Doña Bárbara: 3.VI. El inefable hallazgo. Rómulo Gallegos
Fueron tres los días que Santos estuvo ausente del hato, y mientras tanto, Marisela alimentó la secreta esperanza de verlo ir en busca suya en cuanto regresara a Altamira y no la encontrase allí. Empecinada en el sombrío despecho que la había impulsado a retornar al rancho del palmar, no quería confesarse que abrigaba tal esperanza, pero no se apersonaba tampoco de la nueva situación. Apenas atendía a los menesteres del momento, como si estuviera allí de paso, y el resto del día se le iba sentada en el brocal del pozo o vagando por el palmar, mirando siempre hacia donde podía aparecer gente que viniese de Altamira.
A ratos disipábase la negra melancolía y soltaba la risa al pensar en el enojo de Santos cuando no la encontrara en su casa, pareciéndole entonces que no había querido hacer sino una chiquillada para cobrarle aquel áspero regaño que dio en pago del amoroso empeño que ella había puesto en librarlo de los maleficios de la madre; pero en llegando a este punto de su soliloquio, las odiosas imágenes de aquella escena volvían a abatirle y ensombrecerle el ánimo.
Finalmente, supo que Santos había llegado, y transcurrieron dos días, y se extinguió totalmente aquella lucecita de esperanza que a ratos parpadeaba en su corazón.
–Bien sabía yo que él no vendría a buscarme, ni se ocuparía más de mí –se dijo–. Ahora sí es verdad que aquello no fue sino un sueño.
En cambio, míster Danger caía a cada rato por allí. Menos audaz que antes, contenido por la actitud seria y digna que ella observaba en su presencia, ya no era osado a ponerle encima sus manazas; pero estrechaba cada vez más el asedio de la presa que había vuelto a ponerse al alcance de sus garras, más codiciable ahora, y alternaba las habituales bromas de su perenne buen humor con altaneras actitudes de comprador que ha pagado.
Por momentos, el despecho inducía a Marisela a complacerse en pensar que su destino sería caer, tarde o temprano, entre los brazos de aquel hombre; pero en seguida la repugnante perspectiva la impulsaba a buscarle remedios eficaces y rápidos a la situación.
Un día vio a Juan Primito, que merodeaba por allí sin atreverse a llegarse hasta el rancho, temeroso de que ella no le hubiese perdonado la injerencia que tuvo en lo de la medida de la estatura de Luzardo. Lo llamó y le dio este encargo:
–Dile a… Bueno. Tú sabes a quién me refiero: a la señora, como tú la llamas. Dile que le mando a decir yo que aquí estamos otra vez en el palmar, pero que quiero irme de por todo esto. Que me mande dinero; pero no una miseria de cuatro centavos, porque no es una limosna lo que le pido, sino dinero suficiente para irme a San Fernando con papá. ¿Cómo le vas a decir? Repite lo que te he dicho. Bien. Así mismo se lo dices; de lo contrario, no se te ocurra volver por acá.
Juan Primito se fue repitiendo el recado, para que no se le olvidara una sola de las palabras de la niña Marisela, y así se lo dio a doña Bárbara. En el primer momento, ésta pensó dar la callada por respuesta o contestar con una violencia; pero recapacitándolo mejor, comprendió que le convenía que Marisela se marchase a San Fernando, y cogiendo de su armario un puñado de monedas de oro, de las que acababa de recibir en pago de un lote de ganado, se las entregó a Juan Primito.
–Toma. Llévale esto. Que ahí van trescientos pesos. Que se vaya de por todo esto con su padre y que haga todo lo posible para que yo no vuelva a saber de ella.
Ahogándose en la sofocación de la prisa con que recorrió el trayecto y de la alegría que le causaba el éxito de su cometido, Juan
Primito sacó el pañuelo donde había envuelto las monedas, diciendo:
–Atoca, niña Marisela. ¡Eso es oro! ¡Trescientos pesos te manda la señora! Cuéntalos a ver si están completos.
