Doña Bárbara: 2.I. Un acontecimiento insólito. Rómulo Gallegos
Artera fue la táctica empleada por doña Bárbara cuando recibió aquella carta donde Luzardo le participaba su determinación de cercar Altamira. Nada podía agradarle menos que esta noticia de un límite, a quien, cuando se le ponderaba su ambición de dominio, solía replicar socarronamente:
–Pero si yo no soy tan ambiciosa como me pintan… Yo me conformo con un pedacito de tierra nada más: el necesario para estar siempre en el centro de mis posesiones dondequiera que me encuentre.
Sin embargo, en concluyendo de leer la carta, exclamó con una entonación de voz de mujer bonachona y sencillota:
–¡Bueno, pues! Por fin se van a acabar los pleitos por causa de ese bendito lindero con Altamira, porque el doctor Luzardo va a cercar su hato, y de ahora en adelante no habrá más equivocaciones. Eso es lo mejor: la cerca. ¡Sí, señor! Así cada cual sabe hasta dónde llega lo suyo y puede estar como dice el dicho: cada cual en su casa y Dios en la de todos. ¡Eso es! Hace tiempo que vengo pensando en la cerca; pero todavía no he podido darme ese gusto porque es mucha la plata que cuesta. El doctor sí puede darse ese gusto porque él tiene, y hace bien en gastarse una poca de plata en eso.
Balbino Paiba, que a la voz de carta de Luzardo se le había acercado, por si de él se tratara, se quedó mirándola de hito en hito, sin comprender que todo aquello eran puras marrajerías encaminadas a que Antonio Sandoval, que estaba esperando la respuesta, llevase a Altamira el cuento de la buena disposición de ánimo con que había acogido la noticia.
Pero como ya Antonio había oído decir que aquella entonación de voz no la empleaba ella sino cuando se proponía un plan artero, se hizo esta reflexión:
–Ahora es cuando está peligrosa la mujer.
–Dígale, pues, al doctor Luzardo –concluyó ella–, que quedo en cuenta de lo que se propone; pero que, respective a medianería, por ahora no estoy en condiciones de costearla. Que si él quiere y tiene mucha prisa –pues ya veo que el doctor es de los que llegan tumbando y capando, como dicen vulgarmente–, puede proceder a plantar los postes de una vez, que después nos entenderemos. Él me dirá lo que haya gastado y no pelearemos por eso.
–Y, respective al trabajo que le pide el doctor –inquirió Antonio, dándole, una entonación especial al término empleado por ella–, ¿qué le contesta?
–¡Ah! Se me olvidaba que también me habla de eso. Dígale que por ahora mis sabanas no están en condiciones de permitir trabajos; pero que yo le avisaré en cuanto no más pueda dárselos. Mientras tanto, que vaya echando la posteadura. De aquí a cuando vayamos a echar el alambre hay tiempo de sobra para que él recoja su ganado de por aquí y yo los mautes míos que anden por allá. Dígale eso. Y démele un saludo de mi parte.
Apenas hubo partido Antonio, Balbino Paiba expresó la idea siniestra que no podía por menos de atribuirle a doña Bárbara:
–Por supuesto, el doctor Luzardo no va a tener tiempo de echar esa cerca.
–¿Por qué no? –replicó ella, mientras doblaba la carta para meterla de nuevo en el sobre–. Eso es cuestión de unas semanas no más. Pero, como no vaya a equivocarse y echarla más acá del lindero.
Y volviendo a su tono natural de voz, sin socarronerías que ya no tenían objeto:
–Llámate acá a los Mondragones.
Al día siguiente amanecieron trasplantados el poste del lindero y la casa de Macanillal; pero no Altamira adentro, como antes solían moverse, sino en sentido inverso, cediendo terreno, y a un sitio cuyas señales no pudieran corresponder a las de la demarcación última vigente.
La estratagema tenía por objeto que Luzardo se extralimitara al echar la cerca, ateniéndose sólo al poste y a la casa, que eran los puntos de referencia más ostensibles dentro de la vaguedad de los términos del deslinde. Luego, sería fácil demostrar que la mudanza había sido obra de él, valiéndose de que no había por allí quien se lo impidiera, pues hacía tres días que loa Mondragones, únicos habitadores del desierto de Macanillal, habían desocupado la casa en piernas. Por algo lo había dispuesto ella así.
