La Guayana Venezolana siglo XVI
Los reyes católicos
En 1492, cuando un nuevo continente –América- quedó al descubierto para el mundo europeo, España, propiciadora de ese acontecimiento, acababa de librar su última batalla contra los moros que la escindieron y sometieron durante ocho siglos.
España, secularmente conquistada por los fenicios, luego por los romanos, después por bárbaros y visigodos y finalmente por los musulmanes, lograba su independencia y unificación con la lección bien aprendida para pagar con la misma moneda a otros pueblos como la América indígena.
La reconquista de España en poder de los moros, la sellaron los reyes católicos, Fernando e Isabel con la toma de Granada mediante una lucha sostenida de diez años.
Fernando, Rey de Aragón, nacido en Zaragoza en 1452, había contraído matrimonio con Isabel, Reina de Castilla, a raíz de la muerte de su hermano Enrique IV, haciendo de esta manera posible la unión de los reinos de Castilla y Aragón en 1479.
Enarbolando la divisa de “tanto monta, monta tanto Isabel como Fernando” llevaron a cabo la centralización administrativa, la reforma judicial, la pacificación del país y combatieron a fondo la delincuencia, especialmente en la zona rural amenazada por los bandoleros. En este sentido puso en práctica en 1476 la Santa Hermandad disponiendo para ello una milicia propia.
Cuatro años después, en 1480, por Bula de Sixto IV, Fernando autorizó la creación del Santo Oficio, con el que la Inquisición tomó un nuevo sesgo encaminado a reprimir la superstición y la hechicería salvaguardando la unidad de la fe. El Tribunal del Santo Oficio podía imponer cualquier pena, excepto la de la muerte, que a su indicación era dictada por el poder civil. La implantación del Santo Oficio la motivaron las actividades de los judaizantes o falsos conversos, muchos de los cuales ocupaban cargos de responsabilidad. De manera que, contra los judíos, el rey Fernando fue implacable y terminó expulsándolos en 1492, luego de la toma de Granada.
En este mismo año, Cristóbal Colón realizó el viaje del descubrimiento de América, por cuenta de Castilla. Asimismo, dentro del mismo reinado, los tres viajes siguientes y también exploraciones importantes como las de Juan de la Cosa, Alonso de Ojeda, Vicente Yánez Pinzón, Diego de Lope y Rodrigo de Bastida. Se creó el Consejo de Indias para la administración de los nuevos dominios, así como la Casa de Contratación para la actividad comercial.
Durante su Tercer Viaje, Cristóbal Colón descubrió las costas orientales de lo que es hoy Venezuela, empezando por la isla de Trinidad y la desembocadura del gran río de los Uayanos.
Cristóbal Colón
Guayana, por el Delta del Orinoco, fue la primera tierra de Venezuela vista por el Almirante Cristóbal Colón. Ocurrió el 2 de agosto de 1498 en el tercero de un total de cuatro viajes realizados para descubrir el nuevo mundo.
Luego de larga y penosa travesía iniciada el 30 de mayo desde la villa de Sanlúcar de Barrameda, el marino Alonso Pérez se subió a la gavia el martes 31 de julio y anunció que desde la cofia del mastelero veía tierra (era la Isla de Trinidad), lo cual provocó una explosión de alegría y por consiguiente de “Salve Regina” rezada por toda la tripulación.
El Almirante enrumbó sus tres naves en esa dirección a donde, según dice en carta enviada a los Reyes Católicos “Llegué a hora de completas a un cabo a qué dije de la Galea después de haber nombrado a la isla de la Trinidad, y allí hubiera muy buen puesto si fuera hondo. Allí tomé una pipa de agua, y con ella anduve ansí hasta llegar al cabo, y allí hallé abrigo de Levante y buen fondo y así mandé seguir y adobar la vasija y tomar agua y leña y descender la gente a descansar de tanto tiempo que andaba penando”.
Colón navegó toda la desembocadura del Orinoco, desde Boca de Serpiente hasta la Boca del Dragón, inmerso en el inusitado asombro que le producía el ruido espantoso de las aguas, de la pelea incesante entre el agua dulce y la salada, de las hileras encrespadas de las corrientes y de un río inconmensurable que parecía venir del infinito.
Aquel espacio como un lago entre las costas orientales del Delta y las costas occidentales de Trinidad, lo navegó cautelosamente, excitado y abrumado por las reflexiones místicas que le suscitaba el inefable paisaje natural. Quería tal vez que las ninfas de las aguas o las dríadas de los manglares le aclararán sus auscultaciones: “grandes indicios son estos del Paraíso terrenal –escribía- porque sitio es conforme a la opinión de santos teólogos, y así mismo las señales son muy conformes que yo jamás leí ni oí que tanta cantidad de agua dulce fuese así e vecina con la salada; y de ello ayuda la suavísima temperancia, y si de allí del Paraíso no sale, parece aún mayor maravilla, porque no creo que se sepa en el mundo de río grande y tan fondo”.
El misterioso Almirante, con sus reacciones sensoperceptivas se aproximaba inconscientemente a la verdad mitológica de los aborígenes que crían aquellos de verdad como el Paraíso. Un paraíso donde aún no anidaba el infierno de la Manigua que atrae y devora a los afiebrados buscadores de oro. Aquel Paraíso tenía a su Dios que era Amalivaca, el dios de la esperanza que llega procrea y luego parte en una curiara hacia el otro lado del mar dejando en la aldea el presentimiento de que volverá.
Cristóbal Colón, cerebro de aquella insólita expedición que se asomaba por las bocas de aquel río anunciador de un mundo misterioso y edénico, era un hombre de 47 años, nacido en Savona, Génova, posiblemente entre el 26 de agosto y el 31 de octubre de 1451.
Su madre Susanna Fontanarossa quería que fuese tejedor como su padre el genovés Doménico Colón y aunque lo fue en un principio como también cardador y tabernero, terminó siendo navegante o marino por sobre todos los oficios.
