Doña Bárbara: 1.X. El espectro de La Barquereña. Rómulo Gallegos
Era un bosque de maporas, profundo y diáfano, que cubría una vasta depresión de la sabana y le venía el nombre del de una pequeña garza azul, que, según una antigua leyenda, solía encontrarse por ahí, único habitante del paraje. Era un lugar maldito: un silencio impresionante, numerosas palmeras carbonizadas por el rayo, y en el centro, un tremedal donde perecía sorbido por el lodo cuanto ser viviente se aventurara a atravesarlo.
La chusmita que le daba nombre, al decir de la leyenda, sería el alma en pena de una india, hija del cacique de cierta comunidad yurura que habitaba allí cuando Evaristo Luzardo pasó con sus rebaños al cajón del Arauca. Hombre de presa, el cunavichero les arrebató a los indígenas aquella propiedad de derecho natural, y como ellos trataran de defenderla, loa exterminó a sangre y fuego; pero el cacique, cuando vio su ranchería reducida a escombros, maldijo el palmar, de modo que en él sólo encontraran ruina y desgracia el invasor y sus descendientes, víctimas del rayo, vaticinando al mismo tiempo que volvería al poder de los yaruros cuando uno de éstos sacara de la tierra la piedra de centella de la maldición.
Según la conseja, la maldición se había cumplido, pues no solamente no hubo nunca por allí tormenta que no se desgajara en rayos sobre el palmar, matando en varias ocasiones rebaños enteros de reses luzarderas, sino que también fue aquel sitio la causa de la discordia que destruyó a los Luzardos. En cuanto al vaticinio, hasta los tiempos del padre de Santos fue la voz corriente que después de aquellas tempestades, siempre se veía por allí algún indígena –quién sabe desde dónde venía– escarbando la tierra en busca de la piedra de centella.
Hacía años que no aparecía por allí el yaruro. Tal vez, allá en sus rancherías se había perdido la tradición. En Altamira nadie confesaba creer en la leyenda; pero todos preferían hacer un largo rodeo antes que pasar por el paraje maldito.
Santos bordeó el tremedal por un terreno de limo negro y pegajoso, pero practicable sin riesgo, que retumbaba bajo los cascos del caballo. En torno a la charca mortífera la tierra estaba revestida de hierba tierna; mas, no obstante la frescura de aquel verdor grato a la vista, algo sombrío se cernía sobre el paraje, y en vez de la chusmita de la leyenda, un garzón solitario en un islote de borales acentuaba la nota de fúnebre quietud.
Iba Santos ensimismado en el propósito que lo llevaba por allí, cuando algo que se movió en la margen de su campo visual lo hizo volver la cabeza. Era una muchacha, desgreñada y cubierta de inmundos harapos, que portaba un haz de leña sobre la cabeza y trataba de ocultarse detrás de una palmera.
–¡Muchacha! –la interpeló, refrenando la bestia–. ¿Dónde queda por aquí la casa de Lorenzo Barquero?
–¿No lo sabe, pues? –respondió la campesina, después de haber proferido un gruñido de bestia arisca.
–No lo sé. Por eso te lo pregunto.
–¡Guá! ¿Y aquel techo que se aguaita allá, de qué es, pues?
–Has podido empezar por ahí –díjole Santos, y continuó su camino.
Una vivienda miserable, mitad caney, mitad choza, formada ésta por cuatro paredes de barro y paja sin enlucido, con una puerta sin batientes, y aquél por otros tantos horcones que sostenían el resto de la negra y ya casi deshecha techumbre de hojas de palmera, y de dos de los cuales colgaba un chinchorro mugriento, tal era la casa del «Espectro de La Barquereña», como por allí se le decía a Lorenzo Barquero.
De haberlo visto una vez en su infancia, apenas Santos conservaba de él un vago recuerdo; mas, por claro que éste hubiera sido, tampoco habría podido reconocerlo en aquel hombre que se incorporó en el chinchorro cuando lo sintió llegar.
Sumamente flaco y macilento, una verdadera ruina fisiológica, tenía los cabellos grises y todo el aspecto de un viejo, aunque apenas pasaba de los cuarenta. Las manos, largas y descamadas, le temblaban continuamente, y en el fondo de las pupilas verdinegras le brillaba un fulgor de locura. Doblegaba la cabeza, cual si llevase un yugo a la cerviz; sus facciones, así como la actitud de todo su cuerpo, revelaban un profundo desmadejamiento de la voluntad, y tenía la boca deformada por el rictus de las borracheras sombrías. Con un esfuerzo visible sacó una voz cavernosa para preguntar:
–¿A quién tengo el gusto?…
Ya el visitante había bajado del caballo, y después de amarrarlo a uno de los horcones, avanzaba diciendo.