Y hasta Balbino Paiba, que no solía concederle nada a nadie, tuvo que reconocer:
–¡No hay cuestión! Esta mujer ve el gusano donde uno no ve la res. No sé si serán consejos del «Socio», pero lo cierto es que el plan ha estado bien combinado.
La verdad era que tal orden de desocupación de Macanillal, dada justo con la de restituir el lindero al sitio donde lo pusiera la ejecución de la sentencia del último litigio, no había sido encaminada a la estratagema de ocurrencia posterior, pues entonces ni siquiera le había cruzado por la mente a doña Bárbara la posibilidad de que Santos Luzardo quisiese cercar; pero como vino a resultar útil para el ardid recién concebido, ella se engañó a sí misma considerándola como paso previo de su plan, cual si tal se hubiese trazado desde el primer momento, adelantándose a los propósitos del enemigo, por obra y milagro de aquel don de adivinación de los acontecimientos futuros que estaba convencida de poseer, gracias al «Socio». Así, por momentáneos impulsos aislados, que luego circunstancias fortuitas encadenaban, había procedido siempre, y como casi siempre la había ayudado la fortuna, visto por fuera –y era así como ella misma lo veía–, aquello parecía efectiva y extraordinaria previsión: mas, visto por dentro, doña Bárbara resultaba incapaz de concebir un verdadero plan. Su habilidad estaba únicamente en saber sacarle en seguida el mayor provecho a los resultados aleatorios de sus impulsos.
Pero esta vez no acudieron en su ayuda las circunstancias. Avisado por el recelo que a Antonio le había causado la falsa actitud conciliadora de la mujerona y aleccionado por lo que acababa de ocurrirle con míster Danger, Santos estudió cuidadosamente el asunto antes de proceder a plantar la posteadura de la cerca, y cuando aquélla vio que la plantaba justamente donde debía, sin caer en el ardid, tuvo la intuición de que algo nuevo comenzaba para ella desde aquel momento.
No obstante, ensoberbecida por la desairada situación en que había quedado, optó por la violencia abierta, y cuando Luzardo, días después, le reiteró la petición del permiso para sacar sus ganados de las sabanas de El Miedo, se lo negó rotundamente.
–Y ahora, doctor –insinuó Antonio Sandoval–. Usted, por supuesto, va a pagarle con la misma moneda echando la cerca sin permitirle que ella saque su ganado de aquí. ¿No es así?
–No. Por ahora acudiré a la autoridad inmediata para que la obligue a cumplir lo que le ordena la ley. Al mismo tiempo haré citar ante la Jefatura Civil a míster Danger, y así quedarán zanjadas de una vez las dos dificultades.
–¿Y cree usted que Ño Pernalete le hará caso? –objeto todavía Antonio, refiriéndose al Jefe Civil, dentro de cuya jurisdicción estaban ubicadas Altamira y El Miedo–. Ño Pernalete y doña Bárbara son uña y carne.
–Ya veremos si se niega a hacerme justicia.
Concluyó Santos. Y al día siguiente partió para el pueblo cabecera del Distrito.
Escombros entre matorrales, vestigios de una antigua población próspera: ranchos de barro y palma esparcidos por la sabana; otros, más allá, alineados a orillas de una calle sin aceras y sembrada de baches; una plaza, campo de yerbajos rastreros a la sombra de tiñosos samanes centenarios; a un costado de ella, la fábrica inconclusa –que más parecía ruina– de un templo que hubiera sido demasiado grande para la población actual, y en los restantes, algunas casas de antigua y sólida construcción, las más de ellas deshabitadas, algunas sin dueño conocido, y sobre una de las cuales, hundidos los techos y desplomados los muros, aún se apoyaba el tronco gigante de un jabillo derribado por el huracán hacía ya muchos años; una población cuyas principales familias habían desaparecido o emigrado enteras, sin tráfico ni muestra de actividad alguna; uno de esos muchos pueblos venezolanos, que guerras, paludismo, anquilostomiasis y otras calamidades más han ido dejando convertidos en escombros a las orillas de los caminos: esto era el pueblo cabecera del Distrito, teatro de las sangrientas contiendas entre Luzardos y Barqueros.
