Doña Bárbara: 3.IX. Los retozos de míster Danger. Rómulo Gallegos
Ya mister Danger se disponía a recogerse a dormir, cuando ladraron los perros y se oyeron las pisadas de un caballo.
–¿Quién vendrá para acá a estas horas? –se preguntó asomándose a la puerta.
Comenzaba a salir la luna, pero sobre las sabanas del Lambedero aún reposaban densas tinieblas, bajo un cielo anubarrado, en una atmósfera sofocante.
–¡Oh! Don Balbino –exclamó por fin mister Danger, al reconocer al inoportuno visitante–. ¿Qué lo trae por aquí a estas horas?
–A saludarlo, don Guillermo. Como pasaba cerca de aquí, me dije: Déjeme llegarme hasta allá a saludar a don Guillermo, que no lo he visto después que regresó de San Fernando.
No podía creer mister Danger en la sinceridad de tales demostraciones de amistad de Balbino Paiba, ni se las estimaba tampoco, pues, aparte ciertas complicidades, Balbino no era sino uno de los que él llamaba amigos de su whisky, y lo recibió con exclamaciones sarcásticas:
–¡Oh! ¡Caramba! ¡Qué honor para mí que usted haya venido a saludarme cuando yo iba a dormirme! Muchas gracias, don Balbino. Eso merece un palito. Entre y siéntese mientras se lo sirvo. Ya no hay peligro del cunaguaro, porque se me murió, ¡el pobrecito!
–¿De veras? ¡Qué lástima! –exclamó Balbino, tomando asiento–. Era un bonito animal aquel cachorro y usted estaba muy encariñado con él. Debe de hacerle mucha falta.
–¡Oh! Usted piense: todas las noches, antes de acostarme, retozaba con él un buen rato –repuso mister Danger, mientras servía dos copas de whisky de la botella recién descorchada que tenía sobre el escritorio.
Vaciaron las copas, Balbino se enjugó los bigotazos y dijo:
–Gracias, don Guillermo. Que se le convierta en salud –y en seguida–: ¿Y qué era de su vida? Esta vez se quedó usted mucho tiempo en San Fernando. ¿Para olvidarse del cunaguarito? Ya se estaba diciendo por aquí que usted se había ido para su tierra.
Pero yo dije: Lo que es don Guillermo no se va más de esta tierra; ése es más criollo que nosotros y le haría falta la guachafita.
–¡Eso, don Balbino! ¡Eso es lo sabroso de esta tierra! Yo siempre digo como aquel general de ustedes, no me recuerdo el nombre… Uno que decía: «Si se acaba la guachafita, me voy.»
Y soltó la risa, ancha como su faz rubicunda.
–¿No le digo? Usted es más criollo que la guasacaca.
–También es muy sabrosa la guasacaca. Todas las cosas que empiezan por guá son muy sabrosas: guachafita, guasacaca, guaricha bonita… ¡Guá, míster Danger! Vamos a pegarnos un palo, como me dicen los amigos siempre que se encuentran conmigo.
–¡Ah, míster Danger! Ojalá todos los extranjeros que vinieran por aquí fueran como usted –dijo Balbino, lisonjero, preparando ya el terreno.
–¿Y usted, qué tal, don Balbino? ¿Cómo marchan los negocios? –preguntó míster Danger, sacando su cachimba y dándole las primeras chupetadas–. ¿Siempre tan buena moza doña Bárbara? Eso no empieza por guá, pero también es muy sabroso, ¿verdad, don Balbino? ¡Este don Balbino bribón!
Rieron a dúo, como es uso de picaros celebrar picardías, y Balbino abordó su asunto, previas las características manotadas a los bigotes:
–Los negocios no han estado del todo malos este año. Pero, usted sabe, don Guillermo, pobre es pobre y nunca le faltan apuros de plata.
–¡Oh! No se ponga llorón, don Balbino. Usted tiene plata guardada bajo tierra. ¡Mucha plata! Míster Danger lo sabe.
Balbino hizo un movimiento involuntario y se apresuró a replicar:
–¡Ojalá! Se vive, nada más. Con negocios de a cuatro centavos, que son los que yo puedo hacer, no hay para guardar dinero. Eso está bueno para Bárbara y para usted, que tienen tierras y cogen bastante ganado. Yo apenas he podido recoger este año unos cuarenta cachilapos. Y ya que hablamos de esto: cómpremelos, don Guillermo. Tengo un apuro de unos centavos y se los daría baratos.
–¿Están bien cachapeados los hierros?
Cachapear, o sea, hacer desaparecer el hierro original de una res para venderla como propia, era una de las habilidades mayores de Balbino Paiba, y aunque entre amigos no le molestaba que se hablara de ello, esta vez no le cayó bien la pregunta de mister Danger.
–Son míos por todo el cañón –afirmó con altivez.
–Eso es otra cosa –repuso míster Danger–. Porque si fueran luzarderos, aunque no se les viera el hierro, yo no me metería en ese negocio.
