Doña Bárbara: 2.II. Los amansadores. Rómulo Gallegos
Varios días había estado Carmelito poniéndole un veladero a la Catira, del hatajo del Cabos Negros, No había en Altamira padrote más rijoso que este bayo salvaje, y por eso era tan célebre y tenía nombre propio: no podía ver yegua bonita en hatajo ajeno sin que tratara de robársela, ni para impedírselo les era fácil a los demás sementales resistir la carga impetuosa de sus coces y dentelladas. Por otra parte, los hombres no habían encontrado todavía manera de capturarlo. Varias carreras le habían dado; mas por bien disimulados que estuvieran entre el monte los corrales falsos, siempre los descubría y escapaba a tiempo.
La Catira, blanca y esbelta como una garza, era la potranca más hermosa de su yeguada; pero llegó el tiempo en que, vedada la hija para el amor del caballo salvaje, debía de ser expulsada del hatajo. El Cabos Negros le amusgó las orejas, le mostró los dientes, haciéndola entender que de allí en adelante no podían continuar juntos, y ella se quedó plantada en medio de la sabana, viendo alejarse la familia de la cual ya no formaba parte, juntos los delgados remos, temblorosos los rosados belfos, tristes los ojos claros.
Vagó sola, desganada y lenta, por los acostumbrados sitios, y de regreso al hato, Carmelito la divisó a distancia contemplando la dorada polvareda que allá en el horizonte levantaba el alegre retozo del perdido hatajo.
A la mañana siguiente fue Carmelito a apostar en el bebedero, encaramado y oculto entre las ramas de un jobo, apercibido el lazo; pero la potranca era tan bellaca como el padre y fue necesario velarla por espacio de una semana.
Al fin cayó en el engaño. Al marotearla, Carmelito la consoló diciéndole:
–No te pesará. Catira. Estate quieta.
Como viese el hermoso animal que el peón traía arrebiatado, Marisela exclamó:
–¡Qué bestia tan bonita! ¡Quién tuviera una así!
–Te la compro, Carmelito –propúsole Santos.
Pero el peón huraño le respondió secamente:
–No está de venta, doctor.
En el Llano –donde, según el proverbio, propiedad que se mueve no es propiedad–, el dueño de una bestia salvaje es quien la captura, y la costumbre establece que si el propietario del hato la quiere para sí, debe comprársela, por una cantidad que en realidad no es sino el pago del trabajo de cazarla y amansarla; pero bien puede aquél negarse a venderla, siempre que la destine a su uso personal.
Laborioso fue el amansamiento, porque la Catira tenía un «corcoveo jacheado» que había que ser muy de a caballo para mantenérsele encima; pero bestia que amansara Carmelito, por bellaca que fuese, quedaba como una seda, suave y blanda de boca.
–¿Cómo va la Catira, Carmelito? –solía preguntarle Luzardo.
–¡Ahí, doctor! Ya está cogiendito el paso. ¿Ya usted, cómo le va en lo suyo?
Se refería a la tarea de la educación de Marisela, emprendida por Santos.
También Marisela tenía su «corcoveo jacheado». No porque le costase trabajo aprender, sino porque de pronto se enfurruñaba con el maestro.
–Déjeme ir para mi monte otra vez.
–Vete, pues. Pero hasta allá te perseguiré diciéndote no se dice jallé, sino hallé o encontré; no se dice aguaite, sino mire, vea.
–Es que se me sale sin darme cuenta. Mire, pues, lo que me encontré, curucuteando…, registrando por ahí. ¿No le parece bonito para ponerlo con flores en la mesa?
–El florero no es bonito propiamente.
–¿No ve? Ya sabía yo que iba a encontrarle algún defecto.
–Aguarda, criatura. No me has dejado terminar. Que no sea bonito el florero no es culpa tuya. En cambio, sí me agrada que se te haya ocurrido poner flores en la mesa.
–Ya ve, pues, que no soy tan bruta. Eso no me lo había enseñado usted.
–Nunca he creído que lo seas. Por el contrario, siempre te he dicho que eres una muchacha inteligente.
–Sí. Ya eso me lo ha dicho bastante.
–Parece que no te agradara oírlo. ¿Qué más quieres que te diga?
–¡Guá! ¿Qué voy a querer yo? ¿Acaso estoy pidiendo más, pues?
–¡El guá, otra vez!
–¡Umjú!
–No te impacientes –concluyó él–. Te llevo la cuenta de los guás, y todos los días la cifra va disminuyendo. En todo el de hoy una sola vez se te ha escapado.
Esto en cuanto al vocabulario, corrigiéndoselo a cada momento. Las lecciones, propiamente, eran por las noches. Ya del largo olvido estaban saliendo bastante bien la lectura y la escritura, que fue lo único que de pequeñita le había enseñado su padre. Lo demás, todo era nuevo e interesante para ella y lo comprendía con una facilidad extraordinaria. En cuanto a maneras y costumbres, los modelos eran señoritas de Caracas, todas bien educadas y exquisitas, amigas de Santos, siempre oportunamente recordadas en las conversaciones con que él animaba las sobremesas.
