Doña Bárbara: 2.III. Los rebullones. Rómulo Gallegos
Para las puñaladas, Melquíades; para las bribonadas, Balbino; para los mandados, Juan Primito. Sólo que algunos mandados de Juan Primito eran como puñaladas.
Greñudo, piojoso y con una barba hirsuta que no había manera de que conviniese en recortársela, era el recadero de doña Bárbara un bobo con alternativas de lunático furioso, aunque no desprovisto de atisbos de malicia, cuyas manías más singulares consistían en no beber el agua de las casas de El Miedo, así tuviese que caminar leguas por buscarla en otras, y en colocar sobre los techos de los caneyes cazuelas llenas de los más extraños líquidos, para que bebiesen unos pájaros fantásticos que denominaba rebullones.
A lo que se podía colegir de sus disparatados discursos, los rebullones eran una especie de materialización de los malos instintos de doña Bárbara, pues había cierta relación entre el género de perversa actividad a que ésta se entregara y el líquido que él les ponía a aquéllos para que aplacaran su sed: sangre, si fraguaba un asesinato; aceite y vinagre, si preparaba un litigio; miel de aricas y bilis de ganado mezcladas, si tendía las redes de sus hechizos a alguna futura víctima.
–¡Beban, bichos! –rezongaba Juan Primito al colocar las cazuelas sobre los techos–. Jártense para que dejen quieto al cristiano.
Y como los rebullones casi siempre tenían alguna sed, Juan Primito no bebía el agua de El Miedo, no fueran a trocarse las suertes, pues aseguraba que agua donde aquellos pájaros diabólicos metiesen el pico se transformaba en el líquido que apetecieran, y cristiano –quería decir humano– que luego la bebiese, inmediatamente recibía el daño a que otro estuviera sentenciado.
–Ya van a alborotarse otra vuelta los rebullones –se había dicho el bobo a raíz de la noticia de la llegada del dueño de Altamira, y desde aquel día se le vio a menudo explorando el cielo en espera de la diabólica bandada y ya con sus cazuelas listas para llenarlas con lo que fuese menester.
–¿Qué hubo, Juan Primito? –solían preguntarle los peones de la mujerona, que con aquello se divertían–. ¿Todavía no aparecen?
–Allá como que viene uno –respondíales, poniéndose la mano extendida a la altura de las cejas, como si realmente hubiese algo que ver en aquel punto del cielo resplandeciente hacia donde miraba.
No obstante, entre los peones de El Miedo, más que por bobo, Juan Primito pasaba por bellaco. Sólo doña Bárbara, que era la única que no estaba en el secreto, lo tenía por tonto de remate.
Por fin, una tarde, Juan Primito exclamó:
–¡Ya están aquí los rebullones! ¡Ave María Purísima! Aguaiten, muchachos, cómo viene esa bandada de bichos negros oscureciendo el cielo.
Pero los que estaban en el secreto comprendieron que no era al cielo a donde había que mirar, sino al rostro de doña Bárbara, que regresaba del pueblo con el tajo vertical del ceño bravío en la frente.
Desde aquel momento y durante varios días, Juan Primito se los pasó, augur de su locura o de su bellaquería –él mismo no habría podido determinar dónde concluía la una y comenzaba la otra–, observando el vuelo de los fantásticos pájaros siniestros para descubrir qué clase de sed traían, en idiota, exploración del cielo entre una y otra maliciosa mirada de reojo al rostro de doña Bárbara.
–¿Será aceite y vinagre lo que quieren beber estos bichos? No parece. Porque cuando hay pleito entre manos, ahí mismo hay registradora de papeles. Ese vuelo es muy conocido… ¿Será miel y bilis lo que vienen buscando? Pero si juera ansina, sería un revoloteo contento, y estos rebullones están volando muy callados… ¡Hum! ¡Cómo no vaya a ser sangre lo que vengan buscando!
