Doña Bárbara: 2.IV. El rodeo. Rómulo Gallegos
Aquella noche se comentó mucho el caso entre los peones de Altamira. Era la primera vez que se tenían noticias de que doña Bárbara diese su brazo a torcer, y a la madrugada siguiente, cuando ya aquéllos estaban ensillando, Antonio les recomendó:
–No sería malo que llevaran sus revólveres los que los tengan, porque bien puede ser que no sea con ganado solamente que tengamos hoy que bregar.
A lo que replicó Pajarote:
–Yo, revólver no llevo porque el mío lo tengo empeñado; pero, a la casualidad, aquí estoy metiendo bajo la coraza este cabito de lanza. No es muy largote, pero la vaina del hierro mide una cuarta corridita, y lo demás lo pone la estirada del brazo.
Y con esta disposición de ánimos partieron antes de clarear el día, rumbo a Mata Oscura, con Santos Luzardo a la cabeza.
Eran apenas los cinco peones fieles que a su llegada encontrara Luzardo y tres sabaneros más, que, a mucho instar, había logrado conseguir Antonio, pues toda la gente de trabajo que por allí podía encontrarse había sido contratada por doña Bárbara a fin de que no fuesen a engrosar la peonada de Altamira; pero todos eran gente muy llanera, bien montada y dispuesta a multiplicarse en obsequio de aquel que había venido a enfrentársele a la cacica del Arauca.
La sabana dormía aún, negra y silenciosa bajo el chisporroteo de las constelaciones, y a medida que la cabalgata se alejaba de las casas, la marcha repercutía a distancias en carreras atropelladas de hatajos y de cimarrones que huían a sus escondites al ventear al hombre. Eran apenas en masas más obscuras que la noche que se movían por entre los pajonales, o leve rumor de éstos, agitados por la fuga de las reses; pero los sentidos sutilísimos del llanero no necesitaban indicios más seguros para permitirles afirmar:
–Esa es la rochela del barroso de Uverito. Ahí van más de cien reses huyendo.
–Allá va el hatajo del Cabos Negros, rumbeando hacia Corozalito.
Con el alba llegaron al sitio de la reunión. Ya los de El Miedo estaban allí, capitaneados por doña Bárbara y aleccionados para trabajar de modo de ahuyentar el ganado que Luzardo se proponía recoger, pues entre la hacienda altamireña que se majadeaba por allí había gran cantidad de vacas, cuyos becerros, todavía mamantones, ya tenían
marcado el hierro de El Miedo, procedimiento predilecto de doña Bárbara para robarse las reses ajenas, al amparo de la complicidad de los mayordomos de las fincas descuidadas por sus dueños.
Pero la astucia de Antonio se adelantó a la bellaquería de la mujerona. Viendo el gran número de vaqueros que con ella estaban, díjole a Santos:
–Ha traído tanta gente para que usted se confíe y se abra con un levante en grande, y luego ellos espantar el ganado, picando para afuera, como ya lo han hecho otras veces.
Y a la insinuación de Antonio, una vez más, Santos se trazó rápidamente su plan.
Saludó a la vecina descubriéndose, pero sin acercársele. Ella avanzó a tenderle la mano con una sonrisa alevosa, y él hizo un gesto de extrañeza; era casi otra mujer, distinta de aquella de desagradable aspecto hombruno, que días antes había visto por primera vez en la Jefatura Civil.
Brillantes los ojos turbadores de hembra sensual; recogidos, como para besar, los carnosos labios con un enigmático pliegue en las comisuras; la tez cálida; endrino y lacio el cabello abundante. Llevaba un pañuelo azul de aeda, anudado al cuello con las puntas sobre el descote de la blusa; usaba una falda amazona, y hasta el sombrero «pelodeguama», típico del llanero, única prenda masculina en su atavío, llevábalo con cierta gracia femenil. Finalmente, montaba a mujeriegas, cosa que no acostumbraba en el trabajo, y todo eso hacia olvidar a la famosa marimacho.
