Doña Bárbara: 2.V. Las mudanzas de doña Bárbara. Rómulo Gallegos
Las singulares transformaciones que desde aquel día comenzaron a operarse en doña Bárbara provocaban entre la peonada de El Miedo comentarios socarrones:
–¡Ah, compañero! ¿Qué le estará pasando a la señora que ya no llega por aquí como antes, cuando se le revolvían las sangres del blanco y de la india, esponjada y gritona como una chenchena? Ni tampoco viene a tocar la bandurria y a contrapuntearse con nosotros, como le gustaba hacerlo cuando estaba de buenas. Ahora se la pasa metida en los corotos, hecha una verdadera señora, y hasta con el mismo don Balbino, si te he visto, no me acuerdo.
–¡Ah, caramba, compañero! ¿No sabe usted que a conforme es el pez, asina tiene que ser el guaral? Éste de ahora no es de los que andan en ribazones y caen de un tarrayazo zumbado de cualquier modo. Hay que trabajarlo fino de guaral, para que muerda la carnada.
Pero pasaban los días, y Luzardo no aparecía por todo aquello.
–¡Ah, compañero! Ya ese pez como que no ajila. Ni el aguaje se le ve por todo esto.
–Ése como que es de los que no se emborrachan ni que les embarbasquen el agua –respondía el interpelado, aludiendo al bebedizo embrujador que doña Bárbara les daba a los hombres que enamoraba, para destruirles la voluntad.
No faltó tampoco la alusión de las misteriosas veladas del cuarto de las brujerías:
–Y eso que «el Socio» no ha tenido descanso en todas estas noches. Hasta tarde lo han entretenido fuera de sus infiernos.
Cualquier noche de éstas lo coge el camino el menudeo de los gallos.
–¿Será que del lado de allá tienen la contra?
–O que del lado de acá se están acabando los poderes, a fuerza de tanto usarlos.
–¡Hum! No te creas –replico Juan Primito–. La señora le dejó allá sus ojos la mañana del rodeo en Mata Oscura, y él, por más que se resista, tiene que venir a traérselos.
Todo esto era lo que se les podía ocurrir a los peones de la mujerona, sin mengua del respeto que les inspiraba y de la lealtad con que le servían, para explicarse las mudanzas operadas en ella.
Ella misma tampoco podría explicárselas, pues todo venía siendo obra de unos sentimientos nuevos en su vida, sobre los cuales aún no tenía dominio.
Por primera vez se había sentido mujer en presencia de un hombre. Había ido al rodeo de Mata Oscura dispuesta a envolver a
Santos Luzardo en la malla fatal de sus seducciones a fin de que se repitiese en él la historia de Lorenzo Barquero: mas, aunque creía que sólo la animaban la codicia y el implacable odio al varón, llevaba también, en la vehemencia del alma atormentada por ese sentimiento y en los apetitos de su naturaleza, hecha para el amor, el ansia insaciada de una verdadera pasión. Hasta allí todos sus amantes, victimas de su codicia o instrumentos de su crueldad, habían sido suyos como las bestias que llevaban la marca de su hierro; pero al verse desairada una y otra vez por aquel hombre que ni la temía ni la deseaba, sintió –como la misma fuerza avasalladora de los ímpetus que siempre la habían lanzado al aniquilamiento del varón aborrecido– que quería pertenecerle, aunque tuviera que ser como le pertenecían a él las reses que llevaban grabado a fuego en los costillares el hierro altamireño.
Al principio fue una tumultuosa necesidad de agitación, mas no de aquélla, atormentada y sombría, que antes la impulsaba a ejercitar sus instintos rapaces, sino un ansia ardiente de gozar de sí misma con aquella región desconocida de su alma, que, inesperadamente, la había mostrado su faz. Los días enteros se los pasaba correteando por las sabanas, sin objeto ni rumbo, sólo por gastar el exceso de energías que desarrollaba su sensualidad enardecida por el deseo de amor verdadero en la crisis de los cuarenta, ebria de sol, viento libre y espacio abierto.
