Doña Bárbara: 2.IX. Las veladas de la vaquería. Rómulo Gallegos
Ya era tiempo de proceder a la vaquería general de entrada de aguas. La costumbre, creada por falta de límites cercados y consagrada por las leyes de llano, establece que los hatos colindantes trabajasen la hacienda en comunidad una o dos veces al año. Consisten estas faenas en una batida de toda la región para recoger los rebaños esparcidos por ella y proceder a la hierra de orejanos, y se van haciendo por turno en las distintas fincas, bajo la dirección de un jefe de vaquerías, que se elige previamente en una asamblea compuesta por las distintas agrupaciones de vaqueros. Duran varios días consecutivos, y constituyen verdaderos torneos de llanerías, pues cada hato se esmera en enviar a aquél donde se haga la batida sus peones más diestros, y ellos llevan sus bestias más vaqueras, ostentando sus mejores aperos y se esfuerzan en lucir todas sus habilidades de centauros.
Empezaban a menudear los gallos, cuando comenzó en Altamira el bullicio de los preparativos. Pasaban de treinta los peones con que contaba ahora el hato, y, además, estaban allí otros vaqueros de Jobero Pando y El Ave María.
Ensillaban de prisa, pues había que caerle al ganado en sus dormideros antes que empezara a disgregarse, y, entretanto, se reclamaba a gritos los trebejos que no encontraban a mano.
–¡Mi mandador! ¿Dónde está que no lo encuentro? Vaya soltándolo el que lo tenga porque es muy conocido: tiene una jachuela en la punta, y si se la pican, lo conozco por el cortao.
–¿Qué hubo del cafecito? –voceaba Pajarote–. Ya el día viene rompiendo por la punta, y nosotros todavía dando vueltas por aquí.
Y a su caballo, mientras le apretaba la cincha:
–Vamos a ver, castaño-lucero, cómo te portas hoy. Mi soga está más tiesa que pelo e negro; pero no la engraso, porque la nariz de un salenco viejo que vamos a aspear entre los dos en cuanto rompa el levante, me la va a dejar suavecita, que ni pelo e blanco.
–Apuren, muchachos –reclamaba Antonio–. Y los que tengan caballos chucutos, crinejeen de una vez, porque vamos a «legar picando.
–Ch’acá el cafecito, señora Casilda –decían, acudiendo a la cocina, los que ya habían ensillado.
Un fuego alegre, de leñas resinosas, chisporroteaba en el fogón entre las negras topias que sostenían la olla. Cantaba dentro de ésta el hervor de la aromática infusión, y en las manos de Casilda no descansaba la pichagua con que la trasegaba al colador de bayeta, pendiente del techo por un alambre, mientras las otras mujeres se ocupaban en enjuagar los pocillos y en llenarlos y ofrecérselos a los peones impacientes, y durante un rato reinó en la cocina la animación de las frases maliciosas, de los requiebros crudos y picantes de los hombres, de las risas y réplicas de las mujeres.
Bebido el café –después de lo cual no caería en los estómagos de aquellos hombres, hasta la comida de la tarde al regreso al hato, sino el cacho de agua turbia y la amarga saliva de la mascada de tabaco–, partió el escuadrón de vaqueros, con Santos Luzardo a la cabeza, alegres, excitados por las perspectivas de la jornada apasionante, cruzándose chistes y reticencias maliciosas, recordándose mutuamente percances de anteriores vaquerías donde arriesgaron la vida entre las astas de un toro o estuvieron a punto de morir despanzurrados bajo el caballo, estimulándose unos a otros con hazañosos desafíos.
–Vamos a ver quién se pega conmigo –decía Pajarote–. He hecho la apuesta de aspear veinte bichos yo solo, y las gandumbas serán la prueba.
