Doña Bárbara: 3.X. Entregando las obras. Rómulo Gallegos
Hacia rato que se habían escuchado en el profundo silencio de la noche las detonaciones de los disparos de Rincón Hondo, y todavía Bárbara, pendiente de lo que allí hubiera sucedido y echando de menos aquella extraordinaria facultad de intuición de los sucesos lejanos que se le atribuía, se paseaba sumamente agitada de un extremo al otro del corredor, explorando a cada momento las tinieblas de la sabana, cuando llegó Juan Primito con la noticia, entre ahogos de haberla traído en carrera:
–En la Matica, al pie de un paraguatán, están enterradas las plumas.
Y en seguida pasó a explicar cómo lo había descubierto; pero apenas hubo comenzado, cuando doña Bárbara, que ya le prestaba poca atención, se precipitó fuera del corredor, a tiempo que los perros salían también, ladrando, al encuentro de un jinete que traía una bestia arrebiatada a la suya.
–¿Melquíades? –inquirió.
–No es Melquíades –respondió Santos Luzardo, y deteniendo su caballo, comenzó a desamarrar el arrebiate con la misma calma trágica con que, trocadas las suertes, lo hubiera hecho el Brujeador.
Bárbara avanzó hasta reunírsele, y después de haber echado una rápida mirada al cadáver del espaldero, como a cosa sin importancia, la fijó en aquel, que sólo atendía a la operación que ejecutaban sus manos. Aquella mirada expresaba estupor y admiración a la vez. La nueva faz imprevista de la personalidad del hombre deseado, revolvía y mezclaba en un solo sentimiento monstruoso todo lo que en ella pudiera haber de amor y de anhelos de bien.
–Ya sabía que usted vendría a traerlo –murmuró.
Santos volvió bruscamente la cabeza. Acababa de explicarse el tortuoso designio de la mujerona: había querido deshacerse del espaldero, cómplice de sus crímenes, y lo había mandado a Rincón Hondo para que él le diese muerte; lo había convertido, pues, en instrumento suyo y ahora tenía la avilantez de hacérselo comprender. Moralmente, ya él pertenecía a la gavilla de asesinos de la cacica del Arauca.
Por un momento lo asaltó el impulso de precipitarse sobre ella, tirándole encima la bestia para que la arrollara y la pisoteara en el suelo; pero en seguida se le deshizo en brusco abatimiento la fiereza que le hervía en el pecho, y arrojándole a los pies la falseta del caballo del Brujeador, tiró de la rienda del suyo y partió, sombrío, repitiéndose la reflexión que acababa de hacerse: no la gloria roja de los dominadores a sangre y fuego habíale dado el suceso de Rincón Hondo, sino la triste fama de asesino ejecutor de los designios de la mujerona.
Largo rato estuvo el caballo del Brujeador con su carga macabra atravesada sobre la montura, quieto y con la cabeza vuelta hacia doña Bárbara cual si esperase la determinación que ella debía tomar. Asimismo, los perros, después de haber olfateado los pies y manos péndulos del cadáver, se habían quedado inmóviles, en un grupo expectante, pendientes del rostro del ama.
Pero como ésta permaneciera absorta, mirando hacia donde ya se había hundido en la noche la sombra de Santos Luzardo, la bestia decidió encaminarse al caney sillero, paso a paso, como para no sentir el trágico péndulo que llevaba encima, y los perros se fueron detrás gruñendo.
Doña Bárbara continuó inmóvil, pero ya había desaparecido de su rostro aquel aire de estupor y de admiración con que se quedara mirando a Luzardo, y ahora su frente ceñuda denunciaba un sombrío trabajo del pensamiento.
Una vez más parecía como si su instinto la hubiera guiado certeramente, pues, a pesar de la manera absurda con que fue urdido el plan de Rincón Hondo, había resultado lo que más conviniera a sus designios. No porque aquella solución fuese, en realidad, la que ella hubiese perseguido, pues en éste, como en casi todos sus planes, no hubo sino simplemente provocación impulsiva de un resultado cualquiera, golpe a salga lo que saliere, para ponerle término a una situación complicada. Pero, como siempre le acontecía, en presencia del resultado fortuito se engañaba a sí misma diciéndose que así lo había previsto, que eso era lo que buscaba.
Por una parte, presa de sentimientos contradictorios respecto a Luzardo: pasión amorosa y deseos de venganza, y por otra, rabioso despecho ante la fatalidad de las obras cumplidas que por dondequiera le salían al paso, cerrándole el camino, urdió la celada de Rincón Hondo sólo por provocar los acontecimientos fortuitos: muerte de Luzardo o del Brujeador, soluciones, ambas, de las cuales dependía su suerte.
