Doña Bárbara: 2.X. La pasión sin nombre. Rómulo Gallegos
–Genoveva. ¡Chica! ¡Lo que se me ha ocurrido!
–¿Qué, mujer de Dios?
–Ven para contarte. Allí, junto al palenque, donde nadie nos oiga. Tócame las manos, óyeme el corazón.
–¡Ah! Ya sé: que te ha dicho por fin..
–No. Ni una palabra. ¡Te lo juro! Fui yo quien me le declaré.
–¡Mujer! ¿Los venados corriendo detrás de los perros?
–Lo hice sin pensarlo, óyeme. Yo estaba muy brava con él porque no me sacaba a bailar.
–Y para darle celos fuiste a convidar a Pajarote. Sí. Todas nos fijamos. Y después el doctor le pidió una palomita a Pajarote y bailó contigo.
–Pero, déjame contártelo. Yo estaba muy brava, como te digo, tan brava que se me salían las lágrimas. De pronto, él se me queda viendo, y yo, para disimular, para que no fuera a creer que estaba resentida, me sonreí. Pero no como quería sonreírme. ¿Comprendes?
–Sí. Ya me figuro cómo te sonreirías.
–Pues, bien. ¿Sabes lo que se me ocurrió entonces para remediar la cosa? Echarla a perder más de lo que ya estaba: me lo quedé mirando y le dije: ¡Antipático!
Se sonroja y agrega:
–¿Qué te parece, chica? ¿Has visto mujer más lisa que yo?
La exclamación revela ingenuidad; pero a Genoveva le ha cruzado por el pensamiento otra idea.
–¡Cómo no vaya a resultar lo que dice mi taita! «Quien lo hereda no lo hurta.»
–¿Qué te pasa, Genoveva? ¿Por qué te has quedado pensativa? ¿Crees que he hecho mal?
–No, chica. Esperaba que me siguieras contando.
–¿Qué más? ¿Te parece poco? ¡Si se lo había dicho todo con esa sola palabra!
–¿Y él, lo comprendería así?
–Con decirte que perdió el compás, él, que tiene tanto oído para el baile. No me respondió una palabra, no volvió a mirarme los ojos.. Es decir: yo no sé si volvió a mirarme, porque después de aquello no me atrevía a levantar más los míos.
Vuelve a quedarse pensativa Genoveva. Marisela guarda silencio también, mientras sus miradas se hunden en las claras lejanías de la sabana, dormida bajo el fulgor lunar. De pronto, palmetea y exclama:
–¡Se lo dije! ¡Se lo dije todo! Ya por mí no será. A tiempo que Genoveva le pregunta:
–¿Y ahora, Marisela?
–¿Ahora qué? –inquiere, como si no entendiera, y, en seguida–: ¡Pero, chica! ¿Qué iba a hacer yo? Ponte en mi caso: todo el día he estado con la ilusión de este baile, pensando: hoy me dice. Además, ya te repito: se me escapó sin quererlo. Tú misma tienes la culpa, pues cada vez que nos encontramos me preguntabas: «¿Todavía no te ha dicho?» Y, últimamente, tú lo que estás es celosa.
–No, Marisela. Es que estoy pensando en ti.
–¿Con esa cara tan preocupada, cuando yo estoy tan contenta?
Pajarote, que venía en busca de Genoveva, porque ya habían comenzado a tocar la pieza que bailaría con ella, interrumpió la confidencia.
Marisela se quedó junto al palenque esperando a que también viniesen a invitarla; pero como no venían, las palabras de
Genoveva aprovecharon la ocasión.
–¿Y ahora, Marisela? ¿Crees que todo puede seguir como venía, después de lo que ha sucedido? ¿Te imaginas que has resuelto la situación con haberte lanzado a decir lo que no se atrevían a declararte? ¿No ves que, por el contrario, la has complicado? ¿Con qué cara te le presentarás mañana a Santos si esta noche misma no se te acerca él a confesarte que te ama?