Comenzó su vida de marino navegando muy joven entre Savona y Génova y aprendió muchos secretos de su hermano Bartolomé Colón cuando, según el cronista genovés Antonio Gallo, éste se instaló en Portugal en donde, para ganarse la vida, se dedicó a confeccionar mapas para uso de navegantes.
Todos los años salían de Lisboa expediciones hacia las costas occidentales de África revelando tierras continentales y pueblos desconocidos. Bartolomeo, influenciado por el estudio de los mapas y familiarizado con las aventuras y narraciones de los navegantes, se enteró de muchas cosas de las que informó constantemente a su hermano.
Juan Manzano, profesor de la universidad Complutense de Madrid, publicó en 1976 “Colón y su Secreto”, un libro en el que sostiene que el Almirante tenía conocimiento de lo que estaba más allá del Mar Tenebroso. Lo cierto es que algo sabía de ese mundo ignoto que incluso 4 años antes de Cristo intuyó Séneca cuando cantó: “Tras luengos años verná un siglo nuevo y dichoso que al Océano anchuroso sus límites pasará. Descubrirán grande tierra, verán otro Nuevo Mundo navegando el gran profundo que agora el paso nos cierra. La Thule tan afamada como del mundo postrera, quedará en esta carrera por muy cercana contada”.
Algo sabía Colón que hasta aquí llegó con afanosa terquedad, sólo que nunca supo adonde había llegado ni, con respecto a Guayana, que estaba más allá de sus especulaciones míticas.
Vicente Yáñez Pinzón
La historia común atribuye a Vicente Yáñez Pinzón, nacido en la localidad andaluza de Palos de Frontera (Huelva), el descubrimiento del Río Orinoco (Río Dulce), en 1500. Pero quien primero da cuenta de la existencia del gran río, llegando a confundirlo con el Ganges o algún Río del Paraíso, es Cristóbal Colón en su Tercer Viaje.
Ciertamente, Vicente Yáñez Pinzón, dos años después, hizo un reconocimiento más preciso del gran Río, al igual que del Amazonas y para ello le valió sin duda su pasión por la hidrografía y la cartografía, de la cual se sirvió Colón durante su primer viaje, especialmente cuando tras encallar la Santa María en un banco de arena frente a Santo Domingo, el 24 de diciembre de 1492, se trasladó a la carabela La Niña que venía capitaneando este Vicente Yáñez, hermano de Martín Alonso, comandante de La Pinta.
En 1499 Vicente Yánez Pinzón obtuvo individualmente licencia para proseguir los descubrimientos hechos por Colón y se hizo a la mar al mando de cuatro carabelas y 75 tripulantes, tratando de buscar hacia el inexplorado Sur, lo que lo llevó a constituirse en el primer navegante en cruzar la línea equinoccial, pero de manera accidental., pues llegando a las islas de Cabo Verde, sus barcos fueron arrastrados por una tormenta que le hizo alcanzar la costa del Brasil en enero de 1500. Navegó 600 leguas a lo largo de la costa en dirección noroeste, y descubrió la desembocadura del Amazonas y del Orinoco, al cual denominó Río Dulce. Prosiguió hacia el mar de las Antillas y por las costas de Guayana y desde Paria se dirigió a la isla de La Española. Luego de perder dos barcos durante la exploración de las Bahamas regresó a España en septiembre de 1500.
Al regresar a España e informar en septiembre de 1500 sobre estos nuevos descubrimientos, las autoridades le concedieron permiso para colonizar y gobernar esas tierras del Amazonas y del Orinoco, lo que no pudo llevar a cabo por carecer de recursos. No obstante, continuó explorando hasta el grado 40 de latitud Sur, cerca de lo que es hoy Río de Janeiro. Una de estas expediciones de exploración la hizo junto con el navegante Juan Díaz Solís, sucesor de Américo Vespucio como Piloto Mayor del Reino y descubridor del Río de la Plata.
Vicente Yáñez Pinzón al igual que otros conquistadores del Nuevo Mundo aportó importantes datos al geógrafo e historiador italiano Pedro Mártir de Anglería, cronista real y miembro del Consejo de Indias, para confeccionar el mapa de 1511 donde aparece por primera vez el Orinoco, aunque sin nombre.
Las tierras que le autorizaron para colonizar y gobernar las obtendría después de su muerte ocurrida en 1525, Diego de Ordaz, uno de los más valientes capitanes de Hernán Cortes.
Diego de Ordaz
Don Diego de Ordaz fue el primer hispano en penetrar y explorar el Orinoco en casi toda su extensión. También había sido el primero en subir hasta el cráter de un volcán en erupción, el Popocatépetl, durante la conquista de México y el que hizo rendir al valiente Cuāuhtémōc, o Cuāuhtémōctzīn (el sufijo -tzīn se usa para designar una dignidad similar a «Don» o «Señor» en español) el último emperador azteca.
Nacido en Castroverde de Campos, provincia de Zamora, en 1480, fue sin duda uno de los conquistadores españoles más decididos y temerarios. Acompañó a Diego Velásquez en la conquista de Cuba y éste lo designó para que formase parte de la expedición de Hernán Cortes, al lado del cual puso a valer su ingenio temerario para quebrar la rebeldía de los aztecas en la defensa de su suelo, no obstante haber sufrido varias heridas y perdido su mano derecha.
Como recompensa llegó a tener haciendas, tierras, solares y estancias. Solamente en una laguna inmediata a México, llamada Tepetzingo, disfrutaba media legua en un circuito donde había toda pieza de caza.
Pero aquel reposo y privilegios no lo satisfacía y, obsesionado por las tierras vírgenes de Venezuela avistadas por él cuando expedicionó junto con Alonso de Ojeda y teniendo noticias de las riquezas pregonadas por navegantes que en dirección a España hacían escala en Cuba y Veracruz, escribió repetidas veces al Consejo de Indias solicitando licencia para emprender a expensas suyas la conquista de territorios no ocupados de América, especialmente los comprendidos en el curso de 200 lenguas entre los términos de la posesión del reino de Portugal (Brasil) hasta los límites de las concesiones a los alemanes, vale decir, desde la desembocadura del Amazonas (Marañón) hasta Macarapana al oeste del Golfo de Cariaco.
