Doña Bárbara: 2.VIII. Candelas y retoños. Rómulo Gallegos
Ya se había escuchado, allá en el fondo de las mudas soledades, el trueno que anuncia la proximidad del invierno; ya estaban pasando hacia el Occidente las rumazones de nubes que van a condensarse sobre la Cordillera, donde comienzan las lluvias que luego descienden a la llanura, y ya estaba el fusilazo del relámpago al ras del horizonte en las primeras horas de la noche. El verano empezaba a despedirse con el canto de las chicharras entre los chaparrales resecos, amarilleaban los pastos hasta perderse de vista, y bajo el sol ardoroso se rajaban como fauces sedientas las terroneras de los esteros. La atmósfera, saturada del humo de las quemas que comenzaban a propagarse por las sabanas, se inmovilizaba en calmas sofocantes durante días enteros, y sólo a ratos, como anhelosos resuellos de fiebre, soplaban breves ráfagas ardientes.
Aquella tarde había llegado a su apogeo la modorra de la canícula. La reverberación solar poblaba de espejismos la sabana, y en la abrumadora quietud del desierto sólo se movía la vibración del aire enrarecido, cuando, de pronto, y a tiempo que los pastos se abatieron al soplo de una racha huracanada, empezó a suceder algo extraño: bandadas de aves palustres que volaban hacia el sotavento lanzando graznidos de pánico, numerosas yeguadas, reses sueltas o en madrinas que corrían en la misma dirección, unas, rumbo a los corrales del hato, otras, hacia el horizonte abierto, en precipitada fuga.
Ya para abandonarse al sopor de la siesta a la sombra del corredor delantero de la casa, como advirtiese aquel raro movimiento del bestiaje, Santos Luzardo se preguntó en alta voz:
–¿Por qué vendrá el ganado buscando loa corrales a estas horas?
Y Carmelito, que ya por dos veces se había acercado hasta allí a explorar la sabana como si esperase algo, explicó:
–Es que ha venteado la candela. Mire. Por allá, detrás de aquella punta de mata viene reventando el fuego. Por aquí detrás ya se ve también la humareda. Todo eso viene ardiendo de Macanillal para acá.
Ideas rudimentarias, profundamente arraigadas en el hombre de los campos venezolanos, e impotencia de los escasos pobladores de la llanura ante la enormidad de las tierras que reclaman sus esfuerzos, aconsejan el empleo del fuego, cuando ya se avecinan los primeros aguaceros del año, como único medio eficaz para que renazcan vigorosos los pastos agotados por la sequía y para destruir el gusano y los garrapatales arruinadores del ganado, y es costumbre, casi obligación de solidaridad, que todo llanero le pegue candela a los pajonales secos que encuentre a su paso, así pertenezcan a fincas ajenas.
Pero Santos no había permitido que se hicieran tales quemas en Altamira, por considerar perjudicial el rudimentario procedimiento del fuego, y contra las opiniones de Antonio Sandoval se empeñó en hacer la experiencia de recurrir a la rotación de los rebaños, para acabar con los garrapatales, y de esperar a que los pastos se renovasen por sí solos cuando comenzaran las lluvias, para comparar los resultados, mientras estudiaba la manera de introducir un sistema racional de cultivos de las praderas.
Debido a esto, seco todo Altamira, el fuego tenía que propagarse con violencia, y, en efecto, a poco, el rojo anillo se corrió por el horizonte, y cundió en obra de momentos por todo el vasto paño de sabana. Los chaparrales oponían acá y allá una desesperada resistencia; pero se precipitaban sobre ellos las llamas girando y silbando enfurecidas, se encrespaban en la refriega, se empenachaban de negras humaredas, resonaba el tiroteo del estallido de los bejucos, y cuando ya aquel núcleo de resistencia había desaparecido, el fuego victorioso volvía a cerrar filas y proseguía el avance rápido, amenazando rodear las casas. Éstas no corrían peligro, gracias a los contrafuegos naturales de los medanales y paraderos de ganado que las circundaban; pero el aire ardiente que soplaba sobre ellas se hacía irrespirable por momentos.
–Parece que esto hubiera sido hecho de propósito –observó Santos.
–Sí, señor –murmuró Carmelito–. Estas candelas como que no vienen para acá por cuenta de ellas solas.
Era el único peón que estaba por allí. Los demás, incluso Antonio Sandoval, se habían ido después del almuerzo a continuar la batida de los caños poblados de caimanes, y se había quedado rondando en torno a la casa, como si montara guardia, porque un veguero, con quien se encontró de camino la noche anterior, le había comunicado que, estando en la pulpería de El Miedo, oyó conversar a los Mondragones de algo que por allá se fraguaba contra Altamira para el día siguiente. Se reservó la noticia porque quería darle a Santos, él solo, una prueba inequívoca de su lealtad. Pero sin hacer ostentación de ella.
–Por muchos que sean los que vengan de allá –se había dicho– entre el doctor y yo, él con su rifle y yo con mi recortado, no los dejaremos acercarse.
Pero ahora acababa de comprender que eran aquellas candelas lo que debía venir de El Miedo, y se dijo:
–Menos mal, porque a éstas las atajan los peladeros de la sabana.
