Doña Bárbara: 3.XIII. La hija de los ríos. Rómulo Gallegos
Tiempo hacía que doña Bárbara no visitaba San Fernando.
Como siempre, en cuanto corrió la noticia de su llegada, pusiéronse en movimiento los abogados, vislumbrando ya uno de aquellos litigios largos y laboriosos que entablaba contra sus vecinos la famosa acaparadora del cajón del Arauca, y en los cuales, si los picaros hacían su cosecha –pues para quedarse ella con las tierras ajenas tenía que dejar, en cambio, entre costas y honorarios, sus buenas morocotas en manos de jueces y defensores de la parte contraria o en los bolsillos de los prohombres políticos que le hubieran prestado su influencia–, también los profesionales honrados salían ganando mucho con el acopio de jurisprudencia y el ejercicio de sutilezas que se requerían para defender, contra las argucias y bribonadas de aquéllos, los derechos evidentes de las víctimas. Pero esta vez se quedaron chasqueados los rábulas: doña Bárbara no venía a entablar querellas, sino, por el contrario, a llevar a cabo reparaciones insólitas.
Mas, no sólo entre la gente de leyes se alborotaron los ánimos. Ya, al saberse que estaba en la población, habían comenzado a rebullir los comentarios de siempre y a ser contadas, una vez más, las mil historias de sus amores y crímenes, muchas de ellas pura invención de la fantasía popular, a través de cuyas ponderaciones la mujerona adquiría caracteres de heroína sombría, pero al mismo tiempo fascinadora, como si la fiereza bajo la cual se la representaban, más que odio y repulsa, tradujera una íntima devoción de sus paisanos. Habitante de una región lejana y perdida en el fondo de vastas soledades, y sólo dejándose ver de tiempo en tiempo y para ejercicio del mal, era casi un personaje de leyenda que excitaba la imaginación de la ciudad.
Dada esta ya favorable disposición de ánimos, la noticia de que había venido a entregar personalmente lo que su amante le robó a su enemigo, y que representaba una suma considerable, y el rumor de que intentaba devolver a Luzardo las tierras arrebatadas a Altamira, tenía que conmover la población. Espíritus impresionables y propensos a las sugestiones de lo extraordinario, como lo son los de la imaginativa gente llanera, inmediatamente comenzaron a buscarle atenuaciones a las truculentas anécdotas que la pintaban como un ser siniestro y odioso.
E inventando cada cual lo que se le antojara, pero contra la corriente de las antiguas versiones, empezaron a circular por la población novísimos episodios de la vida de doña Bárbara, edificantes casi todos. No se habló de otra cosa durante toda la tarde: las mujeres, allá en sus casas, en animados conciliábulos de vecindario; los hombres, en los corrillos que se formaban en torno a las mesas de los botiquines, y en las noches, la calle del hotel donde ella se había alojado estuvo muy concurrida.
Era el hotel una casa de corredor hacia la calle, situada frente a una de las plazas de la población. Doña Bárbara reposaba en una mecedora, al fresco de la brisa que soplaba del río, distante de allí un centenar de metros, sola, reclinada la cabeza en el respaldo del asiento, en una actitud lánguida y con una expresión de absoluta indiferencia por todo lo que la rodeaba.
Y lo que la rodeaba era la curiosidad de la ciudad. En la acera de enfrente, hombres del pueblo se habían detenido a contemplarla, y ya, era numeroso el grupo mudo y extático, y bajo los corredores del hotel y casas de comercio vecinas, que se prolongaban hasta la orilla del Apure, pasaban a cada rato grupos de señoritas y de señoras jóvenes que habían salido de sus casas sólo para verla. Las primeras, al poner sobre ella sus ojos honestos, se ruborizaban, azoradas por el temor de que los hombres que estaban por allí cerca las sorprendiesen satisfaciendo la maliciosa curiosidad; las segundas la examinaban a sus anchas y se cambiaban sus impresiones entre sonrisas malévolas.
Vestía una bata blanca, adornada con encajes, que dejaba al descubierto sus hombros y brazos bien torneados, y como nunca la habían visto con un aspecto tan femenino, hasta las más intransigentes concedían:
–Todavía da el gatazo.
En cambio, las más espontáneas exclamaban:
–¡Es estupenda! ¡Qué ojos tiene!
Y si alguna comentaba:
–Dicen que está perdidamente enamorada del doctor Luzardo.
No pasaba de amargura de honestidad desilusionada esto que otra agregara:
–Y se casará con él. Esas mujeres logran todo lo que se proponen, porque los hombres son todos idiotas.
Al fin se cansaron de admirar y de murmurar, y la calle se fue quedando sola.
La luna brillaba débilmente sobre las copas de los árboles de la plaza, lavadas por un aguacero reciente, y se reflejaba en las charcas que se habían formado en las calles. A intervalos, un soplo de brisa agitaba las ramas y refrescaba la atmósfera. Ya los transeúntes se habían recogido a sus casas, y los vecinos que tomaban el fresco fuera de las suyas, obstruyendo las aceras, en mecedoras y sillas de extensión, empezaban a despedirse de un grupo al otro con lentas voces y lánguidas entonaciones:
–Hasta mañana, pues. ¡A dormir, que ya esto se acabó!
Y en el silencio que se iba extendiendo por la población, aquellas palabras sencillas, aquella lánguida invitación al sueño, tenían la mansa gravedad del drama de los pueblos tristes, donde es algo solemne el hecho de recogerse a la cama, al cabo de un día sin obras, que era sólo un día menos en la esperanza, pero murmurando siempre:
–Mañana será otro día.