Ya Santos lo había recorrido casi todo sin tropezarse con un transeúnte, cuando, por fin, vio unos hombres en el corredor de una pulpería, silenciosos, desocupados, pero como si esperasen algo que debiera ocurrir de un momento a otro. Unos hombres ventrudos, de caras macilentas, bigotes lacios y miradas mustias.
–¿Pueden decirme dónde queda por aquí la Jefatura Civil? –les preguntó.
Se miraron entre sí, como disgustados de que los obligasen a hablar, y, por fin, con voz quejumbrosa, uno de ellos comenzaba a dar la indicación pedida, cuando de la pulpería salió alguien exclamando:
–¡Luzardo! ¡Santos Luzardo! ¿Tú por aquí, chico?
Mas, como Santos no correspondiese a sus amistosas demostraciones, ya para abrazarlo, se detuvo frente a él y lo interpeló:
–¿No me conoces?
–Pues, francamente..
–Recuerda, chico. Procura recordar.. ¡Mujiquita, chico! ¿No te acuerdas de Mujiquita? Condiscípulos en la Universidad, en el primer año de Derecho.
No lo recordaba; pero habría sido una crueldad dejarlo con los brazos abiertos:
–¡Cómo no, Mujiquita, sí!
Como los hombres que estaban en el corredor de la pulpería, Mujiquita parecía pertenecer a una raza distinta de la que poblaba las sabanas, hombres fuertes y alegres, generalmente. En cambio, estos del pueblo llanero eran tristes, melancólicos, aniquilados por la leucemia palúdica. Mujiquita, especialmente, era una verdadera lástima: los bigotes, el cabello, las pupilas, la piel, todo parecía tenerlo empolvado con aquel polvo amarillo que alfombraba las calles del pueblo, todo en él daba la impresión de esos pobres árboles de orillas de caminos, que no se sabe de qué color son. No era desaseo propiamente; era pátina, marchitez palúdica y soflama de alcohol.
Hasta cuando quería demostrar contento, sólo se le escapaban exclamaciones quejumbrosas:
–¡Sí, hombre! Condiscípulo tuyo. ¡Qué tiempos aquellos, Santos! ¡Ortolán, el doctor Urbaneja!… ¡Mujiquita, chico! Así me llamaban ustedes y así todavía me dicen los amigos. Tú eras el alumno más aprovechado del curso. ¡Cómo no! Y yo no me he olvidado de ti. ¿Te acuerdas de cuando me ayudabas a estudiar las lecciones de Derecho romano, paseándonos por los claustros de la Universidad? Pater est quem nuptiae demonstrant. ¡Cómo se le quedan a uno grabadas ciertas cosas! A mí no me entraba el Derecho romano, y tú te calentabas conmigo porque no entendía… ¡Ah, Santos Luzardo! ¡Qué tiempos aquéllos! Me parece estar oyendo aquellas peroratas tuyas que nos dejaban a todos con la boca abierta. ¿Quién me iba a decir que iba a volver a verte? ¿Tu te graduaste ya, por supuesto? ¡Cómo no! Tú eras el mejor del curso. ¿Y qué buscas por aquí?
–La Jefatura Civil.
–Acabas de dejarla atrás. No te has fijado porque está cerrada. Como hoy el general no está en el pueblo –ha salido para uno de sus hatos–, no la he abierto. Has de saber que estás hablando con el secretario.
–¡Ah! ¿Sí? Pues celebro haberme tropezado contigo –díjole Santos, y en seguida le explicó el fin de su viaje.
Mujiquita se quedó un rato caviloso, y luego:
–Has tenido suerte, chico, de no encontrar al coronel, porque con él hubieras perdido tu tiempo. Es muy amigo de doña Bárbara, y si es míster Danger, ya tú sabes que musiú tiene garantías en esta tierra. Pero yo te voy a arreglar la cosa. ¡Cómo no, Santos!
Para algo hemos sido amigos. Voy a citar a doña Bárbara y a míster Danger en nombre del Jefe Civil, haciéndome el que no sé las cosas que median entre ellos, de modo que cuando se presenten en la Jefatura, ya no haya remedio, y tú puedas exponer tus quejas.