Marisela sonreía, pues no se le escapaba a su despierta imaginación que todo aquel largo hablar de las amigas de Caracas era para proponerle a ella algo que debiera imitar. También se enfurruñaba, a veces, si Santos se complacía demasiado en la pintura de los modelos, como generalmente sucedía que empezaran lecciones y terminaran nostalgias de la vida de la ciudad; pero entonces era cuando Marisela aprendía más, porque si el maestro se distraía, su instinto vigilaba.
Limpia, presumida ya, todavía silvestre, pero como la flor del paraguatán, que embalsama el aire de la mata y perfuma la miel de las aricas, nada quedaba en el aspecto de Marisela de aquella muchacha que portaba el haz de chamizas sobre la greña inmunda.
Lo mejor que traía en su pacotilla el turco que todos los años por aquella época recorría los hatos del cajón del Arauca, se lo compró Santos para que anduviese calzada y vestida con decencia. En la confección de los primeros trajes la sacaron del paso las nietas de Melesio Sandoval; para otros hizo de modisto Santos, dibujándole modelos, y esto dio origen a regocijadas escenas, pues si los dibujos no eran del todo malos, los patrones resultaron siempre inimitables y de un gusto deplorable a veces.
–¡Hum! Yo no me pongo esta mojiganga –protestaba ella.
–Tienes razón –concedía él–. Esto me ha resultado un poco sobrecargado. Tiene de todo, alforzas, faralás. Quitémosle esto.
–Y esto también. Ese garrufío por el pescuezo no me lo pongo yo.
–Convengamos en lo de garrufío, pero di más bien: cuello. Y quítaselo también. En esto como en muchas otras cosas tu instinto te dirige rápida y certeramente –concluía Santos, complacido en las felices disposiciones de aquella naturaleza, recia y dúctil a la vez, y viendo en Marisela una personificación del alma de la raza, abierta, como el paisaje, a toda acción mejoradora.
También le proporcionaba ocupación espiritual, compensadora de las rudas faenas del hato, la empresa de la regeneración de Lorenzo Barquero. Dosificándole la bebida y procurándole ocupaciones físicas y mentales, ya comenzaba a lograr que él mismo se empeñase en quitarse el vicio. Durante el día se lo llevaba consigo a sabanear, y en las tertulias de sobremesa se empeñaba en interesarlo con temas que despertasen su aletargada inteligencia, que hacía años no funcionaba sino bajo la acción del alcohol.
Pero, además de producirle las incomparables satisfacciones de toda obra lograda, Marisela le alegraba la casa y le llenaba una necesidad de orden personal. Cuando ella entró en la de Altamira, ya ésta no era aquella inmunda madriguera de murciélagos donde días antes se metiera él, pues ya había hecho blanquear las paredes, manchadas por las horruras de las asquerosas bestias, y fregar los pisos, cubiertos por una capa de barro endurecido, que durante quién sabe cuántos años habían depositado en ellos las plantas de los peones; pero era todavía la casa sin mujer. En lo material: la aguja que no se sabe manejar para zurcir la ropa, la comida servida por un peón; en lo espiritual –que para Santos Luzardo era lo más importante–: la casa sin respeto, el poder estar dentro de ella de cualquier modo, el no importar que en su silencio retumbara la palabra obscena del peón, el descuido de la persona y el endurecimiento de las costumbres.
Ahora, por el contrario, después de las rudas faenas de ojeos y carreras, era necesario regresar con un ramo de flores sabaneras para la niña de la casa, cambiarse, quitarse el áspero olor de caballo y de toro que traía adherido a la piel, y sentarse a la mesa dando ejemplo de buenos modales y manteniendo una conversación agradable y escogida.
Así, pues, mientras él la iba desbastando de su condición silvestre, Marisela le servía de defensa contra la adaptación a la rustiquez del medio, fuerza incontrastable con que la vida simple y bravía del desierto le imprime su sello a quien se abandona a ella.
Por momentos, la discípula se le encabritaba, se le revolvían las sangres, como decía ella, y se negaba a recibir las lecciones o respondía a sus advertencias con aquel brusco:
–«Déjeme ir para mi monte otra vez.»
Pero eran arrebatos pasajeros, manifestaciones de carácter que provenían de los mismos sentimientos que Santos estaba despertando en su espíritu. En seguida volvía espontáneamente por lo que había rechazado:
–Bueno. ¿Esta noche no voy a dar lecciones?
Lo mismo que la Catira, que después de unos corcovos cogía el paso por sí sola.
Pero Carmelito terminó primero. Con la potranca del diestro se le presentó una tarde a Santos, diciéndole:
–Me voy a permitir una licencia, doctor. Como aquí no hay bestia fina que pueda montar la señorita Marisela, le he amansado la Catira para su silla. Aquí la tiene, si quiere probarla usted mismo antes de que ella la monte. Por eso no se la traigo aperada; pero por ahí le tengo también el galápago y su apero completo.