Y así pasaron varios días, sin que tuvieran reposo las cazuelas propiciatorias, de la charca de sangre que dejaban las reses beneficiadas para el consumo del hato, a los panales de aricas o a la pulpería por el aceite y vinagre, y a medida que pasaban los días sin que el fiero ceño desapareciese de la frente de doña Bárbara, la idiota manía de Juan Primito se iba convirtiendo en locura frenética.
Parejo frenesí se iba apoderando del ánimo de doña Bárbara, rabioso despecho de no haber podido silenciar para siempre aquella boca que había proferido la primera amenaza que ella escuchara: «y si la señora no se aviene a lo que le exijo en el término de ocho días, la demandaré por ante un tribunal».
Durante las jornadas se entregaba a una actividad febril, a horcajadas sobre el caballo, amazona repugnante de pantalones hombrunos hasta los tobillos, bajo la falda recogida al arzón, lazo en mano, detrás del ganado altamireño que paciese por sus sabanas, insultando a los peones por el menor descuido y destrozándole los ijares a la bestia con las espuelas, y por las noches se encerraba en el cuarto de las conferencias con «el Socio», y allí permanecía en vela hasta el primer menudeo de los gallos.
–Veremos si se atreve –decíase a menudo durante el largo soliloquio, paseándose de un extremo al otro de la habitación, detrás de cuya puerta casi siempre estaba Juan Primito escuchando, y éste aseguraba haber oído varias veces el estribillo con que respondía «el Socio»:
–¡Se atreverá!
Era la íntima convicción, sentida a pesar suyo y formulada con ronca voz de ira inútil, de que Santos Luzardo cumpliría su palabra.
Ya finalizaba el último día del plazo, cuando llamó al recadero.
–Mande, señora –dijo Juan Primito, plantándosele por delante con la sonrisa que en su faz de idiota ponían el pavor supersticioso y la sumisión incondicional, y a tiempo que se hurgaba nerviosamente la inmunda barba con el negro garabato de la uña.
–Vas a ir a Altamira ahora mismo. Preguntas por el doctor Luzardo y le dices de mi parte que puede proceder cuando quiera al trabajo que me ha pedido y que me avise hora y punto para mandar mi gente.
Juan Primito le vio fulgurar en las negras pupilas la siniestra intención, y antes de ponerse en marcha, llenó de prisa todas sus cazuelas en la charca del degolladero y las colocó sobre los techos de los caneyes, murmurando:
–¡Era sangre lo que querían! ¡Beban, bichos! ¡Jártense y dejen quieto al cristiano!
Nadie como Juan Primito para tragarse las leguas al tranco precipitado de su marcha, volviendo a cada momento la cabeza, cual si se sintiera perseguido, y murmurando:
–¡Estas mujeres del demonio!
Pero no se refería especialmente a doña Bárbara, ni por el encargo que acababa de darle, sino a la mujer en general, tema de una extraña manía persecutoria que se le iba desarrollando a medida que caminaba por la sabana desierta.
Aquella tarde, además, espoleábalo el deseo de ver a Marisela.
Único afecto de su espíritu simple, nunca hubo para Juan Primito mayor placer que el de conversar con Marisela; sólo a ella le mostraba la pequeña porción razonable de su alma: las amarguras del hombre que había dentro del bobo. La había visto nacer; ocurrencia suya fue el nombre que a ella le pusieron; entre sus brazos, repudiada por la madre y aborrecida del padre, la había acunado, aya solícita por tierna ambigüedad de bebería, y si algunas palabras dulces había escuchado Marisela, eran las de aquel llamarla: «Niña de mis ojos», que salían de los labios belfos, por entre la pelambre asquerosa, como de los negros panales la miel de las aricas. Dinero que cayera en las manos de Juan Primito fue siempre para regalar a la niña de sus ojos con cuanta baratija vistosa llevaran en sus pacotillas los buhoneros que pasaban por el hato, y después, cuando, lanzado de su casa Lorenzo Barquero y refugiado en el rancho del palmar, se abandonó por completo a la borrachera, si ella no había pasado hambre la mayor parte de los días, era porque aquél le llevaba diariamente las sobras de la comida de la peonada de El Miedo.