–¿De manera que si no me encuentro contigo?…
–Te habrías ido con las cajas destempladas. ¡Ay, Santos Luzardo! Tú estás acabando de salir de la Universidad y crees que eso de reclamar derechos es tan fácil como parece en los libros. Pero no tengas cuidado; lo principal está logrado ya: que se haga comparecer ante la Jefatura a doña Bárbara y a míster Danger. Aprovechándome de que el coronel no está aquí y haciéndome el mogollón, ya voy a mandar un propio con las boletas de citación. En el término de la distancia, les voy a poner. De modo que pasado mañana a estas horas deben de estar aquí. Mientras tanto, tú te quedas por ahí, sin dejarte ver, no vaya a informarse el coronel a qué has venido, y tener yo que explicarle antes de tiempo.
–Tendría que encerrarme en la posada. Si es que alguna hay en este pueblo.
–No es muy recomendable la que hay, pero… Si no fuera porque no conviene que el general se dé cuenta de que somos buenos amigos, yo te diría que te quedaras en casa.
–Gracias, Mujica.
–¡Mujiquita, chico! Dime como me decías antes. Yo siempre soy y seré el mismo para ti. No te imaginas el placer que me has proporcionado. ¡Aquellos tiempos de la Universidad! ¿Y el viejo Lira, chico? ¿Vive todavía? ¿Y Modesto, siempre rezando? ¡Qué buen hombre aquel Modesto! ¿Verdad, chico?
–Muy bueno. Pues, oye, Mujiquita; yo te agradezco la buena voluntad de serme útil que has mostrado; pero como lo que vengo a reclamar es perfectamente legal, no tengo por qué andar con tantos tapujos. El Jefe Civil, ése que todavía no sé si es general o coronel, pues le das los dos tratamientos alternativamente, tendrá que atender mi solicitud. .
Pero Mujiquita no lo dejó concluir:
–Mira, Santos: síguete por mí. Tú traes la teoría, pero yo tengo la práctica. Haz lo que te aconsejo: métete en la posada, fíngete enfermo y no salgas a la calle hasta que yo te avise.
Se parecía a casi todos los de su oficio, como un toro a otro del mismo pelo, pues no poseía ni más ni menos de lo que se necesita para ser Jefe Civil de pueblos como aquél: una ignorancia absoluta, un temperamento despótico y un grado adquirido en correrías militares. De coronel era el que había ganado en las de su juventud; pero aunque sus amigos y servidores tendían a darle a veces el de general, el resto de la población del Distrito prefería llamarlo: Ño Pernalete.
Estaba despachando con Mujiquita, bajo la égida de un sable pendiente de la pared, envainado, pero con muestras de un uso frecuente en el desniquelado de la tarama, cuando se sintieron en la calle pisadas de caballos.
Empalideciendo de pronto, aunque ya todo lo tenía preparado para aquel preciso momento. Mujiquita exclamó:
–¡Ah, caramba! ¡Se me olvidaba decirle, general!…
Y echó el cuento, aduciendo en justificación de la prisa que se había tomado para citar a los vecinos de Santos el temor de que éste –Luzardo al fin– se hiciera justicia por sí mismo si no encontraba a la autoridad pronta a impartírsela.
–Como usted se había ido para Las Maporas sin decirme cuánto tiempo estaría por allá –concluyó–, yo creí que lo mejor era proceder en seguida.
Ño Pernalete lo miró de arriba abajo:
–Ya sabía yo que usted tenía algún embolado, Mujiquita. Porque desde ayer está como perro con gusano, y en lo que va de hoy, si no se ha asomado cien veces a la puerta es porque habrán sido más. ¿Conque lo mejor era proceder en seguida? Mire, Mujiquita, ¿usted cree que yo no sé que ese doctorcito que está ahí en la posada es amigo suyo?
Pero ya se detenían en la puerta de la Jefatura doña Bárbara y míster Danger, y Ño Pernalete se reservó para después lo que todavía tenía que decirle al secretario. No le convenía que las personas citadas se enterasen de que allí se podía hacer nada sin consentimiento suyo, y salió a recibirlas, aceptando el papel que lo obligaba a representar Mujiquita; pero, ¡eso sí!, dispuesto a cobrárselo caro.
–Adelante, mi señora. ¡Caramba! Si no es así, no la vemos a usted por aquí. Siéntese, doña Bárbara. Aquí estará más cómoda. ¡Mujiquita! Quite su sombrero de esa silla para que se siente míster Danger. Ya le he dicho varias veces que no ponga el sombrero sobre las sillas.
