer en el patio.
Quienes asistían eran básicamente los trabajadores residenciados en las barracas del campamento y los ejecutivos que comenzaban a instalarse en las casas recién construidas en los Campos C y B. Los obreros que venían de San Félix debían regresar temprano, pues entonces no había donde quedarse, y el tráfico de lanchas en el Caroní era bastante reducido. Núñez recuerda que, en las primeras de cambio, por la misma hora de proyección, que solía coincidir con finales de la jornada laboral, muchos iban en ropa de trabajo, sucios y sudados. Y algo que podía ser bastante peculiar era que el público del cine era, sobre todas las cosas, masculino: había solo tres mujeres en todo el campamento, que eran una enfermera y dos secretarias ejecutivas, que no siempre se quedaban para la función ya que no dormían en el campamento, sino en Ciudad Bolívar, y el retorno a altas horas de la noche podía ser complicado. En esos casos, quienes se quedaban a ver la película tenían que pernoctar en San Félix.
Para llegar a la cantina podían usar los autobuses de la compañía, que cubrían rutas entre las distintas dependencias del campamento, pero muchas veces tocaba ir a pie. Los caminos eran de tierra y arena. Una vez allí compraban las cajas de cerveza para llevarlas al patio y tomarlas durante la película. El problema era que no había cómo mantenerlas frías una vez que salían de la cava de la cantina, así que terminaban tomando cervezas bastante calientes, ya a mitad de película. A diferencia de los cines de San Félix que tenían 2 proyectores de 35 mm en cada sala y un asistente para que no se notara el cambio de cintas, en el patio solo tenían un proyector y un operador, así que cuando se acababa un rollo había que parar un momento, cambiar la cinta y continuar.
Núñez estuvo encargado de la cantina y el cine semanal durante 8 meses y luego se transfirió a la cantina del campamento de Ciudad Piar, donde también tenían proyecciones semanales, pero ya no al aire libre, sino en un local techado y cerrado. Regresó en 1956 a Puerto Ordaz, pero ya con otras responsabilidades ajenas a la proyección. Al cargo de las proyecciones estuvieron el señor Desiree Maestracci y Olaf Lehmets; este último se incorpora como operador voluntario para mantener una segunda proyección semanal.
Pero a medida que avanzaba la construcción de viviendas iban mudando a los empleados que se alojaban en las barracas, compartidas con los compañeros de trabajo, a las nuevas casas con sus familias. Las dinámicas del cine comienzan a cambiar ligeramente, al ser no solamente una actividad recreativa para los trabajadores sino también para sus familias. Como las proyecciones se hacían al aire libre, comenzó a ser frecuente ir en carro y ver la película desde el asiento del carro. Esto sucedía también porque muchas veces los padres tenían que llevarse a los hijos pequeños que finalmente se quedaban dormidos en el asiento trasero.
También era posible encontrarse con una madre sola con sus hijos, cuyo esposo cumplía guardia laboral en alguna dependencia de la empresa. El de los carros en el cine del patio fue un tema que ocupó centimetraje en las cartas al editor de “El Minero”. En la edición del 17 de julio de 1954 alguien escribe:
Querido editor: Me pregunto si las personas que van a las películas y estacionan sus carros cerca y alrededor de la caminería de entrada se dan cuenta de que hay varios padres y madres que tienen que sentarse en sus carros para ver la película porque tienen a sus pequeños hijos durmiendo en los asientos traseros. A menos que vayamos terriblemente temprano, tenemos que hacer doble fila de estacionamiento o tratar de ver a través de los carros.
Estoy segura de que si todos los que van a ver la película se dan cuenta de la situación, no les importaría estacionarse a unos 5 o 7 metros más allá y así las auto-niñeras tendremos una mejor vista de la película y podremos escucharlas claramente.
Cordialmente, una auto-niñera. (6)
(6) “Today’s Mail” en “El Minero”, Vol. 1. No. 4, 17 de julio 1954, pp 2. (Traducción del inglés por el autor)
Causa gracia como la misma persona que escribe se autodenomina “auto-niñera”, siendo la misma madre. Sin embargo, el tema de los niños durmiendo en el asiento trasero del carro en horas de la noche generó una respuesta como la que sigue, de parte de otra madre asidua a las proyecciones:
¿No creen que los niños estarían mejor si se quedan en casa, en una cama cálida y cómoda, en vez de tenerlos afuera en las noches húmedas y tan frías que hemos tenido últimamente?
