Doña Bárbara: 3.III. Ño Pernalete y otras calamidades. Rómulo Gallegos
Motivos, que no razones, tenía Mujiquita para querer esconderse bajo el mostrador de su pulpería cuando vio aparecer a Santos Luzardo. Primero, porque aquella amistosa injerencia suya en la querella que contra doña Bárbara llevara aquél por causa de los trabajos pedidos y negados, le había costado que Ño Pernalete le quitara la secretaría de la Jefatura Civil, y luego, porque no se le escapaba lo que ahora pudiera llevar entre manos su antiguo condiscípulo, y ya veía en peligro el sueldito con que por fin había vuelto a favorecerlo Ño Pernalete, después de muchos ruegos suyos y de su mujer, y de muchas promesas de no volver a incurrir en quijotadas.
Pero Santos no le había dado tiempo a ocultarse y tuvo que fingir contento de verlo:
–¡Dichosos los ojos que te ven! ¡Qué caro te vendes, chico! ¿En qué puedo servirte?
–Si no me han informado mal, ya sabrás a lo que vengo. Me han dicho que eres el Juez del Distrito.
–¡Sí, chico! –dijo Mujiquita, al cabo de una pausa–. Ya sé lo que traes entre manos. El asunto de la muerte del peón, ¿no es eso?
–De los peones –rectificó Luzardo–. Porque fueron dos los asesinados.
–¡Asesinados! ¡No me digas, Santos! Mira, vente conmigo al juzgado para que me cuentes cómo fue eso.
–¿Para que te lo cuente yo?
–No. Dispénsame. Para que me des unas luces. Para que me indiques lo que debo hacer.
–Pero, Mujiquita, ¿a estas horas todavía no lo sabes?
–¡Pero, chico!
Y el gesto de Mujiquita, al replicar así, suplicó con una elocuencia aplastante estas palabras inútiles:
–¿No sabes dónde estamos?
Llegaron al juzgado. Mujica abrió de un empellón la puerta, simplemente cerrada, y defendida por su propio desnivel, y entraron en una sala de techumbre pajiza y paredes encaladas, donde había un escritorio, un armario, tres sillas y una clueca echada en un rincón. Para brindarle asiento a Santos, Mujiquita llenó de polvo el recinto al sacudir el que estaba depositado sobre una de las sillas. Se comprendía que allí nadie tenía costumbre de acudir a aquel tribunal.
Santos se sentó rendido, más que de cansancio de desaliento, por la impresión que producían aquel pueblo, aquel juzgado y aquel juez.
Sin embargo, reaccionó, y procurando sacar todo el partido posible de Mujiquita, le explicó cómo venía Carmelito, acompañado de su hermano Rafael, y qué cantidad de plumas llevaba para San Fernando.
Mujiquita se rascó la cabeza, y luego, tomando su sombrero, disponiéndose a salir, dijo:
–Espérame aquí un momento. Déjame ir a contarle eso al general. Él debe de estar en la Jefatura Civil. No te haré aguardar mucho.
–Pero ¿qué tiene que ver el jefe civil en este asunto? –objetó Santos–. ¿No han transcurrido ya los días que la ley establece para que el sumario pase al juez competente?
–¡Ah, caramba, chico! –exclamó Mujiquita, y en seguida–: Mira: el general no es malo; pero, aquí entre nos, en todo quiere llevar la batuta. Tanto en lo civil como en lo judicial, aquí no se hace sino lo que él dispone. Al general se le atravesó entre ceja y ceja que el hombre había muerto de un mal, como dice él. Es decir, de un síncope cardíaco. Y, a propósito, porque todo puede suceder, ¿tú habías observado si el peón era cardíaco?
–¡Qué cardíaco de los demonios! –exclamó Santos, poniéndose de pie violentamente–. Quien va a resultarlo muy pronto, si ya no lo estás, a fuerza de tener miedo, eres tú.
Y Mujiquita, sonriente:
–No te calientes, chico. Ponte en mi caso. Y en el del general, porque en la vida hay que tenerlo todo en cuenta. Días antes se había recibido aquí una circular del presidente del Estado a los jefes civiles de su jurisdicción, dándoles una enjabonada con motivo de varios crímenes que se habían cometido en despoblado, sin que se hubiese podido capturar a los autores, y exhortándolos a cumplir mejor con sus deberes, y el general contestó que eso no era con él, porque en el Distrito de su mando no existía la criminalidad. Yo mismo le redacté el oficio, y quedó tan satisfecho, que lo mandó a publicar en una hoja suelta, que ya habrás visto por ahí. Todo esto lo converso contigo en grado 33, por supuesto. Como comprenderás, en el caso de tu peón, o tus peones, mejor dicho, yo no he dejado de pasearme por la presunción del asesinato; pero en estos momentos acabada de salir la hoja, es impolítico decir que se trata de un crimen, y…
–Y como tú, estás aquí para complacer a Ño Pernalete y no para administrar justicia… –atajó Santos.
