Doña Bárbara: 2.XII. Coplas y pasajes. Rómulo Gallegos
Pero con todo esto, las soluciones imaginarias no habían hecho sino complicar el problema, pues ya para Santos Luzardo la vida se había vuelto insoportable dentro de aquella casa.
Afortunadamente, fuera de ella todavía había mucho que hacer.
Concluida la recolecta de la hacienda, comenzó la hierra. Con el alba empezaba la algarabía del desmontrencaje, o sea, la separación, en dos corrales contiguos, de las vacas y los becerros.
Mugían aquéllas, y lanzaban éstos balidos lastimeros, cual si presintiesen la tortura. Ya estaba candente el hierro que manejaría Pajarote. Con una copla lo anunciaba, y los peones procedían a barrear los mautes. Los tumbaban en el suelo, les cortaban en las orejas las señales del hato y les pisaban las cabezas para inmovilizarlos, mientras Pajarote, les aplicaba el hierro candente, dedicándoles coplas de acuerdo con sus pelos y señales: el comedero habitual, la madrina a que pertenecían, el levante donde cayeron. La historia de cada res, que el llanero conoce como la propia.
Y a cada pasada de hierro trazaba una marca, a punta de cuchillo, en un trozo de cuero donde se llevaba la cuenta, porque todo en Altamira se hacía todavía como en los remotos tiempos de don Evaristo el cunavichero.
Haciéndose esta reflexión, Santos Luzardo se dijo que ya era hora de empezar a poner en práctica los animosos proyectos de reformas del civilizador de la llanura, aplazados todavía.
Concluida la hierra, que duró varios días consecutivos, Antonio le dijo, mostrándole las tarjas del herrador:
–La cosa ha resultado mucho mejor de lo que esperábamos. Tres mil becerros y más de seiscientos cachilapos. Ahora se puede proceder a lo de las queseras.
Apenas fue clavar unos cuantos horcones en la costa del caño Bramador, echarles encima un techo de paja sabanera, fabricar con un cuero de res el bote donde se cuajaría la leche, y con hojas de palma tejida los cinchos donde se prensaría el queso, reforzar los paloapiques de unos corrales abandonados, meter en ellos unas cuantas vacas mansas y otras todavía bravas, recogidas en el rodeo de Mata Oscura, y dejar todo aquello al cuidado del viejo Remigio, quesero guariqueño, que, a la casualidad, había llegado por allí buscando trabajo, acompañado de su nieto el becerrero Jesusito.
Cuando Santos vio que la obra se reducía a lo rudimentario de aquella «casa en piernas», aislada en medio de un extenso banco de sabanas, en el mismo sitio donde hacía más de veinte años había existido otra construcción idéntica destinada al mismo uso, y se dio cuenta de que en la quesera actual todo iba a hacerse como en la antigua, mediante los rutinarios procedimientos de una industria primitiva, se avergonzó de sí mismo. ¿Sería acaso así como Altamira se convertiría en un fundo moderno –palabras suyas cuando decidió dedicarse al hato–, dotado de todos los adelantos de la industria pecuaria en los países civilizados?
–Así es como se trabaja de queseras por aquí –replicó Antonio–. Con lo que da el mismo llano: palos de caramacate o macanilla, hojas de palma, cueros de res.
–Y rutina de siglos –agregó Santos–. Milagro que todavía exista el ganado, que fue innovación introducida por los colonizadores españoles. Duro es decirlo, pero el llanero no ha hecho nada por mejorar la industria. Su ideal es convertir en oro todo el dinero que le caiga en las manos, meterlo en una mucura y esconderlo bajo tierra. Así hicieron mis antepasados, y así haré yo también, porque esta tierra es un mollejón que le embota el filo a la voluntad más templada. Con esto de la quesera, y así pasa con todo, otra vez empezaremos por donde mismo estábamos hace veinte años. Entretanto, la cría degenera por falta de cruzamientos y por exceso de plagas que la diezman. Todavía se pretende curar el gusano con oraciones, y como los brujos abundan y hasta los inteligentes terminan creyendo en ellos, no se procuran remedios.
–Todo eso debe de ser como usted lo dice, doctor –repuso Antonio–. Pero póngase a cruzar ganado, ya que menta lo del cruzamiento, que desde chiquito estoy oyendo decir que se necesita. ¿Para que se lo coman los revolucionarios? Déjelo criollo purito, doctor, porque entonces, como la carne será más sabrosa, habrá más revoluciones. Y otras cosas que no son la guerra; pero que se le parecen mucho, verbigracia las autoridades, que todo se lo quieren coger.
–Sofismas –replicó Santos–. Justificaciones de la indolencia del indígena que llevamos en la sangre. Por todo eso, precisamente, es necesario civilizar la llanura: acabar con el empírico y con el cacique, ponerle término al cruzarse de brazos ante la naturaleza y el hombre.