Creo que nosotras las madres deberíamos hacer todo lo mejor para nuestros hijos, y ciertamente no hay mejor lugar para un niño pequeño que una cálida cama en las noches.
Siempre hay una solución para todo, así que por qué no sugerir que la «auto-niñera» se quede en casa con los pequeños en la noche mientras su esposo va al cine, y él se quede en casa para la próxima, como hacemos nosotros.
Cordialmente, una madre con tres hijos. (7)
(7) “Today’s Mail” en “El Minero”, Vol. 1. No. 6, 31 de julio 1954, pp 2. (Traducción del inglés por el autor)
Valdría la pena mencionar que en ambos casos la respuesta del editor fue empática con las “auto-niñeras”, aunque sugirió la creación de un grupo de “niñeras” entre las adolescentes del campamento que permitiera a las parejas –o a las madres solitarias- disfrutar un buen rato de una película, cosa que no está registrado que haya sucedido; al menos no en “El Minero”.
Pero lo otro que sugieren las cartas publicadas es que, si al principio las películas del patio estaban destinadas al público masculino, al mudarse las familias las películas son para público adulto o adolescentes, lo cual podía ser un problema para padres y madres preocupados por el contenido que veían sus hijos más pequeños. No solo el contenido era un tema, sino la actividad como espacio para la recreación; para 1954 no había en todo el campamento un área de recreación propiamente para niños, ni siquiera un parque. Cuando las proyecciones aumentaron de 1 a 2 proyecciones a la semana, se hicieron mayores esfuerzos para conseguir películas para niños en una de esas funciones.
Las proyecciones en el patio se realizaron hasta mediados del año 1955, cuando la exhibición de películas se mudó al nuevo cine del Centro Cívico, igual que la cantina. En su lugar se desarrolló una zona comercial que permanece hasta nuestros días.
El cine principal
Manuel Felipe Parra, próspero comerciante en San Félix, inaugura en 1954 su “Cine Principal” con la película El Derecho de Nacer, de Zacarías Gómez. Era un galpón que tenía capacidad para 750 butacas, que estaban divididas en dos áreas: la galería, que era al aire libre y costaba 1 Real, y la Preferencial, que era techada y costaba el doble. La galería era para el “populacho”, los jóvenes que iban en grupos. Las familias de “mejor” posición económica solían sentarse en la Preferencial; aunque el costo de las entradas no representaba tampoco tanto, y era una diversión bastante costeable para cualquiera. El Principal era sin duda el más grande y el de más categoría de los cines que había en San Félix para la época (8).
(8) El Cine Piar, que era la competencia más cercana, tenía 500 butacas; lo otros cines muchas menos.
El lugar donde se construye el Cine Principal era propiedad, en principio, de Don Enrique Bello, quien le regala a su madre una casa ubicada en la calle Piar, una cuadra más arriba de la popular esquina de los Bello. El terreno de la casa se divide en dos, quedando la casa de la madre de Bello y detrás el terreno donde luego se construye el cine. El asunto era que Parra estaba casado con una sobrina de Bello, que vivía con la madre de Don Enrique. Pero a diferencia de los anteriores cines de San Félix, la casa de la familia no se comunicaba de ninguna manera con el cine, eran dos edificaciones aparte.
Rafael García, en ese entonces, era un chamo de 14 años que había llegado desde El Pao buscando trabajo, y entre una y otra terminó como aseador del cine. Al tiempo pasó a ser pintor de los carteles que publicitaban las películas proyectadas y finalmente proyeccionista, aunque nunca dejó de hacer los carteles; de hecho, en unos años pasó a hacer los carteles de varios cines entre San Félix y Puerto Ordaz. Aparte de García, trabajaban también en el Principal dos porteros (uno para cada área, y cuyos nombres eran Julio Lara y María Bello), la taquillera, el aseador, y un asistente de proyección. Ese era el equipo que normalmente trabajaba en un cine.