Y Mujiquita, encogiéndose de hombros:
–Yo estoy aquí para completarles la arepa a mis hijos, que la pulpería no me la da completa –y tomando la salida–: Aguárdame un momento. Todavía no se ha perdido todo. Déjame ir a torear mi toro.
Minutos después regresaba con cajas destempladas.
–¿No te lo dije? Yo conozco muy bien mi tercio. Al general no le ha gustado que te hayas dirigido a mí y no a él. De modo que te aconsejo que vayas allá y te le metas bajo el ala. Así es como se consiguen las cosas con él.
Pero antes de que Luzardo pudiera protestar contra el consejo, apareció el jefe civil.
Como dijo Mujiquita, no le había agradado que Santos hubiese acudido al juez y no a él, con la agravante de venir a suministrar datos que desvirtuaran la cómoda presunción de muerte natural a que él se había acogido, cosas que, si a nadie solía tolerárselas, quien no podía concebir la autoridad sino a la manera despótica como la entiende el bárbaro, mucho menos se las toleraría a quien ya se había atrevido a invocar contra sus desmanes el imperio de la ley.
Entró en el juzgado con el sombrero puesto y ambas manos ocupadas: en la izquierda, el tabaco, que se le había apagado; en la derecha, la caja de fósforos. Además, portaba bajo el brazo izquierdo aquella espada con vaina de cuero que siempre llevaba consigo sin necesidad ni razón.
No se dignó saludar a Luzardo y se acercó a la mesa, puso sobre ella su machete, y mientras raspaba el fósforo y lo aplicaba al tabaco, dijo:
–Ya le he dicho, Mujiquita, que a mí no me gusta que se me atraviesen en mis asuntos. En ese que trae entre manos el señor, estoy trabajando yo y sé lo que debo hacer.
–Permítame que le observe que este asunto ya es de la jurisdicción del Poder Judicial –manifestó Santos Luzardo, haciendo todo lo contrario de lo que le aconsejara Mujiquita, pues nombrarle a Ño Pernalete jurisdicción que no fuera suya equivalía a declararle la guerra.
–Sin embargo, Santos –intervino el juez, tartamudeando casi–, tú sabes que…
Pero Ño Pernalete no necesitaba ayudas.
–Sí. Algo de eso como que he oído mentar por ahí –replicó socarronamente entre una y otra chupetada al tabaco–. Pero lo que yo he visto siempre es que donde se meten un juez y un abogado, si uno los deja de su cuenta, lo que antes estaba claro se pone turbio, y lo que iba a durar un día no se acaba en un año. Por eso yo, cuando se presenta por aquí un litigio, como dicen ustedes, porque yo los llamo tejemanejes, me informo por la calle quién es el que tiene razón, y me vengo aquí y le digo al señor:
«Bachiller Mujica, quien tiene la razón es fulano. Sentencie ahora mismo en favor suyo.»
Y al decir así, descargó el peso de su dictatorial machete sobre el escritorio del juez, de donde lo había tomado previamente para reproducir con todos sus detalles la escena que refería.
Perdiendo por momentos el dominio de sí mismo, Santos repuso:
–Aunque yo no he venido a litigar, sino a pedir que se cumpla la justicia, me interesaría saber cómo la llama usted cuando de ese modo la trata.
–A eso llamo yo poner los puntos sobre las haches –respondió Ño Pernalete, que en el fondo era un guasón–. ¿Usted no conoce el cuento? Se lo voy a echar, porque es cortito. Era uno de esos hombres a quienes llaman brutos, pero que tenía el tonto muy lejos. No conocía la ortografía y no decía halar, sino jalar, ni hediondo, sino jediondo, y cuando su secretario –porque era jefe el hombre y tenía su secretario– le ponía con hache una de esas palabras que a él no le sonaban sino con jota, le decía: «Está bueno, pero. , ¡póngale un punto a esa hache!»
A lo cual replicó Santos, mientras Mujiquita le reía la ocurrencia al general.
–Si esa es la ortografía que se usa por aquí, he perdido mi tiempo al venir a impetrar justicia. Se enriscó más Ño Pernalete.
–Se le hará –díjole en un tono que más bien parecía de amenazas.
Déspota por naturaleza, pero taimado al mismo tiempo, si Ño Pernalete no aceptaba que se rebatiesen sus opiniones o procedimientos, también era cierto que si encontraba convincentes las razones contrarias, en seguida buscaba la manera de adoptarlas, cuando algún interés tuviera en ello, pero siempre dejando entender que ya se le habían ocurrido, y presentándolas bajo la originalísima forma que tenían las suyas. En el caso en cuestión, y por aquello de la circular del presidente, su interés le aconsejaba desistir de la presunción de muerte natural, que hasta allí había hecho prevalecer, y de aquí que en seguida agregara, pero con el mismo tono insolente:
–No era necesario que usted viniera desde tan lejos para que aquí supiéramos que el hombre venía acompañado. Y esa es la pista que estamos siguiendo.
