Doña Bárbara: 3.II. Las tolvaneras. Rómulo Gallegos
No aquéllas, retozo del viento en los médanos, que una vez le arrancaron a Santos Luzardo una exclamación ilusionada, sino otras, las malas trombas, las que se llevan las esperanzas.
Ya Marisela no es el alma traviesa y risueña de la casa. Cabizbaja regresó de El Miedo aquella noche, y fue inútil que Santos, después de haberla reprendido, tratara de reanimarla diciéndole:
–Bueno. Se acabó el regaño. Levanta esa cabeza. Anímate. En lo único en que verdaderamente has hecho mal ha sido en darle crédito a supercherías tan burdas y grotescas– Ningún daño me podía sobrevenir por causa de ese pedazo de cabuya que traes ahí. Por lo demás, te has portado noble y valientemente, y tengo que estarte agradecido. Si así defiendes la medida de mi estatura, ¡cómo defenderías mi vida si la vieras en peligro!
Pero ella permaneció cabizbaja y silenciosa, porque en El Miedo había adquirido una experiencia que desvanecía el encanto sobre el cual estaba construida su vida.
Primero, en la inconsciencia de la cerrilidad, negrura del alma sepultada, y luego, en el deslumbramiento de la nueva forma de existencia y de la posesión de aquel amor, que bien podía ser la pasión sin nombre, pues se apoyaba en un punto de equilibrio entre la realidad y el sueño; nunca se había detenido a reflexionar en lo que significaba ser hija de la Dañera. Si tenía que referirse a ella, cosa que muy raras veces le ocurría, la nombraba, simplemente, «ella», y esta palabra no despertaba en su corazón ni amor, ni odio, ni vergüenza. Fue al proponerle a Pajarote que la acompañara, cuando por primera vez la llamó madre, y tuvo que hacer un esfuerzo para que sus labios emitieran el vocablo desusado y desnudo de todo sentimiento, como si careciese de sentido.
En cambio, ahora ha adquirido uno atroz, y a cada momento se le viene a la boca. Lo acompaña un gesto instintivo de repulsión.
Es el alma incontaminada –pero que ya no es como la naturaleza, que no sabe ni de bien ni de mal–, que rechaza violentamente todo lo que hay de monstruoso en ser hija de la embrujadora de hombres, que, para colmo, estaba enamorada de aquel a quien ella amaba.
Poco a poco, y a fuerza de estar siempre presente en el pensamiento sin mancilla, la idea odiosa fue cubriéndose de sentimientos compasivos. ¿Acaso no fue también víctima su madre? Pero, de todos modos, el encanto se había desvanecido; el punto de equilibrio ya no existía. Ahora no era el sueño, sino la cruel e implacable realidad.
Entretanto, también Santos andaba abismado en reflexiones, y al cabo de ellas le dijo un día:
–Tenemos que hablar formalmente, Marisela.
Ella creyó que iba a decirle lo que antes había deseado escuchar y se apresuró a interrumpirlo, tuteándolo –ya podía hacerlo sin ruborizarse:
–¡Qué casualidad! Yo también tenía que hablar contigo. Estoy muy agradecida por todo lo que has hecho por nosotros, pero ya papá desea volverse al palmar…, y yo también quiero que me dejes ir.
Santos la miró un rato en silencio y luego replicó sonriente:
–¿Y si no te dejo?
–De todos modos me iré.
Y rompió a llorar. Santos comprendió, y tomándole las manos:
–Ven acá –díjole–. Háblame con franqueza. ¿Qué te sucede?
–¡Que soy hija de la Dañera!
La protesta, justa, pero exenta de piedad, prodújole a Santos el disgusto que le causaban las negaciones de la ternura en el corazón de Marisela, y maquinalmente le soltó las manos. Ella corrió a meterse en su cuarto y se encerró bajo llave.
Y fue inútil que él llamara a aquella puerta para concluir la conversación interrumpida, ni que procurara reanudarla más tarde, pues ella no volvió a salir de su encierro mientras él estaba en la casa.
Incluso que la amaba, nada podía ya decirle Santos que no fuera tardía compensación de la injusticia del destino, que la había engendrado en el vientre maldito de la embrujadora de hombres.
Mientras tanto, fuera de la casa, también las tolvaneras se estaban llevando las esperanzas puestas en las cosas materiales.