Las atajaron, en efecto, pero cuando roto en lenguas errantes por los medanales y abandonado del viento en la calma del atardecer se extinguió por fin el incendio, el vasto paño de sabana carbonizado, que se extendía hasta el horizonte bajo un cielo fuliginoso, era un paisaje fúnebre iluminado por una hilera de antorchas agonizantes, allá en Macanillal, donde habían sido plantados los postes para la cerca. Fue la rebelión de la llanura, la obra del indómito viento de la tierra ilímite contra la innovación civilizadora. Ya la había destruido y ahora reposaba como un gigante satisfecho, resollando a rachas, que levantaban torbellinos de cenizas.
Pero, al día siguiente y durante varios consecutivos, el incendio reapareció por distintos puntos. Las cimarroneras, desalojadas de sus breñales, se regaron por todas partes, aumentando el peligro a que se exponían los sabaneros en el apresurado pique de los rebaños para conducirlos a comederos inaccesibles al fuego; se dio el caso de que se atarrillaran hatajos enteros de bestias salvajes en la huida continua, y el ganado manso que no se alzó al contagio de los cimarrones regresaba por las tardes a los corrales extenuado y hambriento. Sólo se salvaron del fuego aquellos paños de sabana que estaban defendidos por los caños que surcaban la finca; pero costó trabajos inauditos lograr que se refugiara en ellas la hacienda que no se hubiera dispersado por los hatos vecinos.
–Esto es obra de doña Bárbara –afirmaban los peones de Altamira–. Aquí nunca se habían visto quemazones como ésta.
Y Pajarote propuso:
–Dénos permiso, doctor Luzardo, y un par de cajas de fósforos, que es todo lo que necesitamos yo y mi vale María Nieves para pegarle fuego a El Miedo por los cuatro costados.
Pero, una vez más, el enemigo de las represalias replicó:
–No, Pajarote. Procuremos capturar a los culpables si realmente los hay, para remitírselos a las autoridades a fin de que se les aplique el castigo consiguiente.
Y hasta Lorenzo Barquero, saliéndose de su habitual ensimismamiento, aconsejó las represalias:
–¿Si es que los hay, dices? ¿Dudas todavía de que todo esto no sea obra de tu enemiga? ¿No es de los lados de El Miedo de donde viene el fuego?
–Sí. Pero para hacer una acusación de esa naturaleza necesito estar seguro y hasta ahora no tengo sino simples presunciones.
–¿Acusación? ¿Y quién ha dicho que se necesita acudir a las autoridades? ¿No eres un Luzardo? Haz lo que siempre hicieron todos los Luzardos: mata a tu enemigo. La ley de esta tierra es la bravura armada; hazte respetar con ella. Mata a esa mujer que te ha jurado la guerra. ¿Qué esperas para matarla?
Era la brusca rebelión del hombre, el rencor de largos años sepultados dentro del alma envilecida, algo viril, por fin, brutal; pero con todo, menos innoble, menos abyecto que aquella relajación de la dignidad que lo había hecho entregarse al alcohol para olvidar su miseria. Ya esta saludable reacción había comenzado desde los primeros días de su estada en Altamira, pero hasta entonces no se había atrevido a hacer la más remota alusión a doña Bárbara. Su conversación giraba exclusivamente dentro de los recuerdos de su época de estudiante y en la minuciosidad que ponía en estas evocaciones, citando nombres y señales fisonómicas de sus enemigos de entonces y puntualizando los mínimos detalles de las cosas o sucesos a que se refiriera, se advertía cierto angustioso empeño. A veces se le iban de pronto las ideas hacia el tema que no debía ser tratado; pero cortaba a tiempo las frases, y para que Santos no advirtiese la solución de continuidad, se perdía en divagaciones desconcertantes y en circunloquios plagados de contrasentidos, dando con todo esto la impresión de que las ideas corrieran por entre los escombros de su cerebro, como sombras locas, buscándose y evitándose al mismo tiempo. Ahora, por primera vez aludía a la mujer causante de su ruina, y Santos le vio brillar en las pupilas una ferocidad delirante.
–No es para tanto, Lorenzo –díjole, y en seguida, para desviar el enojoso asunto–: Cierto es que el fuego viene de El Miedo, pero también es verdad que de algún modo soy culpable, pues si no me hubiera opuesto a las quemas parciales establecidas por la costumbre, todas las sabanas no habrían ardido a la vez. El ensayo de rotación de los pastos ha sido una innovación que había de resultarme cara: la llanura ha campado por los fueros de la rutina.
Pero ya Lorenzo Barquero tenía una pasión cuya enardecedora intensidad podía suplir la falta del latigazo del alcohol cuando le fallara la voluntad de reconstruir su vida y le parpadeara la luz de la inteligencia, produciendo aquella danza de sombras locas que se buscaban y se evitaban a la vez por entre los escombros de su cerebro, y fue inútil que Santos se empeñara en disuadirlo de aquella idea homicida.
–No. Déjate de frases. Aquí no hay sino dos caminos, matar o sucumbir. Tú eres fuerte y animoso y podrías hacerte temible.