Pero Santos, comprendiendo que ahora iba a atrincherarse en la presunción de que hubiera sido Rafael el asesino de Carmelito, se apresuró a replicar:
–El compañero era hermano de Carmelito, ambas personas de toda mi confianza, y yo no vacilo en afirmar que también fue asesinado.
–Una cosa es que usted lo diga, y otra que resulte verdad –repuso Ño Pernalete, sintiéndose acorralado en el nuevo desacierto, y después de repetirle al cariacontecido juez: «Ya lo sabe, bachiller Mujica. ¡No me alborote el avispero!», abandonó el juzgado, dejando en pos de sí un silencio que era indignación en Luzardo y miedo en Mujiquita, pero tan absoluto, que permitía percibir los suaves golpecitos con que los pollos que estaba sacando la clueca echada en el rincón comenzaban a romper las cáscaras para lanzarse a disfrutar de aquel mundo de delicias.
Luego Mujiquita, previo un vistazo a la calle para cerciorarse de si Ño Pernalete se había marchado de veras:
–¿Dos arrobas dices tú que eran las plumas que traían los peones? Como unos veinte mil pesos, ¿verdad?… Pero eso no está perdido, Santos. El que tenga en su poder esas plumas tratará de salir de ellas ligero por lo que le den, y por ahí se descubrirá la cosa.
Pero Santos no atendía sino a sus propias reflexiones y las expresó así, poniéndose de pie para retirarse:
–Si en vez de llevarme a Caracas, mi madre me hubiera dejado por aquí, aprendiendo la ortografía del cuento de Ño Pernalete, yo no sería hoy el doctor, sino el coronel Santos Luzardo por lo menos, par de este bárbaro, y él no se habría atrevido a hablarme con la insolencia que lo ha hecho.
–Te voy a decir, chico –insinuó Mujiquita–. El general no es tan…
Pero no se atrevió a continuar, tal fue la mirada que le dirigió Santos Luzardo, y concluyó:
–Bueno, chico. Vamos a pegarnos un palo, que la otra vez ni tiempo tuve de invitarte.
Tal proposición, en aquellos momentos, revelaba un cinismo absoluto, y Santos, después de mirarlo de arriba abajo, dijo:
–También es verdad que no existirían Ño Pernaletes si no existieran…
Iba a decir: Mujiquitas, pero comprendió que aquel infeliz era también una víctima de la barbarie devoradora de hombres, y con la ira ya trocada en compasión le respondió a su invitación de inconsciente:
–No, Mujiquita. Todavía no empezaré a beber aguardiente.
El antiguo condiscípulo se le quedó mirando con aquel mismo aire de incomprensión de cuando él trataba de explicarle las lecciones de Derecho Romano, y luego, sonriendo de una manera incierta:
–¡Ah, Santos Luzardo! Tú no has cambiado en nada, chico. Tengo tantas ganas de echar una conversación larga contigo… Para recordar aquellos tiempos, chico. ¿No te irás todavía, por supuesto? No, chico. No vayas a coger camino ahora. Déjalo para mañana. Descansa ahora un rato y luego voy a buscarte a la posada. No te acompaño hasta allí porque tengo que despachar un asunto urgente.
Y cuando Luzardo cruzó la esquina, cerró el Juzgado y se dirigió a la Jefatura Civil a explorar el ánimo de Ño Pernalete respecto a él.
Lo encontró solo y muy agitado, paseándose de un extremo a otro del despacho y monologando:
–Por algo no me gustó el doctorcito ese desde que lo vi por primera vez. ¡Esos picapleitos! En la cárcel los tendría yo a toditos.
–Mujiquita –díjole al verlo aparecer–. Tráigame acá el sumario de la… berenjena esa del muerto del Totumo.
Mujiquita fue y vino con el legajo. Todavía Ño Pernalete se paseaba.
–Léame eso a ver cómo sucedió. Salte los preámbulos hasta donde dice cómo se encontró el cadáver.
Mujiquita leyó:
«–El cadáver presentaba síntomas de descomposición avanzada.»
–¿Síntomas? –interrumpió Ño Pernalete–. Si estaba podrido de bola… Usted siempre está poniéndole versos a todo para enredarlo más. Bueno. Siga leyendo.
«–Ya no se pudieron apreciar heridas ni contusiones.»
–¡No le digo! –Y Ño Pernalete se quitó y se volvió a poner el sombrero y aceleró sus pasos, dando bufidos–. ¿No se le pudieron apreciar? ¿Y para qué fue usted, entonces, sino para apreciar lo que hubiere? ¿Cómo sale ahora con que no se pudo?