A lo que replicó Balbino:
–¿Y ese resuello, don Guillermo? Usted siempre ha comprado ganado luzardero cachapeado sin ponerle inconvenientes. ¿Es que también a usted le ha metido los bichos en el corral el patinquicito de Altamira?
–Yo no tengo que explicar a usted si me han metido bichos en el corral, como usted dice –protestó míster Danger amoscado–.
He dicho que no compro ganados, ni caballos, ni plumas altamireñas. Eso es todo lo que tengo que decir.
–Plumas no le estoy ofreciendo –se precipitó a observarle Balbino.
Iba míster Danger a replicar, cuando sucedió algo que llamó su atención: los perros, que estaban echados en el corredor frente a la puerta de la pieza donde tenía lugar la entrevista, se levantaron y desaparecieron, sin gruñir y raboteando, como si salieran al encuentro de alguien que les fuera conocido.
Balbino no reparó en esto por hallarse de espaldas a la puerta, y míster Danger, para cerciorarse de lo que pudiera ser aquello, dijo:
–¿Otro palito, amigo Paiba?
Y tomando las copas donde ya habían bebido, con el pretexto de arrojar el resto de licor que en ellas quedaba, se asomó al corredor y echó una rápida mirada de exploración, que le permitió descubrir que quien por allí andaba era Juan Primito, mal tapado detrás de un árbol y rodeado de los perros amigos, como lo eran todos los de las casas de por allí.
Rápida la ocurrencia: «A éste lo han mandado a espiar a don Balbino» –y perverso el designio–: «Vamos a hacer hablar a este vagabundo.» Sin que pasara de ganas de divertirse la intención, volvió a entrar en la sala, sirvió las copas, apuró la suya, se sentó frente a Balbino, permaneció un rato en silencio, dándole repetidas chupetadas a su cachimba, y luego dijo, reanudando la conversación interrumpida:
–He nombrado plumas porque el año pasado me vendió usted algunas. ¿Se recuerda?
–Sí. Pero, afortunadamente, este año no pude comprar. Ya le digo, unos cuarenta mautes es todo mi capital.
–Y dice usted bien: afortunadamente, porque después de lo de El Totumo, y mientras no se averigüe bien qué fue lo que pasó allí, es peligroso ofrecer plumas. ¿No es verdad, don Balbino?
–¡Que si es peligroso!
Míster Danger se arrellanó en el asiento, estiró las piernas, y sin quitarse la cachimba de la boca, dijo, como ocurrencia súbita:
–Ya que eso ha venido a la conversación, dígame don Balbino: ¿no ha pasado nunca usted por el chaparral de El Totumo?
Haciendo de tripas corazón, Balbino respondió, con el tono con que se habla de cosas sin importancia:
–Por el chaparral propiamente no. Cerca sí he pasado cuando he tenido que ir a San Fernando.
–Es extraño –dijo míster Danger, rascándose la cabeza.
–¿Por qué le extraña? –interrogó Balbino, clavándole una mirada penetrante.
Pero la respuesta fue ésta:
–Yo sí he pasado. Ahora cuando venía de San Fernando, al día siguiente de haber estado allí las autoridades. Registré todo el chaparral y me convencí, una vez más, de que los jueces de este país tienen los ojos por adorno, como dice uno de mis amigos de San Fernando.
Mientras así hablaba, con la cabeza reclinada en el alto respaldar de la silla de extensión donde se había arrellanado, aparentemente mirando el humo de su cachimba, pero sin perder de vista el rostro de Balbino, abrió la gaveta de su escritorio y sacó algo que su interlocutor no pudo ver, pues lo ocultaba dentro de su manaza apuñada.
Balbino perdió la noción del tiempo, y le pareció que había dejado transcurrir largo rato para replicar, cuando, por el contrario, lo hizo apenas terminara de hablar míster Danger.
–¿Qué fue lo que usted vio que no hubieran mirado las autoridades?
–Vi…
Pero se interrumpió en seguida para observar el objeto que había sacado del escritorio, con el aire de quien se encuentra de pronto entre las manos algo que no cree tener.
–¿Esto no es suyo, don Balbino? Creo que es de usted este corotico de chimó.
Y mostró una de esas cajitas talladas en madera negra de corazón, donde llevan el chimó los que acostumbran saborear esta inmundicia.
Con un movimiento maquinal, Balbino se palpó los bolsillos del liquiliquí, para cerciorarse de si llevaba allí aquel «corotico», sin acordarse de que hacia tiempo lo había perdido.
–Sí –concluyó míster Danger, después de haber observado el monograma que ostentaba la tapa del artefacto–. Esto es de usted, don Balbino.
Perdido ya el dominio de sí mismo, Balbino se llevó la diestra al revólver, poniéndose de pie, pero míster Danger replicó burlón:
–¡Oh! No hay necesidad de eso, don Balbino. Tome su corotico. Yo no pensaba quedarme con él.
Haciendo un esfuerzo visible por serenarse, Balbino interrogó:
–¿Qué significa todo esto, míster Danger?
