Doña Bárbara: 1.XI. La bella durmiente. Rómulo Gallegos
De regreso a Altamira, bajo la penosa impresión del espectáculo que acababa de presenciar, Santos volvió a encontrarse con la campesina a quien le preguntara por la casa adonde se dirigía. Sólo después de haber visto la miseria que reinaba en el rancho de Lorenzo Barquero podía sospecharse que fuera su hija aquella criatura montaraz, greñuda, mugrienta, descalza y mal cubierta por un traje vuelto jirones.
Había depositado en el suelo el haz de chamizas y estaba tendida junto a él, los codos hundidos en la arena, la cara entre las manos, soñadora la mirada.
Santos se detuvo a contemplarla. Bajo los delgados y grasientos harapos que se le adherían al cuerpo, la curva de la espalda y las líneas de las caderas y de los muslos eran de una belleza estatuaria; pero rompían el encanto los pies anchos y gruesos, de piel endurecida y cuarteada por el andar descalzo, y fue en esta fealdad lamentable donde se detuvieron las miradas compasivas.
Un resoplido de la bestia de Luzardo la sacó de su abstracción, y al advertir la presencia del hombre detenido a pocos pasos de ella, se hizo un ovillo para ocultar la desnudez de sus piernas, y después de haber proferido algunos gruñidos de protesta, rompió a reír, de bruces sobre el arenal.
–¿Eres tú Marisela? –interrogó Santos.
Ella se hizo repetir la pregunta y luego respondió, con la rudeza de su condición silvestre reforzada por el azoramiento:
–Si ya sabe cómo me mientan, ¿pa qué pregunta, pues?
–No lo sabía, propiamente. Sospechaba que fueras la hija de Lorenzo Barquero, llamada así; pero quería cerciorarme.
Arisca, como el animal salvaje con el cual la comparó su padre, al oír aquel término, desconocido para ella, replicó:
–¿Cerciorarse? ¡Hum! Usté está mal fijao. Bien pué seguí su camino.
–Menos mal si la cerrilidad le custodia la inocencia –pensó Santos, y luego–: ¿Qué entiendes tú por cerciorarse?
–¡Umjú! ¡Qué preguntón es usté! –exclamó soltando de nuevo la risa.
–¿Ingenuidad o malicia? –se preguntó entonces Santos Luzardo comprendiendo que, lejos de disgustarle, le agradaba que él se hubiese detenido a hablarle, y ya sin sonreír siguió contemplando compasivamente aquella masa de greñas y harapos.
–¿Hasta cuándo va a estar ahí, pues? –gruñó Marisela–. ¿Por qué no se acaba de dir?
–Eso mismo te pregunto yo: ¿hasta cuándo vas a estar ahí? Ya es tiempo de que regreses a tu casa. ¿No te da miedo andar sola por estos lugares desiertos?
–¡Guá! ¿Y por qué voy a tener miedo, pues? ¿Me van a comer los bichos del monte? ¿Ya usté qué le importa que yo ande sola por donde me dé gana? ¿Es acaso, mi taita, pues, para que venga a regañarme?
–¡Qué maneras tan bruscas, muchacha! ¿Es que ni siquiera te han enseñado a hablar con la gente?
–¿Por qué no me enseña usté, pues? –y otra vez la risa sacudiéndole el cuerpo, echado de bruces sobre la tierra.
–Sí, te enseñaré –díjole Santos, cuya compasión empezaba a transformarse en simpatía–. Pero tienes que pagarme por adelantado las lecciones, mostrándome esa cara que tanto te empeñas en ocultar.
–¡Qué mano! –exclamó ella, ovillándose más–. Acábese de dir de una vez, que lo va a coge la noche por estos montes.
–No me moveré de este sitio mientras no me hayas dejado ver tu cara. He venido sólo a conocerte, porque me han dicho que eres muy fea y no quiero creerlo hasta que lo vea con mis propios ojos. Me cuesta trabajo creer que pueda ser fea una parienta mía. Verdad que no te había dicho todavía que somos primos.
–¡Zape! –exclamó ella–. Yo no tengo más familia que mi taita, porque ni a mi mae puedo decí que la conozco.
La mención a la madre disipó la jovial disposición de ánimo que estaba poniendo Santos en la charla, y ella, como temiese haberlo disgustado de veras, después de mirarlo de soslayo por debajo del brazo con que se cubría el rostro, insistió:
–¿No ve que usté no es nada mío, como dice? Si juera, no se habría quedado tan callado.