–Ponlo en esa mesa –díjole Marisela, sintiéndose humillada por haber tenido que recurrir a aquel expediente para librarse de míster Danger y para renunciar a las limosnas de provisiones que Antonio seguía enviándoles de Altamira.
–¿Es que te da asco el pañuelo, niña Marisela? Aguárdate que te las voy a entregar limpiecitas –dijo Juan Primito, dirigiéndose a lavar las monedas con agua del aljibe.
–Por más que las laves, siempre me dará asco tomarlas. Déjalas ahí. No es tu pañuelo lo que me da grima.
–No seas zoqueta, niña Marisela –replicó el bobo–. Oro es oro, y venga de donde venga, siempre está que brilla. ¡Son trescientos pesos! Con estos centavos puedes poner un negocio. En el paso del Bramador, del otro lado del Arauca, hay una pulpería que están vendiendo. Si tú quieres, yo me acerco allá en un saltito a preguntar que por cuánto te la venden. Es un buen negocio, niña Marisela. Todo el que viene para acá se para en esa pulpería, y por lo menos un palo de caña se pega. Si tú la compras, yo me voy para allá a servirte de dependiente, sin que tengas que pagarme nada. Déjame ir hasta allá a preguntar.
–No. No. Déjame pensarlo primero, y por ahora, vete. Hoy no estoy de humor para conversar contigo. Coge para ti una de esas monedas y déjame las otras sobre la mesa.
–¿Atocar yo una de esas monedas para mí? ¡Qué mano, niña Marisela! ¡Ave María Purísima! Déjame dirme más bien. ¡Ah! Se me olvidaba que te manda a decir la señora que. Nada, nada. Haz lo que te digo: compra la pulpería del otro lado del paso y te vas de una vez de por todo esto.
Se fue Juan Primito, se quedaron las monedas donde él las había puesto, y se quedó Marisela pensando en lo que le propusiera aquél.
–¡Pulpería! Pero ¿a qué más puedo aspirar sino a ganarme la vida detrás del mostrador de una pulpería? ¡Pulpería! Al fin me casaré, o me pondré a vivir con un peón, y un día pasará por allí el doctor Santos Luzardo y me pedirá que le venda, aguardiente no, porque él no bebe, pero cualquier otra cosa, y yo se la venderé, y él ni siquiera se fijará en que es Marisela, aquella Marisela, quien le despachará.
Horas después se presentó por allí míster Danger. Bromeó un poco a propósito de aquellas monedas que todavía permanecían en la mesa, y cuando ya iba a retirarse, sacó del bolsillo un papel donde había algo escrito y presentándoselo a don Lorenzo, le dijo:
–Firma aquí, chico. Éste es el documento del contratico que hicimos ayer.
Lorenzo levantó a duras penas la cabeza y se quedó mirándolo desde el abismo de su borrachera, sin entender lo que le decía; pero míster Danger le puso la pluma entre los dedos, y llevándole la mano, lo obligó a estampar su firma al pie del escrito, aunque con una letra que no tenía de suya sino el temblor de la diestra por medio de la cual escribía el extranjero:
–All right! –exclamó éste, guardándose la pluma en el bolsillo del pecho, y en seguida dio lectura al escrito en alta voz–: «Por el presente declaro que he vendido al señor Guillermo Danger mi hija Marisela por cinco botellas de whisky.»
Era una de aquellas brutales bromas que acostumbraba, pero Marisela la tomó en serio y se precipitó a arrebatarle aquel documento, mientras don Lorenzo volvía a sumirse en su letargo, con una sonrisa de inconsciente y un hilo de saliva manándole de la boca.
Don Guillermo se dejó arrebatar el papel, echándose a reír mientras Marisela lo hacía añicos; pero aquella risa no hizo sino exasperarle la indignación.