–Soy Santos Luzardo y vengo a ofrecerte mi amistad.
Pero dentro del escombro humano aún ardía el odio implacable:
–¡Un Luzardo en la casa de un Barquero!
Y Santos lo vio ponerse trémulo y trastabillar, buscando, quizá, un arma; pero avanzó a tenderle la mano:
–Seamos razonables. Lorenzo. Sería absurdo que nos empeñáramos en mantener ese funesto rencor de familia. Yo, porque en realidad no lo abrigo; tú…
–¿Porque ya no soy un hombre? ¿No es eso lo que ibas a decir? –interrogó, con el tartamudeo de un cerebro que fallaba.
–No, Lorenzo. No me ha pasado por la mente tal idea –respondió Luzardo, ya con un comienzo de compasión verdadera, pues hasta allí sólo lo había guiado el propósito de ponerle término a la discordia de familia.
Pero Lorenzo insistió:
–¡Sí! ¡Sí! Eso era lo que ibas a decir.
Y hasta aquí lo acompañaron la voz bronca y la actitud impertinente. De pronto volvió a desmadejarse, como si hubiera consumido en aquel alarde de energía las pocas que le quedaban, y prosiguió con otra voz, apagada, dolorida y más tartajosa todavía:
–Tienes razón. Santos Luzardo. Ya no soy un hombre. Soy el espectro de un hombre que ya no vive. Haz de mí lo que quieras.
–Ya te he dicho: vengo a ofrecerte mi amistad. A ponerme a tus órdenes para lo que pueda serte útil. He venido a encargarme de Altamira, y…
Pero Lorenzo volvió a quitarle la palabra, exclamando, a tiempo que le apoyaba sobre los hombros sus manos esqueléticas:
–¡Tú también, Santos Luzardo! ¿Tú también oíste la llamada? ¡Todos teníamos que oírla!
–No entiendo. ¿A qué llamada puedes referirte?
Y como Lorenzo no lo soltaba, fija la mirada delirante, y ya no era posible tampoco soportar más el tufo de alcohol digerido que le echaba encima, agregó:
–Pero todavía no me has brindado asiento.
–Es verdad. Espérate. Voy a sacarte una silla.
–Puedo tomarla yo mismo. No te molestes –díjole, viendo que vacilaba al andar.
–No. Quédate tú aquí afuera. Tú no puedes entrar ahí. No quiero que entres. Esto no es una casa, esto es el cubil de una bestia.
Y penetró en la habitación, doblegándose más todavía para poder pasar bajo el umbral.
Antes de coger la silla que iba a ofrecerle al huésped, se acercó a una mesa que estaba en el fondo del cuarto y en la cual se veía una garrafa con un vaso invertido sobre el pico.
–Te suplico que no bebas, Lorenzo –intervino Santos, acercándose a la puerta.
–Un trago nada más. Déjame tomarme un trago. Me hace falta en estos momentos. No te ofrezco porque es un lavagallos. Pero, si quieres…
–Gracias. No acostumbro a beber.
–Ya te acostumbrarás.
Y una sonrisa horrible surcó la faz cavada del ex hombre, mientras sus manos hacían chocar el vaso contra el pico de la garrafa.
Al ver la cantidad de aguardiente que se servía, Santos trató de impedírselo; pero era tal la pestilencia del aire confinado allí dentro, que no pudo pasar del umbral. Además, ya Lorenzo se empinaba el vaso y a grandes tragos apuraba el contenido.
Luego, haciendo un ademán de niño que todavía no sabe emplear la mano, se enjugó los bigotes restregándoselos con el antebrazo, cogió un butaque y una silla de pringoso asiento de cuero crudo, y salió diciendo:
–¡Conque un Luzardo en la casa de un Barquero! Y todavía viven los dos. ¡Loa únicos que quedan!
–Te suplico que…
–No. Ya me lo has dicho. Ya lo sé… El Luzardo no viene a matar, y el Barquero ofrece el mejor asiento que tiene: esta silla.
Siéntate. Y se sienta él en este butaque. Así.
El asiento, sumamente bajo, lo obligaba a replegar las piernas y apoyar los brazos sobre las rodillas, péndulas las temblorosas manos, en una posición grotesca que hacía más repulsiva aún la miseria de su organismo, y por todo traje llevaba unos mugrientos calzones de los que el llanero llama «de uña de pavo», abiertos por los lados hasta las rodillas, y una camiseta de listado, a través de cuyos agujeros salíanle los vellos del pecho.