–Ya habrá tiempo para todo –concluyó Antonio–. Por ahora, así como está, la quesera dará sus resultados. Sólo con que se amanse el ganado, ya vamos ganando bastante. El todo es que logremos empadronarla ligero.
Muy práctico en fundaciones de este género era el guariqueño Remigio, pero empadronar una quesera con ganado tan salvaje como el de Altamira era empresa muy ardua.
–Maravilla. Maravilla. Maravilla.
–Punto Negro. Punto Negro. Punto Negro.
Y así todo el día, manoseando las vacas bravas pegadas a los botalones y sin apearles los nombres recién puestos, para que se fueran acostumbrando a ellos.
Y en los corrales y en el pastoreo, cada vez que él o Jesusito pasaban cerca de alguna:
–Botón de oro. Botón de oro. Botón de oro.
Algunas comenzaban a aprenderlos, y se les adivinaba en la mansedumbre de los ojos mientras los escuchaban; pero la mayor parte del rebaño tenía todavía en las pupilas inyectada la bravura intacta.
Y mientras allá en la quesera comenzaba así la civilización de la barbarie del ganado, en las cimarroneras no descansaban los lazos.
Al choque de los vaqueros retemblaba el mastrantal bajo el tropel de los rebaños sorprendidos; pero a veces la rochela se encrespaba, se revolvía contra las bestias, y a pesar de la destreza de los jinetes, muchas perecían en los encontronazos o caían fulminadas por el dolor del formidable envión del orejano.
También fueron muchos los toros que murieron calambreados por el furor al sentirse dominados por el hombre, o sucumbieron a la tristeza de la mutilación, echados dentro de la espesura de las matas, esperando la muerte por hambre y sed, y lanzando de rato en rato mugidos sordos, al pensar en el perdido señorío del rebaño salvaje y en la vida libre y fuera de la rochela, dentro del mastrantal inaccesible.
Santos Luzardo compartió con los peones los peligros de aquellos choques, y las intensas emociones lo hicieron olvidarse otra vez de los proyectos civilizadores. Bien estaba la llanura, así, ruda y bravía. Era la barbarie; mas si para acabar con ésta no bastaba la vida de un hombre, ¿a qué gastar la suya en combatirla? Después de todo –se decía–, la barbarie tiene sus encantos, es algo hermoso que vale la pena vivirlo, es la plenitud del hombre rebelde a toda limitación.
Es María Nieves agigantándose en la empresa de la esguazada de los grandes ríos donde acecha la muerte. Va a exponerse a la tarascada mortal de los caimanes, y sólo lleva un chaparro en la mano y una copla en los labios.
Ya están llenos los corrales del paso del Algarrobo. Se va a tirar al Arauca una punta de ganado, y los jinetes ya están colocados a lo largo de la manga para defenderla del empuje del tropel de reses. Y María Nieves se dispone a conducirla a la otra orilla, a cabestrearla a nado. Es el mejor «hombre de agua» de todo el Apure y nunca se le ve tan contento como cuando la lleva al cuello, en pos de sí los cuernos, apenas, de los madrineros que guían la esguazada por delante, allá lejos, porque ya el río está de monte a monte la orilla opuesta.
Ya está en el agua sobre su caballo en pelo y conversa a gritos con los canoeros que navegarán al costado de la punta para no dejarla regarse río abajo.
En los corrales se oye la gritería de los peones que arrean el rebaño. Ya los bueyes madrineros vienen manga abajo, y en pos de ellos, el tropel de las reses bisoñas. María Nieves rompe el canto y se arroja al agua, porque el caballo apenas le servirá de apoyo para la mano izquierda, mientras con la derecha bracea, empuñando el chaparro para defenderse del caimán. Detrás de él se arrojan al agua los bueyes madrineros y comienzan a nadar, apenas los cuernos y el hocico a flote.
–¡Apretá! ¡Apretá! –gritan los vaqueros.
Los caballos empujan, y las reses van cayendo al río. Braman asustadas, algunas tienden a revolverse, y a otras se las lleva la corriente; pero en la orilla van vaqueros, y a lo ancho del río los bogas de las canoas las contienen y las enfilan. Un caramero de cuernos señala el rumbo sesgado de la esguazada. Adelante va la cabeza de María Nieves junto a la de su caballo. Se oye su canto en medio del ancho río, en cuyas turbias aguas acechan el caimán traicionero, y el temblador y la raya, y el cardumen devorador de los zamuritos y de loa caribes.
Al fin, la punta gana la ribera opuesta, a centenares de metros. Una a una van saliendo del agua las reses, lanzando mugidos lastimeros, y así están largo rato agrupadas en la playa, mientras el cabestrero vuelve a echarse al río a pasar otro lote.