Mátala y conviértete en el cacique del Arauca. Los Luzardos no fueron sino caciques, y tú no puedes ser otra cosa, por más que quieras. En esta tierra no se respeta sino a quien ha matado. No le tengas grima a la gloria roja del homicida.
Entretanto, en El Miedo, también retoñaban las viejas raíces. Después de aquel fracasado intento de reconstrucción de su vida, la tarde de la entrevista con Luzardo, doña Bárbara había pasado días de humor sombrío, entregada a maquinar venganzas terribles, y noches enteras en el cuarto de las conferencias con «el Socio»; pero como éste no acudiera al conjuro, su irascibilidad era tal, que nadie se atrevía a acercársele.
Interpretando esto como signo de una guerra definitivamente declarada a Santos Luzardo, Balbino Paiba fraguó el plan de las quemas de Altamira para recuperar los perdidos favores de la amante, anticipándose a los designios que le atribuía, y encargó la ejecución a los Mondragones supervivientes, que otra vez habitaban la casa de Macanillal y eran las únicas personas que en El Miedo obedecían órdenes suyas; pero como mantuvo en secreto su iniciativa por aquello del «Dios libre a quien se atreva contra Santos Luzardo», doña Bárbara, a su vez, interpretó los incendios que asolaban Altamira como obra de los «poderes» que la asistían, puesto que la destrucción de la cerca con que Luzardo pretendía ponerle limites a sus desmanes no había sido realización de un deseo suyo, y se apaciguó con la confianza de que así caerían, a su debido tiempo, las otras vallas que la separaban del hombre deseado, y que, cuando ella lo quisiese, ése iría a entregársele con sus pasos contados.
Realmente, parecía como si una influencia maligna reinara en Altamira. Después de la afanosa brega del día, picando los ganados sedientos para acostumbrarlos a los bebederos que no se hubieran secado, exponiendo la vida entre las cimarroneras esparcidas, aún había que estar alerta por las noches contra el ataque de los zorros rabiosos que recorrían en manadas las sabanas y se metían en las casas, y contra las serpientes, que también las invadían huyendo del fuego. Y como si todo esto fuese poco, al entrar en la casa, tener que soportar el desagradable espectáculo que ahora daba Lorenzo Barquero, con su rencor impotente, vibrándole en la voz trabajosa, y con su empeño de que él se lanzara por el camino de –las represalias contra doña Bárbara, para que pusiera su brazo al servicio del deseo vengativo que ahora le hervía en el pecho.
Finalmente, y para colmo, Marisela. Despechos de su ilusionado amor estaban convirtiéndola en una criatura desagradable. En su lenguaje habían reaparecido todas las exclamaciones vulgares y las palabras incorrectamente pronunciadas, que tanto trabajo había costado hacérselas abandonar, y era un chaparrón de gruñidos soltados de propósito en cuanto abría la boca para responder a algo que él le preguntara, un plan premeditado de hacer todo lo que pudiese desagradarle, un mal humor perenne y un chocante replicar en cuanto él insinuaba alguna advertencia.
–¿Y por qué no me deja dir otra vuelta para mi monte, pues?
Pero, entretanto, seguían pasando las rumazones de nubes, cada vez más espesas, se iba haciendo más frecuente el fusilazo del relámpago nocturno al ras del horizonte, y todas las madrugadas se las pasaba cantando el carrao, que anuncia la estación lluviosa.
Observando las señales del tiempo, dijo por fin Antonio:
–Ya está lloviendo en la Cordillera. Ahorita cambia el relámpago y no tarda en venir el barinés.
En efecto, al día siguiente, después de una calma sofocante, empezó a soplar el desagradable viento que baja del alto llano barinés, anuncio seguro de la entrada de aguas. Cambió el relámpago, se oyó el mugido del trueno hacia el bajo Apure, y pronto empezaron a verse plumas de aguaceros lejanos que corrían por la sabana, allá, hacia el Cunaviche, donde se iban condensando y convirtiendo en chubascos, acompañados de violentas tempestades. Nubarrones plomizos cubrían de un momento a otro todo el cielo, un viento huracanado los abatía sobre la sabana, se desgajaba entre ellos el árbol del rayo con un continuado estruendo ensordecedor, y en obra de instantes, toda la sabana se llenaba de charcas.
Y un día amaneció toda verde.
–No hay mal que por bien no venga –dijo Antonio–. Las candelas dejaron nuevecita a Altamira. Ahora retornarán los pastos con fuerza, porque, dígase lo que se quiera, para eso no hay como las quemas, y cuando empiece la vaquería general, todo esto estará cuajadito de hacienda, porque la propia volverá a sus comederos, y la ajena vendrá a pagar las reses que mataron las candelas.
Volvieron las cimarroneras a sus acostumbrados refugios; las greyes mansas, al sosegado errar por sus comederos habituales, y las yeguadas, a los alegres retozos de sus rochelas. Volvió el cuatro a las manos de los peones, por las noches, bajo el caney, y Marisela, a los buenos modales y a las lecciones bajo la lámpara de la sala.
Y todo fue como los retoños después de las candelas.









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