–Aquí traigo tus retallones, niña de mis ojos –decíale, mostrándole el porsiacaso lleno, quién sabe con cuánta amargura bajo la risa idiota.
Luego: el cúmulo de disparates que él iba ensartando en su charla atropellada y las risotadas con que ella se los celebraba. Y el gusto que él ponía en oírselas, y el placer que ella encontraba en hacérselos decir; pero almas adentro, el afecto recíproco, luz de la vida del simple.
Santos Luzardo lo había privado de este placer al llevarse a Marisela para Altamira. Hasta allí habría ido a verla diariamente, porque para él no existían distancias; pero los peones de El Miedo, entre groseras chanzas, le habían dicho:
–Te quitaron la novia, Juan Primito.
Y esto, enfureciéndolo, fue como revolver una charca dormida: celos bestiales y pensamientos ruines, fango del alma ancestral, turbáronle el puro afecto, y Marisela se le convirtió de pronto en una de aquellas mujeres de su manía persecutoria que corrían desnudas detrás de él, visionario, por la sabana desierta.
Atormentado por esta visión cruel tuvo su paso de luna, y poco faltó para que doña Bárbara ordenara ponerle la chaqueta de fuerza.
Pasado el acceso de furia, no volvió a nombrar a Marisela, y cuando le preguntaban por ella, respondía:
–¡Guá! ¿No sabe que se murió? Esa que está en Altamira es otra persona.
No obstante, aquella tarde no le daban abasto las piernas tragaleguas para la prisa que llevaba por verla.
Realmente, parecía otra persona aquella Marisela que le salió al encuentro.
–¡Niña de mis ojos! –exclamó deteniéndose, alelado–. ¿Eres tú?
–¿Quién voy a ser, Juan Primito? –replicó ella, soltando la risa entre azorada y complacida.
–¡Pero si estás rebuenamoza, muchacha! ¡Y hasta has engordado! Cómo se conoce que ahora comes completo. ¿Y ese camisón tan bonito, quién te lo compró? ¿Y esos zapatos? ¡Tú con zapatos, niña de mis ojos!
–¡Umjú! –hizo Marisela, enrojeciendo de la vergüenza que aquellas exclamaciones le sacaban a la cara–. ¡Qué preguntón y qué antipático te has puesto, Juan Primito!
–Es que me da gusto verte ansina. Estás más linda que la flor de la maravilla. ¡Lo que pueden los trapos!
–Ya lo sabes, pues, para que te cambies esos que llevas encima, que ya dan grima.
–¿Vestirme yo de limpio? Eso está bueno para ti, que tienes a quién lucirte. ¿Te quiere mucho? Dime la verdad.
–No seas pajuato, Juan Primito –replicó enrojeciendo de nuevo.
Pero era otro rubor el que ahora le reventaba en las mejillas y le aterciopelaba los hermosos ojos.
–¡Hum! –hizo el bobo con entonación maliciosa–. No me lo niegues, que lo sé toitico.
Marisela iba a protestar para que la agradable broma siguiera; pero Juan Primito agregó:
–Me lo contó un pajarito que va siempre por allá.
Y a ella se le ocurrió replicar:
–¿Un rebullón?
Y la palabra maquinalmente pronunciada trajo consigo pensamientos graves. Enseriándose de pronto, interrogó:
–¿Están alborotados los rebullones por allá?
Allá era el término que solía emplear cuando necesitaba referirse a la madre, a quien nunca nombraba.
–¡No me digas, chica! –repuso Juan Primito–. Si en El Miedo ya no se puede vivir… Ese alboroto que forman esos bichos, revoloteando todo el santo día por encima de los caneyes. ¡Ave María Purísima! Ya estoy aborrecido de tanto bregar con esos pájaros del infierno. De buena gana me vendría yo para acá, para estar a la vera tuya; pero no puedo, chica. Yo tengo que estar allá, pendiente de los rebullones, para ponerles la bebida a tiempo, porque si no… ¡Ah, caramba! Tú no sabes lo que son los rebullones. Esos bichos son muy malucos, niña de mis ojos. Malos de verdad.