–¡Salga de aquí, insolente! –rugió, con voz ronca, llameantes los ojos y encendido el rostro. Y como don Guillermo, perniabierto y con los brazos en jarras, seguía lanzando sus robustas carcajadas, se le abalanzó encima a echarlo de allí, a empujones.
Pero sus fuerzas no eran suficientes para mover aquella mole sólidamente plantada en el suelo, y esto acabó de enfurecerla, embelleciéndola más. Descargó una lluvia de golpes sobre el sonoro pecho atlético de don Guillermo sin que éste interrumpiera sus carcajadas ni cambiara de actitud, y como no lograba sino magullarse los puños contra los recios pectorales, ya con lágrimas en los ojos, se apoderó de la pluma-fuente que aquél se había guardado en el bolsillo del pecho, dispuesta a clavársela en el cuello; pero él la inmovilizó, sujetándola por los brazos, riendo siempre la levantó en el aire, y girando sobre sus talones, la hizo describir círculos vertiginosos. Luego, atontada por el mareo y deshecha por el llanto, la depositó en el suelo y volvió a plantársele por delante con los brazos en jarras, pero ya sin reír, resollando fuertemente y contemplándola con miradas inflamadas de deseo.
Entretanto, despertado por aquellas carcajadas y por los gritos de la hija, don Lorenzo se había incorporado a duras penas en el chinchorro, y habiendo logrado apoderarse de una punta de machete que estaba clavada en el bahareque del rancho, se arrojaba sobre míster Danger, con una expresión delirante.
Pero Marisela lanzó un grito de horror, míster Danger se volvió rápidamente y de una cachetada le hizo perder el vacilante equilibrio al borracho, que fue a dar con sus huesos en el suelo del rancho, lanzando un rugido de dolor y de ira impotente.
Míster Danger sacó y encendió tranquilamente su cachimba, y entre una y otra bocanada de humo, y dándole la espalda a Marisela, díjole:
–Ha estado un juego mío, Marisela. Míster Danger no gusta tomar las cosas por la fuerza, pero ya tú sabes que míster Danger te quiere para él.
Y ya al salir:
–Y no vuelvas a coger machete para míster Danger, don Lorenzo, porque entonces se acabó whisky y aguardiente y todo.
Así que se hubo marchado el extranjero, Lorenzo se levantó del suelo, trastabillando, se acercó al rincón donde sollozaba Marisela, y tomándola por un brazo, díjole, con una voz de insensatez y de dolor:
–Vámonos, hija. Vámonos de aquí.
Por un momento creyó Marisela que se trataba de regresar a Altamira, y se dejó levantar del suelo y marchó enjugándose los ojos; pero don Lorenzo continuó:
–Allí…, allí está el tremedal donde se acaba todo. Vamos a terminar allí esta maldita vida.
Entonces ella, sobreponiéndose a su pena y tratando de sonreír, repuso:
–No, papá. Tranquilízate. Ha sido un juego de míster Danger. ¿No se lo oíste decir? Cálmate. Acuéstate otra vez. Ha sido un juego. Pero ofréceme que no beberás más, que no volverás a pedirle bebida a ese hombre.
–No. No volveré, pero yo lo mataré. . No ha sido un juego… No ha sido un juego… A ver… Dame… ¡Dame acá esa botella!
–No. Ya me has ofrecido que no beberás más. Acuéstate. Duérmete Ha sido un juego. .
Y pasándole la mano por la frente, cubierta de un sudor pegajoso, y acariciándole suavemente los cabellos, mientras le mecía la hamaca, estuvo sentada en el suelo junto a él hasta que lo vio profundamente dormido. Luego le secó la saliva espumosa que le manaba de la boca, lo besó en la frente, y al hacer esto, sintió que una nueva transformación se había operado en su alma.