El cine era la principal actividad recreativa familiar. Había muchos bares, billares, pero el cine era un espacio donde todos los públicos convivían. Contaba Carlota Rojas que “la diversión para los muchachos de la época era el cine, además de las fiestas del pueblo o las particulares a las que lograban ir con permiso o escapados” (2004). La primera función era a las 6:30 pm en todos los cines, porque hasta las 8 de la noche “podían estar los muchachos” en la calle, por cuestiones de la rigurosidad de la dictadura: cuando la Seguridad Nacional encontraba a un menor en la calle después de esa hora, lo detenían y recibía un fuerte castigo. A las 8:30 pm, entonces, comenzaba la segunda función en la que solo asistían los adultos.
Si hacemos una proyección para 1954, en base al censo oficial de 1950, San Félix podría tener alrededor de 8.000 personas y contaba con 4 salas de cine. La rotación de películas era muy rápida; esto es que las películas podían cambiar a diario, y si la película era un rotundo éxito podían durar 3 días cuando mucho. Pero eso motivaba competencia entre los cines por capitalizar al mayor público posible. Mogambo, la película de John Ford con Clark Gable, uno de los galanes de moda, se estrenó en el Cine Piar, y para competir con ella el Principal estrenó El Monstruo de la Laguna Negra, película de la Serie B de ciencia ficción de Jack Arnold, pero el Principal maquilló un pequeño Volkswagen con los colores del monstruo y fue un exitazo de 5 días, mientras Mogambo solo aguantó 2.
Además de proyectar películas, el cine también se prestaba para presentar otro tipo de espectáculos, particularmente a cantantes populares. Recuerda Rafael García que en el Cine Principal se presentaron artistas como Lea Griffith, Alfredo Sadel, Antonio Aguilar y la Tongolele. Estos artistas se presentaban en el intermezzo de las películas, pero eran grandes acontecimientos desde horas antes: cuando vino Aguilar, ya a las 3 de la tarde la calle Piar era intransitable. Las mujeres iban más arregladas, algunas hasta usaban faldas con armador; los hombres sí iban más informales, a pocos se les veía enchaquetados o con flux, posiblemente algún miembro de logia lo usara. Pero los cines no tenían aire acondicionado, así que lo más común era ir frescos.
No había en los cines de San Félix un mostrador para la venta de dulces y chucherías, ni siquiera bebidas. Para las bebidas había que salir del cine y comprar un refresco o una cerveza en un bar cercano, que solía haberlos. Para las chucherías lo común eran las empanadas, bolsas de maní y chicles que un vendedor pasaba ofreciendo entre las gradas en medio de la película, como en los estadios deportivos, lo que en el caso de una película a veces podía resultar un poco molesto.
Entre 1954 y 1957 aparecen varias salas más en otros lugares: el Cine Caroní (9) en La Grúa, y el Cine Libertador en la vía de El Roble Por Fuera (ambos también de Parra con otros socios), y todos estos cines sobrevivirán hasta mediados de los años 70. ¿La principal causa de cierre? Rafael García se la endosa a la unificación de las tarifas eléctricas que estuvo contemplada en el IV Plan de la Nación durante el primer gobierno de Carlos Andrés Pérez, y que hacía impagable los costos de electricidad de unas pequeñas salas de cine, con dos proyectores de 35 mm. Hoy el “Cine Principal” conserva solo sus paredes; ni el techo ni la fachada sobreviven, el terreno es actualmente un estacionamiento privado.
(9) Hubo otro Cine Caroní, que se inauguró en la esquina del semáforo de El Roble, en 1971, perteneciente a un dueño distinto.
1955, Hoy
La planificación de Puerto Ordaz como ciudad estuvo pensada alrededor de lo que llamarían el Centro Cívico; un espacio donde se concentraría la vida comercial, social, cultural y religiosa de sus habitantes. Ubicada en el lugar donde se colocó la primera piedra de la fundación de la ciudad en el año 1952, a su alrededor fueron desarrollándose las zonas residenciales del campamento de la Orinoco Mining Company. Justo detrás del conjunto del Centro Cívico se ubicaban las casas de los obreros denominadas Campo A, hacia la izquierda de esa zona se extendía el Campo B para los directivos, y por último el Campo C donde se alojaban los más altos cargos, ocupados por norteamericanos, que resultaba bastante distanciado de todo el movimiento urbano; todavía lo es.