Al mismo tiempo, sin ser todavía, ni con mucho, la bondad, la alegría la impulsaba a actos generosos. Una vez repartió entre sus peones dinero a puñados, para que lo gastaran en divertirse. Ellos se quedaron viendo las monedas que llenaban sus manos, les clavaron el colmillo, las hicieron sonar contra una piedra y todavía no se convencieron de que fuese plata de ley. Con lo avara que era doña Bárbara, ¿quién iba a creer en su largueza?
Preparó un verdadero festín para agasajar a Santos Luzardo cuando éste concurriere al turno de vaquería en El Miedo. Quería abrumarlo a obsequios, echar la casa por la ventana, para que él y sus vaqueros saliesen de allí contentos y se acabara de una vez aquella enemistad que separaba a dueños y peones de los dos hatos.
La trastornaba la idea de llegar a ser amada por aquel hombre, que no tenía nada de común con los que había conocido: ni la sensualidad repugnante que desde el primer momento vio en las miradas de Lorenzo Barquero, ni la masculinidad brutal de los otros, y al hacer esta comparación, se avergonzaba de haberse brutalizado a sí misma en brazos de amantes torpes y groseros, cuando en el mundo había otros como aquél, que no podían ser perturbados con la primera sonrisa que se les dirigiera.
Por un momento se le ocurrió valerse de sus «poderes» de hechicería, conjurar los espíritus maléficos, obedientes a la voluntad del dañero, pedirle al «Socio» que le trajera al hombre esquivo; pero inmediatamente rechazó la idea con una repugnancia inexplicable. La mujer que había aparecido en ella la mañana de Mata Oscura quería obtenerlo todo por artes de mujer.
Pero como Santos Luzardo no aparecía por allá, ella andaba cavilosa, aunque siempre adornada y compuesta, paseándose por los corredores de la casa, con la vista fija en el suelo y los brazos cruzados sobre el pecho, o se le iban las horas junto al palenque, la mirada en el horizonte hacia los lados de Altamira, o se salía a vagar por la sabana. Pero ya el caballo no regresaba como antes, cubierto de espuma y ensangrentados los ijares. Todo había sido un asosegado errar pensativa.
A veces, no era la sabana el objeto de sus miradas, ni Altamira el de sus imaginaciones, sino aquel río y aquella piragua donde las palabras de Asdrúbal la hicieron sentir el primer estremecimiento de esta ansia de bien, que ahora quería adueñársele del corazón, hastiado de violencias.
Por fin, una mañana, vio a Santos Luzardo dirigirse hacia allá.
–Así tenía que suceder –se dijo.
Y al formular esta frase –tal como la pronunció, saturada de los sentimientos de la mujerona supersticiosa que se creía asistida de poderes sobrenaturales–, la verdad íntima y profunda de su ser se sobrepuso al ansia naciente de renovación.
Santos se apeó del caballo bajo el cañafístolo plantado frente a la casa y avanzó hacia el corredor, sombrero en mano.
Una mirada debió bastarle a doña Bárbara para comprender que no eran de fundarse muchas esperanzas en aquella visita, pues la actitud de Luzardo sólo revelaba dominio de sí mismo; pero ella no atendía sino a sus propios sentimientos y lo recibió con agasajos:
–Lo bueno siempre se hace desear. ¡Dichosos los ojos que lo ven, doctor Luzardo! Pase adelante. Tenga la bondad de sentarse.
Por fin me proporciona usted el placer de verlo en mi casa.
–Gracias, señora. Es usted muy amable –repuso Santos con entonación sarcástica, y en seguida, sin darle tiempo para más zalamerías–: Vengo a hacerle una exigencia y una súplica. La primera, relativa a la cerca de que ya le he escrito.
–¿Sigue usted pensando en eso, doctor? Creía que ya se hubiera convencido de que eso no es posible ni conveniente por aquí.