Mujiquita obedeció solicito. Era el precio, el inevitable vejamen que tenía que sufrirle a Ño Pernalete cada vez que se atrevía a meter la mano en ayuda de algún solicitante de justicia; su corona de martirio, hecha de reprimendas insolentes en público, a voz en cuello, para mayor escarnio de su dignidad de hombre. Ya tenía callos en los oídos de tanto recibirlas; pero en aquel pueblo no se daban cuenta de lo que le debían a Mujiquita.
–¿Hasta cuándo te estarás metiendo a redentor? –solía decirle su mujer cuando lo veía llegar a casa, después de aquellos regaños, deprimido, con lágrimas en los ojos.
Pero él respondía invariablemente:
–Pero ¡chica! Si no me meto, ¿quién aguanta al coronel?
Y, atolondrado por la vergüenza, estuvo largo rato buscando dónde poner el sombrero.
–Bueno. Aquí estamos a la orden de usted –dijo míster Danger.
Y doña Bárbara, sin disimular el enojo que todo aquello le causaba, agregó:
–Poco ha faltado para que se nos atarrillaran los caballos, por estar aquí, como usted mandaba, al término de la distancia.
Ño Pernalete le echó una mirada furiosa a Mujiquita y en seguida le dijo:
–Ande y búsquese al doctor Luzardo. Dígale que no se haga esperar mucho, que ya están aquí los señores.
Y Mujiquita salió de la Jefatura, diciéndose, bajo el peso del mal presentimiento:
–Lo que soy yo, de ésta pierdo el puesto. Tiene razón mi mujer: ¿quién me manda meterme a redentor?
Momentos después, cuando regresó en compañía de Luzardo, ya la actitud de doña Bárbara era otra: había recobrado su habitual expresión de impasibilidad, y sólo un ojo muy zahorí habría podido descubrir en aquel rostro un indicio de pérfida satisfacción, reveladora de que ya se había entendido con Ño Pernalete.
Sin embargo, tuvo un instante de desconcierto al ver a Luzardo: la intuición fulminante del drama final de su vida.
–Bien –dijo Ño Pernalete, sin responder al saludo de Luzardo–. Aquí están los señores, que han venido a oír las quejas que usted tiene que formular contra ellos.
–Perfectamente –dijo Luzardo, tomándose el asiento que no le brindaban, pues ni Pernalete estaba para cortesías, ni Mujiquita para demostraciones amistosas que acabaran de comprometerlo–. En primer lugar, y perdóneme la señora que la posponga, el caso del señor Danger.
Y como advirtiese la rápida guiñada de ojos que con el aludido cruzó el Jefe Civil, comprendió que ya se habían entendido entre sí e hizo una pausa para dejarlos gozarse en su picardía.
–Es el caso que el señor Danger tiene en sus corrales –y me sería fácil comprobarlo–, reses marcadas con su hierro, que, sin embargo, llevan las señales de Altamira.
–¿Y eso qué quiere decir? –interpeló el extranjero, sorprendido de aquel tema que no era el que esperaba oírle plantear.
–Que no le pertenecen. Simplemente.
–¡Oh! ¡Caramba! Como se conoce que usted está tiernito eh cosas de llano. ¿No sabe usted que las señales no tienen importancia ninguna, y que lo único que da fe sobre la propiedad de una res es el hierro, siempre que esté debidamente empadronado?
–¿De modo que puede usted cazar orejanos marcados con señales ajenas?
–¿Y por qué no? Yo estoy cansado de hacerlo, y usted también lo estaría si se hubiera ocupado antes de su hato. ¿No es así, coronel?
Pero antes de que éste hubiese apoyado la afirmación de mister Danger, Luzardo dijo:
–Basta. Lo que me interesaba era que usted confesara que caza orejanos en La Barquereña.
–¿Y no es mía La Barquereña? Aquí tengo encima de mi pecho los títulos de mi propiedad. ¿Pretende usted prohibirme que yo haga en mi posesión lo que usted puede hacer en la suya?
–Algo de eso me propongo, realmente. Coronel, tenga la bondad de exigirle al señor Danger que le muestre esos títulos de propiedad:
–Pero, bien –replicó Ño Pernalete–. ¿Qué es lo que usted se propone, doctor Luzardo?
–Demostrar que el señor Danger está fuera de la ley, porque no posee la extensión de tierras que la Ley de Llano señala como mínimo para tener derecho a cazar orejanos.