Ya los corrales del paso se han vaciado por la manga, y en la margen opuesta del Arauca, en una playa árida y triste, bajo un cielo de pizarra, se eleva el cabildeo plañidero de centenares de reses que serán conducidas camino de Caracas, a través de leguas y leguas de sabanas anegadas, paso a paso, al son de las tonadas de los encaminadores:
Ajilá, ajilá, novillo, por la huella el cabestrero, para contarte los pasos del corral al matadero.
Mientras otras tantas, por distinto rumbo, han sido despachadas hacia la Cordillera, como en los buenos tiempos de los viejos Luzardos, cuando Altamira era el hato más rico del cajón del Arauca.
Es la vida hermosa y fuerte de los grandes ríos y las sabanas inmensas, por donde el hombre va siempre cantando entre el peligro. Es la epopeya misma. El Llano bárbaro, bajo su aspecto más importante: el invierno, que exige más paciencia y más audacia, la inundación, que centuplica los riesgos y hace sentir en el pedazo de tierra enjuta la enormidad del desierto; pero también la enormidad del hombre y lo bien acompañado que se halla, cuando, no pudiendo esperar nada de nadie, está resuelto a afrontarlo todo.
¡Llueve, llueve, llueve!… Hace días no sucede otra cosa. Ya los llaneros que estaban fuera de sus casas han regresado a ellas, porque los caños y los ríos se desbordarán por las sabanas, y pronto no habrá caminos transitables. ¡Ni necesidad de recorrerlos! Ya es tiempo de «mascada, tapara y chinchorro», y con estas tres cosas, bajo el techo de palma, el llanero se siente feliz, mientras afuera se van desgajando las nubes en un llover obstinado y copioso.
Con las primeras lluvias comenzó el retorno de las garzas. Aparecieron por el Sur –hacia donde emigran durante el verano, sin que nadie sepa hasta dónde van–, y todavía estaban llegando las innumerables bandadas.
Fatigadas por el largo vuelo, se detenían, balanceándose, sobre las ramas flexibles del monte del garcero, o llegaban, sedientas, hasta el borde de la ciénaga, y el monte y el agua iban cubriéndose de blancura.
Parecía haber reconocimientos y cambios de impresiones de viaje. Las de este bando miraban a las del otro, que habían emigrado a distintas regiones, alargaban los cuellos, batían las alas, lanzaban ásperos graznidos y luego quedábanse quietas observándose mutuamente, redondas e inmóviles las ágatas de las pupilas. A veces había riña por una rama del dormitorio, por un resto de nido de la estación anterior; pero después se iban acomodando todas en los mismos sitios que siempre habían ocupado.
Los patos salvajes, las coroceras, las chusmitas, las cotúas, los gavanes y los gallitos azules, que no habían emigrado, acudían a saludar a las viajeras, y eran también bandadas innumerables que iban llegando desde los cuatro puntos del cielo. También habían regresado los chicuacos y contaban sus impresiones de viaje.
Ya el estero está lleno, porque el invierno se ha metido con fuerza. Un día asoma a flor de agua la trompa negra de una baba. Ya aparecerán también los caimanes, pues los caños se están llenando de prisa, y en la llanura por todas partes se va a todas partes. Los caimanes también vienen desde lejos, del Orinoco muchos de ellos; pero nada cuentan, porque todo el día se lo pasan durmiendo o haciéndose los dormidos. Y mejor es que se estén callados. No podrían contar sino crímenes.
Comienza la muda. El garcero es un monte nevado al amanecer. Sobre los árboles, en los nidos colgados de ellos y en torno al remanso: la blancura de las garzas a millares, y por dondequiera: en las ramas de los dormitorios, en los borales que flotan sobre el agua fangosa de la ciénaga, la escarcha de la pluma soltada durante la noche.
Con el alba comienza la recolecta. Los recogedores salen en curiaras, pero terminan echándose al agua, y con ella a la cintura, entre babas y caimanes, rayas, tembladores y caribes, desafían la muerte gritando o cantando, porque el llanero nunca trabaja en silencio. Si no grita, canta.
¡Llueve, llueve, llueve! Y se desbordan los caños, y se inundan los esteros, y empiezan a caer los hombres, fulminados por la «calentura», tiritando de frío, castañeteando los dientes, y se ponen pálidos y se van volviendo verdes, y empiezan a nacerle cruces al cementerio de Altamira, que es apenas un pequeño rectángulo cercado de alambre de púas en medio de la sabana, porque al llanero, hasta después de muerto, le basta con estar en medio de su sabana.
