Doña Bárbara: 3.IV. Opuestos rumbos buscaban. Rómulo Gallegos
Uno de aquellos mensajeros que le llevaron a Santos Luzardo la noticia del suceso de El Totumo había recibido de Ño Pernalete esta consigna privada:
–De paso, acérquense a las casas de El Miedo, con un pretexto cualquiera, y en conversación como cosa suya, échele el cuento a doña Bárbara. Es bueno que ella también lo sepa. Pero a ella sola, ¿sabe?
Lo primero que le ocurrió a doña Bárbara al recibir la noticia fue alegrarse del daño que con aquello había sufrido Luzardo.
Horas después lleváronle la noticia de que Marisela había regresado con su padre al rancho del palmar de La Chusmita, y al recibirla acudieron a su mente las cabalísticas palabras del «Socio», pero con una interpretación esperanzada; Marisela, la rival que le quitaba el amor de Santos Luzardo, regresando al rancho del palmar, eran las cosas que debían volver al lugar de donde salieron. Vio en esto un signo de que aún no se había apagado su buena estrella y se dijo:
–Dios tenía que seguir ayudándome.
Y ya se disponía a trazarse el plan adecuado a las nuevas circunstancias, cuando se le acercó Balbino Paiba, diciéndole:
–¿Sabe la noticia?
Rápida como la centella fue la ocurrencia de interrumpirlo:
–Que en el chaparral de El Totumo asesinaron a Carmelito López.
Balbino hizo un extraño gesto y en seguida exclamó, lisonjero:
–¡Caramba! A usted no hay manera de venderle noticias frescas. ¿Cómo lo supo?
–Anoche me lo dijeron –respondió, dejando entender con el impersonal empleado y con el tono misterioso que había sido «el Socio» quien se lo comunicara.
–Pero la informaron mal –repuso Balbino, al cabo de una breve pausa–, porque, según parece, Carmelito no murió asesinado, sino de muerte natural.
–¿Y una puñalada por la espalda, o un tiro por mampuesto, en un lugar como el chaparral de El Totumo, no es también una manera natural de morirse un cristiano?
Fue tal el desconcierto de Balbino al oír estas palabras, acompañadas de una sonrisa socarrona, que, pareciéndole única manera de salir del apuro hacer como si creyera que ella le daba a entender que el crimen había sido obra suya, cometió la torpeza de decir:
–No hay cuestión; a usted la ayudan cosas que pueden más que los hombres.
Brusco y amenazante fue el juntarse y separarse de las cejas de doña Bárbara al oír aquella alusión a sus poderes de bruja; pero ya Balbino había comenzado y tenía que concluir:
–El doctor Luzardo se propone acabar con el cachilapeo a sabana abierta, y en el chaparral de El Totumo se muere Carmelito, y el viento se lleva las plumas que iban a producir la plata necesaria para la cerca de Altamira.
–Así es –repuso ella, asumiendo de nuevo la actitud socarrona–. En esas sabanas de El Totumo siempre sopla mucho viento.
–Y como las plumas son livianitas –agregó Paiba, en el mismo tono sarcástico.
–Me parece –concluyó ella.
Se lo quedó mirando un rato, sonriendo, y luego soltó una carcajada. Balbino se dejó traicionar por el característico ademán involuntario de la manotada a los bigotes, y como esto hiciera reír a doña Bárbara con mayores ganas, acabó de perder los estribos y preguntó amoscado:
–¿De qué se ríe?
–De lo bellaco que eres. Vienes a contarme lo del chaparral, que ya debías saber que no era noticia fresca para mí, pero tienes buen cuidado de no mentar tus fechorías. ¿Por qué no me cuentas lo que has hecho durante estos días que has estado sin dejarte ver la cara por acá?
Dijo esto entre pausas y sin perder de vista los cambios de color y los movimientos irreprimibles que pasaban por el rostro de Balbino, y cuando ya éste se disponía a dar la explicación del empleo de su tiempo que tenía preparada para justificar su ausencia del hato, ella concluyó apresuradamente:
–Ya me dijeron también que tienes una rochelita con una de las muchachas de Paso Real. Sé que has estado allí poniendo joropos y empatando las noches con las noches en una sola parranda. ¿Por qué no me hablas de eso, grandísimo bribón, en vez de venir a darme noticias que no me interesan?
A Balbino le volvió el alma al cuerpo; pero al recuperar la serenidad, no hizo sino volverse más obtuso de lo que ordinariamente era, pues creyó que, en realidad, lo que le interesaba a la barragana era sus devaneos con la muchacha de Paso Real.