No podía escapársele a Santos que la femineidad que ahora ostentaba tenía por objeto producirle una impresión agradable; mas, por muy prevenido que estuviese, no pudo menos que admirarla.
Por su parte, al mirarlo a los ojos, a ella también se le borró de pronto la sonrisa alevosa que traía en el rostro, y sintió, una vez más, pero ahora con toda la fuerza de las intuiciones propias de los espíritus fatalistas, que desde aquel momento su vida tomaba un rumbo imprevisto. Se le olvidaron las actitudes zalameras que llevaba estudiadas, se le atropellaron y dispersaron por el tenebroso corazón los propósitos inspirados en la pasión fundamental de su vida –el odio al varón–; pero sólo se dio cuenta de que sus sentimientos habituales la abandonaban de pronto. ¿Cuáles los reemplazaron? Era cosa que por el momento no podía discernir.
Cambiaron algunas palabras. Santos Luzardo parecía esmerarse en ser cortés, como si hablara en un salón con una dama de respeto, y ella, al oír aquellas palabras correctas, pero al mismo tiempo secas, casi no se daba cuenta de lo que respondía. La subyugaba aquel insólito aspecto varonil, aquella mezcla de dignidad y de delicadeza que nunca había encontrado en los hombres que la trataran, aquella impresión de fortaleza y de dominio de sí mismo que trascendía del fuego reposado de las miradas del joven, de sus ademanes justos, de sus palabras netamente pronunciadas, y aunque él apenas le dirigía las imprescindibles, relativas al trabajo, a ella le parecía que se complaciera en hablarle, sólo por el gusto que encontraba en oírlo.
Entretanto, Balbino Paiba no les quitaba la vista y disimulaba su contrariedad haciendo burlas de Luzardo que hacían sonreír a los peones de El Miedo, mientras, más allá, los de Altamira se cambiaban sus impresiones acerca de todo aquello.
Luego, Santos comenzó a dar las órdenes relativas al trabajo; pero Balbino, en cuya cabeza ninguna idea perversa podía estarse quieta, se precipitó a interrumpirlo:
–Somos treinta y tres hombres, y se puede hacer un buen levante picando bien abierto.
Satisfecho de su perspicacia, Antonio cruzó una mirada con Santos, y éste replicó:
–No hay necesidad de eso. Además, vamos a trabajar por grupos proporcionales: un vaquero de los míos para tres de ustedes, ya que nos llevan triplicados en número.
–¿Y ese entreveramiento, para qué? –objetó Balbino–. Aquí siempre se ha trabajado por separado, cada hato por su hierro.
–Sí. Pero hoy se trabajará de otro modo.
–¿Es que tiene desconfianza de nosotros? –insistió Paiba, protestando contra el procedimiento que frustraba loa planes de doña Bárbara, pues, controlados por los de Altamira, los vaqueros de El Miedo no podrían manejarse conforme a las instrucciones recibidas.
Pero antes de que Luzardo respondiese a la altanera interrogación, intervino doña Bárbara:
–Se hará como usted disponga, doctor. Y si le parece que sobra gente de la mía, puedo hacerla retirarse en seguida.
–No es necesario, señora –repuso Santos secamente.
Sorprendidos por aquella ocurrencia intempestiva, los de El Miedo se miraron entre sí, unos con visible disgusto y otros con expresión maliciosa, según el grado de adhesión a doña Bárbara, a tiempo que Balbino Paiba se daba las características manotadas a los bigotes, y, en el bando contrario, Pajarote, aparentemente distraído, canturreaba entre dientes los dos primeros versos de la maliciosa copla:
El toro pita a la vaca, y el novillo se retira…
Con lo cual expresaba el pensamiento que a todos se les había ocurrido:
–Ya la mujer se enamoró del doctor. Ya Balbino puede ir despidiéndose de sus comederos.
Entretanto, Luzardo había dicho:
–Encárgate tú, Antonio, de dirigir la operación.