La infraestructura de este Centro Cívico, como lo conocemos hoy, comenzó a construirse en 1953, si bien ya estaban en ese lugar las oficinas principales de la compañía desde 1951 y la piedra fundacional en 1952. Se terminó hacia finales de 1955. La misma estructura, dispuesta con muy pocas diferencias, se planteó también en Ciudad Piar, que fue el otro punto geográfico donde se instaló la OMC. Ambos centros contemplaban una plaza central alrededor de la cual estaría una iglesia, un cafetín y comedor, un mercado con precios subsidiados, un club con bar y sala de juegos, varios locales comerciales y de servicios como el correo, librería, y por supuesto un cine-teatro.
Hay actualmente una “controversia” en cuanto a lo que era o no era el Centro Cívico, pues hay quienes defienden la tesis de que era tan solo las edificaciones que conformaban una “U” alrededor de la plaza, y aparte estaban los locales comerciales que ocupaban el edificio de dos pisos, anexos a la “U”. Hay quienes incluso le “adjuntan” el edificio del Centro Comercial Caroní, construido a mediados de la década del 60, sobre todo a la cara que daba frente al Centro Cívico donde estaba el supermercado CADA. Pero si nos apegamos a la referencia que la misma empresa OMC publicó en “El Minero” en 1954, tenemos que el Centro Cívico, arquitectónicamente hablando, lo conformarán todas las edificaciones alrededor de la plaza y el centro comercial anexo.
El cine era un espacio rectangular que tenía tan solo un tercio techado, de manera que la mayor parte del público veía su película bajo las estrellas y la copa de un árbol de aceite que se asomaba desde la pared que daba a la calle y donde estaba la pantalla. De hecho, es la manera poética en la que se expresan aquellos asiduos cinéfilos que llegaron sobre todo durante los años 60 y después, como algo exótico o incluso mágico, un “cine al aire libre y bajo las estrellas”. No deja de ser curioso, ya que la mayoría de los cines de esa época tenían como característica que eran techados a la mitad, por un tema básico de ventilación.
Sin embargo, que los habitantes de Puerto Ordaz recuerden con nostalgia esta característica habla también de la poca interacción con otros espacios similares en San Félix; incluso después de la construcción del puente sobre el Caroní.
La otra característica del cine, y esta sí era una experiencia “única”, era que no había sillas fijas en el piso. A la entrada del cine cada uno agarraba su silla y la ponía en el sitio que deseaba. Incluso había quienes se traían las sillas de su casa, en caso de que se ocuparan todas las que había en el sitio. El local tenía una capacidad aproximada de unas 500 personas, lo cual es bastante para una población de 1.406 personas, solo en Puerto Ordaz (10); es decir, un teatro en el que cabía un tercio de la población (11). Y tendríamos que decir que fue la única sala de cine, formalmente hablando, que hubo en esta ciudad durante mucho tiempo. Las antiguas proyecciones del campamento, en 16 mm, como actividad abierta a los trabajadores y sus familias pasaron a este nuevo cine. Sin embargo, las proyecciones cambiaron su formato, pues las salas de los centros cívicos de Puerto Ordaz y Ciudad Piar eran ya de 35 mm. La proyección de 16 mm seguiría realizándose ahora en los terrenos del Club Caronoco en el Campo C, al que solo asistían los miembros del club, que básicamente eran altos directivos de la OMC y sus invitados.
(10) Según un artículo publicado en “El Minero” citado por Belzahir Flores y Ninoska Díaz en su artículo “Ciudad Guayana y su Centro Cívico: ¿Un espacio para el encuentro vecinal”.
(11) Podríamos hacer la comparación con la única sala que actualmente existe en toda Ciudad Guayana, con una capacidad de 1.594 butacas para una población de aproximadamente 800.000 habitantes, según el último censo nacional de 2001. La proporción está totalmente invertida.
Para finales de los años 50 el cine amplía funciones a todos los días de la semana. La demanda aumenta pues no solo están las familias de la Orinoco Mining, también comienzan a llegar los que venían por la Corporación Venezolana de Guayana para el desarrollo de la industria siderúrgica con la construcción de SIDOR. En la programación se ofrece una película diaria, y distinta. La empresa distribuía en la entrada un programa con las películas de la semana y había gente que iba al cine todos los días.