Ya no era la muchacha despreocupada y ávida de felicidad que en Altamira había podido vivir con la risa en el rostro y una copla en los labios a toda hora, indiferente ante el espectáculo de aquella repugnante y dolorosa miseria física y moral, ajena a las tormentas de aquel espíritu, porque ante el suyo se abría un mundo luminoso, poblado de formas risueñas, resplandeciente hasta deslumbrarla. Este mundo, que era su propio corazón ilusionado, fue Santos quien se lo mostró, y sólo él lo llenaba. Él le quitó con sus manos la mugre del rostro, con sus palabras le reveló la propia belleza ignorada, con sus lecciones y consejos la desbastó de la rustiquez, y la hizo adquirir buenos modales, y hábitos y gustos de un espíritu fino; pero en el fondo de esta gruta resplandeciente que era su corazón dichoso, se había quedado en tinieblas un pequeño rincón: la fuente de la ternura, y se había quedado en tinieblas porque sólo el dolor podía revelárselo.
Ya le había sido dado conocerlo, y de allí surgía ahora una nueva Marisela, deslumbrada por el hallazgo de sí misma, con la divina luz de la bondad en el rostro y con la suavidad de la ternura en las manos que habían acariciado, por primera vez con verdadero amor filial, la frente atormentada del padre.
Ya don Lorenzo se había sumergido en sus miserias en el sueño apaciguador que le provocaron las caricias de la hija, y aún ella seguía pasándole la mano por los cabellos, mientras sus ojos se posaban distraídos sobre las monedas de oro que brillaban en el ángulo de la mesa, donde las colocó Juan Primita, cuando apareció en el umbral de la puerta Antonio Sandoval.
Marisela le recomendó silencio poniéndose el índice sobre los labios, cuidadosa del plácido sueño de su padre, y luego se levantó del suelo y salió a recibirlo afuera, donde la conversación no turbara aquel reposo. Trascendía de la expresión de su rostro y de la calma de sus movimientos el cambio espiritual y profundo, en cierta gravedad que llamó la atención de Antonio:
–¿Qué tiene usted hoy, niña Marisela? Le noto algo raro en la cara.
–Si usted supiera, Antonio; yo también me siento de una manera distinta.
–Como no vaya a haber cogido la fiebre del tremedal…
–No. Es otra cosa. Que por cierto también la tiene el tremedal. ¡Una paz! Una tranquilidad sabrosa. Me siento tranquila hasta el fondo, como debe sentirse el tremedal cuando se pone a reflejar el palmar, y el cielo con sus nubes, y las garzas que estén paradas en la orilla.
–Niña Marisela –dijo Antonio, más extrañado todavía–. Déjeme que se lo diga como lo siento: yo nunca la había oído expresarse de esa manera. Y me gusta hallarla en ese tono porque ahora sí me atrevo más a decirle lo que me trae hoy a casa de usted.
Usted está haciendo falta en Altamira, niña Marisela. El doctor se ha echado por un camino que no es el de él y que no lleva a buen fin. Antes, usted lo sabe, se pasaba de amigo de respetar los derechos ajenos, aunque fueran mal habidos, y quería que todo se hiciera por las vías legales, y ahora, por el contrario, no hay arbitrariedad que no lo provoque hacerla. Eso me tiene preocupado, porque la sangre es una cosa seria cuando dice a dar lo suyo, y me dolería verlo terminar como terminaron todos los Luzardos. Yo no digo que no haga respetar sus derechos, pero tampoco hay necesidad de andar atropellando con todo.
Todas las cosas de este mundo tienen su más y su menos, y al doctor le ha dado ahora por el más. Eso con don Guillermo, con todo y ser don Guillermo una mala ficha, francamente estuvo feo. A usted nada más se lo digo, pero es la verdad. Que hubiera mandado tirar la palizada, aunque la de Corozalito no le pertenece, era ya mucho; pero lo de decirle: «¿Viene usted dispuesto a impedírmelo a tiros?», eso no estaba hecho para la boca de un Santos Luzardo. No es nada los malos resultados que pueda traerle, porque extranjero siempre tiene garantías que le faltan al criollo; es lo que significan unas palabras como esas que le he mentado en boca del doctor. ¿No piensa usted como yo? Y luego, ya van dos veces con esta de ahora poco, que se mete a parar rodeos en lo de doña Bárbara sin cumplir el requisito de pedirle trabajo primero. Fueron reses de él las que se llevó; pero lo natural era que le hubiera pedido permiso como es costumbre que lo haga todo el que va a recoger ganado suyo en sabanas de otro. No es que yo le saque el caballo, porque ya se lo dije: por donde usted zumbe, cuente que yo voy detrás suyo. Es que cada palo debe dar sus frutos, y no es natural que un Santos Luzardo se empeñe en proceder como procedería doña Bárbara.