Ya estaba empadronándose la quesera. Todavía el ganado iba por pique a los corrales, pero cada día era más numeroso el rebaño que se dejaba arrear, y ya las vacas atendían a sus nombres y la bravura no les escondía la leche en las ubres.
Con el primer menudeo de los gallos comenzaba el ordeño. Jesusito se apostaba friolento en la puerta del corral de los becerros, y los ordeñadores entraban en el de las vacas, rejo y carnaza en mano y con la copla ya pronta en los labios:
Lucerito e la mañana préstame tu claridad para alumbrarle los pasos a mi amante que se va
Y el becerrero, con su voz niña en el aire tierno:
–¡Claridad, Claridad, Claridad!
Bramaba la vaca del nombre mentado, acudía al reclamo materno el becerro, metiendo la cabeza por entre las trancas de la puerta, las corría el muchacho para dejarlo pasar y comenzaba el apoyo, a golosas trompadas contra la ubre que escondía la leche, mientras el ordeñador, pasándole la mano a la vaca, le iba diciendo:
–Ponte, Claridad, ponte –reclama el ordeñador.
Y cuando ya la ubre se hinchaba, enrejado el becerro a la pata de la madre, mientras ésta lo acariciaba lamiéndolo, comenzaba el ordeño hasta llenar las carnazas.
Y otra copla:
El que bebe agua en tapara y se casa en tierra ajena no sabe si el agua es clara ni si la mujer es buena
Y el becerrero, guiándose por el consonante:
–Azucena, Azucena.
Y otra vaca que acudía a ponerse.
La fría madrugada, olor de boñiga y cantar de ordeño dentro del vasto silencio de la sabana, a medida que el aire se movía y el alba empezaba a rayar, se iba poblando de olores y rumores diversos: aroma de los mastrantales enternecidos por el relente, perfume de los paraguatanes floridos, áspero canto del carrao en el monte de las orillas del caño, lejano clarín de un gallo, trino de los turpiales y de las paraulatas.
Y en la tarde, la vuelta de los rebaños a los corrales. Vienen con los tendidos rayos del sol sobre la sabana y con el canto de los pastores. Traen las ubres repletas, y en el tranquero de la corraleja, donde se agolpan los becerros, hay tiernos belfos ansiosos.
Remigio mira las ubres y calcula las arrobas de queso; Jesusito, sobre el tranquero, contempla la sabana y escucha las tonadas.
Cantares de notas largas, música de tierras anchas y solas…
Pero un día se presentó Remigio en Altamira. Llegó sombrío y se sentó en silencio.
–¿Qué lo trae por aquí, viejo? –preguntóle Santos.
Y el quesero respondió con palabras lentas y graves:
–Vengo a ponerlo en cuenta de que anoche el tigre me mató al nietecito. Los ordeñadores se habían ido para un joropo, y estábamos solos en la quesera Jesusito y yo. Cuando me disperté al grito del muchachito, ya el tigre me lo había degollado de un zarpazo. Pude alancearlo, y allá amanecieron muertos los dos: Jesusito y el tigre. Vengo a ponerlo en cuenta de que ya no tengo para quién trabajar.
–Suelte la quesera, Remigio. Aquí no hay quien pueda encargarse de ella. Que se quede salvaje el ganado.
Terminó la recolecta de la pluma, y Antonio le comunicó el resultado.
–Dos arrobas. Ahora sí podrá darse el gusto de la cerca. Con el precio que hoy tiene la pluma, más de veinte mil pesos le van a entrar. Si usted no dispone otra cosa, la voy a mandar con Carmelito. Él mismo puede comprar en San Fernando el alambre de púas que se necesita para la cerca, que ya lo tengo calculado. En el ínterin podemos proceder a plantar otra vez la posteadura que destruyeron las candelas. Digo, si todavía piensa en eso.
Era la idea del civilizador, germinando ya en el cerebro del hombre de la rutina. Antonio Sandoval, convencido de la necesidad de la cerca, era un comienzo de obra, y Santos volvió a sus animosos proyectos, postergados por la perentoria atención de las faenas cotidianas.
Días después aparecieron a la vista dos jinetes.
–Esa no es gente de por estos lados –observó Pajarote–
–¿Quiénes serán? –se preguntó Venancio.