Recia fue la brega y duró hasta el mediodía. Los lazos no descansaban en las manos de los vaqueros, muchos caballos quedaron muertos y los que no sucumbieron, apenas podían sostenerse sobre sus remos calambreados; pero ya el rodeo estaba parado y quieto, porque también las reses estaban despeadas de tanto corretear. Sólo los hombres estaban enteros todavía, derechos sobre las bestias jadeantes, insensibles al hambre y a la sed, roncos de gritar, pero aún cantando, alegres, las tonadas que apaciguan el rebaño.
Promediaba la tarde cuando Antonio dio orden de que se procediera al aparte. María Nieves penetró en el rodeo gritando a los novillos madrineros, y éstos, que ya conocían la voz del cabestrero y estaban acostumbrados a la operación, salieron del rebaño a detenerse en el sitio donde se formaría la madrina del hato, que era el primer lote que se separaba.
Y como si nada hubiera sido aquella recia brega del levante, todavía el aparte dio ocasión para lucir habilidades llaneras, coleando y tumbando los toros entre madrina y madrina.
Luego se procedió a apartar las reses de El Miedo y del hato de Jobero Pando, formando así las madrinas llamadas de los vaqueros. Finalmente, como aparecieran algunos novillos y vacas paridas marcados con el hierro del hato de La
Amareña, que no había tomado parte en la vaquería por estar situado a gran distancia de Altamira, Balbino Paiba comenzó a apartarlos.
Santos Luzardo presenciaba la operación, sin proferir una palabra; pero cada vez que pasaba una res amareña, le miraba el hierro y, en seguida, el que ostentaba el caballo que montaba Paiba. Éste se impacientó al cabo y lo interpeló:
–¿Por qué cada vez que pasa un bicho me le mira el doctor el anca al caballo?
–Porque ese caballo ha venido a correr por su hierro y no me parece que éste sea el que tienen todos los bichos que está apartando usted.
Mas al oír sus propias palabras, le parecieron ajenas. Así se habría expresado Antonio o cualquier otro llanero genuino; así no hablaba el hombre de la ciudad.
Balbino tuvo que dar una explicación:
–Estoy autorizado para llevarme las reses de La Amareña.
Y entonces sí replicó el hombre de la ciudad:
–Muéstreme esa autorización, pues mientras no compruebe que procede en derecho, no podrá sacar de aquí una rea ajena.
–¿Se piensa usted quedar con ellas, entonces?
–No debería darle explicaciones a un insolente como usted –le respondió–. Pero, sin embargo, se las daré: errando libres por la sabana han llegado hasta aquí esas reses, y así se irán hasta La Amareña si de allá no vienen a buscarlas.
–¡Caramba! –exclamó Paiba–. ¿Usted como que piensa cambiar las costumbres del Llano?
–Justamente. Eso me propongo. Acabar con ciertas costumbres del Llano.
Y Balbino Paiba tuvo que conformarse a que Santos, después de haberle quitado el negocio que pensaba hacer con las reses altamireñas, no lo dejara ahora llevarse aquellas otras, que no eran muchas, pero algo le habrían producido, una vez «cachapeados» los hierros como él sabía hacerlo.
Ya venía entrando en la manga la madrina y era el momento más emocionante. El animalaje bravío se arremolinaba dentro de las palizadas, que se iban estrechando en embudo hasta caer en la puerta de la majada, acosado por los caballos, que compartían el ardor del jinete en el dominio de la res, y entre la polvareda que levantaban los cascos y las pezuñas, y por encima del estruendo del entrechocar de los cuernos, de los balidos de los mautes, de los bramidos de los padrotes, del piafar y de las repechadas pujantes de las bestias, se alzaba la gritería ensordecedora de los vaqueros.
Atropellaban de cerca, empujando el ganado renuente a entrar en el corral, metiéndole el anca de los caballos, sin darle espacio para las arremetidas, sosteniendo el empuje de las revueltas, lanzando el grito en el esfuerzo del chaparrazo:
–¡Jilloo!