Y éste, asumiendo el carácter de caporal de sabana, comenzó a dictar sus órdenes:
–Salga de allá el del caballo marmoleado, con cinco compañeros más para Carmelito y Pajarote, a picar por detrás de aquel jarizal. Todo el ganado que se majadea por ahí corre para arriba, y así hay que levantarlo. Es con usted, amigo.
Dirigíase al Mondragón, apodado Onza. Lo dejaba en libertad de acompañarse con sus hermanos; pero los obligaba a entendérselas con Carmelito y Pajarote, que eran tan hombrones como ellos.
–Tengo mi apelativo –replicó, amoscado y sin moverse a cumplir la orden que le daban, y entonces fueron los altamireños quienes se cruzaron miradas de alerta, como diciéndose:
–Ya va a reventar la cosa.
Pero volvió a intervenir doña Bárbara:
–Haga lo que le dicen, y si no, retírese.
Obedeció el Mondragón, aunque sin dejar de refunfuñar, y después de haber escogido como compañeros a sus dos hermanos, dijo:
–Hay dos puestos más para los que quieran venirse.
A tiempo que Carmelito y Pajarote se cruzaban una mirada rápida, que el segundo acompañó con esta frase entre dientes:
–Ahora vamos a ver si son braguetas o pretinas.
Antonio siguió distribuyendo los vaqueros en grupos, que partieron en distintas direcciones, y luego invitó a Balbino:
–Si usted quiere venirse conmigo…
Con esto le guardaba las consideraciones de caporal o mayordomo de El Miedo, par suyo en todo caso; pero a la vez se procuraba a sí mismo una oportunidad análoga a la que les deparaba a Carmelito y Pajarote, pues entre él y Balbino se habían quedado pendientes las altaneras palabras del segundo la mañana de la doma del alazán.
Pero Balbino rechazó la invitación, diciendo socarronamente:
–Gracias, don Antonio. Yo me quedo por aquí con el blancaje.
Denomina así el llanero a la reunión de los dueños de hatos que asisten a los rodeos sin tomar parte en los trabajos y sólo para vigilar sus intereses a la hora del reparto del ganado recogido. En tiempos de José Luzardo, y durante las vaquerías, el «blancaje» lo componían más de veinte propietarios de aquella porción del Arauca, de cuyas fincas, englobadas ahora en el latifundio de doña Bárbara, sólo quedaban los nombres para designar matas y sabanas de El Miedo.
Haciéndose reflexiones a propósito de esto, Santos permaneció largo rato ajeno al charloteo con que su vecina trataba de iniciar la conversación amistosa, dirigiéndose aparentemente a Balbino, pero con temas que a fuer de cortés, lo obligaban a intervenir.
Por fin se decidió a dirigirle la palabra francamente:
–¿No ha visto nunca un rodeo, doctor Luzardo?
–Cuando muchacho –respondió, sin volverse a mirarla–. Ahora todo esto es casi nuevo para mí.
–¿De veras? ¿Se le han olvidado las costumbres de su tierra?
–Imagínese. Tantos años fuera de ella.
Se quedó mirándolo un buen rato, con ojos acariciadores, y luego dijo:
–Sin embargo, ya he oído contar su hazaña con el alazano, apenas recién llegado. Como que no es usted tan olvidadizo como se quiere pintar.
La voz de doña Bárbara, flauta del demonio andrógino que alentaba en ella, grave rumor de selva y agudo lamento de llanura, tenía un matiz singular, hechizo de los hombres que la oían; pero Santos Luzardo no se había quedado allí para deleitarse con ella. Cierto era que por un momento había experimentado la curiosidad, meramente intelectual, de asomarse sobre el abismo de aquella alma, de sondear el enigma de aquella mezcla de lo agradable y lo atroz, interesante, sin duda, como lo son todas las monstruosidades de la naturaleza; pero, en seguida, lo asaltó un subitáneo sentimiento de repulsión por la compañía de aquella mujer, no porque fuera su enemiga, sino por algo mucho más íntimo y profundo, que por el momento no pudo discernir, pero que lo hizo cortar bruscamente la absurda charla y alejarse de allí en dirección al paraje donde unos peones de El Miedo vigilaban los novillos madrineros, núcleo del rodeo.
