Doña Bárbara: 1.XII. Algún día será verdad. Rómulo Gallegos
Grande fue la sorpresa de Antonio, cuando al día siguiente –como llevase a Santos a Macanillal para que viera cómo venía avanzando el lindero de El Miedo– descubrió que la casa de los Mondragones había retrocedido a su primitivo asiento.
–La mudaron anoche –exclamó–. Miren por dónde venía ya el poste del lindero. Ahí está el hoyo todavía.
–Bien –dijo Luzardo–. Ahora está en su sitio y por este respecto no tendremos dificultades, a lo menos por el momento. Para evitar que en lo sucesivo pueda ser trasladada de la noche a la mañana echaremos una cerca por este viento.
–¿Quiere decir que va a aceptar ese lindero? ¿Va a quedarse con los pleitos que tan malamente le ha ganado doña Bárbara?
–Son hechos consumados que tienen ya autoridad de cosa juzgada. De muchas, si no de todas esas decisiones de los tribunales, se habría podido apelar con éxito; pero no me supe ocupar de mis intereses… Además, tierras todavía hay bastantes, a pesar de todo. Hacienda es lo que no veo. Apenas una que otra mancha de ganado.
–Hacienda tampoco falta –replicó Antonio–. Lo que sucede es que se ha alzado casi toda. Son muchas las cimarroneras que hay en Altamira, como ya le he dicho, porque nosotros, los poquitos amigos suyos que hemos quedado por aquí, en vez de procurar que se acabaran las hemos fomentado. Era la única manera de salvarle el ganado: dejarlo que se alzara todo. Aquí lo que hacía falta era amo, y ahora lo que se necesita es gente para trabajar.
–Efectivamente, veo que Altamira se ha convertido en un verdadero desierto. Antes, por dondequiera había casas.
–A los poquitos colonos que quedaban los mandó desocupar don Balbino al encargarse de la mayordomía, para que, no habiendo en los linderos gente luzardera que vigilara, los vecinos se pudieran meter a la hora y punto que les diera gana y arrear por delante todo el mautaje con que se tropezaran.
–¿De modo que el enemigo no era solamente doña Bárbara?
–Ella ha hecho con lo de usted todo lo que le ha pedido el cuerpo, como dicen; pero los otros también han manoteado a su gusto. Así, por ejemplo, han acabado con los bebederos de Altamira y los han puesto donde mejor les ha parecido, de modo que el ganado de acá vaya por sus propios pasos a caer en manos de ellos, porque en cada bebedero de éstos encuentra usted al mediodía cuatro o cinco peones del hato respectivo cazando a lazo el ganado luzardero. Eche la vista para allá. ¿Aguaita aquella mancha de hacienda? Todo ese animalaje va buscando los bebederos del Bramador en tierras que fueron de aquí y hoy pertenecen a El Miedo, y orejano que pise la orilla del caño ya se puede contar como perdido. Los mismos peones de doña Bárbara han picado el ganado en esa dirección hasta acostumbrarlo, sin que nosotros hayamos podido impedírselo. Y si es el musiú del lambedero de La Barquereña, ¡no se diga! El mister Danger de quien le hablé esta mañana. Ése le ha cogido todos los tiros al llanero bellaco, y res que pase el boquerón de Corozalito no regresa más para acá. Yo creo que lo primero que hay que hacer es volver a poner los tapices en los bebederos de antes y acostumbrar el ganado a que no busque los del vecino, y echar otra vez la palizada que hasta en tiempos de su padre de usted tapaba el boquerón de Corozalito, para impedir que el ganado pase a arrochelarse en los lambederos de La Barquereña. Si usted quiere, hoy mismo se puede proceder a abrir los hoyos para la posteadura.
–No hay que precipitarse. Antes necesito estudiar las escrituras de Altamira para determinar el lindero y consultar la Ley del Llano.
–¿La Ley del Llano? –replicó Antonio socarronamente–. ¿Sabe usted cómo se la mienta por aquí? Ley de doña Bárbara. Porque dicen que ella pagó para que se la hicieran a la medida.
–No tendría nada de extraño, según andan las cosas por aquí –dijo Santos–. Pero mientras sea ley, hay que atenerse a ella. Ya se procurará reformarla.
Aquella tarde, previo el estudio de los títulos de propiedad de Altamira y de la Ley del Llano, Santos envió aviso por escrito a doña Bárbara y a mister Danger de que había resuelto cercar el hato, a fin de que procediesen en el término legal a sacar los respectivos ganados que pastasen en sabanas altamireñas, pidiéndoles, al mismo tiempo, permiso para retirar los suyos de las de El Miedo y del Lambedero.
El mismo Antonio llevó las cartas y por el camino se hizo estas reflexiones:
–A doña Bárbara como que le robaron sus reales. Esto de la cerca, que está en su ley, no me gusta mucho; pero menos le va a gustar a ella. Algún día tenía que venir quien le metiera los bichos en el corral.
Al anochecer del siguiente día partió Santos en compañía de Antonio, rumbo a Mata Luzardera, y después de haber cabalgado durante dos horas por sabanas trajinadas, comenzaron a atravesar un campo intrincado de mastrantales secos y escobares amargos, por donde no había huellas de ganado.
Tras el monte obscuro de la mata se elevaba el disco de la luna esparciendo una melancólica claridad sobre el vasto campo enmarañado.
Antonio puso su bestia al paso, y después de recomendarle a Luzardo silencio y cautela, subieron a la loma de un médano.
–Ponga cuidado –díjole el caporal–. Ya va a escuchar lo que no se habrá imaginado siquiera.
