Doña Bárbara: 2.XI. Soluciones imaginarias. Rómulo Gallegos
Lo extraño fue que a Santos Luzardo también se le ocurrieron soluciones imaginarias.
Con la fría imparcialidad de que se revestía para analizar sentimientos suyos y situaciones difíciles que de ellos dependiesen, se planteó el caso, sentándose al escritorio, despejándolo de la barahúnda de papeles y libros que sobre él había dejado poco antes, poniéndolos en orden, uno sobre otro y separados éstos de aquéllos, como si se tratase de distinguir y analizar lo que eran y contenían, libros de derecho y papeles de la contabilidad del hato, y apoyando las manos sobre unos y otros, cual si necesitara exteriorizar y convertir en cosas inertes los sentimientos sobre los cuales era menester reflexionar, dijo, mirando lo que tenía bajo la izquierda:
–Que Marisela se ha enamorado de mí es evidente, y perdóneseme la vanidad. Era lógico que así sucediera: «los años, la ocasión»… Es bonita, un verdadero tipo de belleza criolla, simpática, interesante como alma, compañera risueña, y sin duda útil para un hombre que haya de llevar indefinidamente esta vida de soledad y de asperezas entre peones y ganados. Hacendosa, valiente para afrontar situaciones difíciles. Pero… ¡Pero esto no puede ser!
Y movió la mano sobre el papel como para borrar lo que allí estuviese escrito. Luego, asentando más la diestra sobre los libros:
–Aquí no hay nada más sino una simpatía, muy natural, y el deseo desinteresado de salvar una pobre muchacha condenada a una triste suerte. Acaso, cuando más, una necesidad, puramente espiritual, de compañero femenino. Pero si esto puede dar origen más tarde a complicaciones sentimentales, lo prudente es ponerle remedio en seguida.
Retiró las manos de libros y papeles, y reclinándose en el asiento, con la cabeza echada hacia atrás, prosiguió su monólogo mental:
–Marisela no debe continuar en casa. Claro que volver al rancho del palmar, ni por un momento. Sería entregársela a míster Danger. ¿Si ese par de tías viejas que tengo en San Francisco consintieran en recibirla? Marisela les sería muy útil, y ellas, en cambio, le harían un gran favor. Acabarían de educarla, completarían la obra emprendida por mí, con esos toques que a un alma de mujer sólo manos de mujer pueden darle: esa ternura que le falta, ese fondo del corazón hasta donde yo no he podido llegar.
En cuanto a Lorenzo, claro está que no voy a exigirle a mis tías que lo reciban también. Se quedará aquí, conmigo. Ya que me lo he echado encima, con él tengo que cargar hasta el fin. Que no estará muy distante, por lo demás. Por eso también hay que ir buscándole soluciones al problema de Marisela. Vivo Lorenzo, aunque sea metido dentro de ese cuarto de donde ya no quiere salir ni para sentarse a la mesa, la convivencia de Marisela conmigo está justificada; pero muerto el padre, las cosas cambiarán de aspecto. Además, Marisela será para mí una impedimenta que no me dejará disponer de mi vida libremente. Si resuelvo, por ejemplo, regresarme a Caracas o irme a Europa, como antes lo pensaba y ya vuelve a ocurrírseme por momentos, ¿qué hago con Marisela? Abandonarla así como así no sería humano. Hasta cierto punto, yo he contraído un deber moral al emprender la obra de su educación, he cambiado el destino de un alma. Ella era la presa que ya míster Danger había elegido, y por ese camino iba a seguir los pasos de la madre. ¿Voy a decirle ahora: revuélvete, sigue por donde ibas?
Enciende el cigarrillo. Grato es pensar mirando desvanecerse el humo en el aire, sobre todo cuando los pensamientos se van desvaneciendo a medida que son formulados.
–¡Nada! La única solución es que las tías consientan en recibir a Marisela. Pero antes hay que preparar el terreno. Ya me imagino la exclamación al terminar la carta: «¡Una hija de la Dañera en casa!» Explicarles el caso y persuadirlas de que pueden recibirla sin escrúpulos de conciencia ni temor de maleficios.
Tira el cigarrillo, que ha dado de pronto un humo amargo, y con movimientos de atención ausente de ellos se pone a arreglar los papeles de modo que no sobresalgan uno del otro, mientras se dice, ya no mentalmente, sino con palabras emitidas:
–Pero, para ir a San Francisco es necesario esperar a que termine la vaquería. Por ahora no puedo moverme de aquí. Entretanto, si a la casa de El Bruscal se le pudieran hacer reparaciones, allí podría vivir Lorenzo con su hija.
Llama:
–¡Antonio!
–Antonio no está por aquí –responde por allá Marisela.
Y –¡cosa extraña!– el problema ha desaparecido de pronto, o por lo menos, la necesidad apremiante de resolverlo en seguida.