El Consejo de Indias terminó por darle luz verde a la solicitud de Ordaz, recomendándolo ampliamente, de manera que la Capitulación se le da favorablemente y la expide la Reina, en lugar del Rey Carlos, en Madrid, el 20 de mayo de 1530. Obsequiado de esta manera, remata todos sus bienes, abandona México en compañía de sus amigos y hombres de confianza (Juan Cortejo y Alonso Herrera) y asume la responsabilidad bajo el título de Comendador, Adelantado y Alguacil Mayor en la conquista y poblamiento de las tierras sugeridas, vale decir, las que van desde el Marañón hasta Macarapana, al Oeste del Golfo de Cariaco, “por todos los días de vuestra vida con salario de setecientos veinticinco mil mares (maravedíes) en cada un año contados desde el día que vos hicieres a la vela en estos nuestros reinos, para hacer la dicha población e conquista, los cuales vos han de ser pagados de las rentas e derechos a nos pertenecientes en la dicha tierra que así habéis de poblar”.
El 13 de diciembre de 1530, día de Santa Cecilia, cuatro naves con 600 hombres y 36 caballos a su mando zarparon con buen tiempo de Tenerife, Islas Canarias, rumbo a tierras vagamente conocidas y, por lo tanto, inexploradas, que parecían jurisdiccionales del Río Marañón, pero fuera de las posesiones del Reino de Portugal.
Luego de prolongados períodos de calma y tempestades que lo desviaron de la ruta y disgregaron las naves, avistaron tierra dos grados por encima del paralelo equinoccial, a los veintiséis días de navegación. Pero no hallaban lugar adecuado para fondear los barcos y centrar su comando de operaciones hasta que lo vieron en Paria ya a mediados del mes de marzo de 1531.
Pero Paria, al igual que Cubagua, era jurisdicción discutible, pues allí Antonio Sedeño, Gobernador de Trinidad, tenía un Fuerte al mando de Juan González de Sosa; de todas maneras, Ordaz impuso su fuerza y utilizó al propio Juan González, al mando de un grupo de sus hombres, para hacer una exploración previa del estuario. González, no obstante, se aventuró hasta la propia desembocadura del Caravaca, como los indígenas se referían al Río Caroní. Allí él y su compañía escucharon por primera vez el nombre de Uayana. Uayana se llamaba aquellas tierras selvosas avasalladas por inmersos caudales de agua.
Y si aquellas tierras así se llamaban, sus habitantes entonces tenían que ser guayanos, se dijo para sí Juan González estando aguas abajo de regreso, para informarle a Diego de Ordaz el resultado de sus exploraciones, pero ese inmenso río que desembocaba a través de una intrincada red de caños ¿Cómo se llamaba? ¿Cuál era el nombre de ese gran río que el Almirante Colón llegó a confundir con el Gande en Alemania? Más tarde se enterará que el río ostentaba varios nombres según la topografía de su curso: Uriaparia, desde el estuario hasta la desembocadura del Caroní; Urinoko o Ibirinoko más adelante y Barraguán en el curso de su nacimiento.
Primera expedición por el Orinoco
El 23 de junio de 1531, en plena época de lluvia e inundaciones. Diego de Ordaz inició contracorriente la penetración del Orinoco. Venciendo en cada escala la resistencia del aborigen, fue explorando y penetrando el inmenso curso de agua hasta llegar a la desembocadura del Meta y luego a las torrenteras de Carichana con una tripulación mermada en 80 hombres, extenuada y a punto de rebelión por el trato cruel y la inseguridad de un retorno cada vez más incierto.
La voz ¡Uayana! ¡Uayana! Escuchada por Juan González durante la exploración previa vuelve a hender los aires de las bocas del Caroní y el Conquistador queda impresionado. Nunca más aquellos hombres de ultramar olvidarán la reiterada voz aborigen. Desde entonces Uayana o Guayana habrá de ser siempre para el mundo todo aquel inmenso territorio donde la Naturaleza recrea la fuerza eterna de su vitalidad.
Más tarde, en el trayecto fluvial que sigue hasta el río Arauquita, no se oye otra voz aborigen que la de Urinoko y Orinoco es castellanizado conforme a la etimología primitiva: Ori; confluencia y Noco; lugar (lugar de confluencia). Orinoco será por sobre los otros nombres que seguirán después hasta sus cabeceras, incluyendo Uriaparia en el primer tramo de la navegación.
Seis meses tardó en remontar unas 160 leguas del Orinoco y emprendió el regreso en enero de 1531 favorecido por la corriente que lo puso en el Fuerte de San Miguel de Paria en apenas veinte días. Regresaba hecho una ruina, sin poder siquiera recuperar lo invertido, producto de la riqueza lograda en Tenochtitlán. Retornaba con su gente mermada y enferma, cansada y ganosa de tirar la toalla como en efecto ocurrió. Muchos desertaron y para justificarse, lo acusaron ante el gobierno de Cubagua a cargo del alcalde Pedro Ortiz Matienzo, quien le hizo juicio y trasladó preso a la Audiencia de Santo Domingo.
Allá, luego de consultada la Corte, fue absuelto y decidida la devolución de sus bienes. No conforme, quiso vindicar la conducta en su contra asumida por el alcalde, llevándolo ante la Corte, pero en el curso de la navegación el Comendador murió y su cadáver lanzado al mar en un serón.
La expedición como empresa individualista fue un fracaso, pero España ganó un gran espacio territorial y una importantísima vía fluvial de comunicación con el Reino de Granada. A esa edad de su muerte con la que se especuló añadiéndole el ingrediente de supuesto homicidio por envenenamiento, a esa edad aun -52 años-, el Comendador don Diego de Ordaz no podía ver claro el Paraíso y aunque quería insistir, sin descanso porque nunca lo tuvo, en el fondo se sentía golpeado y enfermo. Bien valió en el verso de Castellanos este epitafio que nunca pudo diluir la sal de su sepultura: “Dele nuestro Señor su paraíso / que es lo cabal y cierta gentileza / y el descanso de vida transitoria / que le faltó, el de Dios en su Gloria”.