Terminó el encierro, corriéndose los tranqueros del corral, quedáronse los vigilantes entonando sus coplas, y los demás se dirigieron a las casas a desensillar y bañar sus caballos.
–¡Te portaste, castaño-lucero! –díjole al suyo Pajarote, palmeándole el pescuezo–. Por tu banda no pasó ni un bicho que no se llevara su merecido. Y eso que esta mañana te llamaron matalón los envidiosos de El Miedo. Yo lo que siento es no haber podido descubrir quién fue el que lo dijo, para cobrárselo en tu nombre.
La vuelta del trabajo animaba el patio de los caneyes. Al atardecer llegaban los vaqueros en grupos bulliciosos, empezaban a decirse algo entre sí y terminaban cantándolo en coplas, pues para cada cosa que se necesite decir hay en el Llano una copla que ya lo tiene dicho y lo expresa mejor, porque la vida es simple y desprovista de novedades, y porque los espíritus son propensos a las formas pintorescas de la imaginación.
Después de bañar los caballos y acomodarlos donde hubiera buen pasto, volvían al patio, donde ya estaba prendido el fogón y la ternera en los asadores, exhalando su apetitoso olor. En la cocina se proveían de un poco de «ají de leche», unos topochos y unas yucas sancochadas, y con esto y con la carne asada, de pie o acuclillados en torno al fogón, saciaban el hambre de sus estómagos sobrios, después de no haber probado durante todo el día sino la taza de café de la madrugada.
Y entre un bocado y otro, episodios de la faena, malicias y fanfarronadas, el dicho hiriente de la broma cordial y la respuesta pronta y aguda, el pasaje de la pintoresca vida del vaquero y del encaminador, del hombre de los rudos trabajos y las marchas pacientes, con la copla en los labios.
Luego, mientras allá en torno a los corrales rondan por turnos los veladores, cantando y silbando continuamente porque todavía el ganado está inquieto, venteando la sabana libre, y un barajuste repentino puede llevarse las palizadas, aquí, bajo los caneyes, la otra velada bulliciosa: el cuatro y las maracas, el corrido y la décima. La poesía naciendo.
Generalmente son Pajarote y María Nieves, éste con el cuatro, y aquél con las maracas, quienes improvisan alternativamente:
Cuando Cristo vino al mundo fue en un caballo alazano. Iba perdiendo la vida por coger un orejano. Cuando Cristo vino al mundo fue por el mes de agosto. ¡Cómo se pondría ese Cristo de manirito y jojoto!
Y así, cada cual apoyándose en un verso del otro, y en cada copla la llanura, la musa ingenua y chispeante del hombre, en contacto con la naturaleza, saltaba, en la agilidad de las réplicas, de lo tierno a lo picaresco, de lo risueño a lo trágico, sin pausas ni titubeos mientras hubiera cuerdas en el cuatro y capachos en las maracas, pues si el ingenio se agotaba o no venía pronto la ocurrencia, para salir del apuro se echaba mano de Florentino. Florentino el araucano, el gran cantador llanero que todo lo dijo en coplas, y a quien ni el mismo diablo pudo ganarle la apuesta de a cuál improvisaba más, que una noche vino a hacerle disfrazado de cristiano, porque aquél, cuando ya no le alcanzaba la voz, sobrándole todavía el ingenio, y faltando poco para que loa gallos comenzasen a menudear, le nombró en una copla las Tres Divinas Personas y lo hizo volverse a sus infiernos de cabeza con maracas y todo.
Y los cuentos de Pajarote.
–Candela fea la que vi una noche navegando por el Meta. Asina, sobre un ribazo, miramos de pronto unas luces, y creyendo que eran casas, nos acercamos a la orilla a ver si se encontraba algo que comer, porque se nos había acabado el bastimento, y el hambre nos llevaba trozados. El ribazo era un médano, y las luces, ¿qué creen ustedes que eran? Un solo rollo como de mil culebras –¡Ave María Purísima!– que se estaban restregando unas contra otras en el arenal. Era ansina como cuando se frota un fósforo entre los dedos.