–¡Es muy claro, hombre! Que usted dejó ese corotico olvidado, y que yo me lo encontré y me dije: esto es de don Balbino, él vendrá por aquí a buscarlo. Vamos a guardárselo. Pero ya veo que usted se ha imaginado otra cosa. No, don Balbino, no tenga usted cuidado. No fue en el chaparral de El Totumo donde encontré este corotico, ni tampoco al pie del paraguatán de La Matica.
–Yo hice muy bien mis cosas –se había dicho éste–. Ni un rastro mío dejé en el chaparral, y si son las plumas, ni brujos que fueran podrían descubrir dónde las tengo escondidas.
Mas he aquí que ahora, aunque creía no haber llevado consigo al chaparral aquel utensilio que le devolvía míster Danger, tampoco podía asegurar si fue realmente allá donde lo perdió, y, por otra parte, la alusión al paraguatán de La
Matica no dejaba lugar a dudas: mister Danger estaba en el secreto del crimen y sabía dónde había ocultado el cuerpo del delito.
–¡Maldición! –exclamó mentalmente–. ¿Quién me mandó venir a proponerle a este hombre que me comprara los mautes? ¡La codicia, que siempre rompe el saco!
En efecto, ya Balbino, al separarse de doña Bárbara, momentos antes, después de haberla oído decir aquello de: «Hasta el ganado le tiene grima a la sangre dé sus semejantes», había decidido fugarse del hato con su botín, camino de la frontera colombiana, y sólo esperaba la obscuridad propicia de la noche para ir a La Matica a desenterrar las plumas; pero como allí también tenía algunos mautes, producto de la rapacidad incruenta en bienes de la barragana, la codicia le dictó ir a proponérselos en venta a mister Danger.
Comprendiendo que, ya descubierto, lo mejor era abordar descaradamente el asunto, interrogó:
–Dígame una cosa, don Guillermo, ¿qué me quiere decir usted con eso del paraguatán de La Matica?
–¡Oh! Muy sencillo. Una casualidad puramente. Yo estaba esa noche haciéndole el tiro a un tigre, que me habían dicho que estaba cebado por allí, y lo vi a usted enterrar un cajón al pie del paraguatán. Yo no sé qué hay dentro de ese cajón.
–Usted sí sabe, don Guillermo. Déjese de disimulaciones conmigo –replicó Balbino, decidido–. Es la hora y punto en que estoy yo y con la clase de hombre con quien estoy hablando, al pan, pan, y al vino, vino. Yo no he venido a ofrecerle mautes sino plumas de garza. Dos arrobas completas y de primera. Póngase en proporción y son suyas. No serán las primeras plumas manoteadas que usted ha comprado.
Su plan era captarse la complicidad del extranjero, aceptar el precio que quisiera ofrecerle, por irrisorio que fuese, cerrar el negocio para el día siguiente y marcharse en seguida con su botín. Lo interesante, lo apremiante, era salir del atolladero en que se había metido.
Pero mister Danger soltó una carcajada y luego dijo:
–Usted se equivoca, don Balbino. Mister Danger no hace negocios que no estén dentro de sus planes. Yo no he querido sino divertirme un rato con usted. Ese corotico de chimó lo ha dejado usted aquí, sobre mi escritorio, hace una porción de tiempo. Yo no he estado en el chaparral de El Totumo. Todo ha estado un juego mío, menos lo del paraguatán de La Matica, ¿eh?
Demudado por la ira, Balbino replicó:
–¿Quiere decir que usted me ha escogido para que le hiciera las veces del cunaguaro? ¿No sabe usted que esos retozos son muy peligrosos?
Pero en esto gruñeron los perros, y a Balbino se le fue del rostro la sangre del coraje. Se asomó a la puerta, exploró la obscuridad, y aunque nada vio, dijo:
–De aquí se acaba de ir alguno que estaba oyendo lo que conversábamos. Volvió a reír mister Danger y concluyó:
–¿Ve usted, don Balbino, como hoy no está bueno para meter miedo? Lo más peligroso que hay ahora es ofrecer plumas. Mister Danger no habla, no porque le tenga miedo a sus amenazas, sino porque a mister Danger no le importa nada de lo que haya sucedido en el chaparral de El Totumo. Y ahora…
Y castañeteando los dedos le mostró la salida.
No otra cosa quería Balbino; pero no se marchó sin haberle echado encima una mirada terrible, con el imprescindible acompañamiento de las manotadas a los bigotes, y una vez fuera, le echó la pierna al caballo y cogió el camino del sitio de La Matica, diciéndose mentalmente:
–Ahora si que no hay tiempo que perder. Ya voy a estar desenterrando mis plumas, y ¡ojos que te vieron, paloma turca! Viajando de noche y escondiéndome de día en las matas, antes de que puedan ponérseme sobre las huellas, ya habré pasado la raya de Colombia.
Entretanto, mister Danger, a solas y entre carcajadas:
–Ya Juan Primito estará llegando a El Miedo con el cuento de lo que ha oído. Ahora doña Bárbara va a querer que Balbino parta con ella las plumas. ¡Pobrecito Balbino!
Y después de este saludable ejercicio de buen humor, se durmió tranquila y profundamente, como en vida del cunaguaro, después de los retozos sobre la estera.









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