–Ellos lo dirán cuando lleguen, porque para acá vienen rumbeando –concluyó Antonio.
Llegaron los forasteros. Uno de ellos traía una bestia arrebiatada.
–Esa bestia es la de Carmelito –se dijeron los altamireños, a tiempo que Santos salía al corredor.
–¿Es usted el doctor Luzardo? –inquirió uno de los recién llegados–. Venimos a traerle una noticia desagradable de parte del general Pernalete, Jefe Civil del Distrito. Allá, por los lados del hato de El Totumo, en un chaparral, fue hallado muerto un hombre que parece que era de aquí. No se le pudo reconocer, porque ya estaba corrompido y medio comido por los zamuros, pero más después fue visto por la sabana este caballo aperado que tiene el hierro de usted. El general nos ha mandado a traérselo y a darle el parte.
–¡Asesinaron a Carmelito! –exclamó Antonio, con rabioso dolor.
–¿Y el compañero del amo de esa bestia, que era hermano de él? ¿Y las plumas de garza que llevaban, qué se hicieron? –interrogó Pajarote.
Los mensajeros se miraron las caras.
–Por allá no se sabe que el difunto fuera acompañado ni que llevara nada de robar. Allá se cree que fue un mal que le dio en medio de la sabana. Pero si ustedes dicen que el difunto llevaba cosas de robar, se lo comunicaremos al general, porque entonces habrá que hacer averiguaciones.
–¿Luego aún no las han hecho? –preguntó Luzardo.
–Ya le digo. Allá se cree…
–Sí. No continúe. Allá se cree siempre todo lo que contribuya a que el crimen se quede impune –dijo Santos–. Pero esta vez no se quedará.
Y al día siguiente partió para el pueblo cabecera del Distrito. Ya era hora de emprender la lucha para que en el ancho feudo de la violencia reinase algún día la justicia.
Apenas supo Marisela que Santos se había ausentado, decidió llevar a cabo su propósito de abandonar aquella casa donde ya no le era posible permanecer, para regresar al rancho del palmar de La Chusmita y a la vida que allá hiciera antes, única digna de ella, según la sentencia que ya no se le caía de los labios:
–Más vale roto que remendado.
Lorenzo Barquero acogió la idea con una decisión delirante. Ya era tiempo de ponerle fin a aquella mentira de su regeneración moral. Su vida estaba irremediablemente destruida. Allí en el rancho del palmar volvería a entregarse a la borrachera, allá estaba el tremedal que debía tragárselo.
–Sí. Mañana mismo nos vamos.
Y al amanecer siguiente, aprovechando la ausencia de Antonio, que no los hubiera dejado escaparse, padre e hija cabalgaban rumbo al palmar de La Chusmita.
En silencio hicieron el trayecto, bamboleando Lorenzo al paso de su cabalgadura, sombría Marisela, y sólo cuando llegaron a la linde del palmar, volvió ella la cabeza, y al ver que ya no se distinguían las casas de Altamira, murmuró:
–Me haré el cargo de que ha sido un sueño. Llegado que hubo al rancho, cuyo sórdido aspecto ahora repugnaba con los delicados gustos y costumbres adquiridos en la casa de Luzardo, mientras su padre se iba a contemplar el tremedal, como solía hacerlo antes en los intervalos de las borracheras, desensilló las bestias, que estarían allí hasta que de Altamira fueran por ellas, y ya iba a amarrar la suya, cuando –como recordase que Carmelito había comparado su tarea de amansarla con la que Santos había emprendido para desbastarla a ella de su cerrilidad– se le ocurrió que también la Catira debía volver a su condición primitiva.
Le quitó el bozal, la acarició llorosa, diciéndole:
–Se acabó esto, Catira. Tú, a tu sabana, y yo a mi monte otra vez.
Y en habiendo espantado la bestia, se sentó en el brocal del pozo y dio libre curso al llanto.
La Catira correteó un poco, ensayando su libertad con prudentes escarceos, no muy segura todavía de haberla recuperado, se revolvió en la arena, se la sacudió del blanco pelo con un estremecimiento de gozo, lanzó un relincho, correteó un poco más para detenerse luego por allá, erguido el cuello, las orejas juntas y la cabeza vuelta hacia Marisela, hasta que por fin se convenció de que realmente era libre, y despidiéndose de la dueña con otro relincho, se perdió de vista por la sabana inmensa.