Pero, al fin, comienzan a cabecear los ríos y a escurrirse los rebalses ribereños, y los caimanes empiezan a abandonar los caños, hacia el Arauca, hacia el Orinoco, loa que de allá vinieron a hartarse con reses altamireñas, y se van alejando las fiebres, y otra vez el cuatro y las maracas, el corrido y el pasaje, el alma recia y risueña cantando en coplas sus amores, sus trabajos y sus bellaquerías.
–¿Que de dónde le viene al llanero su fuerza, así tan jipato como es, para resistir todo un día sobre el caballo, detrás del ganado o con el agua a la cintura, y su alegría para ponerle buena cara al mal tiempo? Ya se lo voy a explicar, doctor –dícele Antonio Sandoval–. De la moraleja de este pasaje que le voy a echar. Un día se presentó por aquí buscando trabajo uno de por los lados de Cunaviche. Se ofrecía como cimarronero, nada menos, y venía muy mal montado: el matalón no podía con su alma, y el apero era una tereca. Me lo quedé mirando y le dije:
«–Bueno, amigo. Bestia le ofrezco: uno de esos mostrencos que andan alzados por la sabana. Póngale un veladero al que más le guste, y aluego lo amansa para su silla; pero de aperarlo se encarga usted.»
«–Yo tengo apero –me contestó el hombre, poniéndole la mano encima a su tereca–. Me falta el arrices, el guardabastos se me perdió, el fuste me lo robaron, y la coraza no sé qué se me hizo, pero me queda el sufridor.»
Y Antonio concluyó, sentencioso:
–Así me contestó el hombre, que es nada menos que Pajarote. Lo que le quedaba era el sufridor, y él decía que tenía apero.
Conque, aplique el cuento. El sufridor, es decir, la voluntad de pasar trabajos. De ahí le viene al llanero su fuerza.
En efecto, así los vio vivir Santos Luzardo, al vaquero triste y bruto junto al palmo de tierra de su conuco, y al pastor alegre y fanfarrón en medio de su sabana inmensa, luchando con la naturaleza, compartiendo el tasajo de carne y el trozo de yuca de su sobriedad, que sólo se regala con la taza de café y la mascada de tabaco, conformándose con el chinchorro y la cobija –¡eso sí!, siempre que fuera fino el caballo y bonito el apero–, punteando la bandurria, rasqueando el cuatro, cantando hasta desgañitarse, por las noches, después de las rudas faenas de levantes y carreras, y destornillándose en el joropo hasta el amanecer, en las casas donde hubiese muchachas cuyos atractivos mereciesen la maliciosa copla que dice:
Del toro la vuelta al cacho, del caballo la carrera, de las muchachas bonitas la cincha y la gurupera.
Y vio que el hombre de la llanura era, ante la vida, indómito y sufridor, indolente e infatigable; en la lucha, impulsivo y astuto; ante el superior, indisciplinado y leal; con el amigo, receloso y abnegado; con la mujer, voluptuoso y áspero; consigo mismo, sensual y sobrio. En sus conversaciones, malicioso e ingenuo, incrédulo y supersticioso; en todo caso, alegre y melancólico, positivista y fantaseador. Humilde a pie, y soberbio a caballo. Todo a la vez y sin estorbarse, como están los defectos y las virtudes en las almas nuevas.
Algo de esto lo dejaban traslucir las coplas donde el cantador llanero vierte la alegría jactanciosa del andaluz, el fatalismo sonriente del negro sumiso y la rebeldía melancólica del indígena, todos los rasgos peculiares de las almas que han contribuido a formar la suya, y lo que no estuviese claro en las coplas y Santos Luzardo lo hubiese olvidado, se lo enseñaron los pasajes que les fue oyendo contar mientras compartía con ellos los duros trabajos y los bulliciosos reposos.
Y de todo esto y por todas las potencias de su alma abiertas a la fuerza, a la belleza y al dolor de la llanura, le entró el deseo de amarla tal como era, bárbara pero hermosa, y de entregarse y dejarse moldear por ella, abandonando aquella perenne actitud vigilante contra la adaptación a la vida simple y ruda del pastoreo.
Cierto es que en el Llano no se doma un potro ni se enlaza un toro impunemente: quien lo haya llevado a cabo pertenece desde luego a la llanura. Además, ésta no hacía sino recuperarlo. Ya lo había dicho Antonio Sandoval: «¡Llanero es llanero hasta la quinta generación!» Pero había también algo más, algo sobre lo cual no se reflexionaba; pero que estaba allí, en el fondo del alma, transformando los sentimientos del hombre de la ciudad, derribando los obstáculos: ¡Marisela, canto del arpa llanera, la del alma ingenua y traviesa, silvestre como la flor del paraguatán, que embalsama el aire de la mata y perfuma la miel de las aricas!
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