–En cuanto a la posibilidad, depende de los recursos de cada cual. Los míos son por ahora sumamente escasos y por fuerza tendré que esperar algún tiempo para cercar Altamira. En cuanto a la conveniencia, cada cual tiene su criterio. Pero, por el momento, lo que me interesa saber es si está usted dispuesta a costear a medias, como le corresponde, la cerca divisoria de nuestros hatos. Antes de tomar otro camino he querido tratar este asunto…
–¡Acabe de decirlo, hombre! –acudió ella con una sonrisa–: Amistosamente.
Santos hizo un gesto de dignidad ofendida y replicó:
–Con poco dinero que a usted no le falta…
–Eso del dinero que haya de gastar es lo de menos, doctor Luzardo. Ya le habrán dicho que soy inmensamente rica. Aunque también le habrán hablado de mi avaricia, ¿no es verdad? Pero si uno fuera a atenerse a las murmuraciones…
–Señora –repuso Santos, vivamente–. Le suplico que se atenga al asunto que le he expuesto. No me interesa en absoluto ni saber si usted es rica o no, ni averiguar si tiene los defectos que se le atribuyen o carece de ellos. He venido solamente a hacerle una pregunta y espero su respuesta.
–¡Caramba, doctor! ¡Qué hombre tan dominante es usted! –exclamó la mujerona, recuperando su expresión risueña, no por adornarse con zalamerías, sino porque realmente experimentaba placer en hallar autoritario a aquel hombre–. No permite usted que uno se salga del asunto ni por un momento.
Santos, reconociéndole un dominio de la situación que él empezaba a perder, obra de cinismo o de lo que fuere, pero en todo caso manifestación de una naturaleza bien templada, se reprochó la excesiva severidad adoptada y repuso, sonriente:
–No hay tal, señora. Pero le suplico que volvamos a nuestro asunto.
–Pues bien. Me parece buena la idea de la cerca. Así quedaría solucionada, de una vez por todas, esa desagradable cuestión de nuestros linderos, que ha sido siempre tan obscura.
Y subrayó las últimas palabras con una entonación que volvió a poner a prueba el dominio de sí mismo de su interlocutor.
–Exacto –repuso éste–. Estableceríamos una situación de hecho, ya que no de derecho.
–De eso debe de saber más que yo usted, que es abogado.
–Pero poco amigo de litigar, como ya irá comprendiendo.
–Sí. Ya veo que es usted un hombre raro. Le confieso que nunca me había tropezado con uno tan interesante como usted. No se impaciente. No voy a salirme del asunto otra vez. ¡Dios me libre! Pero antes de poderle responder tengo que hacerle una pregunta. ¿Por dónde echaríamos esa cerca? ¿Por la casa de Macanillal?
–¿A qué viene esa pregunta? ¿No sabe usted por dónde he comenzado a plantar los postes? A menos que pretenda que todavía ese lindero no está en su sitio.
–No está, doctor.
Y se quedó mirándolo fijamente a los ojos.
–¿Es decir que usted no quiere situarse en el terreno… amistoso, como usted misma ha dicho hace poco?
Pero ella, dándole a su voz una inflexión acariciadora:
–¿Por qué agrega: como yo he dicho? ¿Por qué no lo dice usted? Amistoso, simplemente.
–Señora –protestó Luzardo–. Bien sabe usted que no podemos ser amigos. Yo podré ser contemporizador hasta el punto de haber venido a tratar con usted; pero no me crea olvidadizo.
La energía reposada con que fueron pronunciadas estas palabras acabó de subyugar a la mujerona. Desapareció de su rostro la sonrisa insinuante, mezcla de cinismo y de sagacidad, y se quedó mirando a quien así era osado a hablarle, con miradas respetuosas y al mismo tiempo apasionadas.
–¿Si yo le dijera, doctor Luzardo, que esa cerca habría que levantarla mucho más allá de Macanillal? En donde era el lindero de Altamira antes de esos litigios que no le dejan a usted considerarme como amiga.
Santos frunció el ceño; pero, una vez más, logró conservar su aplomo.
