Doña Bárbara: 3.V. La hora del hombre. Rómulo Gallegos
Momentos después Santos Luzardo irrumpía en la casa de Macanillal, revólver en mano.
Estaba la casa en el mismo sitio donde mandara a reponerla doña Bárbara, pero no donde en estricta justicia debería estar, pues también había sido arbitraria la decisión del juez al establecer aquel lindero.
Hallábanse los dos Mondragones, supervivientes de aquella temible trinidad de hermanos, entretenidos en apacible plática, meciéndose en sus chinchorros, cuando Santos, sin darles tiempo a que se armasen, les intimó la rendición. Cruzaron entre sí una mirada de inteligencia, y el apodado Tigre dijo con alevosa mansedumbre:
–Está bien, doctor Luzardo. Ya estamos rendidos. ¿Qué hacemos ahora?
–Pegarle fuego a la casa –y arrojándole a los pies una caja de fósforos–. ¡Vamos!
La orden era imperiosa, y a los Mondragones no se les escapó pensar que quien se la daba era un Luzardo, hombres que nunca habían esgrimido un arma para amenazas que no se cumplieran.
–¡Caramba, doctor! –exclamó el León–. Esta casa no es de nosotros, y si le pegamos fuego, nos la va a cobrar doña Bárbara con daños y perjuicios.
–Eso corre de mi cuenta –respondió Santos–. Procedan sin chistar.
En esto, el Tigre había logrado escurrirse hacia el sitio donde estaba un rifle, y ya se abalanzaba a cogerlo, cuando un disparo certero de Luzardo, alcanzándolo en un muslo, lo derribó por tierra, profiriendo una maldición.
Con un arrebato impetuoso, el hermano intentó abalanzarse sobre Luzardo, pero lo contuvo el revólver que lo apuntaba al pecho, en la diestra cuya eficiencia ya habían experimentado, y volviéndose al hermano, lívido de ira impotente, díjole:
–Ya se nos presentará la oportunidad de cobrarnos ésta, hermano. Levántese del suelo y ayúdeme a pegarle fuego a la casa.
Cada hombre tiene su hora, y el doctor Luzardo está desgastando la suya. Luego vendrá la de nosotros. Tome la mitad de estos fósforos, y usted por esa punta y yo por esta, hagamos lo que nos mandan. Que bien merecido lo tenemos por habernos dejado coger desprevenidos.
Aplicado el fuego a las barbas de la techumbre pajiza, el viento de la sabana lo convirtió pronto en una llamarada rabiosa que destruyó en instantes aquella casa, que no era sino un techo sobre cuatro horcones.
–Bueno –volvió a hablar el León–. Ya la casa está ardiendo como usted quería. Ahora, ¿qué más se le ocurre?
–Ahora se echa usted encima a su hermano y marcha por delante de mí. Lo demás se lo diré en Altamira.
Volvieron a mirarse los Mondragones, y como a ninguno de los dos le parecía que el otro estuviese dispuesto a jugarse la vida con una temeraria resistencia, pues además de que Luzardo les llevaba las ventajas de estar a caballo y armado, tenía pintado en el rostro el aire de las resoluciones extremas, el herido dijo:
–No hay necesidad de que me cargue, hermano. Yo voy a pie, así me sangro por el camino.
Oriundos de los llanos barineses, en donde habían cometido crímenes que la fuga al Arauca y el amparo que les brindó doña Bárbara dejaron impunes, ahora iban a purgarlos, pues Santos se proponía remitírselos a las autoridades de aquella región, y así se lo manifestó cuando llegaron a Altamira.
–Usted sabrá lo que hace –repuso el León–. Ya le digo, está en su hora.
Y como Santos, sin hacer caso de la altanería de tales palabras, le ordenase a Antonio que curara al herido, éste replicó:
–No se moleste, doctor. La sangre que he botado no era sino la que me sobraba. Ahora es que estoy en mi peso.
A lo cual intervino Pajarote.
–Pues así no habrá que arrearlo mucho por el camino.
Y, bravuconada por bravuconada, dirigiéndose a Luzardo:
–Déjeme a mí esa comisioncita, doctor. Yo le respondo de estos hombres. Dos piazos de sogas para amarrarlos codo con codo es lo que necesito. Lo demás lo pongo yo. Y, ¡ah, malhaya!, esté el hombre tan livianito como dice, para ver si se le ocurre correr.
Supongo que usted los va a mandar con un papel, y si es así, vaya escribiéndolo de una vez, porque es ya que los voy a estar arreando por delante. No es bueno dejarlo para mañana. Aunque no creo que se atrevan los otros fustaneros a venir esta noche por estos dos. ¡Ni malo que sería! Si yo pudiera partirme en dos piazos, con la mitad me llevaba por delante a estos faramalleros y con la otra esperaba aquí a los que vinieran por ellos de El Miedo. Pero aquí no hago falta, porque ya usted ha demostrado que con un altamireño basta y sobra para arrear por delante a dos miedosos, y a ese tono van a cantar todos los del lado de acá.