Y haciendo de sus manos portavoz, lanzó desde lo alto del médano un grito agudo que barrenó el silencio de la noche.
Inmediatamente se levantó un vasto rumor creciente, y todo el amplio espacio que desde aquella altura se dominaba se agitó y retembló bajo el tropel de numerosos rebaños salvajes.
–¡Escuche! –exclamó el peón–. Estos son millares y millares de orejanos que no conocen al hombre. Hace más de siete años que no entran caballos en este paño de sabana. Y esto que está oyendo es nada comparado con otras cimarroneras que hay más adentro, hacia el Cunaviche A pesar de todo, Altamira aguanta todavía. Las cimarroneras han sido la salvación; pero ahora hay que acabar con ellas. Yo tengo ganas de empezar a darle unos choques a esta rochela, si le parece. Por el momento nos hacen falta sogueros especiales, porque no todos saben trabajar cimarrones; pero yo sé dónde los hay y los puedo hacer venir.
Además, me parece que sería conveniente volver a fundar las queseras, que antes las hubo y daban muy buenos resultados. La quesera es conveniente no sólo porque es una entrada de plata más, sino porque sirve para el amansamiento del ganado, que el de aquí es demás de bravo y es mucha la bestia que mata en el trabajo.
Estas razones prácticas eran motivo suficiente para que se procediese a la fundación de las queseras; pero Santos Luzardo vio también algo más, de un orden diferente y tan interesante para él como el económico; todo lo que contribuyese a suprimir ferocidad tenía una importancia grande para su espíritu.
Finalmente, de otra conversación con el mismo Antonio, al día siguiente se le ocurrió la idea, ya más de acuerdo con el plan civilizador de la llanura.
–Hoy cachilapiamos unos cincuenta orejanos en una sola pasadita de lazo –díjole Sandoval.
Cachilapear, es decir, cazar a lazo el ganado no herrado que se encuentre dentro de los términos del hato, es la pasión favorita del llanero apureño. Como en aquellas sabanas sin límite las fincas no están cercadas, los rebaños vagan libremente, y la propiedad sobre la hacienda es una adquisición que cada dueño de hato viene a hacer, o en las vaquerías que se efectúan de concierto entre los vecinos, y en las cuales aquél recoge y marca con su hierro cuanto becerro desmadrado y orejano caiga en los rodeos, o fuera de ellas, en todo momento, por derecho natural de brazo armado de lazo. Esta forma primitiva de adquirir –única que puede prevalecer dentro de las condiciones del medio, y que las mismas leyes sancionan, con la sola limitación de la extensión de tierras y número de cabezas que para el efecto se deben poseer– tiene, sin embargo, algo del abigeato originario. Y de aquí que no sea solamente un trabajo, sino un deporte predilecto del hombre de la llanura abierta, donde la fuerza es todavía derecho.
Haciéndose estas reflexiones, Santos Luzardo concluyó:
–Todo eso perjudica el fomento de la cría porque destruye el estímulo, y todo eso desaparecería con la obligación que las leyes de llano les impusieran a los propietarios de cercar sus hatos.
Antonio objetó:
–Puede que usted tenga razón, pero para eso sería menester cambiar primeramente el modo de ser del llanero. El llanero no acepta la cerca. Quiere su sabana abierta como se la ha dado Dios, y la quiere, precisamente, para eso: para cachilapiar cuanto bicho le caiga en el lazo. Si se le quita ese gusto, se muere de tristeza. Un llanero está contento cuando puede decir: hoy cachilapié tantas reses, y no le importa que su vecino esté diciendo allá lo mismo, porque el llanero siempre cree que sus bichos están seguros y que los que se coge el vecino son de otro.
No obstante, Luzardo se quedó pensando en la necesidad de implantar la costumbre de la cerca. Por ella empezaría la civilización de la llanura; la cerca sería el derecho contra la acción todopoderosa de la fuerza, la necesaria limitación del hombre ante los principios.
Ya tenía, pues, una verdadera obra propia de un civilizador: hacer introducir en las leyes de llano la obligación de la cerca.
Mientras tanto, ya tenía también unos pensamientos que eran como ir a lomos de un caballo salvaje en la vertiginosa carrera de la doma, haciendo girar los espejismos de la llanura. El hilo de los alambrados, la línea recta del hombre dentro de la línea curva de la naturaleza, demarcaría en la tierra de los innumerables caminos, por donde hace tiempo se pierden, rumbeando, las esperanzas errantes, uno solo y derecho hacia el porvenir.
Todos estos propósitos los formuló en alta voz, hablando a solas, entusiasmado. En verdad, era muy hermosa aquella visión del Llano futuro civilizado y próspero que se extendía ante su imaginación.
Era una tarde de sol y viento recio. Ondulaban los pastos dentro del tembloroso anillo de aguas ilusorias del espejismo y a través de los médanos distantes, y por el carril del horizonte corrían, como penachos de humo, las trombas de tierra, las tolvaneras que arrastraba el ventarrón.
De pronto el soñador, ilusionado de veras en un momentáneo olvido de la realidad circundante, o jugando con la fantasía, exclamó:
–¡El ferrocarril! Allá viene el ferrocarril.
Luego sonrió tristemente, como se sonríe al engaño cuando se acaban de acariciar esperanzas tal vez irrealizables; pero después de haber contemplado un rato el alegre juego del viento en los médanos, murmuró optimista:
–Algún día será verdad. El progreso penetrará en la llanura y la barbarie retrocederá vencida. Tal vez nosotros no alcanzaremos a verlo; pero sangre nuestra palpitará en la emoción de quien lo vea.









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