–¡Oh! –hizo mister Danger, a tiempo que palidecía de ira, sin hallar objeción que hacer, pues era cierto lo que afirmaba Luzardo.
Y éste, sin darle tiempo a recobrarse de aquella sorpresa, concluyó:
–¿Ve usted cómo sí conozco mis derechos y estoy dispuesto a defenderlos? ¿Creía usted que yo venía a tratar de la palizada de Corozalito? Ahora será usted quien tendrá que levantarla, porque no teniendo derecho a cazar orejanos, su propiedad debe estar cercada.
–¡Pero bien! –volvió a exclamar Ño Pernalete, descargando un puñetazo sobre la mesa de despacho ante la cual estaba sentado–. ¿Y qué papel hago yo aquí, doctor Luzardo? Porque usted habla en un tono que parece que fuera la autoridad.
–En absoluto, coronel. Hablo en el tono de quien reclama ante la autoridad el cumplimiento de una ley. Y como ya he expuesto el caso del señor Danger, pasemos al de la señora. Usted decidirá luego lo que a bien tenga.
Entretanto, doña Bárbara, sin mezclarse en la querella, había demostrado un interés creciente a medida que Santos hablaba. Ya bien impresionada –y muy a pesar suyo– desde que lo vio aparecer en la puerta de la Jefatura, acabó de hacérselo simpático la habilidad con que él le había arrancado al extranjero despreciativo la confesión que necesitaba. En parte, por la astucia misma, que era lo que más podía admirar en alguien doña Bárbara; en parte, porque se trataba de mister Danger, y nada podía serle más grato que la derrota de aquel hombre, el único que podía jactarse de haberla despreciado y el único también que hasta allí le había impuesto su voluntad, valido del secreto que de ella poseía, y, finalmente, porque se trataba de un extranjero, y doña Bárbara los odiaba de todo corazón.
Pero las últimas palabras de Santos hicieron desaparecer de su rostro la expresión de complacencia, y aquél volvió a convertirse para ella en el enemigo de guerra jurada.
–Se trata de que la señora –prosiguió Santos– se niega a darme trabajo en sus sabanas. Trabajo que necesito urgentemente, y que la Ley de Llano la obliga a darme.
–Es cierto lo que dice el doctor –manifestó doña Bárbara–. Se lo he negado y se lo niego otra vez.
–¡Más claro no canta un gallo! –exclamó el Jefe Civil.
–Pero la ley también es clara y terminante –replicó Luzardo–. Y pido que la señora se atenga a ella.
–A ella me atengo, sí, señor.
Sonriendo de la picardía ya concertada entre ambos, Ño Pernalete se dirigió al secretario, que hasta allí había estado como si sólo atendiera a lo que escribía en uno de los libros que estaban sobre su mesa.
–A ver, Mujiquita. Tráigame acá la Ley de Llano vigente.
Cogió el folleto de las manos de Mujiquita, arrebatándoselo casi, lo abrió, pasó unas hojas mojándose de saliva el índice y finamiento exclamó:
–¡Anjá! ¡Aquí está! Vamos a ver qué dice la ley soberana. Pues, sí, señora. El doctor tiene razón: la ley es terminante. Escuche cómo dice: «Todo dueño de hato o fundación está obligado a…»
–Sí –interrumpió doña Bárbara–. Me sé de memoria el artículo ese.
–Entonces –rearguyó Ño Pernalete, farsa adelante.
–¿Entonces, qué?
–Que debe atenerse a la ley.
–A ella me atengo, ya lo he dicho. Me niego a darle al doctor el trabajo que me pide. Impóngame usted el castigo que señale la ley.
–¿El castigo? Vamos a ver qué dice la ley soberana. Pero Luzardo lo interrumpió, diciendo, a tiempo que se ponía de pie:
–No se moleste, coronel. No lo encontrará. La ley no establece para este caso penas de multas ni arrestos, que son las únicas que puede imponer la autoridad civil de que está investido usted.
–¿Y entonces? Le pregunto yo ahora a usted: ¿qué pretende que yo haga si la ley no me autoriza?