Segunda expedición
El nombre de Alonso de Herrera, natural de Jerez de la Frontera, se inscribe trágicamente entre los primeros Capitanes que comandaron expediciones por el Orinoco. A él le toco comandar la segunda.
Acompañó a Diego de Ordaz durante la primera expedición y en 1534 volvió inconforme para ir más allá, remontar por primera vez al caudaloso Río Meta o Metacuya como era conocido por los aborígenes. Pero volvía, no por su cuenta y riesgo, sino bajo las órdenes de Jerónimo de Ortal, en cuyos brazos murió Ordaz cuando presuntamente fue envenenado por la Justicia Mayor de Cubagua, Pedro Ortiz Matienzo, en el trayecto Santo Domingo-España.
El Rey Carlos Primero le había traspasado los derechos capitulares del hazañoso Diego de Ordaz y él con dos barcos y 160 hombres aspiraba proseguir con mejor acierto la ruta del fracasado Comendador. Zarpó del puerto de Sevilla el 18 de agosto de 1534 y dos meses después, el 13 de octubre, ya estaba de vuelta en el Golfo de Paria, reunido con Alonso de Herrera, quien había permanecido en el Fuerte, hambriento y hospitalizado, cuidando los intereses de Ordaz.
Herrera aceptó la nueva situación y mientras Jerónimo de Ortal se dirigía a Cubagua a verificar un refuerzo que había llegado de España al mando de Juan Fernández de Alderete, él se adelantó a remontar de nuevo el Orinoco bajo instrucciones de Ortal, quien le prometió navegar posteriormente a la retaguardia. Ortal, hostilizado por los Uayanos, no pasará más allá de las Bocas del Caroní. Herrera, en cambio, a sangre y fuego, superará la resistencia aborigen hasta el Meta, donde siete flechas envenenadas lo traspasan de banda a banda.
Alonso de Herrera descubrió al Meta a finales de 1535 y lo remontó unos 100 kilómetros. Junto con él perecieron siete de sus mejores hombres.
El Alguacil Mayor Álvaro de Ordaz, sobrino del extinto Comendador, asumió el mando y emprendió el retorno de la fracasada expedición hasta encontrarse con su jefe Jerónimo de Ortal varado en la Isla de Trinidad. Ortal, nativo de Zaragoza y Contador que fue de la Real Hacienda de Nueva Cádiz, morirá 15 años después de Santo Domingo.
Es importante acotar que mientras esto ocurría en el Orinoco en 1535, allá en España, Gonzalo Fernández de Oviedo, quien había formado parte de otras expediciones anteriores, daba a conocer su Historia General y Natural de las Indias, obra que ha sido fundamental para el conocimiento de la América posterior al descubrimiento.
El Dorado
Las expediciones por estas tierras desconocidas para el viejo mundo tenían como atractivo inmediato no sólo posesiones para ensanchar los dominios de la Corona imperial, sino las riquezas de fácil explotación que pudieran encontrarse en ellas como era el caso de los placeres perlíferos de Cubagua o el oro que los alquimistas de la época no habían podido lograr y que parecía prometer aquellas tierras de cultura primitiva. El reino estaba urgido de riquezas doradas y riquezas doradas había de veras por donde cruzan tantos ríos y se levanta un mar de selva. La vieron los hispanos de muestra y regalo colgando en los collares de los aborígenes o de alguna otra manera en sus anchos, redondos y cupulosos bohíos.
Pero aquellos castellanos que no estaban preparados para entender la lengua de naciones extrañas desesperaban. Picados estaban por la ambición y querían saber el origen de las pepitas doradas, de los cochanos que los aborígenes señalaban existían en abundancia. Y no engañaban. De cierto que oro había y ha existido siempre en la Guayana. Los naturales no sabían explotar y trabajar el oro, simplemente lo hallaban al azar cuando salían a recolectar cosas y frutos para el hogar. Lo hallaban destellando a la luz del Sol cuando los ríos descendían de sus periódicas crecidas.
Si los hispanos hubieran sabido de los placeres eluviales y aluviales y del método que utilizan nuestros mineros actuales para extraerlos, les habría sido fácil encontrar El Dorado, pero fantasearon demasiado y cada vez se les hizo más imposible el Lago de Guatavita o el de la Parima. Manoa fue cada vez más ignota y remota como el maravilloso país de los Omeguas que rutilaban con luces amarillas a la distancia porque el oro cubría el lecho de sus ríos y de sus lagos con arena.
Tras el espejismo de esa riqueza arcana que costó sangre, vidas, muchas vidas y ruina, salieron hasta consumirse en el fracaso, expediciones como la de Diego de Ordaz, Alonso de Herrera y Jerónimo Ortal: Ambrosio Alfínger, Gonzalo Jiménez de Quesada, Sebastián Benalcalzar, Federmann Hutter, Walter Raleigh y Antonio de Berrio.
Antonio de Berrío, fundador de Guayana
La fundación la Provincia de Guayana la coronó el Gobernador Antonio de Berrío el 23 de abril de 1593 con el ritual de toma de posesión a nombre del Rey Felipe II luego de tres expediciones en busca de El Dorado que costó toda la herencia dejada por Gonzalo Jiménez de Quesada, fundador de Bogotá, a doña María de Oruña, sobrina y única heredera del Adelantado.
Sin embargo, don Antonio de Berrio no venía programado para fundar una provincia tan lejos de la Iberia. Ni siquiera conocía la leyenda de El Dorado. Cuando traspuso el Atlántico y llegó a la América, vale decir, al Nuevo Reino de Granada, buscaba otra cosa, una herencia que ni siquiera era de él sino de su esposa María de Oruña con la que tenía siete hijos.
Entonces, Berrío veía en la herencia dejada por el tío de su esposa la bendición de reposo deseado para su avanzada edad. Contaba 54 años, pues había nacido en 1527 y salido de España en 1581, pero ¡mala fortuna! La manda testamentaria lo obligaba a continuar la jornada de El Dorado que el testador, Gonzalo Jiménez de Quesada, había dejado inconclusa con un gasto de 50 mil pesos de oro.
