El ave solitaria
En Le Bourget la gente se ha vuelto loca. Exclaman, gritan en medio de una excitación contagiosa.
-¡Ha caído el Ave Solitaria!
-I did it -Se ha oído decir al caer.
Toda la oscuridad y la niebla, cedía bajo las luces y las lágrimas.
-Dónde está mi madre? -Preguntó confuso, pero luego recordó que ella había quedado más allá del Atlántico.
Centenares de automóviles sonando sus bocinas le seguían en larga caravana. Alguien en el trayecto le dijo: «Esto es para usted» y el muchacho rubio y delgado se metió 200 mensajes en el bolsillo venidos desde el otro lado del mundo. Pensó otra vez en su madre y en el despuntar del día en el Roosevelt Field, en la cabina estrecha de su máquina volante, los cuatro sándwiches, el chocolate caliente y la botella de agua.
Fue un viaje largo, pero mucho más rápido que el de cualquier colonizador de la época colombina. Aquellos cubrían el trayecto en grandes barcas bien tripuladas y tardaban hasta dos meses para llegar a Nueva York. Él en cambio, no tuvo que mojarse los pies sino elevarse como un pájaro y respirar el escaso oxígeno a dos mil pies.
Anteriormente, en 1922, los portugueses Gago Coutinho y Sacadura Cabral, habían hecho la ruta Lisboa-Río de Janeiro. Cuatro años más tarde, en 1926 el español Ramón Franco realizó un vuelo con escalas entre Palos de la Frontera y Buenos Aires, a bordo del Plus Ultra.
Antes de que Lindbergh diera el salto inmortal lo adelantaron inútilmente y a costa de sus vidas Noel Guy Davis y Stanton Hall Wooster en abril 26 1927 en el “American Legion”; Charles Nungesser y François Coli el 8–9 mayo 1927 en “L’Oiseau Blanc”. René Fonck en septiembre 1926 también lo intentó y fracasó, aunque no pereció en la «aventura loca».
El 20 de mayo de 1927 Charles Lindbergh piloteó el Spirit of St. Louis, avión monomotor de nueve cilindros y 223 caballos de fuerza por el cual Lindbergh desembolsó $2.000 del costo de $10.580 de fabricación. Salió de un campo de aviación en Nueva York, Roosevelt Field, en dirección a París. Allí llegó 33 h y 32 min más tarde, a las 10:22 A.M., aterrizando en el aeródromo de Le Bourget, donde fue recibido con un enorme entusiasmo por miles de personas. Lindbergh había volado sin interrupción 5.800 km.
Para entonces aparentemente imposible, aunque 42 años después Armstrong y Aldrin llegaron a la Luna.
Pero alguien pretendió robarle el sabor de la gloria y lo logró secuestrando y dando muerte a baby Lindy, de 20 meses, su hijo. Un carpintero alemán, Bruno Hauptmann, fue llevado al patíbulo por el atroz delito y hasta ahora no se sabe si era culpable o inocente. En aquel instante de la pena patibularia el «Aguilucho Solitario» habría podido recordar cuando sobre la pista de Roosevelt Field, encomendado al «Espíritu de San Luis» exclamó: «El condenado a muerte les dice hasta la vista».
Después de la apoteosis de París, su gloria de Aguilucho Solitario se trastocó en pesadumbre. Cada vez que veía a un niño se volvía triste. Era como si no hubiera volado nunca y sintiera muerto el porvenir.
Charles Lindbergh murió en Hawái en Kipahulu junto al Océano Pacífico.









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