–Ya no pretendo nada. En un principio sí pretendí: que usted hiciera comprender a la señora que, aunque la ley no determine penas de multas o arrestos, ella obliga de por sí. Obliga a su cumplimiento, pura y simplemente. Y si la señora, por no entenderlo así, no se aviene a lo que exijo, dentro del término de ocho días la demandaré por ante un tribunal. Como demandaré también al señor Danger por lo que le corresponde. Y basta de explicaciones.
Dicho esto, abandonó la Jefatura.
Hubo un momento de silencio, durante el cual Mujiquita se dijo mentalmente:
–¡Ah, Santos Luzardo! El mismo de siempre.
De pronto estalló el Jefe Civil:
–¡Esto no se queda así! Alguno va a pagar la altanería del doctorcito ese. ¡Venir a hablarme a mí de leyes!
Especialmente, de leyes que obligasen por sí solas, sin necesidad de la manu militari, que era lo que él solía meter cuando de leyes se tratase. No podía perdonarle a Luzardo que le hubiera hablado como lo hizo; pero como además de celos de autoridad, a la manera como la entiende el bárbaro, o mejor dicho, a causa de esos mismos celos, Ño Pernalete teníale cierta ojeriza a la dueña de El Miedo por el tratamiento de potencia a potencia que se veía obligado a darle, en seguida reaccionó contra ella, y así que se hubo convencido de que ya Mujiquita –para quien fueron dichas sus anteriores palabras– no tenía más sangre que pudiera afluirle al rostro, agregó, cambiando de tono:
–Ahora. Le digo una cosa, doña Bárbara. Y a usted también, míster Danger. Eso que ha dicho el doctorcito es la pura verdad: las leyes tienen que cumplirse porque sí, pues, si no, no serían leyes, que quiere decir mandatos, órdenes del Gobierno de hacer o no hacer tal o cual cosa. Y como parece que ese doctorcito sabe dónde la aprieta el zapato, yo les aconsejo a ustedes que se transen con él. De modo que, eche su cerca, míster Danger, porque usted, verdaderamente, no está en ley. Aunque no sea sino para llenar la fórmula. Después, un palo que se cae hoy y otro mañana, y el ganado, que para pasar al Lambedero no necesita boquetes muy grandes, ¿quién va a fijarse en eso? Vuelve usted a parar los palos, si el vecino reclama, y ellos se volverán a caer, porque esa tierra suya como que no es muy firme. ¿Verdad?
Y descargando su manaza en los hombros del Jefe Civil, con la familiaridad a que le daba derecho la bribonada que acababa de oír, agregó:
–¡Este coronel tiene más vueltas que un cacho! Por allá tengo dos vacas lecheras muy buenas. Un día de éstos voy a mandárselas.
–Serán bien recibidas, míster Danger.
–¡Ah, coronel bien competente! ¿Quiere ir a echarse un trago conmigo?
–Dentro de un rato. Yo pasaré más tarde por la posada a buscarlo, porque supongo que usted no se va a ir ahora mismo.
–Convenido. Allá lo espero. ¿Y tú, Mujiquita, quieres acompañarme?
–Gracias, míster Danger.
–¡Oh! ¡Esta cosa sí que es rara! ¡Mujiquita no quiere beber hoy! Bueno. Hasta más luego, como dicen ustedes. Hasta más lueguito, doña Bárbara. ¡Ja, ja! Doña Bárbara se ha quedado muy pensativa esta vez.
En efecto, ceñuda y pensativa, con la mano extendida sobre la Ley de Llano, que Ño Pernalete acababa de consultar representando la farsa concertada entre ambos para burlarse de las pretensiones de Luzardo sobre la «Ley de doña Bárbara», como por allí se la llamaba, porque a fuerza de dinero había obtenido que se la elaborasen a la medida de sus desmanes, la mujerona se había quedado rumiando el encono que le habían producido las palabras de Santos Luzardo.
Por primera vez había oído amenaza semejante, y lo que más le encrespaba la cólera era que fuere precisamente aquella ley suya, pagada con su dinero, lo que la obligase a otorgar cuando se había propuesto negar. Estrujó rabiosamente la hoja del folleto, murmurando:
–¡Que este papel, este pedazo de papel que yo puedo arrugar y volver trizas, tenga fuerza para obligarme a hacer lo que no me da la gana!
Pero estas rabiosas palabras, además de encono, expresaban también otra cosa: un acontecimiento insólito, un respeto que doña Bárbara nunca había sentido.









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