De tal manera que el exgobernador de Alpujarras, quien había salido de su natal Segovia a heredar indios y hacienda, nada pudo disfrutar a pesar de que sólo la finca pasaba de 14 mil ducados de renta, suficiente para quien desde los 14 años venía trabajando, sirviendo ardorosamente al rey, en tiempos de paz y de guerra, ya en la misma Iberia como en Italia, África y Flandes.
Descansar y disfrutar la herencia era su deseo, el de su esposa María de Oruña Jiménez de Quesada y el de sus hijos Antonia María, Elvira, Josefa, Jerónima, José, Francisco, y Fernando. Pero al llegar al Nuevo Reino se enteró de lo que entonces no parecía leyenda, sino toda una realidad que lo animaba a la aventura.
De suerte que no encontró más alternativa que prescindir de su deseo de tranquilidad y darse de nuevo a la fatiga de la guerra, no contra los consabidos enemigos de España sino contra los indígenas y la naturaleza virgen resistida a ser violada. Reclutó gente, mucha gente atraída por la añagaza del dorado, se aprovisionó de caballos, vacas, municiones, y con este aparataje que le costó mucho oro de la herencia, partió del Nuevo Reino. Atravesó ríos y montañas, 300 leguas de llanos, picas, senderos y caminos hasta que, navegado el Meta y cruzado el Orinoco de orilla a orilla, topó con una impresionante serranía que estuvo faldeando ante la posibilidad de una brecha favorable, pero todo era espeso e inaccesible hacia la ciudad dorada que según le decían los indígenas apresados durante las inevitables guasábaras, estaba más allá de sierra y montaña.
Diecisiete meses consumió Berrío en aquella jornada al cabo de los cuales, viendo su gente enferma y mermados sus recursos, decidió regresar al Reino de Granada, a pertrecharse y levantar gente para continuar empecinadamente la jornada.
Del Meta a Trinidad
Y salió Berrío por segunda vez y fue más abajo que la primera, donde halló mejores noticias sobre el Dorado. Intentó muchas veces atravesar la serranía faldeándola más de doscientas leguas y en toda esa longitud no fue posible atravesarla. Más tarde tuvo noticias de que Orinoco abajo la dicha serranía se descabezaba; de manera que dispuso fabricar embarcaciones apropiadas para descender el río y estando en esa labor se le amotinó un Capitán de nombre Gonzalo de Piña, huyendo con la mayor parte de la gente. Salió en su persecución y llegó hasta el Reino de Granada sin poder darle alcance.
Cuando llegó a Granada después de veintiocho meses de haber comenzado la segunda jornada, halló nuevas Cédulas de su Majestad que lo animaron a salir por tercera vez, pero con mayores y mejores recursos.
Salió esta vez llevando a su hijo Fernando, de 13 años. De lugarteniente siempre el portugués Álvaro Jorge y el consolador de almas, Fray Domingo de Santa Águeda. Salió provisto de 200 caballos, 22 piraguas y otras tantas balsas cargadas de vituallas, pertrechos y municiones. Con este ingente recurso expedicionario Berrío llegó al Orinoco por la parte llamada Barraguán e intentó de nuevo atravesar la serranía y en ese afán le transcurrió un tiempo de dieciocho meses sin resultado alguno, visto lo cual decidió navegar el gran río a favor de la corriente. Ya en este tiempo se habían perdido muchas piraguas, también caballos, y huido 34 españoles. Un número similar había muerto por calenturas y otros males.
Su decisión a última hora de ir Orinoco abajo obedecía a la especie indígena según la cual en esa dirección toparía con grandes poblaciones y otro gran río, el Caroní, imposible de navegar por tener un salto torrentoso, pero por donde un poco más arriba, en tierras del cacique Morequito, se descabezaba la serranía y luego sucesivamente aparecían muchas provincias, entre ellas, Manoa y El Dorado. Pues bien, convencido de ello, fabricó nuevas embarcaciones y mató para sustento de la gente los caballos que le quedaban.
El mismo día que empezó a navegar divisó caribes a bordo de dos piraguas provenientes de Barima que andaban de caza, a los cuales se acercó y por dádivas le sirvieron de guía hasta los asientos del Caroní. Allí les dio cartas para el Gobierno de la isla de Margarita en las que le pedía que lo mandara a socorrer. Pero como transcurrían cinco meses y el auxilio no llegaba, Berrío, antes de que se le agotaran las municiones y se agravaran los 35 soldados que le quedaban, pues se hallaban casi todos débiles y enfermos, decidió bajar el Orinoco hasta Trinidad, que tanto le importaba ver y reconocer. Entró en ella el primero de septiembre de 1591 y permaneció allí durante veinte días. Halló que la tierra era buena, habitada por naturales muy domésticos, y apreció claramente que si no se poblaba de españoles aquella isla sería imposible penetrar la Guayana. Y habiendo visto y entendido lo dicho siguió navegando hasta Margarita y cuando llegó a la isla se enteró de que un Capitán Fajardo, con 35 soldados, despachado en su auxilio por el gobernador, hacía siete días que había salido en su busca y llegado hasta las propias tierras de Morequito, donde le atendieron holgadamente, pero en pago por el hospedaje, el muy ingrato robó las casas y hurtó trescientas indígenas que entonces se vendían como los negros.
Berrío se quejó y Fajardo apenas estuvo preso dos días. El Gobernador de Margarita, Juan Sarmiento de Villandrando, terminó no congeniando con Berrío, por lo que éste pidió ayuda a Diego de Osorio, Gobernador de Venezuela, a través de Domingo de Vera e Ibargoyen, diligente personaje que había conocido en la isla y a quien nombró su Maestro de Campo. Por otro lado, envió a Cartagena a su hijo Fernando en solicitud de nuevos recursos para poder continuar la dura y costosa empresa doradista.