–No sea ponderativo, vale –dícele María Nieves.
–¡Ah, caramba! ¡Es que usted no ha visto nada, indígena! Métase por esos ríos para que vea cosas raras. Eso es lo mismo que el pasaje que les he contado otras veces, de cuando estuve trabajando en la pesca de la tortuga en el Orinoco.
–¿Cómo es eso? –preguntó uno de los peones nuevos.
–¡Guá! Que un día del año, ahora no recuerdo cuál, al punto de medianoche, pasa un viejito en una curiara, íngrimo y solo, y sin que nadie haya podido descubrir todavía quién es ni de dónde sale. Algunos dicen que es Nuestro Señor Jesucristo en persona. U cierto es que se para en una punta de playa y pega un leco, que lo oyen todas las tortugas del Orinoco, desde las cabeceras, allá más arriba del Roraima, hasta las Bocas. Esa es la señal que esperan las tortugas para salir a poner sus huevos en la arena de las playas. Ahí mismito se empieza a oír el trueno de los millones de carapachos tropezando unos contra otros. Y esa es también la señal que esperan los que saben para salir a cazarlas mansitas.
Y antes de que se rompiese en risas el momentáneo silencio de la credulidad:
–¿Y lo del Dorado que vieron los españoles? Yo también lo he mirado. Ese resplandor que algunas noches se distingue desde aquí, por los lados donde cae el Meta.
–Ésas son quemazones de la sabana. Pajarote.
–No, señor, vale Antonio. Yo le aseguro a usted que ese es el Dorado que mentan esos libros que usted me leyó una vez. Sobre el Meta se ve clarito y grande, como una ciudad de ovo.
–Este Pajarote lo ha mirado todo –comenta uno, y los demás sueltan la risa.
–¿Cómo fue, vale, que se salvó usted de que lo fusilaran? –pregunta María Nieves.
–¡Ése es bueno! –exclaman los que conocen el cacho–. Échalo, Pajarote, que aquí hay muchos que no te lo han oído.
–Pues que habíamos caído en manos de los revolucionarios del Gobierno, y como nosotros les habíamos dado mucho que hacer en dondequiera que nos los tropezábamos –y Pajarote carga la fama–, a mí me habían colgado las mías y las ajenas, y ya estaba resuelto que me iban a fusilar. Eso fue cerca de las bocas del Apure, y estaba el río de monte a monte. La gente que roe cargaba preso se llegó hasta la orilla para que bebieran las bestias. Todos íbamos cubiertos de barro hasta las narices, y al capitán de la compañía le dieron ganas de bañarse; pero en la orillita, porque no era bueno de aguas. Se me ocurrió mi idea y dije, de modo que él me escuchara:
«–¡Ah, capitán, para tener bríos! Yo en el pellejo de él no me estaría bañando ahí tan tranquilo, con la caimanada que hay en ese río.»
Me oyó el hombre, y como cuando uno empieza a hacer la diligencia para salir de un mal paso, ahí mismo está Dios haciéndose cargo de lo demás, se le ocurrió también al capitán su idea, que no era muy bendita, y me preguntó:
«–¿Y usted no es llanero, pues?»
«–Sí, señor, mi capitán –le respondí mansito–. Llanero soy, pero de a caballo, que no es la misma cosa. A mí búsqueme usted en la tierra, pero en el agua no me encontrará nunca ni en la orillita.»
Me lo creyó el hombre, porque estaba de Dios que así sucediera, y para divertirse conmigo o para no tener que pasar el mal rato de fusilarme, mandó que me quitaran el cabo de soga con que me tenían amarrado y me echaran al agua para que me bañara, diciéndome:
«–Acérquese, amigo, para que se lave las patas, no vaya mañana a ensuciar el Cielo cuando San Pedro lo mande pasar adelante.»
