Doña Bárbara: 3.XII. Los puntos sobre las haches. Rómulo Gallegos
Estaban cortando sogas en el patio de los caneyes, ya al caer de la tarde, cuando Pajarote, después de haber dirigido una mirada a la sabana, dijo:
–Yo no sé cómo puede haber cristianos que les guste vivir entre cerros o en pueblos de casas tapadas. El Llano es la tierra de Dios para el hombre de los demonios.
Interrumpieron los demás el trabajo que hacían sus cuchillos en el cuero crudo y pestilente de donde sacaban tiras, y se quedaron mirando interrogativamente al vaquero de las graciosas ocurrencias. Éste concluyó:
–Pero si está clarito, como jagüey de medanal. En el llano se aguaita desde lejos y se sabe lo que viene antes de que llegue, tan y mientras que en las tierras de cerrajones va uno siempre encunado entre las vueltas del camino, que son como puntas de cachos, y si es en las casas tapadas, está el cristiano como los ciegos, que preguntan quién es después que los han tropezado.
Con una misma suspicacia todos dirigieron simultáneamente las miradas hacia la sabana y divisaron un jinete que traía rumbo a las casas.
Enterados del suceso de Rincón Hondo, los peones de Altamira habían estado esperando por momentos ver aparecer en el horizonte la comisión que viniera a practicar el arresto del doctor Luzardo, y aunque no era presumible que a ello viniese un hombre solo, la aparición de gente forastera tenía que inspirarles recelos.
En cambio, Pajarote daba muestras de una despreocupación absoluta, entregado de nuevo a su trabajo y riéndose para sus adentros del esfuerzo que les estaba costando a los compañeros distinguir quién era la persona que se acercaba. Desde que apareció en el horizonte aquel jinete lo había estado observando de cuando en cuando, sin que los demás se dieran cuenta, dispuesto a marcharse al escondite del monte tupido en cuanto descubriese indicios de que fuera gente sospechosa; pero ya sus ojos, acostumbrados a las largas distancias de la sabana, habían reconocido en aquel forastero a un peón amigo, de uno de los hatos del Arauca arriba, que días antes había pasado por allí hacia el pueblo cabecera del distrito.
–Es el mocho Encarnación –dijeron por fin aquéllos.
Y Pajarote, con su hablar a gritos:
–A buena hora lo descubren. Buenos para vigías están ustedes. Y eso que mi vale María Nieves se las echa de anteojo de larga vista.
–Los milagros que hace San Miedo –replica María Nieves–. Hasta los ciegos ven cuando deben alguna y están esperando que vengan a cobrársela.
–Tápate esa punta, zambo Pajarote. Mira que el catire te está tirando al bulto –díjole Venancio, excitándolo a la réplica, como solía hacerlo para divertirse con las sátiras con que ellos acostumbraban zaherirse.
Pero Pajarote no necesitaba que lo animaran:
–De que es milagroso San Miedo, eso nadie lo duda; pero que este zambo sea tan cegato, eso todavía está por verse. Por lo menos a mí no me ha pasado lo que le sucedió a un amigo mío, cabrestero y catire, por más señas, que por encender un tabaco, una noche, lo cogieron encandilado como al cachicamo. No, no, por falta de miedo, porque llevaba bastante el catire, según él mismo me lo ha contado, sino porque le faltó la malicia del zambo Pajarote, que cuando viaja de noche y tiene que prender un tabaco, deja abierto un ojo solamente, para cuando se le encandile, poder seguir sin tropiezo con la remonta del que tenía cerrado y ver clarito en lo obscuro.
–¡Arrea, María Nieves! Mira que el zambo te va echando tierra –volvió a intervenir Venancio, aludiendo con tales palabras a la maña que se daba Pajarote, cuando viajaba en verano, para ponerse a la cabeza de la cabalgata, y de ese modo librarse de las polvaredas que levantaran las bestias de los demás.
En cambio, durante el invierno procuraba siempre quedarse atrás a fin de que, al esguazar los caños crecidos, fueran los que marchaban adelante quienes pasasen los trabajos, buscando los vados, y a este ardid se refirió María Nieves, al replicar:
–Ahora él va en la culata, esperando que otro encuentre el paso.
Pero la réplica de María Nieves tenía un sentido que sólo Pajarote podía entender. De la explicación que éste le diera del suceso de Rincón Hondo había deducido aquél que no fue la bala del disparo de Luzardo la que había dado muerte al Brujeador, pero que si Pajarote no reclamaba esta gloria, por una delicadeza de bárbara hidalguía, pues se trataba de una hazaña que muchos codiciaban, y no querían regateársela al doctor, también se la cedía porque a la hora de las responsabilidades ante la ley, a Luzardo le sería más fácil salir impune.
Ambos estaban acostumbrados a zaherirse sin consideraciones; pero Pajarote no esperaba que María Nieves le saliese con aquello y se quedó desconcertado, lo cual hizo exclamar a los circunstantes:
–¡Se aspeó el zambo! Aprovéchalo, catire. Naricéalo ahí mismo, que ya ése es tuyo.
Pero María Nieves, comprendiendo que el juego había resultado pesado, respondió:
–Mi vale sabe que yo y él no nos tiramos.
