El diamante de Barrabás
El viento se lo llevó.
Siempre hemos oído hablar del Diamante de Barrabás. A decir del vulgo, era algo así como una pera, pero realmente no era tal sino más pequeño y pesaba 155 quilates (31 gramos).
Barrabas era un negro alto y fibroso que nació en El Callao cuando aún Gómez mandaba en Venezuela (1929). Pero su verdadero nombre es el de Jaime Teófilo Hudson, nombre inglés por la procedencia trinitaria de sus padres.
Cuando tenía 25 años, “Barrabás” que así lo llamaban no sabemos por qué, no era un hombre feroz sino tranquilo, aventuraba en la búsqueda de diamantes en los placeres otrora famosos de El Polanco, en el río Icabarú de la Gran Sabana. Un buen día cuando relavaba los desechos del material diamantífero, se le apareció como milagro la piedra preciosa más grande que minero venezolano alguno haya encontrado desde que se explota el diamante en el país.
El cristal de Barrabás resulto ser el más grande de Venezuela y uno de los más bellos del mundo. Es realmente de una gran pureza y cuando los compradores internacionales supieron del hallazgo, llegaron hasta la Gran Sabana y compraron a Barrabás la piedra por un precio inferior al real y del cual sólo correspondió al minero 68 mil bolívares. Más tarde fue vendido a la casa Harry Winston de Nueva York en 1943 por $200.000, más de medio millón de bolívares. La piedra fue fraccionada en una impresionante ceremonia por el experto gemólogo mundial Adrian Grasselli en 4 diamantes de 40, 18, 9 y 1.4 quilates (8, 4, 2 y 0.3 gramos) dando una pérdida de 87 quilates (56%) que es inevitable cuando se corta el diamante en busca de calidad.
Las tres gemas más pequeñas se montaron en un clip y la más grande se montó en un anillo y se vendió a May Bonfils Stanton, en 1946. En 1962, Winston volvió a adquirir el diamante de la propiedad de la Sra. Stanton y lo recortó de su peso original, de 39,80 quilates (7,960 g) hasta 38,88 quilates (7,776 g). Se lo vendió a un cliente estadounidense en 1966, quien lo vendió en una subasta en Nueva York el 7 de diciembre de 1972.
Barrabás, con lo poco que le tocó de lo mucho que valía su diamante, perdió el sentido de la realidad y se dedicó a una vida de mujeres y dispendio. Finalmente, explotó un bar llamado “La Orchila”, donde los buscadores de diamantes cuando visitaban el bar y se entusiasmaban, entonaban frente al negro de El Callao este melancólico estribillo: “El diamante de Barrabás… el viento se lo llevo”.









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