Si hay que decir que existían otras actividades recreativas como clubes de lectura, de baile, equipos y torneos deportivos, y algunas presentaciones de espectáculos culturales, el cine se mantenía como una actividad cultural de encuentro importante. Tanto así que en la memoria colectiva está consolidada la idea de que aquí no había otra cosa para hacer que ir al cine. Es posible que esta creencia tenga que ver con el hecho de que otros medios de comunicación, como la radio y la televisión llegaron con demasiada demora: la primera emisora radial se instala en 1966 y la televisión llega en 1972 con señal en diferido, por lo que el cine es el rey en cuanto a entretenimiento de medios de comunicación se refiere.
El crecimiento de la población también hace que la empresa comience a poner orden con la entrada, que era libre. Para su trabajo de grado, María Angélica Sánchez y Carlota Rojas entrevistan a Enzio Ridolfi y este le menciona lo difícil que podía llegar a ser la entrada:
Ya cuando empezó a llegar más gente, entonces le pusieron dos corremanos y para poder entrar había que meterse allí. Se llamaba cine Centro Cívico y normalmente se armaba un tremendo rollo todas las veces. Yo sé que una vez me calenté y me paré y me abracé al pasamanos y no pasó más nadie, “si usted no está aquí, no pasa nadie” (se refería a su esposa) (12)
(12) Entrevista a Enzio Ridolfi realizada por Ma. Angélica Sánchez en mayo de 2004.
A mediados de los años 60 comienzan a aparecer otras opciones, salas privadas como el Lorena o el Rex, e incluso más cerca, el Cine Altamira. Más modernas, completamente techadas, con aire acondicionado, butacas fijas y más cómodas. El cine del Centro Cívico va perfilando cada vez más su perfil a un público de estratos D y E. Según un estudio del ININCO, para 1977 el cine del Centro Cívico recibía 8.000 espectadores mensualmente, frente a los 16.000 que podían recibir cines como el Altamira o el Canaima, que eran mucho más grandes. Durante la década de los 80, es el primer cine en Ciudad Guayana en proyectar películas pornográficas en la última función de la noche (asunto que hoy sorprende a mucha gente que frecuentaba ese cine en funciones más tempranas y no sabían de estas proyecciones).
Para el momento de cierre de esta publicación no tenemos registros de la fecha exacta de cuándo dejaron de proyectarse películas en el Centro Cívico. Con un sondeo muy informal entre algunos entrevistados y amigos asiduos al cine en estas épocas ubicamos que ese “cese de proyección” puede haber ocurrido en la segunda mitad de los años 80. Hoy por hoy, el Centro Cívico en general se ha deteriorado muchísimo. Cuestiones de infraestructura y seguridad son los problemas principales. El único cambio importante y positivo es la remodelación y ampliación de la Iglesia Nuestra Señora de Fátima. Temas de fondo como la visión de ese “centro de ciudad” que los proyectos de planificación de una Ciudad Guayana unificada quisieron mover hacia Altavista, pero que en la práctica no funcionó a pesar de los intentos y las inversiones de los entes oficiales, como sugiere el urbanista Victor Fossi, podrían haber desplazado la atención del “centro” natural de la ciudad como se pensó el Centro Cívico.
A más de 50 años de su fundación, son muchas las miradas que vuelven al Centro Cívico como un espacio de convivencia. Sin embargo, las iniciativas de ciudadanos que buscan el rescate de sus espacios –y el cine es uno de esos “espacios soñados” para una ciudad que no tiene mayor opción- tienen que enfrentarse a nuevas estructuras burocráticas y administrativas, con la esperanza y la promesa en sí misma de retomar un espacio que se diseñó para nosotros y que nos pertenece.
REFERENCIAS
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Flores, B. y Díaz, N. (2011). Ciudad Guayana y su Centro Cívico: ¿Un lugar para el encuentro vecinal? Revista Guayana Sustentable, 12. pp. 31-48.
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Hoogensteyn, G. (Comp). (2007). Guayana de Antaño (Presentación de Diapositivas).
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Los primeros cines de San Félix y Puerto Ordaz — No hay comentarios
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