«Y no viene. No vendrá en toda la noche. ¡Qué chasco te has llevado! Y todo por no saber disimular lo que sientes. Imagínate lo que habrá pensado de ti. Él que es tan.. , ¡antipático!»
–Ya sé que lo soy. Ya me lo has dicho otra vez.
–¡Ah! ¿Estaba usted ahí?
–Sí. Aquí estoy. ¿No me ves?
–¿Por qué viene en punta de pie a oír lo que una esté pensando?
–Ni he venido así, ni tampoco tengo el don de oír lo que los demás piensen. Ahora, cuando se piensa en alta voz, se corre el riesgo de que los demás se enteren.
–Yo no he dicho nada.
–Pues entonces, yo tampoco he oído.
Pausa. Pero ¿hasta cuándo irá a estar callado? ¿No parecía tímido? ¿Será necesario sacarle las palabras?
–Bueno.
–¿Qué?
–Nada.
–Pues nada –y se sonríe.
–¿De qué se ríe?
–De nada –y sigue riendo.
–¡Guá! Será loco, pues.
–Dicen que las lunas llaneras perturban el juicio.
–Allá usted. Yo el mío lo tengo muy sano.
–Sin embargo, eso de enamorarse de Pajarote, así sin reflexionar, no deja de ser una locura. Bien está Pajarote para lo que es; mas para novio tuyo…
–¡Guá! ¿Y por qué no, pues? ¿No era yo un bicho del monte cuando usted me recogió? «Pa quien es su pae, buena está su mae», como dice el dicho.
–Ya sabía yo que esta noche sería de guás y de refranes vulgares; pero se te descubre a la legua que lo haces de propósito. De modo que, si quieres engañarme, inventa algo más ingenioso.
–¿Y usted por qué no ha inventado también algo más ingenioso que eso de que yo esté enamorada de Pajarote? Ahora soy yo quien se ríe. ¡La discípula cogiéndole las caídas al maestro!
–No digas «caídas».
–Los gazapos, pues… ¿Está mal dicho también?…
–No –respondió él, y se queda contemplándola, y luego le pregunta:
–¿Has terminado de reírte?
–Por ahora sí. Diga otra cosa, de esas tan ingeniosas que a usted se le ocurren, a ver si me vuelven las ganas. Diga, por ejemplo, que ha venido a pararse aquí, junto al palenque, a pensar en una de esas amigas que dejó en Caracas, que no era propiamente amiga, sino novia.
–Pues si vas a reírte de mí…
–Aunque no lo diga. Ya me estoy riendo otra vez. ¿No oye?
–Sigue. Sigue. Me agrada tu risa.
–Pues entonces me pongo seria otra vez. Yo no soy mono de nadie.
–Y yo me acerco más a ti y te pregunto: ¿Me quieres, Marisela?
–¡Te idolatro, antipático!
Pero esto no sucedió sino en la imaginación de Marisela. Quizás habría sucedido realmente, si Santos se hubiera acercado al palenque; mas no apareció por todo aquello.
–Pero ¿quién ha dicho que sea necesario que él se me declare? ¿No puedo seguir queriéndolo por mi cuenta? ¿Y por qué ha de llamarse amor el cariño que le tengo? ¿Cariño? No, Marisela. Cariño se le puede tener a todo el mundo y a muchas personas a la vez. ¿Adoración?… Pero ¿por qué razón todas las cosas deben de tener un nombre?
Y en la complicada simplicidad de su espíritu así quedó resuelta la dificultad.
Por lo demás, podía ser el amor de Marisela algo que estuviera a igual distancia de lo simple, material, del apetito, como de lo simple, espiritual, de la adoración. La vida, inclinándolo a uno u otro lado, determinaría la forma futura; pero en aquel punto de equilibrio entre la realidad y el sueño era todavía la pasión sin nombre.









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