Osorio le envió treinta soldados españoles con los cuales completó ochenta, sumados los que le quedaban de la expedición más otros reclutados en la propia isla. Con ellos se propuso iniciar el poblamiento de Guayana comenzando por Trinidad, de la cual tomó posesión en 1592 y a través de su lugarteniente, Domingo de Vera e Ibargoyen fundó en la parte norte a San José de Oruña. El 2 de enero de 1593, Berrío vino a reconocer la flamante ciudad iniciada con la construcción de varias viviendas y un hospicio. A partir de ese momento comenzó a ejercer su gobierno y dispuso los preparativos para la toma y formulación de la Provincia de Guayana. Estando en tales preparativos se presentó Francisco de Vides, Gobernador de Nueva Andalucía, esgrimiendo alegatos hostiles sobre derechos de posesión y administración de la isla, no obstante, los papeles reales exhibidos por don Antonio, debidamente refrendados por la Audiencia de Santa Fe de Bogotá, los cuales lo acreditaban por un tiempo de dos vidas como Gobernador y Capitán General de las inmensas tierras de Guayana y El Dorado en las cuales quedaba comprendida Trinidad. Su homólogo el titular de Nueva Andalucía se negaba a reconocerlo porque en los papeles de él igualmente figuraba Trinidad. Tampoco quería reconocer sus expediciones y exploraciones de once años a un costo alto de vidas, y dinero estimado en 100 mil pesos de oro. De todas maneras, se dejó al arbitrio del Rey la dilucidación del problema.
Posesión de Guayana
El 5 de marzo, don Antonio de Berrío, comisionó a Domingo de Vera con 35 de sus soldados para explorar y tomar la Provincia de Guayana en compañía del cacique Morequito, quien permanecía con él desde hacía un año, prácticamente secuestrado por razones relacionadas con sus planes. Vera comenzó por hacer contacto con el cacique Caravana en cuyos predios anteriormente había permanecido Berrío dos meses y de allí prosiguió a las tierras de Morequito donde tendría lugar la ceremonia para la toma formal de la Provincia.
El 23 de abril de 1593, Domingo de Vera ubicó el sitio en el Orinoco, al oriente de la desembocadura del Caroní, tierras del Cacique Morequito, y procedió a la ceremonia junto con todos sus soldados y capitanes, el Registrador Rodrigo Carranza y el Padre Francisco Carrillo. Levantaron una cruz despejada hacia el Oriente, se arrodillaron ante ella en actitud de reverencia, bebieron el agua de la tierra y luego el suelo inculto sintió el filo de la espada. Hecho esto, el Maestro de Campo pronunció las palabras de rigor proclamando la soberanía del Rey don Felipe sobre la tierra de los guayanos.
Aunque Guayana se había declarado Provincia el 20 de mayo de 1530 a raíz de la designación de don Diego de Ordaz como su Gobernador y Capitán General, fue don Antonio de Berrío, con los mismos títulos, quien realmente la exploró y tomó posesión de ella el 23 de abril de 1593. Para entonces sólo existían como tales las Provincias de Trinidad (1516), Margarita (1525), Venezuela (1528), Nueva Andalucía (1568) y La Grita (1575). Las de Mérida (1608), Maracaibo (1676) y Barinas (1786) fueron posteriores.´
Las Provincias tenían gobierno propio, pero dependientes jurídicamente de la Real Audiencia. La provincia de Margarita, Nueva Andalucía y Venezuela dependían de la Real Audiencia y Santo Domingo, mientras que Trinidad, Guayana, La Grita, Mérida y Maracaibo, de la Real Audiencia de Santa Fe de Bogotá. En 1786, al crearse la Real Audiencia de Caracas, las provincias existentes en lo que es hoy Venezuela, quedaron sometidas a esa jurisdicción que dio lugar a la República actual a partir de 1811.
Acta de posesión
En el río Pauto que por otro nombre se llama Orinoco, en el Puerto del Principal Quaremero, a veinte y tres de abril de mil quinientos y noventa y tres años, Domingo de Vera Ibargoyen, maestre de Campo y General por Antonio de Berrío, Gobernador y Capitán General por nuestro Señor el Rey entre los ríos de Pauto y Papamene, alias el Orinoco y Marañón, y de la Isla de Trinidad, ante mí, Rodrigo de Carranca, Registrador en el mar, mandó a todos los soldados reunirse y ponerse en orden de batalla.
Capitanes y soldados y estando el Maestro de Campo en medio de ellos, les dijo: “Señores, Soldados y Capitanes”. Ustedes saben hace largo tiempo que nuestro General Antonio de Berrío en un viaje de once años, y un gasto de más de cien mil pesos de oro, descubrió las nobles provincias de Guayana y Dorado; de las cuales tomó posesión para gobernarlas; más por falta de salud de su gente y de las municiones necesarias, pasó a la isla de Margarita y desde allí pobló la Trinidad. Más ahora me han enviado a mí a buscar y descubrir los medios más fáciles de entrar y poblar dichas provincias y por donde puedan mejor entrar en ellas los campos y Ejércitos. En esta virtud yo entiendo hacerlo en nombre de su Majestad y de dicho Gobernador Antonio Berrío, y en señal de eso requiero a U. Fran Carillo a que me ayude a levantar esta cruz que yace aquí en el suelo, que ellos pusieron en pie de vuelta hacia el oriente y los dichos Maestros de Campos, Capitanes y Soldados se arrodillaron e hicieron la debida reverencia a dicha cruz; y luego el Maestre de Campo tomó una vasija de agua y bebió, y tomo más y la arrojó sobre el suelo; también desenvainó su espada y cortó la hierba del suelo y las ramas de los árboles diciendo: “Tomo esta posesión en nombre del Rey Don Felipe nuestro amo, y de su gobernador Antho de Berrio; y porque algunos ponen en duda esta posesión, le respondo que en estas nuestras acciones estuvo presente el Cacique o principal Don Anto, por otro nombre Morequito, cuya era la tierra que consintió en ceder para esta posesión, de la cual se alegró, y prestó obediencia a nuestro señor Rey, y en su nombre al dicho Gobernador Antho de Berrio. Y dicho Maestre de Campo se arrodilló estando en libertad, y todos los capitanes y soldados dijeron que la posesión estaba bien tomada, y que la defenderían con su vida, contra quien quiera que dijese lo contrario. Y dicho Maestre de Campo, teniendo en la mano la espada desnuda, me dijo: registrador que estás aquí presente, dame instrumento o testimonio que me confirme en esta posesión que he tomado de esta tierra, por el gobernador Antho de Berrio y si es necesario, la tomaré de nuevo. Y os requiero a cuantos estáis presentes a que lo atestigüéis, y declaro además que seguiré tomando posesión de todas estas tierras donde entraré. Así lo firmo. Domingo de Vera».