Ante el espectáculo de aquella repugnante ruina. Santos tuvo un instante de terror fatalista. Aquello que estaba por delante de él había sido un hombre en quien se habían puesto orgullos, esperanzas y amores.
Por hacer algo que justificara el hablarle sin mirarlo, sacó un cigarrillo, y mientras lo encendía, díjole:
–Es la segunda vez que nos vemos, Lorenzo.
–¿La segunda? –repitió interrogativamente el ex hombre, con una expresión de penoso esfuerzo mental–. ¿Quieres decir que nos conocíamos ya?
–Sí. Hace ya algunos años. Yo tendría ocho, apenas. Lorenzo se enderezó bruscamente para replicar:
–¿Yo en tu casa? No habría comenzado todavía la…
–No –interrumpió Santos–. Aún no había estallado la discordia entre nosotros.
–Entonces, ¿vivía mi padre todavía?
–Sí. Y en casa, lo mismo que en la tuya, todos hacían grandes elogios de ti, de tu extraordinaria inteligencia, que era el orgullo de la familia.
–¿Mi inteligencia? –interrogó Lorenzo, como si le hablaran de algo que nunca hubiera poseído–. ¡Mi inteligencia! –repitió exclamativamente una y otra vez, pasándose las manos por la cabeza con atormentado ademán, y finalmente, clavando en Santos una mirada suplicante–: ¿Por qué vienes a hablarme de eso?
–Un recuerdo repentino que acaba de asaltarme –respondió Santos, disimulando la intención de provocar en aquel espíritu envilecido alguna reacción saludable–. Yo era un niño, pero a fuerza de oír cómo te elogiaban todos en la familia y, especialmente mamá, que no se quitaba de la boca un «aprende de Lorenzo» cada vez que quería estimularme, me había formado de ti la más alta idea que puede caber en una cabeza de ocho años. No te conocía, pero vivía pensando en «aquel primo que estudiaba en Caracas para doctor» y no había palabras, modales o gestos usuales tuyos de que oyera hablar sin que inmediatamente comenzara a copiártelos, ni recuerdo haber experimentado en mi niñez una emoción tan profunda como la que experimenté cuando un día me dijo mi madre: «Ven para que conozcas a tu primo Lorenzo.» Podría reconstruir la escena: me dirigiste esas tres o cuatro preguntas que se le hacen a los muchachos cuando nos los presentan, y a propósito de que papá te dijo, seguramente con un orgullo muy llanero, que yo era ya «bueno de a caballo», le respondiste con un largo discurso que me pareció música celestial, tanto porque no lo entendía –¡imagínate!– como porque siendo tuyas aquellas palabras, tenían que ser para mí la elocuencia misma. Sin embargo, me impresionó una de las frases: «Es necesario matar al centauro que todos los llaneros llevamos por dentro», dijiste. Yo, claro está, no sabía qué podía ser un centauro, ni mucho menos lograba explicarme por qué los llaneros lo llevábamos por dentro; pero la frase me gustó tanto y se me quedó grabada de tal manera, que –tengo que confesártelo–mis primeros ensayos de oratoria –todos los llaneros, hombres de una raza enfática, somos de algún modo aficionados a la elocuencia– fueron hechos a base de aquel: «es necesario matar al centauro», que declamaba yo, a solas conmigo mismo, sin entender una jota de lo que decía, naturalmente, y sin poder pasar de allí tampoco. De más estará decirte que ya había llegado a mis oídos tu fama de orador.
Hizo una pausa, en apariencia para tumbarle la ceniza al cigarrillo, pero en realidad para dejar que Lorenzo manifestase el efecto que aquellas palabras le hubieran producido.
Alguno le habían causado, pues era grande la agitación de que daba muestras, pasándose las manos desde la frente hasta la nuca con atormentados movimientos, y Santos, satisfecho de su obra, prosiguió:
–Años después, en Caracas, cayó en mis manos un folleto de un discurso que habías pronunciado en no sé qué fiesta patriótica, e imagínate mi impresión al encontrar allí la célebre frase. ¿Recuerdas ese discurso? El tema era: El centauro es la barbarie y, por consiguiente, hay que acabar con él. Supe entonces que con esa teoría, que proclamaba una orientación más útil de nuestra historia nacional, habías armado un escándalo entre los tradicionalistas de la epopeya, y tuve la satisfacción de comprobar que tus ideas habían marcado época en la manera de apreciar la historia de nuestra independencia. Yo estaba ya en capacidad de entender la tesis y sentía y pensaba de acuerdo contigo. Algo tenía que quedárseme de haberla repetido tanto, ¿no te parece?