–Sí, criatura –afirmó él, tornando a emplear el término compasivo–. Soy Santos Luzardo, primo de tu padre. Pregúntaselo a él si quieres cerciorarte. Y no vayas a tomar a mal otra vez esta palabra.
–Bueno. Si es verdá que es primo mío… Aunque yo no se lo crea, ¿sabe?… ¡Umjú! Y después dicen que las mujeres sernos las curiosas. Aguaite, pues, pa que se acabe de dir de una vez.
Y sin que Santos hubiera insistido en que se dejara ver el rostro, levantó y bajó en seguida la cabeza; pero con los ojos cerrados
y apretando la boca para que no se le escapara la risa, coquetería de azoramiento y de ingenuidad.
Tendría unos quince años, y aunque la comida escasa, el agua mala, el desaliño y la rustiquez le marchitaban la juventud, bajo aquella miseria de mugre y greñas hirsutas se adivinaba un rostro de facciones perfectas.
Pero bastó el breve instante para que los ojos de Santos apresaran la revelación de belleza.
–¡Qué bonita eres, criatura! –exclamó, y luego se quedó contemplándola con una forma de compasión diferente, mientras ella, ya no arisca, sino remilgada, humanizada por el primer destello de emoción de sí misma que aquella exclamación le había producido, decíale, con una voz dulce y suplicante:
–Váyase, pues.
–Todavía falta –replicó Santos–. No me has mostrado tus ojos. Déjame verlos. ¡Ah! Ya comprendo por qué no te atreves a abrirlos en mi presencia. Eres bizca, seguramente. Los tendrás muy feos.
–¡Bizca yo! Aguaite.
E incorporándose, animosa, abrió los hermosos ojos, que eran lo más bello de su rostro, y se quedó mirándolo, sin pestañear, mientras él volvía a exclamar:
–¡Es preciosa esta criatura!
–Váyase, pues –repitió Marisela, cubierta de rubor bajo la pringue del rostro, pero sin dejar de mirarlo.
–Aguarda. Voy a decirte en seguida la primera de esas lecciones que me has pagado anticipadamente.
Bajó del caballo, se acercó a la muchacha, cuyos negros ojazos expresaron un temor suplicante, y la obligó a levantarse, tomándola por un brazo y diciéndole:
–Ven acá, primita. Voy a enseñarte para qué sirve el agua. Eres linda, pero lo serías mucho más si no te abandonaras tanto.
Repuesta de un instintivo temor, por el tono sin sombra de malicia con que le hablara aquel hombre perteneciente a un mundo diferente del que ella conocía, Marisela se dejó conducir hasta el borde de una charca de agua clara que había en la orilla del tremedal, ocultando el rostro bajo el brazo libre y riendo, entre avergonzada y complacida.
Llegados junto a la charca. Santos la hizo inclinarse, y tomando el agua en el hueco de sus manos, comenzó a lavarle los brazos y luego la cara, como hay que hacer con los niños, mientras le decía:
–Aprende y cógele cariño al agua, que te hará parecer más bonita todavía. Hace mal tu padre en no ocuparse de ti como mereces; pero es pecado contra la naturaleza, que te ha hecho hermosa, el que cometes con ese abandono de tu persona. Por lo menos, limpia deberías estar siempre, ya que la tierra no te niega el agua. Haré que te traigan ropas decentes para que te cambies esa que ni siquiera te cubre, y un peine para que te arregles el cabello, y zapatos para que no andes descalza. ¡Así! ¡Así!
¿Cuánto tiempo haría que no te lavabas la cara?
Marisela abandonaba el rostro al frescor del agua, apretados los labios, cerrados los ojos, estremecida la carne virginal bajo el contacto de las manos varoniles. Luego Santos, a falta de toalla, sacó un pañuelo para en jugar fe la cara, y hecho esto, la obligó a levantar la cabeza, tomándola de la barbilla. Ella abrió los ojos y mirándolo, mirándolo, se le fueron cuajando de lágrimas.
–Bien –díjole Santos–. Ahora te regresas a tu casa. Yo te acompañaré, porque no es prudente que andes sola por estos lugares a estas horas.
–No. Yo me iré sola –replicó ella–. Váyase usted primero.