Los soldados echaron a reírse, y yo me dije:
«–Te salvaste, Pajarote.»
Y seguí haciendo mi papel:
«–¡No, mi capitán! ¡Por vía suyita! Yo prefiero que me fusilen, si esa es mi suerte, antes que morir comido por un caimán.»
Pero él les gritó a los soldados:
«–Echen al agua ese cobarde.»
Y me zumbaron al río para que me ahogara. Eso fue del lado de allá del Apure. Hice como si me hubiera ido de cabeza…
Pajarote deja en suspenso el cuento, y uno del auditorio reclama:
–¿Qué hubo, pues, vale? ¿Va a dejar el cacho sin punta?
–¿Pero no me está viendo del lado de acá? Vine a sacar la cabeza en la otra orilla y les grité: «No dejen de hacerme pasar un susto como éste otro día.» Me hicieron qué sé yo cuantos tiros; pero, ¿quién alcanza a Pajarote, cuando es hora de decir: «¡Pata!, ¿pa qué te quiero?»
–¿Y tú, por qué estabas alzado? –pregunta Carmelito.
–Por descansar de la brega con la cimarronera y porque ya las totumas estaban llenas de tanta paz que había habido, y era hora de repartir los centavos.
Las totumas, es decir, la hucha del llanero. A propósito de la guerra y de la distribución de la riqueza, Pajarote tenía ideas muy llaneras.
Sábado por la noche. Velada de amanecer bailando. Se desocupó el caney sillero, se abrió y se regó convenientemente el piso, y en cada horcón se puso un candil. Ya se estaban friendo los chicharrones, y Casilda tenía preparados el carato de acupe y el dulce de ciruelas. Había, además, un cuarterón de aguardiente. Ya había llegado Ramón Nolasco, el de Las Pinas, que era el mejor arpista de todo el cajón del Arauca; de maraquero y cantador se trajo al tuerto Ambrosio, que después de Florentino era el improvisador más competente que por allí se conocía.
Llegaron las alegres cabalgatas de muchachas del paso del Algarrobo, del Ave María y de Jobero Pando. Los bancos, colocados al hilo de la horconadura del espacioso caney, no dieron abasto para el mujerío.
Marisela hace los honores de la casa. Va y viene de aquí para allá. Todas tienen algo que decirle y todas se lo dicen al oído. Ella se sonroja, suelta la risa, y replica:
–¿Pero de dónde sacan ustedes eso?
Y de grupo en grupo va recogiendo bromas y lisonjas.
–¿De veras? –insiste Genoveva–. ¿Nada?
–Nada. Y ahora menos que nunca. En estos días se ha puesto muy antipático.
–No puedo creértelo. Con lo bonita que estás.
–Ya te contaré.
Ya el arpista está afinando, y el tuerto Ambrosio le ha dado dos o tres sacudidas a las maracas.
–¡Oiga, compañero! –exclama Pajarote–. Ese hombre es una novedad con los capachos.
–¿Y qué me dices del arpa? ¡Escucha cómo cantan esas primas!
Ramón Nolasco le hace una seña al maraquero. Éste tose, para aclararse el pecho, escupe por el colmillo y:
–Ahí va el son de la Chipola –anuncia.
Y rompe a cantar, a tiempo que los hombres se precipitan a los bancos a sacar parejas:
Chipolita, dame el seno que yo me quiero ensená. Antes que otro se acomode yo me quiero acomodá.
Y comienza el joropo, con un paso animado que hace revolar las faldas de las mujeres.
Sólo Marisela se ha quedado sentada. Santos, que era el único que podía sacarla, porque a tanto no se atrevían los peones, ni se le ha acercado siquiera. Él tampoco baila.