–O usted se burla de mí, o yo estoy soñando –díjole, pausadamente, pero sin aspereza–. Entiendo que me promete una restitución; mas no veo cómo pueda usted hacerla sin ofender mi susceptibilidad.
–Ni me burlo de usted ni está usted soñando. Lo que sucede es que usted no me conoce bien todavía, doctor Luzardo. Usted sabe lo que le consta, y le cuesta: que yo le he quitado malamente esas tierras de que ahora hablamos; pero óigame una cosa, doctor Luzardo: quien tiene la culpa de eso es usted.
–Estamos de acuerdo. Mas ya eso tiene autoridad de cosa juzgada, y lo mejor es no hablar de ello.
–Todavía no le ha dicho todo lo que tengo que decirle. Hágame el favor de oírme esto: si yo me hubiera encontrado en mi camino con hombres como usted, otra sería mi historia.
Santos Luzardo volvió a experimentar aquel impulso de curiosidad intelectual que en el rodeo de Mata Oscura estuvo a punto de moverlo a sondear el abismo de aquella alma, recia y brava como la llanura donde se agitaba, pero que tal vez tenía, también como la llanura, sus frescos refugios de sombra y sus plácidos remansos, alguna escondida región incontaminada de donde salieran, de improviso, aquellas palabras que eran a la vez una confesión y una protesta.
En efecto, sinceridad y rebeldía de un alma fuerte ante su destino era cuanto habían expresado aquellas palabras de doña Bárbara, pues al pronunciarlas no había en su ánimo intención de engaño, ni tampoco blanduras sentimentales en su corazón.
En aquel momento había desaparecido la mujer enamorada y necesitada de caricias verdaderas; se bastaba a sí misma y se encaraba fieramente con su verdad interior.
Y Santos Luzardo experimentó la emoción de haber oído a un alma en una frase.
Pero ella recobró en seguida su aspecto vulgar para decir:
–Yo le devuelvo esas tierras mediante una venta simulada. Dígame que acepta, y en seguida redactaremos el documento. Es decir, lo redacta usted. Aquí tengo papel sellado y estampillas. La autenticación y registro lo haremos cuando usted disponga.
¿Quiere que busque el papel?
Entretanto, Luzardo había juzgado propicio el momento para abordar el segundo objeto de su visita y repuso:
–Espere un instante. Le agradezco esa buena disposición que me demuestra, porque la ha precedido usted de unas palabras que, sinceramente, me han impresionado; pero ya le había anunciado que eran dos los objetos que perseguía al venir a su casa.
En vez de restituirme esas tierras, que ya las doy por restituidas moralmente, haga otra cosa que yo le agradecería más: devuélvale a su hija las de La Barquereña.
Pero la verdad intima y profunda hizo fracasar el ansia de renovación. Doña Bárbara volvió a arrellanarse en la mecedora de donde ya se levantaba, y con una voz desagradable y a tiempo que se ponía a contemplarse las uñas, dijo:
–¡Hombre! Ahora que la nombra. Me han dicho que Marisela está muy bonita. Que es otra persona desde que vive con usted.
Y el torpe y calumnioso pensamiento que se amparaba bajo el doble sentido de la palabra «vive», pronunciada con una entonación malévola, hizo ponerse de pie a Santos Luzardo con un movimiento maquinal.
–Vive en mi casa, bajo mi protección, que es una cosa muy distinta de lo que usted ha querido decir –rectificó, con voz vibrante de indignación–. Y vive bajo mi protección porque carece de pan, mientras usted es inmensamente rica, como hace poco me ha dicho. Pero yo me he equivocado al venir a pedirle a usted lo que usted no puede dar: sentimientos maternales. Hágase el cargo de que no hemos hablado una palabra, ni de esto ni de nada.
Y se retiró sin despedirse.
Doña Bárbara se precipitó al escritorio, en cuya gaveta guardaba el revólver cuando no lo llevaba encima; pero alguien le contuvo la mano y le dijo:
–No matarás. Ya tú no eres la misma.









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