El Callao, la Ciudad Dorada: crónica de la fiebre del oro guayanesa
Antes de que existiera Venezuela como república, ya los mapas europeos señalaban hacia el sur del Orinoco un reino dorado que nadie había visto. La leyenda de El Dorado y de la mítica Manoa atrajo durante siglos a exploradores que buscaban una ciudad de oro. La ironía, como cuenta el cronista Américo Fernández en su libro El Callao, la Ciudad Dorada, es que el oro existía de verdad —no en un palacio escondido, sino a flor de arena y en las vetas de cuarzo del Yuruari—, y que alrededor de él terminó naciendo un pueblo real que ninguna leyenda anticipó: El Callao.
El hallazgo
Los informes coloniales ya registraban muestras de oro enviadas a la Corona por los misioneros capuchinos de Guayana. Pero la historia moderna comienza en 1842, cuando el brasileño Pedro Joaquín Ayres explora el llamado Barranco de los Frailes, considerado el primer venero descubierto en la región. En 1850, el barquisimetano Pedro Monasterios Soto obtuvo más de cincuenta onzas de oro en un mes en Caratal, con apenas dos peones, y la noticia corrió desde Upata como pólvora. Aquel mismo año, una hoja impresa que circuló por la provincia proclamaba, en palabras de Pedro Cristiano Vicentini, que «no es una fábula o una ficción de la existencia de una Nueva California en esta provincia».
Los escépticos no faltaron —un informe oficial francés de 1857 minimizaba el hallazgo—, pero los testimonios recogidos por el Juez de Paz de Tupuquén hablaban por sí solos: mineros que sacaban 46, 24, 80 onzas en semanas; uno reportó cinco libras de oro en ocho días. Para entonces Caratal ya era un campamento cosmopolita donde convivían venezolanos de varias provincias con trinitarios, franceses de las Antillas e ingleses de Demerara.
Un pueblo llamado El Callao
El pueblo de El Callao data de 1864, levantado en tierras de la antigua misión de San Félix de Tupuquén. Sobre el origen del nombre, Américo Fernández recoge tres versiones y no zanja ninguna: la del terreno guijarroso o «callao» (canto rodado) sobre el que se asentó; la de un minero «callao» que extraía su oro a escondidas y en silencio; y la evocación del puerto peruano de El Callao, bombardeado por la escuadra española en 1866, justo cuando el Yuruari entraba en ebullición.
La compañía más rica del mundo
En 1870 los comerciantes de Ciudad Bolívar organizaron la explotación en gran escala, y el 6 de febrero de 1878 se constituyó formalmente la Compañía Minera de El Callao, nacida de la firma Juan Bautista Dalla Costa e Hijos, con 32 accionistas y 120.000 bolívares de capital. Su presidente fue un corso: don Antonio Liccioni, a quien Fernández llama la «vertiente mayor de la sangre corsa en Guayana». Nacido en Pino, en el Cabo Corso, en 1817, Liccioni llegó a América por Colombia, hizo fortuna ganadera en Casanare y se trasladó a Guayana invitado por Dalla Costa para dirigir la empresa.
Bajo su conducción, la mina alcanzó en 1885 una producción de 8.195.500 gramos de oro —más de ocho toneladas en un solo año—, cifra que la puso a la cabeza de las minas del mundo, comparada en su tiempo con California, el Yukón y el Transvaal. Un informe del ingeniero francés Adrien Braly calculó que, entre 1870 y 1894, la mina vieja procesó 700.000 toneladas de cuarzo y produjo 43.000 kilos de oro: un capital inicial de 240.000 francos generó 140 millones de francos en oro. El oro acuñado viajaba a lomo de mula hasta Ciudad Bolívar en el célebre Correo del Oro, cuyo asalto de 1878 —con el asesinato del conductor norteamericano Frank Bush y la persecución organizada por el propio Liccioni— es una de las páginas más novelescas del libro.
Corsos, madamas y calipso
La fiebre del oro pobló El Callao con dos corrientes humanas que definieron su carácter. De un lado, los corsos —Liccioni, Dalla Costa, Mannoni, Casanova, Cagninacci, Tomasi y tantos otros apellidos— dominaron el comercio entre El Callao, Caratal, Upata y San Félix, y dejaron su huella hasta en la iglesia del pueblo, de aire francés. Del otro, los trabajadores antillanos —trinitarios, martiniqueños, guyaneses— aportaron la mano de obra de las minas y, con ella, una cultura entera: el patuá calloense, la cocina del domplin y el calalú, y sobre todo el calipso, llegado a principios del siglo XX con las «madamas» martiniqueñas que servían en las casas de los mineros corsos. Ese calipso, con su bumbac y sus comparsas, se volvió la seña de identidad del pueblo y fue declarado Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO.
A El Callao le debe Venezuela, además, su primer partido de fútbol: el 16 de julio de 1876, mineros ingleses de Caratal lo jugaron promovido por el maestro galés William Simpson —130 años después, la Federación Nacional de Fútbol lo reconoció oficialmente como el primero del país.
Ciclos de auge y silencio
La gran compañía quebró en 1897 y el siglo XX fue una sucesión de ciclos: la New Goldfield y la Guayana Mines con sus mil empleados, la francesa Mocupia, la MOCCA con sus pérdidas millonarias, y largos años de parálisis. En 1971 el Estado detonó la primera carga simbólica de la reapertura, y desde 1983 la estatal Minerven asumió la producción industrial. El libro registra la juramentación de su nueva directiva por el ministro y presidente de la CVG Leopoldo Sucre Figarella, el guayanés que por esos años transformaba la región. En 1990-1991, tras más de un siglo de depender de Guasipati, El Callao conquistó al fin su autonomía municipal.
Pueblo minero, deportivo, calipsero y cosmopolita, El Callao sobrevivió a todas sus bonanzas y a todas sus ruinas. Como escribe Fernández, «El Callao, como ave fénix, resurgió de sus cenizas» — y lo sigue haciendo.
Sobre el libro y las fuentes
Esta crónica es un resumen original basado en El Callao, la Ciudad Dorada de Américo Fernández, cronista de Ciudad Bolívar y columna vertebral de este sitio. El libro completo —con sus fuentes primarias: informes de gobernadores, viajeros del siglo XIX, actas y prensa de época— puede adquirirse directamente del autor aquí, y en este sitio puede leerse una muestra en PDF. Sobre la colonia corsa de Guayana, véase también su crónica Los Figarella en Guayana.
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