Cantan las primas entre el ronco gemido de los bordones, y las obscuras manos del arpista al recorrer las cuerdas, son como dos negras arañas que tejen persiguiéndose. Poco a poco el golpe se va asentando en una cadencia melancólica de música voluptuosa. Los bailadores no se mueven de un palmo de tierra, marcando el compás con la cintura. El chischear de las maracas milagrosas tiene pausas de angustia y una vez y otra vez el cantador insiste:
Si el Santo Padre supiera la revuelta de Chipola, se quitaría el balandrán, dejaría la iglesia sola.
Es el anuncio de la «revuelta» que ya está preparando el arpista. Por fin, los dedos virtuosos saltan de las primas a los bordones, y de éstos a aquéllas, los bailadores lanzan un grito de placer satisfecho, y el joropo vuelve al movimiento primitivo. La tierra retumba bajo el escobilleado frenético, y las parejas, sueltas en las figuras, se persiguen por entre la confusión. Se enlazan de nuevo y otra vez revuelven las faldas en los giros finales del golpe.
Las mujeres a los bancos, y los hombres al cuarterón de aguardiente. La bebida aumenta la animación, y Pajarote pide:
–El son del zamuro. Ramón Nolasco. Ya va a ver cosa buena, doctor. ¡Señora Casilda! ¿Dónde está la señora Casilda? Venga acá.
Hágase la muerta para que la concurrencia vea cómo este zamuro le come los plazos.
Era el son del zamuro –uno de los muchos que llevan nombres de animales– un baile con pantomima, que se toca cuando hay algún gracioso que quiere hacer de hazmerreír. Consiste la pantomima en imitar, al compás de la música, los grotescos movimientos que hace el zamuro antes de lanzarse al festín que le depara la res muerta en la sabana. Pajarote tenía fama de ser el mejor bailador de zamuros de todos aquellos contornos, y, en efecto, lo ayudaba mucho lo canilludo y desgalichado que era.
En cuanto a Casilda, que en la pantomima hacía el papel de muerto, era la única pareja que para ello podía prestarse. Siempre dispuesta a secundar las humoradas de Pajarote, no había baile donde ellos estuvieran y no se tocara aquel golpe.
Les despejaron el caney, y el arpista rompió el son:
Zamuros de la barrosa del alcornocal de Abajo. Ahora verán, señores, al diablo pasa trabajo. Zamuros de la barrosa del alcornocal del Frío. Albricias pido, señores, que ya Florentino es mío.
Eran las coplas del legendario desafío entre el diablo y el famoso cantador araucano.
Plantada en el centro del caney, rígido el cuerpo y cerrados los ojos, Casilda llevaba el compás con movimientos de los hombros, mientras Pajarote le bailaba en torno con grotescos movimientos de los brazos y grandes zancadas, que imitaban el batir de alas y los saltos recelosos del ave inmunda alrededor de la carroña.
Los espectadores se desternillaban de risa; pero Santos no se divertía y al cabo de un rato dijo:
–Basta, Pajarote. Ya nos has hecho reír bastante.
El arpista cambió de son, y el baile continuó. Otra vez Marisela se había quedado sentada. Santos oía el cuento, que le echaba Antonio, de cierta famosa ocurrencia de Pajarote, y éste se había acercado a ellos, cuando de pronto, irrumpió Marisela, proponiéndole:
–¿Quiere bailar conmigo, Pajarote?
–Muerto, ¿quieres misa? –exclamó el peón, a manera de respuesta; pero, en seguida, a la mirada de Antonio, agregó–: Eso me queda grande, niña Marisela.
–Baila –díjole Santos–. Baila con ella.
Marisela se mordió los labios, y Pajarote se la llevó entre los brazos, gritándole de paso al arpista:
–Apréciese, Ramón Nolasco, y sacuda bien los capachos, tuerto Ambrosio, que de oro debieran ser. Aquí va Pajarote con la flor de Altamira, sin tenérselo merecido. ¡Abran campo, muchachos, abran campo!









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