¿Acaso, con lo que había descubierto la noche anterior, al sacar a Marisela a bailar, habían cambiado realmente las cosas? ¿La ingenuidad misma de aquella tácita confesión de amor que ella hiciera al decirle «¡antipático!» no le daba al amor de Marisela un carácter especial, cierta diafanidad de sentimientos infantiles, ante los cuales resultaban desproporcionados sus escrúpulos?
Quizá, también, la clara voz que le había respondido por allá dentro, hízole pensar involuntariamente en días venideros de casa sola y silenciosa.
Esto o aquello, o ambas cosas a la vez, lo cierto fue que Santos Luzardo concluyó así sus reflexiones:
–¡Hombre! Bien está que me ocupe en buscarle una solución al problema, pero no con tanta prisa. Un poco más, y resulto tan timorato como mis tías. ¿Qué inconveniente hay en que Marisela viva bajo el mismo techo que yo, próxima y lejana, como hasta ahora ha vivido? Hasta cierto punto esto le añadiría un encanto mayor a la vida: un amor que no exija sino la mutua conciencia de que existe, que no cambie las cosas ni él tampoco pueda ser modificado por ellas.
Algo suficiente por sí solo, que no necesite convertirse ni en palabras ni en obras. Algo así como la moneda de oro del avaro, que es quizá el más idealista de los hombres. La riqueza toda sueños, la seguridad de que nunca se comprará con ella una desilusión.
Pero, en la realidad, cuando no se tiene el alma sencilla, como la de Marisela, o demasiado complicada, como no la tenía Santos Luzardo, las soluciones deben ser siempre positivas. De lo contrario, acontece como le aconteció a él, que perdió el dominio de sus sentimientos y se convirtió en juguete de impulsos contradictorios.
–¿Próxima y lejana Marisela? Cada vez más próxima, hasta el punto de que ya no había manera de estar dentro de aquella casa sin sentir su presencia. ¿Está en la cocina, preparándole la comida como a él le agrada? Pero desde aquí se le oye la voz o la risa o la copla. ¿Se ha quedado en silencio la casa, y la mirada se fija en un sitio cualquiera? Es casi seguro que por allí cerca esté una flor que ella ha puesto. Vas a sentarte y tienes que quitar el libro o la labor que dejó en la silla. Buscas algo, y apenas mueves el brazo, allí mismo lo encuentras, porque todo está en su sitio y al alcance de tu mano. Entras, y ya puedes contar con que en la puerta te la tropezarás, porque en ese momento sale. Vas a salir, y tienes que hacerte a un lado, o te lleva por delante en su carrera. ¿Quieres reposar la siesta? Ni el vuelo de las moscas te molestará, porque es tal la guerra que les ha declarado Marisela, que ya no se atreven a meterse en la casa, y mientras tú duermes, ella andará de puntillas y se morderá la lengua para que no se le escape la copla. Eso sí: apenas ya no tengas necesidad de silencio, romperá a cantar, como las propias paraulatas llaneras, que parece tuvieran de plata la garganta, y todo lo que vaya haciendo se lo dirá a sí misma, en alta voz, y tú no necesitarás verla para saber en qué se ocupa.
–Ahora me pongo a remendar. Ahora barro la sala. Ahora riego las plantas. Y ahora, a estudiar mis lecciones.
Mas, por esto mismo, era conveniente poner distancias por medio, y olvidando aquel proyecto de llevar a Marisela a la casa de las tías. Santos plantea un día en la mesa esta conversación:
–Bien, Lorenzo. La Marisela ha adquirido los rudimentos necesarios para comenzar a recibir una verdadera educación, y es conveniente ponerla en un colegio. En Caracas hay buenos colegios de señoritas, y creo que debemos mandarla cuanto antes.
–¿Con qué voy a pagarle la pensión? –pregunta Lorenzo.
–Eso corre de mi cuenta. Lo que te pido es tu autorización para proceder.
–Haz lo que te parezca.
Entretanto, Marisela se mordía los labios y ya iba a levantarse de la mesa, enojada, cuando le vino «su idea». Siguió comiendo tranquila, y Santos creyó que también aceptaba su proyecto.
Pero al regresar a la casa, aquella misma tarde, encontró sobre la puerta un trozo de papel donde Marisela había puesto:
«Colegio de Señoritas. El mejor de la República.»
Celebró la ocurrencia, quitó el papel y no volvió a hablar más de aquello.
Solos en la mesa. Cierto que era más grata, así, sin la repugnante presencia de Lorenzo Barquero. Ella le servía el plato, le
estimulaba el apetito, diciéndole:
–¡Esto está rico!
Le vertía el agua en el vaso, sin darle tiempo a que él lo hiciera, y entretanto, charlaba, charlaba, charlaba sin tregua.
Agradable la voz, delicioso el reír, pintoresca la conversación, graciosos los gestos y ademanes, ¡y una animación y un chisporroteo de luz en los ojos!
–¡Chica, ya me tienes mareado!
–Pero hable usted también, hombre de Dios.