Pero Lorenzo no hacía sino pasarse las temblorosas manos por el cráneo, bajo el cual se le había desencadenado, de pronto, la tormenta de los recuerdos.
Su juventud brillante, el porvenir, todo promesas, las esperanzas puestas en él. Caracas… La Universidad… Los placeres, los halagos del éxito, los amigos que lo admiraban, una mujer que lo amaba, todo lo que puede hacer apetecible la existencia. Los estudios, ya para coronarlos con el grado de doctor, un aura de simpatía propicia para el triunfo bien merecido, la orgullosa posesión de una inteligencia feliz, y, de pronto: ¡la llamada! El reclamo fatal de la barbarie, escrito de puño y letra de su madre:
«Vente, José Luzardo asesinó ayer a tu padre. Vente a vengarlo.»
–¿Te explicas ahora por qué no puedo sentirme enemigo tuyo? –concluyó Santos Luzardo, tendiéndole un apoyo a aquella alma que batallaba por surgir del abismo–. Tú fuiste objeto de mi admiración de niño, me ayudaste después de una manera indirecta pero muy eficaz, pues muchas de las facilidades con que me encontré en Caracas, en mi vida de estudiante y en mis relaciones sociales, fueron obra del aprecio y de las simpatías que allá dejaste y, por último, en punto a dirección espiritual, tengo una deuda sagrada para contigo: por querer imitarte, adquirí aspiraciones nobles.
Y el tremendo sarcasmo que las circunstancias le daban a estas palabras de sana intención, acabó de exasperar al ex hombre.
Se levantó bruscamente del asiento donde estaba encorvado bajo el peso de sus miserias y de sus tormentas y se precipitó a la puerta del cuarto.
A poco se oyó el tintineo del pico del garrafón contra los bordes del vaso, sostenido por las manos trémulas, y Santos murmuró:
–Es inútil. A este infeliz no le queda ya más recurso sino la inconsciencia de la borrachera.
Y ya se disponía a retirarse, cuando reapareció Lorenzo con un paso más firme y un aire más inteligente en la fisonomía, galvanizado por el latigazo del alcohol.
–¡No! No puedes irte todavía; tienes que escucharme. Ya tú hablaste y ahora me toca a mí. Siéntate y óyeme lo que tengo que responderte.
–Déjalo para otro día, Lorenzo. Volveré a menudo por aquí a conversar contigo.
–¡No! Ha de ser ahora mismo. Te suplico que me oigas.
Y en seguida, energúmeno:
–¡Te suplico, no! ¡Te ordeno que me oigas! Has venido a provocarme y ahora tienes que oírme.
–¡Vaya, pues! Te complaceré –accedió Santos, tolerante–. Ya estoy sentado otra vez. Habla todo lo que quieras.
–Sí. Hablaré. ¡Hablaré, por fin! ¡Qué cosa tan grande es poder hablar, Santos Luzardo!
–¿Es que no tienes con quién? ¿No vives con tu hija?
–No me hables ahora de mi hija. No hables tú. Oye. Oye nada más. Así. ¡Aja!… ¡Mírame bien, Santos Luzardo! ¡Este espectro de un hombre que fue, esta piltrafa humana, esta carroña que te habla, fue tu ideal! Yo era eso que has dicho hace poco y ahora soy esto que ves. ¿No te da miedo, Santos Luzardo?
–¿Miedo, por qué?
–¡No! No te pregunto para que contestes, sino para que me oigas estotro: este Lorenzo Barquero de que has hablado no fue sino una mentira; la verdad es esta que ves ahora. Tú también eres una mentira que se desvanecerá pronto. Esta tierra no perdona. Tú también has oído ya la llamada de la devoradora de hombres. Ya te veré caer entre sus brazos. Cuando los abra, tú no serás sino una piltrafa… ¡Mírala! Espejismos por dondequiera: allí se ve uno; allá otro. La llanura está llena de espejismos. ¿Qué culpa tengo de que te hayas hecho ilusiones de que un Luzardo –un Luzardo, porque también lo soy, aunque me duela– podría ser un ideal de hombre? Pero no estamos solos, Santos. Es el consuelo que nos queda. Yo he conocido muchos hombres –tú también, seguramente– que a los veinte y pico de años prometen mucho. Déjalos que doblen los treinta: se acaban, se desvanecen. Eran espejismos del trópico. Pero óyeme esto: yo no me equivoqué nunca respecto a mí mismo. Sabía que todo aquello que los demás admiraban en mí era mentira. Lo descubrí a raíz de uno de los triunfos más celebrados de mi vida de estudiante; un examen para el cual no me había preparado bien. Me tocó desarrollar un tema que ignoraba por completo, pero empecé a hablar, y las palabras, puras palabras, lo hicieron todo. No solamente fui bien calificado, sino hasta aplaudido por los mismos profesores que me examinaban. ¡Bribones! Desde entonces comencé a observar que mi inteligencia, lo que todos llamaban mi gran talento…, en cuanto me callaba, se desvanecía el espejismo y no entendía nada de nada. Sentí la mentira de mi inteligencia y de mi sinceridad, que es lo peor que puede sucederle a un hombre. La sentí agazapada en el fondo de mi corazón, como debe de sentirse en lo íntimo de la carne aparentemente sana la úlcera latente del cáncer hereditario. Y comencé a aborrecer la Universidad y la vida de la ciudad, los amigos que me admiraban, la novia, todo lo que era causa o efecto de aquella mixtificación de mí mismo.