Balbino Paiba sonrió y se atusó los bigotes, pero, aunque estuvo largo rato observándola de soslayo, no vio aparecer en aquel rostro el aletazo de las cejas que se juntaban y se separaban rápidamente, signo del arrebato de cólera, sino una expresión que él no le conocía, un aire de pensamientos lejanos.
Entretanto, levantada por los vaqueros, la hacienda empezaba a poblar y a animar la sabana, aparentemente desierta hasta entonces. Numerosos rebaños surgían de las matas y de los bajíos distantes; en alegres tropeles, los que estaban compuestos por reses acostumbradas al pique; adelante, los padrotes, y retozando en torno a las madres, los becerros mamantones; otros, más ariscos, abriéndose en puntas y lanzando mugidos de miedo.
Oíanse los gritos de los vaqueros. Correteaban ya por todas partes reses señeras, tratando de salirse del cerco que estrechaban los caballos, se engrillaban aquí y allá los toros bravos, ganosos de arremeter, pero las atropelladas se hacían irresistibles por momentos, repercutían a distancia lanzando en tropeles las madrinas de mansos, y éstos se llevaban por delante las reses bravas que intentaban defenderse, convirtiéndoles la furia en miedo.
Ya algunas puntas empezaban a reunirse en el sitio donde estaban los novillos madrineros; pero otras se resistían, y los jinetes, que ya venían picando de cerca, tenían que multiplicarse para atropellarlas por distintos puntos, caracoleando los caballos, haciéndolos sentarse sobre los corvejones a la refrenada violenta, en la brusca enmienda de la carrera.
El rodeo crecía por momentos, alborotándose más y más con los torrentes de bravura, que por todas partes convergían hacia el paradero. Se levantaban las polvaredas, se encrespaba la gritería de los vaqueros:
–¡Jilloo! ¡Jilloo! –Sujeta por ahí, ¡oh! –¡Apretá! ¡Apretá!
Santos Luzardo contemplaba el animado espectáculo con mirada enardecida por las tufaradas de los recuerdos de la niñez, cuando al lado del padre compartía con los peones los peligros del levante. Sus nervios, que ya habían olvidado la bárbara emoción, volvían a experimentarla, vibrando acordes con el estremecimiento de coraje con que hombres y bestias sacudían la llanura, y ésta le parecía más ancha, más imponente y hermosa que nunca, porque dentro de sus dilatados términos iba el hombre dominando la bestia y había sitio de sobra para muchos.
Ya estaba parado el rodeo. Eran centenares las reses congregadas. La faena había sido recia, los caballos jadeaban bañados en sudor, cubiertos de espuma, ensangrentados los ijares y muchos habían sido heridos por las cornadas de los toros; pero aún no se había concluido, pues eran muchas las reses bravas y estaban inquietas, correteando por las orillas de la madrina o abriéndose paso entre ella con furiosas arremetidas, venteando la sabana libre, ganosas de barajustarse, sin darle tregua a los sujetadores. Un clamoreo ensordecedor llenaba el ámbito de la llanura: los mugidos de las vacas que llamaban a sus becerros extraviados, y los balidos lastimeros de ellos, buscándolas por entre la barahúnda; los bramidos de los padrotes que habían perdido el gobierno de sus rebaños, y el cabildeo con que éstos les contestaban; el entrechocar de los cuernos, los crujidos de los recios costillares, la gritería de los vaqueros enronquecidos.