Así pensaba doña Bárbara. Ya había entregado las obras que le cerraban el paso y ahora veía despejado el camino. Soñaba, como una jovencita ante su primer amor, haciéndose la ilusión de haber nacido a una vida nueva y diferente, olvidada de su pasado, cual si éste hubiera desaparecido con el espaldero siniestro de la mano armada y tinta en sangre, y con el amante de grosero amor. ¿Cuáles serían sus sentimientos para las cosas que vendrían con aquel mañana? Se preparaba para ellas como para un espectáculo maravilloso: el espectáculo de sí misma por un camino diferente del que hasta allí había recorrido, de su corazón abierto a las emociones desconocidas, y esta espera ya era luz sobre la región de su alma que empezaba a revelársele y por donde discurrían formas serenas, sombras errantes del buen amor frustrado de la muchacha que vislumbrara, a través de las palabras de Asdrúbal, un mundo de sentimientos diversos de los que reinaban en la piragua de los piratas del río.
Mas he aquí que en lo mejor de sus desmemoriados fantaseos, una de esas ideas que se deslizan furtivas; una impresión, tal vez de una palabra inconscientemente percibida, un minúsculo cuerpo extraño en el engranaje de la máquina, altera de pronto su funcionamiento y la hace detenerse. ¿De dónde ha venido esta amargura repentina que le ha hecho contraer el ceño involuntariamente, este sabor conocido de olvidados rencores? ¿Por qué le ha asaltado el intempestivo recuerdo de un ave que cae encandilada, al apagarse de pronto unas hogueras? Así su corazón, deslumbrado ya por las luminosas ilusiones, se le ha quedado repentinamente ciego para el vuelo del sueño ¿No bastaba, pues, haber entregado las obras?
Fue la contemplación del populacho agrupado en la acera de enfrente, y el ir y venir de las señoras y señoritas de la ciudad. La admiración ingenua y la curiosidad maliciosa; la ciudad, que quería hacerla recordar la historia que ella se empeñaba en olvidar.
Parecíale que le hubieran dicho al oído: «Para ser amada por un hombre como Santos Luzardo es necesario no tener historia.»
Y la suya se le vino a la mente, como siempre, por su punto de partida: «Era en una piragua, que surcaba los grandes ríos de la selva cauchera…»
Abandonó el corredor del hotel, y lentamente se fue alejando por los de las vecinas casas de comercio que llegaban hasta la ribera del Apure. Una necesidad invencible y obscura la llevaba hacia el paisaje fluvial; la hija de los ríos empezaba a sentir la misteriosa atracción.
Un cielo brumoso cernía sin brillo la luz de la luna sobre las fachadas de las casas ribereñas, sobre los techos de palma de los ranchos esparcidos más allá, sobre el monte de las costas, sobre la quieta superficie del turbio Apure, cuyas aguas, en máxima bajante por efecto de la sequía, habían dejado al descubierto anchas playas arenosas. En la de la margen derecha, al pie del malecón, estaban varados desde la creciente anterior una lancha y un alijo, y en la orilla flotaban, amarrados a estacas: la balsa del paso construida sobre canoas, unas piraguas negras, cargadas de leña y de plátanos, y un bongo en lastre, recién barnizado de blanco, sobre cuya paneta dormía un muchacho extendido boca arriba.
Ya se habían retirado a sus casas los hombres que habían estado bebiendo y charlando bajo los árboles de la ribera, frente a los botiquines, y los dependientes de éstos recogían las sillas y las mesas, y cerraban las puertas, apagando así los reflejos de las lámparas sobre el río.
Doña Bárbara comenzó a pasearse por la avenida solitaria.
En la balsa conversaban los bogas de las piraguas con los palanqueros del bongo, y su charla es algo tan lento como la corriente del río por la horizontalidad de la tierra, como la marcha de la noche soñolienta de brumas, como los pasos de doña Bárbara, sombra errante y silenciosa a lo largo del ribazo.
La costa de monte, quieta y obscura bajo la noche serena; el río, que viene de arriba, desde las remotas montañas, deslizándose en silencio; el graznido de un chicuaco que se acerca volando sobre el agua dormida, y la conversación de los bogas con los palanqueros: cosas terribles que han sucedido en los ríos que atraviesan los llanos.
Esto, cuando doña Bárbara viene, lenta, bajo la tenue sombra azul que proyectan los árboles. Y esto mismo cuando se revuelve: la costa de monte, la noche callada, el río que se desliza sin ruido hacia otro río lejano, el graznido del pájaro insomne que ya se ha perdido de vista, y la charla soñolienta de los palanqueros con los bogas: cosas graves que han acontecido en las tierras bárbaras de los anchos y misteriosos ríos…
Doña Bárbara no mira ni escucha nada más, porque para su conciencia y a no existe la ciudad que duerme sobre la margen derecha; sólo atiende a lo que, de pronto, se le ha adueñado del alma: la fascinación del paisaje fluvial, la intempestiva atracción de los misteriosos ríos donde comenzó su historia… ¡El amarillo Orinoco, el rojo Atabapo, el negro Guainía!…
Medianoche por filo. Cantan los gallos, ladran los perros de la población. Luego se restablece el silencio, y se oyen volar las lechuzas. Ya no se habla en la balsa. Pero el río se ha puesto a cuchichear con las negras piraguas.
Doña Bárbara se detiene y escucha:
–Las cosas vuelven al lugar de donde salieron.









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