El profeta Enoch y Horacio Cabrera Sifontes
Enoch, un supuesto profeta que entró y recorrió a Guayana durante el sofocante y terrible Año de la Humareda (1925) y que desapareció después por Morajuana con los primeros aguaceros de 1926, se burló de Horacio Cabrera Sifontes, escurriéndosele, jugando al escondite por todos los vericuetos del llano y la selva, pero en 1982, el guayanés que alternó su oficio de ganadero y político con él de escritor, se las cobra en su séptima producción literaria editada por la Editorial Centauro (Caracas) y que él simplemente titula “El Profeta Enoch”.
Entonces le salió al Profeta su primer defensor, el periodista Isidro Casanova, quien criticó a Horacio Cabrera Sifontes por la forma materialista y sarcástica como trata en el libro la peregrinación y comportamiento del enigmático personaje por los más remotos y aislados pueblos de Guayana, predicando el fin del mundo y el Juicio Final, posiblemente como lo hizo a fines del siglo XIX el santón Antônio Conselheiro, del que habla Mario Vargas Llosa en su libro de “La Guerra del Fin del Mundo”.
Isidro Casanova que parece saber de enigmas, arcanos y misterios, no fue el único. Vinieron otros porque el llamado “Profeta Enoch”, que nada por supuesto tiene que ver con el bíblico padre de Matusalén, deja tras su peregrinar de raro mensajero, toda una estela de leyendas, adeptos y devotos que lo alumbran con velas y lámparas votivas en capillitas y altares adornados como sucede con el “Anima de Guayabal”, en la carretera Puerto Ayacucho a Samariapo, o el alma de Agustín Parasco, entre Altagracia y Upata.
Horacio Cabrera Sifontes lo persigue desde que estudiaba bachillerato en Caracas con el maestro Rómulo Gallegos. Tendría el Profeta unos 34 años y él quince. Entonces se hallaba de vacaciones en su tierra natal de Tumeremo elevado a Distrito con el nombre de su abuelo el general Domingo Sifontes, el hombre que machete en ristre echó a los ingleses de la misma puerta de El Dorado.
Horacio Cabrera Sifontes tan pronto supo que el Profeta había sido hecho preso en Tumeremo por un alcalde que no entendía su misión y que había sido interrogado por un Cura educado en Roma y que luego ahorcó los hábitos como el Padre José Aristeguieta Grillet, se hizo el propósito de indagar también al peregrino que anunciaba malas nuevas.
Lo buscó a pie, a caballo, en carro-moto, en mula y lo último que hizo 30 años después, fue buscarlo en curiara por una marisma del Bajo Orinoco donde un colono de la Guayana Británica le dijo en inglés, pues Horacio, además del español dominaba ese idioma y también el francés, que un forastero a quien le decían El Profeta, se hallaba por esos lados. Pero Horacio Cabrera Sifontes, después de penosa búsqueda no halló sino un abandonado cobertizo de palma y paja con un deshilachado chinchorro de moriche, un perro raquítico y un gato.
Enoch, que para entonces contaría más de 60 años; su sexto sentido agudizado por la soledad y la meditación, seguramente le anunció la presencia pesquisidora de su obstinado perseguidor y se escurrió, vale decir, desapareció súbitamente, como lo hizo cuando pasó por Ciudad Bolívar, Soledad, Tumeremo, Corumo y tantos otros pueblos de la Guayana donde esporádicamente se detenía para pedir agua, pan y leche o escribir en buena caligrafía oraciones dirigidas a él como mensajero del Señor.
Horacio Cabrera Sifontes denuncia y pone al descubierto la ingenuidad del pueblo y la presencia alienada de este forastero que calzaba sandalias, usaba melena, vestía hábito de monje y lanzaba sentencias proféticas que nunca se cumplieron.
Lo de la sequía y humareda que el profeta llegó aludir como signo fatal de lo que podría sobrevenir, no era más que un verano empatado con otro verano que ahuyentó las aguas y resecó la paja que luego se incendiaba hasta con un vidrio de botella atravesado por los rayos solares. La maldición contra el general Anselmo Zapata, quien le negó leche al profeta, y por lo cual las ubres de sus vacas habrían de secarse, no fue más que una consecuencia del gran verano que arruinó a los animales y los hizo improductivos por falta de pasto y agua.
Para Horacio Cabrera Sifontes, el tal Profeta Enoch, que caminó Guayana de punta a punta, no fue más que un farsante de la conciencia creyente en aras de una devoción mítica hacia él que ahora se traduce en oraciones, ruegos, promesas, ritos y velorios ante su efigie.









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