»Ante mí, Rodrigo de Caranca, Registrador del Ejército.
Sir Walter Raleigh
Soldado, navegante, pirata, explorador, poeta, escritor y cortesano, Sir Walter Raleigh vivió obsesionado por el vasto, hermoso y rico imperio de Guayana que al final lo condujo al cadalso por voluntad expresa de Jacobo Primero, Rey de Inglaterra y esposo de la Reina Virgen que en vida lo consintió y lo colmó de privilegios.
Nació en 1552, en Hayes, estancia de su familia en Devonshire, donde recibió excelente educación. Ingresó a uno de los Colegios de la Universidad de Oxford e interrumpió sus estudios para alistarse en Francia al lado de los hugonotes seguidores de Calvino que eran perseguidos a sangre y fuego por los católicos. La Reina Isabel I, cabeza suprema de la Iglesia anglicana de Inglaterra, favorecía a todos aquellos que como Raleigh se alistaban contra el catolicismo y contra el imperio español de Felipe II, de manera que de vuelta a su patria y antes de los 30 años ya era Capitán del ejército y como tal ingresó a la Corte de la reina Isabel, quien desde el primer momento se sintió atraído por la galantería, el vigor, talento y espíritu de aventurera del joven oficial.
Raleigh a esa edad ya tenía una sólida experiencia como soldado en varios países europeos y como marino ambicioso al lado de su hermanastro Humphry Gilbert, con quien protagonizó increíbles aventuras explorando Terranova y otras regiones norte del Nuevo Continente. La Reina Virgen como era llamada Isabel por su eterno celibato, practicaba una política internacional que consistía en arrebatarle a España su hegemonía sobre Europa y el mundo colonial. Raleigh con premeditada inteligencia ligó su ambición y espíritu de aventura a esos planes de soberbia prepotencia logrando obtener de la Reina cuantiosos favores traducidos en feudos, privilegios comerciales y derechos de colonización que lo llevaron en 1585 a organizar una expedición con numerosos colonos para fijar la primera base de la colonización inglesa en el Nuevo Mundo. Surgió así Virginia, la actual Carolina del Norte, capital Raleigh, en honor a la Reina Virgen.
Raleigh participó en la batalla naval que acabó con la poderosa armada invencible de España y a partir de 1586 se transformó al igual que Drake, Essex y Hawkins en un corsario terrible que azotó las Azores y las costas de América. Estando en Inglaterra tuvo acceso a documentos enviados a España e interceptados en alta mar por el inglés Jorge Popham referente aquellos documentos soñó bajo la gracia de la Reina Virgen, con la posibilidad de una expedición al vasto, hermoso y rico imperio de Guayana.
El vasto imperio de Guayana
La obsesión de la Reina Virgen era un imperio colonial superior a la de su vecina España, de ser posible, a costa de los mismos territorios conquistados por la Península y en esa dirección estaban diseñados los proyectos de agresión y piratería que ejecutaban de manera cruel y grotesca sus caballeros, condes y capitanes lanzados a la aventura del mar.
Walter Raleigh era uno de ellos y la documentación interceptada por Jorge Popham le sirvió para llegar en 44 días al pórtico del vasto, hermoso y rico imperio de Guayana.
Zarpó en febrero 6 (1595) de Plymouth y el 22 de mayo San José de Oruña con su Gobernador Antonio de Berrío, soldados y habitantes quedó bajo su poder, Berrío a cambio de respeto para su vida lo proveyó de todo cuanto Raleigh inquirió sobre aquellas nuevas e inmensas tierras que se extendían como un paraíso ante sus ojos y siguió la recomendación de penetrarlas utilizando las lanchas de sus cuatro navíos.
En carta del Gobernador de Santo Domingo al Rey español Felipe II se informa que Raleigh remontó el Orinoco hasta las Bocas del Caroní y luego exploró este último río hasta los saltos y raudales donde se hallaba asentada la comunidad del cacique Morequito, con la que pudo entenderse e intercambiar cosas.
Raleigh, después de varios días en tierras de Morequito indagando a través de intérpretes sobre la grandeza, posibilidad y riquezas de la comarca, decidió retornar a Trinidad donde estaban anclados sus navíos, pero no sin antes convenir que allí quedaron dos de sus hombres mientras él se llevaba dos uayanos al objeto de que cuando volviese las cosas se le facilitaran.
Ya de vuelta, en Trinidad decidió borrar todo vestigio adverso a la pretensión imperial inglesa, de manera que San José de Oruña se transformó en ceniza y sus habitantes decapitados se sepultaron bajo las ruinas. Raleigh levó anclas y luego trató inútilmente hacer lo mismo con Cumaná, donde una resistencia feroz lo obligó a cesar la hostilidad y entregar al prisionero Antonio de Berrío a cambio de marinos suyos capturados en medio de fragor.
Incursionó con mala fortuna hasta Río Hacha en Colombia y poco después de regresar a su patria se encarceló en la famosa prisión normanda la Torre de Londres, acusado de conspirar contra su Majestad el Rey Jacobo, sucesor de Isabel, quien había sido su protectora.
Allí encerrado durante trece años escribió un fabuloso libro tratando de justificar ante detractores y fiadores de su empresa expedicionaria, que había descubierto un mundo sobre el cual debía insistirse en plan de conquista, un mundo extraordinario, rico, con montañas de cristal y palacios de oro, donde había mujeres amazonas sin marido, increíbles seres con el rostro en el pecho y ríos cuyas aguas ingeridas en determinadas horas podían producir la muerte o la eterna vida. Aquel mundo de las mujeres cabalgando, de ríos misteriosos y de Ewaipanomas no era otro que el vasto, hermoso y rico imperio de Guayana.