Hacía rato que había entrado en la casa y todavía no se había dado cuenta de que Marisela y su padre no estaban allí.
–Se fueron en cuanto usted partió para el pueblo –explicó Antonio–. La idea fue de Marisela, y perdí mi tiempo yendo a buscarla.
Por nada quiso venirse.
–Es lo mejor que ha podido ocurrírsele –dijo Santos–. Ahora estamos en otro camino.
Y en seguida ordenó proceder, al día siguiente, a levantar la palizada de Corozalito, que míster Danger venía aplazando, valido del ardid que le aconsejara Ño Pernalete.
–¿A pesar de aquel documento que le mostró míster Danger? –inquirió Antonio, al cabo de una corta pausa.
–A pesar de todo, y contra todo lo que se oponga. Al atropello, con el atropello. Esa es la ley de esta tierra.
Antonio volvió a quedarse pensativo. Luego dijo:
–No tengo nada que decirle, doctor. Por el camino que usted se eche, ya sabe que detrás voy yo.
Pero se retiró, diciéndose mentalmente:
«No me gusta ver a Santos en ese tono. Ojalá sean aguaceros de verano.»
Aquella noche, mientras los perros raboteaban en torno a la mesa, una mujer que apestaba a pringue de cocina fue quien le sirvió la comida a Santos Luzardo. Apenas probó unos bocados de los feos guisos de Casilda, y como no podía permanecer dentro de aquella casa, donde, a los tristes reflejos de la lámpara, las cosas que antes brillaban limpias tenían ya una pátina de polvo y estaban cubiertas de moscas, se salió al corredor.
La sabana reposaba, fosca, bajo la noche encapotada. Ni el cuatro, ni la copla, ni el paisaje. Los peones, silenciosos, pensaban en el compañero taciturno asesinado en el chaparral de El Totumo; en el hombre «encuevado», con quien, sin embargo, siempre se podía contar, pues a nadie dejaba nunca en un apuro, así arriesgase la vida; en el hombre bueno que tuvo que hacerse justicia por sí mismo y ni aun después de muerto se le hacía.
Piensan también en el amo, despojado de aquel dinero que iba a invertir en la obra en la cual fundaba tantas esperanzas y que ha regresado convertido en otro hombre fiero y sombrío.
Óyese, a distancia, el áspero grito de los alcaravanes que dan las horas, y Venancio rompe el silencio.
–Lejos deben de ir ya Pajarote y María Nieves, con su arrebiato.
Y otro, refiriéndose a las vías de hecho por donde ahora se ha lanzado el amo:
–Así es como hay que hacer las cosas en esta tierra, porque a conforme es el mal, así tiene que ser el remedio. En el Llano, el hombre debe saber hacer todo lo que hace el hombre. Que se deje el doctor, de una vez por todas, de estar pensando en cercas y en cosas que se hacen en otros países de llanos, y haga lo que todo el mundo ha hecho siempre por aquí: cachilapiar, desde mamantón para arriba, todo el ganado sin hierro que le pise su posesión.
–Y meterse en las ajenas –agrega un tercero– y arrear de allá para acá cuanto bicho de casco y pezuña se encuentre por delante.
Asina están haciendo con lo de él, y lo que es igual no es trampa.
–Pues yo no soy del parecer de ustedes –interviene Antonio Sandoval–. Yo estoy por lo que me hizo comprender el doctor. La cerca en todas partes, y cada cual criando lo suyo dentro de lo suyo.
Como oyese estas palabras, Santos experimentó una impresión semejante a la que acababan de producirle los melancólicos reflejos de la lámpara sobre las cosas abandonadas por Marisela. Aquella convicción de Antonio era obra de un hombre que ya no existía: aquel que llegó de la ciudad acariciando proyectos civilizadores, respetuoso de los procedimientos legales, aunque éstos sustentasen sanciones como aquellas con las cuales doña Bárbara venía arrebatándole su propiedad; enemigo de las represalias –cuyas insinuaciones rechazaba su conciencia vigilante, con un sagrado horror de la catástrofe espiritual a que pudieran inducirlo, poniendo en libertad al impulsivo que alentaba en él– aun a riesgo de convertirse en víctima de la violencia enseñoreada de aquella tierra.
Este que ahora escuchaba la conversación de sus peones, pensaba y sentía como aquel que acababa de decir: «el hombre debe saber hacer todo lo que hace el hombre».
Ya él había demostrado que sabía hacerlo: la casa de Macanillal ya no existía, y los Mondragones iban a rendir cuenta de sus crímenes ante la justicia, por obra de su mano armada. Al día siguiente le tocaría a míster Danger. Puesto que era la hora del hombre y no todavía la de los principios, ya que para la arbitrariedad y la violencia el desierto no oponía límites a la acción individual, el hombre se impondría. Un golpe aquí, otro allá, en seguida una afirmación de fuerza en cada oportunidad que se le deparara, y el ancho feudo sería suyo para la futura obra civilizadora. Era el comienzo del buen cacicazgo. La hora del hombre bien aprovechada.









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