Santos lo escuchaba vivamente interesado y con emoción optimista. Quien así podía pensar todavía y con tal lucidez expresarse, no era un hombre irremisiblemente perdido.
Pero esto no podía durar mucho. Era el latigazo del alcohol, y aquel organismo habituado sólo respondía a este estímulo durante cortos instantes, seguidos de brusca» caídas en la inconsciencia. Y, en efecto, bastó la breve pausa que hizo para que, una vez más, se le desvaneciera el espejismo.
–¡Matar al centauro! ¡Je! ¡Je! ¡No seas idiota, Santos Luzardo! ¿Crees que eso del centauro es pura retórica? Yo te aseguro que existe. Lo he oído relinchar. Todas las noches pasa por aquí. Y no solamente aquí; allá, en Caracas, también. Y más lejos todavía.
Dondequiera que esté uno de nosotros, los que llevamos en las venas sangre de Luzardos, oye relinchar al centauro. ¡Ya tú también lo has oído y por eso estás aquí! ¿Quién ha dicho que es posible matar al centauro? ¿Yo? Escúpeme la cara. Santos Luzardo. El centauro es una entelequia. Cien años lleva galopando por esta tierra y pasarán otros cien. Yo me creía un civilizado, el primer civilizado de mi familia; pero bastó que me dijeran: «Vente a vengar a tu padre», para que apareciera el bárbaro que estaba dentro de mí. Lo mismo te ha pasado a ti: oíste la llamada. Ya te veré caer entre sus brazos y enloquecer por una caricia suya. Y te dará con el pie, y cuando tú le digas: «Estoy dispuesto a casarme contigo», se reirá de tu miseria y…
Se mesó los cabellos. La idea fija, que ya poco antes se deslizara en su discurso, había logrado por fin apoderarse de él. Se le desmadejaron los brazos, con hebras de cabellos entre los dedos, y hundiendo la cabeza en el pecho, se quedó murmurando:
–¡La devoradora de hombres!
Santos Luzardo contempló un rato en silencio y con el corazón oprimido el dramático espectáculo de aquella ruina humana, y luego, tratando de reanimarlo, le preguntó:
–¿Y tu hija?
Pero Lorenzo, con la vista fija en el horizonte de la llanura, seguía murmurando:
–¡La llanura! ¡La maldita llanura, devoradora de hombres!
Y Santos pensó:
«Realmente, más que a las seducciones de la famosa doña Bárbara, este infeliz ha sucumbido a la acción embrutecedora del desierto.»
Un súbito destello de lucidez reanimó el rostro del ex hombre. Por un momento desapareció el rictus de la borrachera sombría.
–Marisela –llamó–. Ven para que conozcas a tu primo.
Pero como dentro del rancho nadie respondía, agregó:
–Ésa no sale de ahí ni que la arrastren por los cabellos. Es más arisca que un báquiro. Un báquiro.
Clavó otra vez la cabeza y empezaron a manarle de la boca contraída lentos hilos de saliva.
–Bien, Lorenzo –dijo Santos poniéndose de pie–. Volveré por aquí a menudo.
Se incorporó de pronto el borracho y dando traspiés penetró en la habitación.
–Déjala tranquila –díjole Santos, creyendo que iba en busca de su hija–. Otro día la conoceré –y comenzó a desamarrar su caballo.
Ya ponía el pie en el estribo, cuando vio que Lorenzo se empinaba el garrafón de aguardiente, derramándoselo encima por no acertar a llevarse el pico a la boca. Se precipitó dentro de la habitación a quitárselo de las manos.
Mas ya el borracho había bebido lo suficiente para caer fulminado. Se asió a los brazos de Luzardo y, clavándole una mirada delirante, exclamó:
–¡Santos Luzardo! ¡Mírate en mí! ¡Esta tierra no perdona!
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