–Eso es una calumnia inventada por mis enemigos. Seguramente por Melquíades, que ya me he fijado en que anda espiándome los pasos. Yo sí estuve dos días en un joropo en Paso Real, pero ni lo puse yo ni es verdad que ande enamorado de ninguna de las muchachas de allá. Lo que pasa es que como uno no podía acercársele en estos días sin llevarse un boche, lo mejor que podía hacer yo era no dejarme ver contigo.
Se interrumpió un momento para explorar el efecto que le causaba el tú que se había aventurado a darle, tratamiento que sólo en raptos de amor solía tolerar ella, y como no la viese manifestar disgusto, se animó más.
–Tan es así, que ya estaba pensando irme de por todo esto, porque no ha sido muy bonito el papel que me has hecho representar desde que ha venido el doctor Luzardo.
Impenetrable el designio y con un perfecto arte de simulación, doña Bárbara asumió una actitud de enamorada celosa y replicó:
–Pretextos. Bien sabes tú qué es lo que me propongo con el doctor Luzardo. Pero están muy equivocados, tú y la muchacha de Paso Real, si creen que se van a burlar de mí. Ya le mandé a decir a ella que si sigue haciéndote carantoñas, la voy a alumbrar.
–Te aseguro que eso es una calumnia –protestó Balbino.
–Calumnia, o lo que sea, ya te he dicho lo que tenía que decirte: de mí no se burla nadie. De modo que no se te ocurra volver por Paso Real.
Y le dio la espalda, diciéndose mentalmente:
–Ya éste no verá el hoyo donde va a caer. En efecto, Balbino Paiba se quedó haciéndose estas reflexiones:
–Yo hice muy bien las cosas. Con una sola piedra maté dos pájaros. Los joropos de Paso Real me sirvieron para ir y venir hasta El
Totumo sin despertar sospechas y para que ésta volviera al comedero empujada por los celos. Ahora vuelvo a ser yo el gallo que canta en el patio de El Miedo; pero si ella se va a dar sus artes para hacerse rogar, yo también me voy a dar las mías. Yo hice muy bien las cosas: de Rafaelito no quedó ni rastro, porque lo que no le gustó al caimán le gustó a la caribera del Chenchenal, y ahora él es quien va a cargar con la muerte del hermano y con el robo de las plumas. Mientras tanto, ahí bajo la tierra están seguras, y puedo esperar a que pase el tiempo para ir vendiéndolas a pitos y flautas, y mientras tanto, el negocio de El Miedo andando.
A la vez, doña Bárbara diciéndose por allá:
–Dios tenía que ayudarme. Apenas me había empezado a preguntarme: ¿quién habrá sido el asesino?, viene este vagabundo a contarme el cuento con el crimen pintado en la cara. Ahora lo vajeo hasta que descubra dónde tiene escondidas las plumas, y una vez que estén en mis manos las pruebas suficientes, lo amarró codo con codo y se lo entrego al doctor Luzardo, para que haga con él lo que le dé gana.
A todo esto estaba dispuesta: a entregar sus obras y a cambiar de vida, porque ya no la impulsaba un capricho momentáneo, sino una pasión, vehemente como lo fueron siempre las suyas y como naturalmente lo son las pasiones otoñales, pero en la cual no todo era sed de amor, sino también ansia de renovación, curiosidad de nuevas formas de vida, tendencias de una naturaleza vigorosa a realizar recónditas posibilidades postergadas.
–Seré otra mujer –decíase una y otra vez–. Ya estoy cansada de mí misma, y quiero ser otra y conocer otra vida. Todavía me siento joven y puedo volver a empezar.
Tal era la disposición de su ánimo, cuando dos días después, de regreso a la casa, y al atardecer, divisó a Santos Luzardo, que volvía del pueblo.
–Espérame aquí –dijo a Balbino, en cuya compañía siempre procuraba estar ahora, y atravesando un gamelotal que le separaba del camino que traía Luzardo, le salió al paso.
Lo saludó con una leve inclinación de cabeza, sin sonrisas ni zalamerías, y lo interpeló:
–¿Es cierto que han asesinado a dos peones de usted que llevaban para San Fernando la cosecha de la pluma?
Después de haberle dirigido una mirada despectiva, Santos le respondió:
–Absolutamente cierto y muy estratégica su pregunta.
Pero ella no atendió al final de la frase por formular ya otra interrogación:
–¿Y usted qué ha hecho?
Mirándola fijamente a los ojos y martilleando las palabras, aquél le contestó:
–Perder mi tiempo pretendiendo que la justicia podría cumplirse; pero puede usted estar tranquila por lo que respecta a las vías legales.
–¡Yo! –exclamó doña Bárbara, enrojeciendo súbitamente, cual si la hubiesen abofeteado–. ¿Quiere decir que usted?..
–Quiero decirle que ahora estamos en otro camino.
Y espoleando el caballo prosiguió su marcha, dejándola plantada en medio de la sabana.









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