Roberto Rojas, el fotógrafo
Esta nota se publicó en el Correo del Caroni el 4 de marzo de 1999 y el Redactor de diario El Nacional al leerla llamó a Roberto Rojas y le propuso trabajar en Caracas. Al saberlo Chemelo le aumentó el sueldo a Roberto para que siguiera en El Expreso. El me confesó después que de ninguna manera habría aceptado porque había decidido sembrarse para siempre en Ciudad Bolívar.
Tanto es así, que su familia se fue para los Estados Unidos buscando el llamado “Sueño Americano” que tanto atrae a los latinos, y aquí en la Ciudad del Orinoco permanece. De vez en cuando se aparece en mi casa acompañado de su guitarra y del amigo Kawan y Pincho. Entonces, vamos juntos con una botella de Scotch a darle serenatas al río.
Desde las tierras de Huáscar y Atahualpa nos llegó un buen día Roberto Rojas Pantojas con su morral de angustias irresueltas tanteando estos horizontes que se confunden entre caudales y mansiones verdes. Llegó y se hizo conocido por la gracia del lenguaje silente que la gente entiende y comprende más que la propia palabra de todos los días, porque la palabra, aunque puede describir la imagen, es incapaz de igualar la realidad de la imagen misma. La imagen es síntesis sin dejar de ser explícita, lata y elocuente. La imagen es el pasado conjugado en presente, la imagen que no todos podemos aprehender para hacerla eterna en la memoria frágil.
Excepcionalmente se requiere técnica, sensibilidad y destreza, además de dominar y saber conjugar los factores de la cámara de lente y visor y los inherentes al laboratorio. La cámara es la herramienta y el laboratorio es el taller retando permanentemente, frente a cualquier escenario, el talento y la creatividad del artista. Roberto Rojas, que es un profesional, maneja el arte de la fotografía con la misma sensibilidad con la que rasga las templadas cuerdas de su guitarra. Tiene buen oído y memoria para el sonido musical como buen ojo para seguir la proyección de la luz hasta descubrir lo que es imposible cuando la sensibilidad permanece bajo los escombros de la incultura o la esquematización del pragmatismo. Pero no todo fotógrafo tiene sensibilidad para aprehender el espíritu de las cosas buenas o inútiles.
Hay muchos fotógrafos, infinidad de fotógrafos, paparazis incontables. En el mismo periodismo incluso, fotógrafos que andan por el camino de la oportunidad de la entrevista y el suceso con la mecánica de una rutina que termina por consumirlo en la inercia y el embrutecimiento. Son escasos lo que evaden ese camino para internarse en las complejidades del tiempo y el espacio con expresivo sentido de reflexión y contemplación estética. Roberto, que fue reportero de calle y que continúa siéndolo en cierta forma, se aleja cada vez más de ese sendero para hacer lo que lo emociona y gratifica espiritualmente: tocar la guitarra y atrapar con ingenio estético las cosas que culturalmente conciernen a la ciudad, como es el caso de los inmuebles que durante más de dos centurias han ido definiendo su fisonomía, la fisonomía de lo que hoy reconocemos como Casco Histórico. Rojas ha destinado su tiempo libre para focalizar los aspectos sugestivos de esos inmuebles o espacios habitables: esquinas, ventanas, balcones, molduras, celosías y hasta el mismo tiempo sujeto en la textura.
La retina de su película ha impresionado a casi toda la ciudad angostureña, pero apenas cuarenta fotografías han sido seleccionadas por la arquitecta Asiria Silva para que -expuestas a lo largo del pasillo de la antigua casa de Elina Wulf, convertida en oficina técnica del casco- conversen un poco con el visitante sobre valores arquitectónicos de la ciudad que fue y sigue siendo en la propia memoria de sus muros y en la de estas gráficas de Roberto Rojas.









Comentarios
Roberto Rojas, el fotógrafo — No hay comentarios
HTML tags allowed in your comment: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>