Por el momento, Santos no vio en esto sino una manifestación del carácter de Carmelito, quien, en vez de haberle respondido, cuando le propuso comprarle la potranca, que no se la vendía porque pensaba regalársela para Marisela, le dio aquella respuesta brusca. Pero después pensó que el haber escogido Carmelito la persona de Marisela para hacerle a él una demostración de simpatía, en desagravio por la actitud reservada con que lo había acogido, podía significar también que tal vez allá entre los peones se le juzgaba enamorado de la prima, y aunque esto nada agregaba a los sentimientos, completamente desinteresados, que ella le inspiraba, no le agradó que pudieran ser interpretados de aquel modo.
Llamó a Marisela para que fuese ella misma quien le diera las gracias.
–¡Qué bueno! –exclamó, palmeteando de alegría–. ¡Conque era para mí! ¿Y por qué no me lo había dicho antes, Carmelito? Me ha tenido usted envidiándole esa bestia todos estos días. Ensíllela para dar un paseo.
Y en seguida:
–La cosa es que papá está hoy de mírame y no me toques y que no querrá acompañarme.
–Por eso no –díjole Santos–. Puedo acompañarte yo.
Y Carmelito:
–Permítame que yo también vaya, doctor. Quiero ver cómo se desempeña la Catira con la señorita. Porque una cosa son las bestias con uno, y otra con las mujeres.
La razón era aceptable; pero no la que verdaderamente movía a Carmelito.
Por el camino, dándole conversación. Santos se empeñó en que acabara de franqueársele. Antonio Sandoval no se cansaba de recomendarle aquel hombre, y a él le inspiraba confianza; pero durante largo rato sólo logró arrancarle respuestas breves y secas. Por fin, a una pregunta de Santos se resolvió a la confidencia que hacía días quería hacerle:
–Yo no nací peón, doctor Luzardo. Mi familia era una de las mejores del pueblo de Achaguas, y en San Fernando y en Caracas mismo tengo muchos parientes que quizás conozca usted –y citó varios, gente de calidad, en efecto–. Mi padre, sin ser rico, tenía de qué vivir. El hato del Ave María era suyo. Un día –tendría yo unos quince años, cuando más– asaltaron el hato una pandilla de cuatreros, de las muchas que, por entradas y salidas de aguas, andaban por todo este llano arrasando con lo ajeno. Venían buscando caballos; pero mi viejo los divisó a tiempo y me dijo: «Carmelito: Hay que sacar de carrera esos cuarenta mostrencos que están en la corraleja y esconderlos en el monte. Llévese los peones que están por ahí y no regresen hasta que yo no les mande aviso.» Sacamos las bestias, después de haberles amarrado a las colas unas ramas, para que ellas mismas fueran borrando sus huellas, y nos internamos en el monte, tres peones y yo. Pastoreando el bestiaje durante el día y velando en la noche, con el agua a la coraza de la silla muchas veces –porque aquel año fue bravo el invierno, y casi todos los montes estaban anegados–, estuvimos durante más de una semana pasando hambre. Nos pegó la calentura, y las picadas de los buyones nos pusieron que no nos conocíamos unos a otros, de puro hinchadas que teníamos las caras, y ya las bestias estaban flacas y cubiertas de mataduras, porque las mordió el vampiro y les cayó el gusano, cuando en vista de que el viejo no me mandaba aviso de que podíamos regresar, resolví ir hasta la casa, yo solo, a ver qué estaba pasando allá. ¿Pasando? Ya todo había pasado hacía días. Un zamurada voló de la casa cuando yo pisé el corredor. Los esqueletos, solamente, era lo que quedaba de mi padre y mi madre, y en un rincón Rafaelito, ese hermano de quien le dije el otro día que lo he mandado a llamar para que se venga a trabajar con usted. Entonces estaba gateando, de meses no más de nacido. Muriéndose de hambre, lo recogí del suelo.
Y al cabo de una breve pausa:
–Ese que montan Ño Pernalete estaba entre aquellos cuatreros asesinos. Todavía vive, porque, aunque andaba con los otros, fue el único que no puso su mano sobre mis viejos, según supe después. Los demás, ya me la pagaron, uno a uno. Yo sé que la venganza no es buena; pero es lo único que tenemos por aquí para cobrar deudas de sangre. De más está decirle cómo es que he venido a parar en peón. Aunque de usted, lo soy con gusto.
Y volvió a encerrarse en su mutismo, mientras Luzardo hacía los comentarios del caso, con el cálido lenguaje que empleaba cuando se trataba de algo que tuviese relaciones con la violencia enseñoreada de la llanura.
Entretanto, Marisela escuchaba; pero como el tema en que se había engolfado Santos era poco interesante para ella, y, además, no podía perdonarle que durante una hora larga, todavía no le hubiese dirigido la palabra una sola vez, taloneó los ijares de la Catira, haciéndola coger un trote más animado, y rompió a cantar una de esas coplas que para cada sentimiento tiene el cantador llanero. La letra no se le oía; pero la voz agradable modulaba con gracia la tonada. Santos interrumpió su discurso para prestarle atención, y Carmelito, disipada ya la amargura del recuerdo, se deleitó también en el canto bien entonado, y cuando
Marisela terminó la copla, dijo:
–¡Ah, doctor! Cómo que no somos tan malos amansadores. Véale el paso a la Catira.
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