Ya parecía que el ganado empezaba a darse. Comenzaban a reconocerse los padrotes de los distintos rebaños, y a medida que éstos se iban congregando en torno a aquellos, se arremansaban los torbellinos de bravura y disminuía el cabildeo, dejando oír el canto apaciguador de los sostenedores. Ya éstos se habían acomodado en sus puestos, formando un gran círculo en torno al rodeo, mientras aquellos vaqueros que traían los caballos heridos se encaminaban a una mata cercana a cambiarlos por sus remontas, y ya Antonio iba a dar la orden de sacar los toros madrineros para proceder al aparte, cuando, de pronto, un descuido de uno de los sostenedores, que se había apeado para apretarle la cincha a la bestia, a tiempo que un, toro se abría paso en el centro de la madrina con una arremetida impetuosa, precipitó la avalancha del barajuste.
–¡Apretá! –gritaron a una sola voz todos los que se dieron cuenta del peligro, y muchos vaqueros acudieron en tropel a contener la dispersión inminente.
Pero ya era tarde. Con un empuje formidable, el ganado se había precipitado por la brecha en pos del toro que la abriera, y se disgregaron en juntas por la cabeza.
–¡Maldita bruja! –exclamaron los peones de Altamira, atribuyendo el suceso a maleficios de doña Bárbara. Pero a Antonio no se le escapó que el aparente descuido del sostenedor –que era el Mondragón, apodado Onza– había sido acto deliberado.
En efecto, como advirtiese el Onza, que eran muchas las vacas altamireñas cuyos becerros mamantones ostentaban ya el hierro fraudulento de El Miedo, se valió del pretexto de apretarle la cincha a su caballo en el preciso momento en que el toro, abriéndose paso por entre la madrina, amenazaba llevársela en pos de sí.
Cara le resultó la adhesión a doña Bárbara, pues el barajuste lo arrolló con caballo y todo, y cuando se disipó la polvareda levantada por las pezuñas, los que acudieron al sitio donde él había caído, sólo encontraron una masa inerte, cubierta de sangre y tierra.
Entretanto, Santos Luzardo, arrebatado por el instinto llanero, le había dado rienda suelta a su caballo, sumándose al tropel de los vaqueros.
Alguien le gritó:
–Por aquella punta de mata va a reventar la hacienda, y alante viene un toro de cuidado.
Era Pajarote, que corría a reunírsele.
Hacia él acudían también Antonio y Carmelito y dos vaqueros de El Miedo. Todos traían la soga en la diestra preparados para enlazar al toro que había sido el causante del desbarajuste.
Santos se dio cuenta de que se le había olvidado aquella precaución y rápidamente desarmó los tientos que sujetaban el rollo de la suya al arzón de su montura, y abrió el lazo, buscando el claro de la punta de mata que indicara Pajarote.
Inmediatamente comenzó a desembocar por allí el tropel de la hacienda. A los gritos de los vaqueros, rumbeó hacia arriba, buscando el vado de un caño que cortaba la sabana: pero del tumulto de reses se desprendió ofreciendo pelea un toro grande y bien armado.
–Ése es el melao frontino que hace dos años nos está dando brega –advirtió Pajarote–. Pero esta vez no se nos escapará.
El animal se detuvo un instante, correteó luego de aquí para allá, con el cuello engrillado y la mirada zigzagueando sobre los hombres que lo acosaban por distintos puntos, y al cabo se disparó a lo largo de la orilla del monte que venía costeando Luzardo.
–Ábrale el lazo ligero, que ya lo tiene encima –gritó Pajarote.
A tiempo que Carmelito y Antonio, viéndole en peligro entre la mata y el toro, le aconsejaban, mientras corrían en su auxilio:
–Despéguese de la costa de monte, que el bicho lo va acosando.
–Sáquele el caballo de una vez.
Santos Luzardo no oía las advertencias; pero tampoco las necesitaba: no se le habían olvidado del todo las habilidades de los quince años. Con una rápida maniobra de jineta experimentado hurtó el encontronazo, cortándole el terreno al toro, y lanzó la soga por encima del anca del caballo. El orejano se la llevó entre los cuernos, y Pajarote exclamó entusiasmado:
–¡Y de media cabeza, por si hay exigentes por aquí!