–Bien –se dijo Marisela–. Ahora, a recoger chamizas, como antes. El que nació para triste, ni que le canten canciones.
Mas si la Catira podía volver a la libre vida del hatajo, no así Marisela a la simplicidad de su antigua condición montaraz. Las necesidades del momento y las preocupaciones por el porvenir le habían complicado la vida.
Las primeras eran tantas y tan imperiosas, que al encontrarse en presencia de ellas se asustó de lo que había hecho al regresar al rancho del palmar. No eran chamizas solamente lo que había que procurarse, sino la manera de hacer fuego con ellas y lo que debía cocerse en ese fuego para la hora de la comida, y todo lo que faltaba en aquella vivienda, si tal nombre pudiera dársele a la miserable zahúrda del espectro de La Barquereña. Obstruida la imaginación por la idea fija que el despecho alimentaba: abandonar la casa de Luzardo, no previo que en el rancho de La Chusmita llegaría la hora de comer y no habría qué, y la de dormir sin que hubiere dónde, pues ya para ella la estera no podía ser cama. Ni era tampoco estera, de tan deshecha como estaba.
En cuanto a Lorenzo, hacia tanto tiempo que vivía fuera de la realidad, que no era posible que previese el apremio de aquellos menesteres. Por otra parte, siempre que no le faltara aguardiente –y para eso estaba por allí míster Danger–, de lo demás podía carecerse.
Cierto que, ahora como antes, chigas y quereveres del monte daríanles el silvestre pan de su harina, y escarbando por los rastrojos se encontrarían yucas y topochos; pero ya el paladar rechazaba aquellos groseros alimentos, y para procurárselos, ya ella no era aquella criatura bravía como un báquiro, que no le temía a la soledad del monte y se internaba en su espesura, haciendo crujir los brojales bajo sus anchos pies descalzos, y se trepaba a los árboles, disputándoles a los araguatos el silvestre sustento. Ánimo no le faltaba, pero en Altamira había aprendido a emplearlo mejor. Ya no era caso de escarbar rastrojos o «monear palos» para aplacar el hambre, sino de procurarse medios de subsistencia seguros y permanentes, pues ahora la imaginación trabajaba, y a causa de ello, la incertidumbre del porvenir hacía más angustiosas las privaciones del momento. Por lo tanto, era necesario crearse una fuente de recursos, y la primera ocurrencia fue ésta:
–Papá ¿tengo derecho a reclamarle a mi madre que vea por mí? Mientras ella entierra botijuelas de onzas de oro, nosotros no tenemos qué comer…
Lorenzo Barquero hizo un esfuerzo sobrehumano para coordinar las ideas de esta respuesta:
–Derechos, ningunos, porque en la partida de registro civil no apareces como hija suya. Ella no quiso que la mencionaran, y yo te presenté…
Pero ella no lo dejó concluir:
–¿Quiere decir que ni siquiera tengo el derecho de probar que soy la hija de la Dañera?
El padre se quedó mirándola largo rato, y luego balbució:
–Ni siquiera.
Sin que estas palabras, simple repetición mecánica de las que ella había empleado, fuesen acompañadas del más leve sentimiento de responsabilidad. Y en habiéndolas pronunciado, se alejó del rancho, camino de la casa de míster Danger.
Arrepentida de la crueldad de aquella interrogación acusadora, Marisela se quedó murmurando: «¡Pobre papá!», mientras él se alejaba, incierto el paso, péndulos los brazos a lo largo de aquel cuerpo «sin armadura», como solía decir que se lo sentía.
Pero al darse cuenta de que el padre se encaminaba donde míster Danger, corrió a detenerlo, diciéndole:
–No, papá. No vayas a casa de ese hombre. Te lo suplico. ¿Es licor lo que vas a pedirle? Espera. Yo iré a buscártelo a Altamira. Ya estaré aquí de regreso.
Pero mientras ella ensillaba la bestia donde había venido don Lorenzo, éste se fue a aplacar la imperiosa necesidad de alcohol, sin pensar que para pagarle a míster Danger la bebida que iba a pedirle, ya no le quedaba sino la hija.
¡Ya las tolvaneras se habían llevado todas las esperanzas!









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