Militante de URD
Por esos días de “La Rubiera”, su tercer libro después de “La Guayana Esequiba”. El Primero fue “Caracamacate”, una serie de relatos de la selva guayanesa, editado cuando se hallaba exiliado en Bogotá, Horacio Cabrera se hallaba militando en URD. Nunca había querido ser militar porque era reacio a la disciplina partidista. Sin embargo, un día en que unos cuantos parlamentarios a los que URD había llevado en sus planchas le dieron la espalda, él quiso tener un gesto de solidaridad y se inscribió en el partido amarillo.
Pero más tarde se vio obligado a separarse de ese partido porque según él, Jóvito Villalba no quiso ser consecuente con los partidos suscriptores de un acuerdo para ir unidos a las elecciones de 1973 en torno a un solo candidato escogido en un congreso que se reunió en el Palacio de los Deportes. Pues bien, Jesús Paz Galarraga y Jóvito Villalba se disputaban la candidatura de la unidad de las izquierdas. Resultó electo Paz y Jóvito dijo entonces el discurso a juicio de Horacio “más revolucionario, más sociológico, más científico” que haya dicho en su vida. El ex Gobernador solía citar casi textualmente un pasaje conmovedor de aquel discurso de Villalba: “Tengo que hablar porque me reviento. Ustedes creen que yo estoy triste porque he perdido, pero yo he ganado, he ganado mi lucha de todos los tiempos porque sacrificándome yo a la ambición tonta por la Presidencia de la República he logrado que se unan las izquierdas”.
Pero aquellas palabras que resonaron en el corazón de los sufragantes pronto cayeron en el vacío. Al día siguiente Jóvito había girado 180 grados. Preocupado Horacio Cabrera fue hasta su casa donde se hallaba reunido con un grupo de miembros del directorio y le dijo: “Hermano, necesito hablar con usted dos minutos y es mucho tiempo”. Y respondió el Maestro “Dos minutos es mucho tiempo”.
Entonces – replicó Horacio – “lo que le iba a decir en privado mejor es que lo sepan todos: hermano, a ti te queda una sola alternativa: o eres consecuente con lo que dijiste anoche o te perdiste para siempre”. Parecía derrumbarse así la entrañable amistad de muchos años, desde los torturantes días de La Rotunda.









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