–¿Y cree usted, Antonio, que si yo hubiera estado allá no habría sucedido eso? –interrogó Marisela, sonrojándose, pero sin perder aquella grave serenidad del inefable hallazgo.
–Mire, niña Marisela –repuso Sandoval–. Uno no tendrá ilustración, pero no le falta malicia para catar ciertas cosas. Aparte lo que pueda haber entre usted y él que no me incumbe averiguar si existe o no, lo que si puedo decirle es que… ¿Cómo se lo diré?…
Bueno. Se lo voy a decir a mi manera. Usted es para el doctor, mejorando lo presente, como la tonada para el ganado, que si no la escucha cantar, a cada rato está queriendo barajustarse. ¿Me explico?
–Sí, comprendo –respondió Marisela, cubriéndose de rubor, complacida en la metáfora de Antonio.
–Pues bien. Termino por donde empecé: usted está haciendo falta en Altamira.
Marisela reflexionó un rato y luego dijo:
–Lo siento mucho, Antonio; pero por el momento no puedo volverme a Altamira. Papá no convendría en regresar, y, además, tengo otro deber que cumplir. Quiero llevarme a papá para San Fernando, a ver si allá los médicos le hacen remedios que le quiten el vicio y que lo repongan, porque está muy aniquilado.
–No veo que una cosa estorbe a la otra –observó Antonio.
–Sí. Papá no quiere volver a Altamira, y yo no quiero contrariarlo. Además, ya en Altamira se hizo la prueba, y ya ve usted que no dio resultado. Véalo cómo está. Puede que yo haga falta allá, como usted dice, pero más falta hago aquí.
–Eso es verdad. Su padre, primero que todo. Pero ¿con qué recursos cuenta usted para irse para San Fernando y hacerlo ver con los médicos? ¿Quiere que le hable de eso al doctor?
–No. No le diga nada. Yo tengo dinero suficiente. Se lo pedí a quien tenía el deber de dármelo.
–Bien –dijo Antonio, poniéndose de pie–. Se quedará Santos sin la tonada; pero usted tiene razón: su padre antes que todo.
Ojalá que encuentre esos remedios que va a buscar para don Lorenzo. Pero para hacer ese viaje le harán falta bestias y una persona que la acompañe. Si no quiere que le hable de eso al doctor, yo por mi cuenta puedo mandarle un peón de confianza con dos bestias buenas para usted y su viejo. Aunque será mejor que se lo lleve en un bongo, porque no me parece que don
Lorenzo esté en condiciones de resistir un viaje tan largo.
–Es verdad. Está muy aniquilado.
–Entonces deje eso de mi cuenta. De hoy a mañana debe pasar un bongo que viene de Arauca arriba. Creo que viene en lastre, y en él pueden irse hasta San Fernando.
Se fue Antonio. Marisela volvió a entrar en la casa, se detuvo un rato ante el chinchorro donde dormía don Lorenzo, contempló con los ojos amorosos aquella faz cavada, que nunca había contemplado como ahora lo hacía, y luego recogió de la mesa las monedas de oro que le permitirían llevar a cabo su propósito, y al tomarlas en sus manos no experimentó repugnancia alguna.
No había llegado a lavarlas Juan Primito, pero de la recóndita fuente de ternura recién hallada, también sobre aquel dinero de su madre caían linfas purificaderas.









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