–¿Y en estos días, qué les has puesto para que beban? –inquirió Marisela, con acento intencionado por la preocupación que acababa de asaltarla.
–Sangre, chica –respondió, muy sonreído–. Esos rebullones tienen unas cosas, ¡chica! Miren que y que gustarles beber sangre, que debe ser tan maluca, ¿verdad, chica? En denante mismo les llené las perolitas, antes de salir para acá. Ya a estas horas deben de estar jartos.
Y en seguida:
–Antes de que se me olvide. ¿Por dónde anda el dotol Luzardo? Traigo un recado de la señora para él.
Y esto, dicho a continuación de aquello, ardid socorrido de Juan Primito para advertir a quien le llevase algún recado de doña Bárbara de las intenciones que a ella le atribuyera, hizo estremecerse a Marisela.
–¿Hasta cuándo vas a estar en ese oficio, idiota? –lo interpeló colérica–. Vas a condenarte por estar trayendo y llevando. ¡Sal de aquí inmediatamente!
Pero en esto intervino Santos Luzardo, que hacía rato estaba por allí, atento a la conversación del bobo con la muchacha.
–Déjalo, Marisela. Diga, Juan Primito, ¿qué recado es ese que me trae?
Se volvió con fingida sorpresa –ya sospechaba que fuera Luzardo aquel que estaba observándolo desde el corredor–, y a tiempo que la emprendía a uñazos con la maraña de la barba, despachó su comisión con las mismas palabras de doña Bárbara.
–Dígale que en Mata Oscura, mañana al amanecer estaré con mi gente –repuso Luzardo, y en seguida penetró en la casa.
Marisela esperó a que no pudiese oírla para decirle a Juan Primito lo que tenía menester, y éste, viendo la consternación en que ella había quedado, Se adelantó, tranquilizador:
–No te asustes, chica. Ya esos rebullones no hacen nada. A estas horas deben estar jartos de sangre.
Pero ella, agarrándolo por los brazos y sacudiéndolo con furia:
–Oye lo que te voy a decir: como vuelvas a venir por aquí con recados de allá, te voy a echar los perros.
–¿A mí, niña de mis ojos? –exclamó él entre aterrorizado y resentido.
–Sí, a ti. Y ahora quítateme de por delante. ¡Anda, vete ya de por todo esto!
Y Juan Primito regresó a El Miedo con la tristeza de que lo hubiese despedido así la niña de sus ojos, cuando él había ido tan contento sólo porque volvería a verla. Además, ¿no era un bien lo que había hecho, diciendo aquello de la sangre para que Luzardo supiera a qué atenerse?
Pero cuando llegó a El Miedo, ya se le había disipado el resentimiento, y después de repetirle a doña Bárbara las palabras de Santos Luzardo, rompió a hablar de Marisela:
–¡Si usted la viera, doña! No la conocería. ¡Ah, muchacha para haberse puesto buenamoza de verdad! ¡Esos ojotes tan requetelindos! Más bonitos que los de usté, doña. Y aseadita que da gusto verla. Bien vestida que la tiene el dotol, desde zapatos parriba. ¡Sabroso que debe de ser para un hombre –¿ah, doña?– tener a la vera suya una mujer tan bonita como está esa muchacha!
Nada que se refiriera a Marisela le había interesado nunca a doña Bárbara, pues respecto a ella, ni siquiera había experimentado el amoroso instinto de la bestia madre por el hijo mamantón; pero de donde no existían sentimientos maternales, las palabras de Juan Primito hicieron saltar de pronto impetuosos celos de mujer.
–Bueno. Eso no me interesa –díjole al mandadero impertinente–. Puedes retirarte.
Pero Juan Primito, si se hubiese fijado un poco, habría descubierto en seguida qué sed tenían entonces los rebullones.
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