Pajarote sonrió. Para los demás, María Nieves lo había derrotado; mas, para ellos dos, el amigo sabía que había sido él quien «se pegó» al espanto de la sabana, y con ser el más hombrón entre los que estaban allí, lo admiraba y lo envidiaba.
Momentos después llegaba el mocho Encarnación al patio de los caneyes. Pajarote y María Nieves saliéronle al encuentro, preguntando éste:
–¿Qué lo trae por aquí, amigo?
–Las ganas de dormir bajo techo, si aquí me lo permiten, y una encomienda que me dieron para el doctor. Una carta del juez.
–¡Ah, caramba! –exclamó Pajarote–. ¿De cuándo acá ha tenido usted necesidad de pedir permiso en esta casa para colgar su chinchorro donde le dé gana? Apéese y acomódese donde más le guste y écheme acá esa carta que trae para el doctor.
Con ella en la mano se presentó ante Luzardo, diciéndole:
–Ya como que reventó la cosa, doctor. Esto es del juez para usted.
Era de Mujiquita, y refería acontecimientos insólitos.
«Ayer se presentó por aquí doña Bárbara con las dos arrobas de plumas de garza que te fueron robadas en El Totumo y declaró lo siguiente: que habiendo caído en sospechas de que el autor del crimen fuera un tal Balbino Paiba, mayordomo de Altamira, al cual despediste a tu llegada a ésa, ordenó a varios de sus peones que lo vigilaran; que dos de éstos, cumpliendo aquella orden, lo siguieron hasta el sitio denominado de La Matica y allí lo sorprendieron infraganti desenterrando un cajón que resultó contener las plumas de referencia; que lo intimaron se diera preso, y como hiciera armas contra ellos, dispararon sobre él y le dieron muerte, en seguida de lo cual, ella se puso en camino para ésta, con el cuerpo del delito y a dar cuenta a la autoridad de lo sucedido, así como también de la muerte de Melquíades Gamarra (a) el Brujeador, asesinado por el mencionado Paiba, pocos momentos antes del suceso de La Matica y a causa de la misma vigilancia a que más arriba hago mención.»
Terminaba Mujiquita anunciándole que ya doña Bárbara, deseosa de hacerlo todo ella misma, había seguido viaje para San Fernando a entregar las plumas al comerciante a quien se las llevara Carmelito, y felicitándolo por la solución que había tenido el asunto, tan peliagudo días antes. La posdata era de puño y letra de Ño Pernalete:
«¿No se lo dije, doctor Luzardo? Ya están los puntos sobre las haches. Sus plumas están en buenas manos: en las de su amiga de usted, que le llevará la plata. Eso es lo que usted ha debido hacer desde un principio. Su amigo, Pernalete.»
La lectura de esta carta dejó a Santos sumido en perplejidades. ¡Las plumas recuperadas, Balbino matador de Melquíades, y todo esto hecho por doña Bárbara!
–¡Ya ve, doctor, que no había que calentarse tanto la cabeza! –exclamó Pajarote–. Ahora que todo se ha arreglado, puedo decirle: mía fue la bala que mató al Brujeador, porque, como usted debe recordar, usted se le arrimó por el lado del lazo, y yo por el de montar, y era por este lado donde tenía la herida. En la sien izquierda ¿Se acuerda? Pues bueno, fui yo quien acabó con el espantajo; pero ahora el juez dice que don Balbino, y de don Balbino será el muerto.
–Pero eso es una iniquidad, Pajarote –protestó Luzardo–. Nuestro derecho a defendernos era legítimo, puesto que Melquíades fue el primero en hacer armas, y yo, o tú, como ahora puedo decirlo, ya que lo reconoces, podíamos estar con la conciencia tranquila. Pero de ahora en adelante la injusticia cometida con Balbino nos quita el derecho a esa tranquilidad, si en seguida no nos presentamos ante el juez a deponer la verdad del hecho, a poner los puntos sobre las íes y no sobre las haches, como están puestos en esta carta.
–Mire, doctor –repuso Pajarote, después de una pausa dubitativa–. Si usted se presenta a confesar la verdad contra lo que allá han sentenciado, se le pone bravo Ño Pernalete, y es capaz de mandarlo a condenar para que otro día no sea tan inocente. Y últimamente, todo esto que ha sucedido, y que a usted le parece tan feo, no lo han hecho ni doña Bárbara, ni el juez, ni el jefe civil, sino Dios mismo, que sabe muy bien lo que hace. Fíjese en esto, doctor: nosotros nos pegamos al Brujeador, usted o yo –ahora no le convenía insistir en que había sido él–, porque, ¿quién puede asegurar si el difunto no volteó la cabeza en el momento de disparar nosotros? Pero muy bien pegado, de todos modos, y quien carga con la muerte es Balbino, que quién sabe cuántas debía. Dios tiene su modo de Él para arreglar sus cosas y es un demonio para castigar.
A pesar de la gravedad del asunto, Santos no pudo menos que sonreír; al Dios de Pajarote, como al amigo del cuento de Ño Pernalete, no le producían escrúpulos los puntos sobre las haches.
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