La Montaña de cristal
Walter Raleigh habrá de volver atraído por el señuelo alucinante del Cacique Dorado, dueño y señor de la Manoa que seguramente estaba entre aquellos tepúyeses que enervaban su mente, él creía que los tepuyes o mesetas eran señales que conducían hacia la fabulosa ciudad. Estaba increíblemente sugestionado por lo que le había contado don Antonio de Berrío mientras fue su prisionero. Tanto que durante la primera expedición se aventuró a ver si podía escalar la montaña, pero le fue imposible, surgieron innumerables inconvenientes y no le quedó más remedio que contemplarla de lejos:
“…he sido informado acerca de la existencia de la montaña de Cristal a la cual, debido a la distancia y a la estación del año, no pude llegar, pero la vimos desde lejos y daba la impresión de que era la torre de una iglesia de gran altura. Desde arriba, cae un gran río que no toca el costado de la montaña en su caída, porque sale al aire y llega al suelo con el ruido y clamor que producirían mil campanas gigantes golpeándose unas contra otras. Yo creo que no existe en el mundo una cascada tan grande ni tan maravillosa. Berrío me dijo que en su cumbre hay diamantes y piedras preciosas que se ven brillar a la distancia. Pero lo que ella contiene, yo no lo sé, ni él, ya que ninguno de sus hombres ha logrado ascender por el costado por la hostilidad de los habitantes del lugar y las dificultades que hay en el camino”.
Esa Montaña de Cristal, posiblemente Roraima, hará que Raleigh regrese comandando una segunda expedición, pero ella lo conducirá, no a la fabulosa Manoa, sino tanto a él como a su hijo a una muerte trágica segura. Mientras tanto, son muchos los acontecimientos ocurridos en Guayana, entre ellos, la existencia de una ciudad que anteriormente no existía y que lo atajó con sangre y fuego en el camino.
Santo Tomás de Guayana
El 21 de diciembre de 1595, día consagrado a Santo Tomás, el apóstol de “ver para creer”, don Antonio de Berrío (nacido en Segovia en 1527) fundó la capital de Guayana, provincia que había sido tomada con toda la ceremonia tradicional de la época, el 23 de abril de 1593 por su lugarteniente Domingo de Vera e Ibargoyen.
Con el nombre onomástico de Santo Tomás de la Guayana, la fundó ocho kilómetros al oriente de la desembocadura del río Caroní, con diez margariteños que lo acompañaban y 30 cartagineses enviados bajo la ilusión del dorado por su hijo Fernando, quien, desde la isla de Margarita, gobernada por Pedro Salazar, había viajado a Nueva Granada con ese fin.
Berrío, antes de buscar y encontrar el sitio convenientemente estratégico para fundar la capital de la provincia, había permanecido con los hombres que le facilitó el gobernador de Margarita, en las tierras de Morequito, a quien había hecho ejecutar con el Maestre Domingo de Vera al darse cuenta de que el cacique astuto le estaba jugando dos cartas.
Berrío sabía que con sólo 30 hombres aquella ciudad no sobreviviría y por ello con antelación tomó la previsión de traer de España unas cuantas familias cuyos miembros no pasaran de 300, misión ésta encomendada a su lugarteniente Domingo de Vera e Ibargoyen, pero de Vera hizo tan bien su trabajo en la península ibérica que en vez de 300 trajo 2.000 personas, expedición que ha pasado a ser la más numerosa y tan exagerada como inconveniente dado que no había viviendas ni alimentos, por lo menos para los primeros meses de asentamientos a partir de 1596 cuando los barcos con su aventurado contingente humano fondearon en la Isla de Trinidad.
Para salir del congestionamiento ocioso, el gobernador Antonio de Berrío organizó una expedición de 300 hombres en busca de El Dorado, pero ésta no fue más allá del Cerro El Totumo (Upata), donde los doradistas fueron masacrados por las invadidas como adheridas tribus del lugar. Solamente 30 sobrevivieron a la gran matanza, encomendados muy devotamente a la virgen romana Nuestra Señora de las Nieves, pero enfermos, haraposos, hambrientos y con el alma contra el suelo. El Gobernador Berrío desolado y todo consternado decayó por aquellos días aciagos y pronto habría de llegarle la muerte. Falleció en 1597 y dejó la provincia en manos de su hijo Fernando, menor de edad, a quien le tocó inaugurar el Siglo XVII.
Guayana, aunque había sido declarada Provincia el 20 de mayo de 1530, a raíz de la designación de don Diego de Ordaz como su Gobernador y Capitán General, fue don Antonio de Berrío, quien realmente la diseñó como tal en el curso de las expediciones iniciadas por Gonzalo Jiménez de Quesada y que él hubo de continuar hasta la fundación de Santo Tomás de la Guayana.
Para 1595 cuando se fundó Santo Tomás o Santo Tomé de Guayana, sólo existían las Provincias de Trinidad (1516), Margarita (1525), Venezuela (1528), Nueva Andalucía (1568) y La Grita (1575). Mérida (1608), Maracaibo (1676) y Barinas (1786) fueron posteriores.
Las provincias tenían gobierno propio, pero dependían jurídicamente de la Real Audiencia. Las Provincias de Margarita, Nueva Andalucía y Venezuela, estuvieron dependiendo de la Real Audiencia de Santo Domingo, mientras que Trinidad, Guayana, la Grita, Mérida y Maracaibo, de la Real Audiencia de Santa Fe de Bogotá. En 1786 al crearse la Real Audiencia de Caracas, las seis provincias existentes para entonces quedaron sometidas a esa jurisdicción que dio lugar a la República actual a partir de 1811.









Comentarios
La Guayana Venezolana siglo XVI — No hay comentarios
HTML tags allowed in your comment: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>