–¿Al mismo tiempo que tú? Verdaderamente, tendré que resignarme a hacerlo así.
–¡Exagerado! Esta mañana, en el almuerzo, fue usted solo quien habló.
–Pero como si tal cosa, porque tú en otras muy distintas estabas pensando. Te pondría en un apuro si te preguntara qué te dije.
–¡Miren qué gracia! ¿A que usted tampoco puede repetir lo que yo he dicho ahora?
–También es cierto. Pero no porque no te haya prestado atención, sino porque es imposible seguir el hilo de tu discurso. Saltas de un tema a otro con una rapidez vertiginosa.
–¿Entonces, todo lo que uno hable deben ser discursos?
–Verdaderamente, resultaría fastidioso. Como lo estuve yo esta mañana.
–No he querido decirle eso, sino que cada uno tiene su manera de pensar, y así como piensa, habla. Usted puede estar hablando dos horas seguidas, como un aguacerito blanco.
–Gracias por el símil. No me has dicho fastidioso.
–No es eso, señor. Quise decir: sin que hable de la misma cosa, y al mismo tiempo sin que se vea que va cambiando el asunto. Mi manera es otra.
–Sí. Tu conversación podría compararse a una serie de chaparrones, uno tras otro. Pero aguaceros con sol. Para devolverte la metáfora con una galantería.
–¿El diablo y su mujer peleando? Pero nosotros no peleamos. ¡Ay! ¿Qué he dicho?
Se sonroja y suelta la risa.
–Claro está –dícele Santos, mientras la contempla sonriente–. Como que ni yo soy el diablo…
Pero ella no lo deja concluir:
–¿Sabe?
–¿Qué?
–Ya se me olvidó lo que iba a contarle.
Y como Santos sigue contemplándola, exclama:
–¡Ah, sí! –pero en seguida vuelve a hacer el gesto de olvido, que era pura ficción, recurso de disimulo.
Santos la imita, exclamando:
–¡Ah! No.
¡Qué linda se estaba poniendo! ¡Todos los días más! No obstante, él se engolfa de pronto en uno de aquellos discursos deliberadamente fundados sobre temas áridos o abstrusos que tenían por objeto aburrirla o interesarla intelectualmente, remedios heroicos, ambos, contra el amor.
Pero ella, ni se aburría ni tampoco podía interesarse de aquella manera. Mientras él hablaba no le quitaba la vista: mas, entretanto, iba pensando todo que se le viniera a la mente.
A lo mejor, interrumpió:
–¿Sabe? ¿La venadita que me regaló? No era ninguna bendita: va a tener venaditos.
Santos responde cualquier cosa y sigue comiendo en silencio; mas, de pronto, suelta la risa. Ella no se explica aquella hilaridad y se lo queda mirando extrañada. Al fin cae en malicia y las mejillas se le enrojecen, mientras, por disimular, busca de prisa algo que obligue a pensar en otra cosa; pero lo que se le viene a la boca, de golpe, también es la risa, y ya no hay manera de que Santos logre cambiar la situación, pues en cuanto comienza a decir algo, ella suelta la carcajada, y él concluye imitándola.
Pero el reír malicioso de Marisela era algo tan diáfano como lo había sido la frase inocente, tan ajeno a la moral como el pecado de la venadita.
Era la naturaleza misma, sin bien ni mal; pero así no podía tomarla el hombre de la ciudad.
Por una parte, las reflexiones que otro cualquiera, dotado de un mediano buen juicio, se habría hecho: Marisela, fruto de una unión inmoral y acaso heredera de las funestas condiciones paternas y maternas, no podía ser la mujer en quien pusiera su amor un hombre sensato, y por otra parte, las reflexiones que tenía que hacerse un Santos Luzardo. Sencilla como la naturaleza, pero a ratos inquietante también, como las monstruosidades de la naturaleza, Marisela parecía tener selladas en el corazón las fuentes de la ternura. Alegre, jovial y expansiva; sin embargo, en sus relaciones con el padre nunca le había visto un movimiento de amor filial. Generalmente mostrábase indiferente a los sufrimientos paternos o, cuando más, al pasar junto a Lorenzo le dirigía una frase juguetona, aniñando la voz, pero sin que las palabras dejaran traslucir verdadera ternura.
–Esta muchacha no tiene corazón –decíase a menudo Santos–. No tendrá todavía la crueldad sombría de la madre, pero tiene la crueldad retozona del cachorro, y de esto a aquello, con un poco que intervengan las circunstancias, no hay sino un paso. Tal vez por falta de la educación conveniente, por falta de esos toques a la sensibilidad dormida que sólo manos de mujer pueden darle.
Pero Santos Luzardo se veía obligado a confesarse que estas reflexiones pesimistas le producían un disgusto especial. Las hallaba demasiado severas, crueles, de crueldad consigo mismo. En cambio, postergando al razonador, le era grato poner de cuando en cuando un poco poeta el corazón y repetir aquello de la moneda de oro del avaro.
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