–General –balbuceó Mujiquita–. Acuérdese de que usted me dijo… Pero el jefe no le dejó concluir:
–No me venga ahora con que usted dijo. ¿Qué necesidad tiene usted de que le digan lo que debe hacer en el cumplimiento de su obligación? Para eso se le paga un sueldo. ¿O es que usted pretende que yo le haga el trabajo que le corresponde como juez?
Para que después venga el doctorcito ese a hablarme de jurisdicciones. ¿No leyó usted el oficio que le dirigí en días pasados al presidente del Estado? Muy claras están expuestas en ese oficio las reglas de mi conducta como funcionario, porque en mis escritos yo no ando con zoquetadas de palabras bonitas, pero digo las cosas claras. Y que después de haber recibido ese papel mío vaya a saber el presidente que hemos querido echarle tierra al muerto del Totumo, sin haber averiguado bien si el hombre se murió porque se murió o porque lo asesinaron para robarlo… ¡A ver! Eche acá el sumario ese.
Se lo arrebató de las manos y comenzó a leer, acompañando el trabajo de los ojos con movimientos de deglución, y Mujiquita, que de todo aquello coligió que Ño Pernalete estaba «tendiéndose un puente», se animó a advertirle:
–Fíjese, general, en que ahí no dice que haya sido muerte natural.
Mas, en esto de abandonar una opinión que hubiese sustentado, Ño Pernalete era como las bestias, que luego de derribar al jinete lo cocean en el suelo, y al oír mencionar la explicación que hasta allí había hecho prevalecer, se revolvió contra Mujiquita:
–¿Cómo iba a decirlo? ¿Acaso puede usted asegurar que el hombre no fue asesinado? ¿Ni qué tiene que meterse en esos particulares un juez de instrucción, que no está obligado sino a poner en el sumario lo que vio con sus propios ojos? ¿O es que usted se ha metido a dar opiniones sobre la causa de la muerte?
–En absoluto, general.
–Entonces, pues, ¿a qué viene todo este embrollo? Si usted hizo lo suyo bien hecho, quédese tranquilo. Ya le dije también a su amigo el doctorcito que se fuera tranquilo, porque la justicia se cumpliría. Váyase allá, usted debe de saber dónde se ha alojado, y como cosa suya, repítale eso, que la justicia se cumplirá, porque yo me estoy ocupando del asunto. Así él se irá tranquilo para su casa y no nos jeringará más la paciencia.
–Si usted quiere, general, puedo también preguntarle cuáles son las personas de quien sospecha –propuso Mujiquita.
–¡No, señor! Haga lo que le digo y nada más.
–Como cosa mía, decía yo.
–¿Hasta cuándo será usted pendejo, Mujiquita? ¿No se le ocurre que si nos ponemos a jeringar, nos vamos a encontrar con la mano de doña Bárbara?
–Yo decía por lo de la circular del presidente –balbuceó Mujiquita.
–¿No le digo? A usted lo van a enterrar con urna blanca, Mujiquita, de puro inocente. ¿No sabe usted que a El Miedo no llegan circulares, porque el presidente del Estado es amigo de doña Bárbara? Le debe favores que no se olvidan: un muchacho que le salvó de la muerte con unas hierbas, de las que ella conoce, y otras cosas más, que no son hierbas propiamente. Ande a hacer lo que le mando. Vaya a darle un caldo de substancia a su amigo, para que se largue tranquilo para su casa mientras aquí brujuleamos la cosa.
Y Mujiquita salió de la Jefatura convencido de que, por muchos «tiros» que le hubiera cogido el general para estar bien con Dios y con el diablo, a él lo iban a enterrar con urna blanca.
–¡El pobre Santos Luzardo! De esos veinte mil pesos que iba a coger por sus plumas, como que no va a ver ni un real. ¡Y tener yo que decirle que se vaya tranquilo!
Pero cuando llegó a la posada, ya Santos estaba con el pie en el estribo.
–¿Esa prisa chico? Deja ese viaje para mañana. Tengo muchas cosas que decirte.
–Me las dirás cuando volvamos a vernos –le respondió Santos ya a caballo–. Que será cuando pueda venir con un machete en la mano, y poniéndolo sobre tu escritorio decirte: «Bachiller Mujica, quien tiene la razón es fulano. Sentencie ahora mismo en favor suyo.»
Como si por primera vez oyera cosa semejante, Mujiquita preguntó:
–¿Qué quieres decirme con eso, Santos Luzardo?
–Que el atropello me lanza a la violencia y que acepto el camino. Hasta la vista, Mujiquita. Puede que pronto volvamos a vernos.
Y partió, levantando una polvareda bajo las patas de su caballo.









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