En seguida, Santos paró en seco el caballo para que templara; pero se trataba de un toro de gran poder, que necesitaba más de una soga para ser derribado, y cuando ésta se tensó, vibrante, al formidable envío del orejano, la bestia brutalmente tirada de la cola, se sentó sobre los corvejones, lanzando un gemido estrangulado, y ya el toro se revolvía contra ella, cuando Antonio, Carmelito y Pajarote lanzaron sus lazos a un mismo tiempo, y un triple grito al verlos caer sobre los cuernos:
–¡Lo vestimos!
Templaron los caballos, cimbraron las sogas, y el orejano se aspeó sobre la tierra, levantando una polvareda.
Apenas había caído, y ya tenía encima a los peones.
–Guayuquéalo tú, Pajarote –ordenó Antonio–, que yo lo mancorno, mientras Carmelito lo barrea.
Y Luzardo, acordándose de sus tiempos:
–Naricéenlo y cápenlo ahí mismo.
Pajarote se apoderó del rabo del toro, se lo pasó por entre las patas traseras, y tirando de él con todas sus fuerzas, se le sentó en los costillares, mientras Antonio lo mancornaba contra el suelo. Inutilizado así el orejano, antes de que hubiese tenido tiempo de reponerse del aturdimiento de la caída, Carmelito le ataladró la nariz, le pasó por la herida el cabo de la soga nariceadora, lo castró de un tajo rápido y sabio, y le marcó las orejas con las señales de Altamira.
–Ya éste no nos dará más guerra –dijo, al concluir la operación–. Por ahora, peguémosle a la pata de un palo.
–Es que este bigarro es luzardero consecuente y no quería que le fueran a poner otro hierro que el que llevó su mae –agregó Pajarote–. Estaba esperando que el amo viniera para entregársele en sus manos. Por eso no lo pudimos enguaralar la vaquería pasada.
–Y lo enguaralaron con lujo –concluyó Carmelito–. Si así enlazan los desacostumbrados, ¿qué nos dejarán para nosotros?
Y Antonio Sandoval, complacido en la proeza del amo:
–Llanero es llanero hasta la quinta generación.
Entretanto, doña Bárbara se acercaba, con la sonrisa en el rostro y diciendo:
–¡Ah, llanero bellaco que es usted! Y que se le habían olvidado las costumbres de su tierra.
Al hablar así, ni recordaba el desastre sufrido pocos momentos antes, ni tenía presente que ella también sabía, y mucho mejor que Luzardo, enlazar un toro y castrarlo en plena sabana. Era solamente una mujer que le había visto ejecutar una proeza a un hombre interesante.
–Esto no lo he hecho yo solo; por lo tanto, no tiene mérito –replicó Santos–. En cambio, usted, según ya he oído decir, tumba como el más hábil de sus vaqueros.
Fue brutal la réplica y, sin embargo, doña Bárbara la oyó sonriente.
–Ya veo que le han hablado de mí. ¿Cuántas cosas le habrán dicho? Yo también podría contarle otras, que tal vez no le habrán referido y que no dejan de tener interés. Pero ya habrá tiempo, ¿verdad?
–Tiempo no faltará, seguramente –repuso Luzardo, en un tono que la hiciera comprender el poco gusto que ponía en hablarle.
Sin embargo, doña Bárbara no lo interpretó así y se dijo:
–Ya éste también cayó en el rodeo.
Pero Luzardo, aplicando espuelas para reunirse a sus peones, que ya se alejaban, después de haber amarrado el orejano al pie de uno de los árboles de la mata, la dejó plantada otra vez en medio de la sabana.
Permaneció un buen rato en el sitio, viendo alejarse al hombre esquivo, con la ilusionada sonrisa de triunfo en el rostro, y murmurando:
–Déjalo que se vaya. Ya éste lleva la soga a rastras.
Más allá, humillada la testuz contra el pie del árbol, el toro mutilado bramaba sordamente.
Doña Bárbara sonrió de otra manera.
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