Néstor Melani Orozco
Había que volver a caminar sobre las calles del pueblo, aquel pueblo blanco de piedras y de cal, de tapias y de seres del alma donde los campanarios anunciaron las fiestas del domingo y los viejos se sentaron en las losas de las gradas de la iglesia para percibir los recuerdos. Los aboles desfloraron los amarillos entre hojas secas llevando sonidos por el viento y los rostros de miles seres a través de las ventanas acusaron de esperanza los hechos. Mientras todo esto sucedía entendí que habíamos olvidado la casa vieja donde algún poeta le cantó a las flores o juró amor a los ojos de una mujer hermosa, más debajo de los aleros se describieron los tiempos con deferencia de identidades a los que durante años parecieron silencios y solo el cronista muy viejo renació de los emblemas y se hizo dueño de las fechas y de los acontecimientos.
La casa del boticario desapareció porque más que progreso aquel patrimonio no interesaba, allí construyeron un edificio de concretos para un simple casino, mientras el club de amigos lo transformaron en quincallas y desde el silencio la sirena del teatro fue a parar al rio para no oírla nunca más hasta el Monumento Neogótico de los franceses lo demolieron sin saber el testimonio de las culturas y los libros de gobierno los empacaron y los vendieron. Ignorantes vestidos con harapos y vasallos con camándulas. Llevaron los trajes de levita a la fiesta del protocolo, con mantas de mutualidades y vestidos adornados de collares sin saber desde donde habían comenzado las leyendas y los hechos. Y el camino del páramo con piedras y gigantes sauces lo borraron porque llegaron a decir que hacía muchos años un general llamado Bolívar había pasado llevando los sueños. Mientras el Crucifijo de madera lo vistieron con millones ropas sin saber sus orígenes ni los secretos del arte antiguo, solo para exhibir modales y no valorar los testimonios que se quedaron guardados en todo el pueblo. A la maestra de escuela su abecedario lo olvidaron y la esquina de la farola agonizó sin sentidos ni dolores.
Ayer caminé por las calles, meditado los sentidos, mientras los niños salían de las escuelas y los ancianos afirmaban las palabras debajo de las palmeras de la plaza, caminé porque más que nunca había que ser y saber defender aquellos sentidos de la historia del pueblo, las semillas de donde vinieron y los orígenes de sus ancestros, las ventanas, los portales, las obras de arte, el patrimonio natural con más de tres mil esencias y almas. La banda del pueblo, el camino de loa andes y hasta la ignorancia de los gobernantes.
Lo entendí. Hice silencio, dolió el corazón, porque casi treinta y cuatro años atrás había iniciado una memoria para guardar en cada sentido la historia del pueblo y saber decirle al mundo donde este cada espacio de los testimonios, de sus gentes, de sus próceres, de aquellos que cantaron coplas o de los que se fueron en olvidos y silencios.
La lluvia volvió y un momento de ternura se convirtió en lágrimas. Los llamados señores Municipales habían botado al cronista, por llevar cada sentido de aquel pueblo viejo. ¿Y los miles de escritos y anotaciones, las recaudaciones? Por defender la esquina, el teatro, los archivos. Por decir una verdad de siglos. Caminé y en mi silencio volví a recaudar las palabras a decir con armonía los tiempos entre el reloj de la viaja catedral y los grillos de la plaza mayor…
Ahora sin decirlo, sin dolientes, cuando crecen entre ignorancias aquellos centenarios hechos ahora olvidos…
Néstor Melani Orozco
Séptimo cronista de La Grita









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