Y era otra voz aquella con que ahora hablaba.
Las manos le lavaron el rostro y las palabras le despertaron el alma dormida. Advierte que las cosas han cambiado de repente.
Que ella misma es otra persona.
Siente la limpieza de su piel y oye que dicen: –¡Qué bonita eres, criatura! –y la asalta la curiosidad de conocerse. ¿Cómo serán sus ojos y su boca y el modelado de sus facciones? Se pasa las manos por la cara, se palpa las mejillas, se acaricia, se moldea a sí misma, para que las manos le digan cómo es Marisela.
Pero las manos sólo le dicen:
–Somos ásperas y no sentimos nada. Las chamizas, las espinas, nos han endurecido la piel.
¿Por qué no se sentirá la propia belleza, como se sienten los dolores?
Le ha dejado dos cosas tiernas.
La frescura del agua en las mejillas, que ahora le están produciendo sensaciones desconocidas. ¡Sí se siente la belleza! Estas sensaciones nuevas y tiernas no pueden tener otra causa. Así debe de sentir el árbol, en la corteza endurecida y rugosa. Así debe de estremecerse la sabana, cuando, un día, después de las quemas de marzo, siente que ha amanecido toda verde.
Le ha dejado también la emoción de unas palabras nunca oídas hasta entonces. Las repite y oye que le resuenan en el fondo del corazón, y se da cuenta, a la vez, de que su corazón era algo negro, hondo, mudo y vacío. Pero algo sonoro, también como el pozo que está junto a su casa, obscuro, profundo y con un espejo de agua allá adentro. ¡Es preciosa esta criatura!… Y la voz resuena, honda, como en el pozo cuando se habla sobre el brocal.
También fuera de ella, ya el mundo no es lo que hasta allí había sido: un monte intrincado donde recoger chamizas, un palmar solitario donde era posible estar horas y horas tendida en la arena, inmóvil hasta el fondo del alma, sin emociones ni pensamientos. Ahora los pájaros cantan y da gusto oírlos, ahora el tremedal refleja el paisaje y es bonito aquel palmar invertido, aquel fondo de cielo que se le ha formado al remanso, ahora trasciende de los bejucos que se vinieron enredados en el haz de chamizas de silvestre aroma de las flores del monte y es agradable aspirarlo. La belleza no está en ella solamente; está en todas partes: en el trino que trae en la garganta la paraulata llanera, en la charca y su orla de hierba tierna, en el palmar profundo y diáfano, en la sabana inmensa y en la tarde que cae dulcemente, dorada y silenciosa. ¡Y ella no se había dado cuenta de que todo existía, creado para que lo contemplaran sus ojos!
Por primera vez, Marisela no se duerme al tenderse sobre la estera. Extraña el inmundo camastro de ásperas hojas, cual si se hubiese acostado en él con un cuerpo nuevo, no acostumbrado a las incomodidades; se resiente del contacto de aquellos pringosos harapos que no se quitaba ni para dormir, como si fuese ahora cuando empezaba a llevarlos encima; sus sentidos todos repudian las habituales sensaciones, que de pronto se le han vuelto intolerables, como si acabase de nacerle una sensibilidad más fina.
Además, la desvela el alma de mujer que acaba de despertársele, complicándole la vida, que era simple como la del viento, que no sabe sino corretear por la sabana. Sentimientos confusos empiezan a moverse dentro de su corazón: hay una alegría que tiene mucho de sufrimiento, una esperanza estremecida de temores, una necesidad de sacudir la cabeza para ahuyentar una idea, y un quedarse inmóvil, en seguida, para que la idea vuelva. Hay muchas cosas más que ella no alcanza a discernir.
Ya está cantando el carrao, que anuncia la proximidad del día:
–¡Arriba, Marisela! Está fresca el agua del pozo. La enfriaron las estrellas, que estuvieron pasando toda la noche sobre el brocal.
Todavía quedan algunas en el fondo. Anda. Sácalas con el cántaro y derrámatelas encima. Te dejarán limpia, como siempre están ellas.
A un mismo tiempo estaba saliendo el sol y poniéndose la luna, y el palmar se estremecía como un bosque sagrado en el silencio del alba.
El cántaro del pozo baja y sube sin descanso, y el agua subterránea que no conocía la luz, corre encandilada por el núbil cuerpo desnudo.
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