Cierto era que ahora tenía en sus manos la de Santos Luzardo, pues con acusarlo de haber dado muerte a Melquíades y con poner en juego un poco de su ascendiente entre jueces y autoridades de la región, bastábale para arruinarlo y llevarlo a un presidio; pero esto sería la renuncia definitiva al buen camino, la vuelta a las obras cumplidas, de cuya fatalidad quería librarse.
Ya había comenzado a entregarlas: los Mondragones, abandonados a su suerte; Melquíades, atravesado sobre aquel caballo…
El alboroto de la peonada interrumpió sus cavilaciones. Del plan de los caneyes venia uno de los vaqueros a darle la noticia.
Al volverse vio a Juan Primito, que había presenciado todo aquello desde el corredor, horrorizado, haciéndose cruces, y con una súbita ocurrencia le dijo:
–Tú no has visto nada. ¿Sabes? Vete de aquí inmediatamente y cuidado como se te ocurra hablar de lo que has visto.
A grandes zancadas el bobo se perdió en la obscuridad de la sabana, y doña Bárbara, como si ignorase el acontecimiento y con la habitual impasibilidad con que sabía ocultar sus impresiones, oyó lo que le refirió el vaquero y luego se dirigió al caney.
Despertados por las voces del peón que había visto llegar el caballo con el Brujeador muerto encima, los demás vaqueros, las mujeres de la cocina y los muchachos de unos y otras, éstos medio adormilados todavía, formaban rueda en torno a la bestia, haciendo comentarios y profiriendo exclamaciones; pero al reunírseles doña Bárbara, enmudecieron y se quedaron mirándola, pendientes del mínimo gesto de su rostro enigmático.
Se acercó al cadáver, y después de haber visto que tenía una herida en la sien izquierda, de la cual manaba un hilo de sangre negra y espesa, dijo:
–Apéenlo y pónganlo en el suelo para ver si tiene otras heridas.
Así se hizo; pero mientras uno de los peones registraba el cadáver, ella parecía atender, más que a la operación, al designio que le ensombrecía la faz.
–La de la sien solamente –dijo, por fin, el peón enderezándose–. Una herida muy noble que seguramente lo mató en seco.
Y otro comentó:
–Buen ojo tiene el que lo tiró, pero se conoce que no estaba cara a cara con él. Seguramente lo estaba cazando detrás de algún palo.
–O bien al lado suyo –repuso doña Bárbara, volviéndose a mirar al peón que había formulado el comentario.
–También sirve –murmuró el vaquero, aceptando aquella interpretación que le imponía quien no necesitaba haber presenciado las cosas para saber cómo habían sucedido.
Doña Bárbara volvió a fijar la vista sobre el cadáver, en cuyo rostro exangüe se mezclaban la lívida luz de la luna y los reflejos cárdenos de un candil que una de las mujeres sostenía entre sus manos trémulas. Entretanto, el mudo círculo de espectadores esperaba el resultado de aquella cavilación.
De pronto levantó los ojos y miró en derredor, como si buscase a alguien.
–¿Dónde está Balbino?
Aunque todos sabían que Balbino no estaba entre ellos, todas las miradas lo buscaron en el grupo, con simultáneo movimiento maquinal, y luego, con una sospecha unánime, suscitada en los ánimos hostiles al mayordomo por aquella capciosa pregunta, cruzáronse las miradas que interrogaban:
–¿Habrá sido Balbino?
–¡Ya está! –se dijo mentalmente doña Bárbara, al advertir que sus palabras habían surtido el efecto buscado, y en seguida, con la entonación de visionaria con que administraba su fama de bruja, y dirigiéndose a dos de sus peones entre los cuales ya podía ir eligiendo el sustituto de Melquíades Gamarra:
–En La Matica, al pie de un paraguatán, están enterradas las plumas de garza del doctor Luzardo. Allí debe de estar Balbino desenterrándolas. Ándense allá, ligero. Llévense dos winchesters y…, tráiganme las plumas. ¿Comprenden? –Y en seguida a los demás–: Ya pueden levantar el cadáver. Llévenlo a su casa, y vélenlo allá.
Y se retiró a sus habitaciones, dejándole a la peonada un fecundo motivo de comentarios para la tertulia del velorio de Melquíades.
–Yo lo que aseguro, es que si fue Balbino, por ahí había palos gruesos con que taparse, porque de hombre a hombre le quedaba grande el difunto.
Y luego:
–Vamos a ver si también se les mete detrás de los palos a éstos que han salido a prenderlo.
Y durante largo rato la expectativa los mantuvo en silencio, atentos a los rumores lejanos.
Por fin oyéronse detonaciones hacia los lados de La Matica.
–Ya empezaron a trabajar los güinchestes –dijo uno.
–Hay un revólver contestando –añadió otro–. ¿No sería bueno que nos llegáramos hasta allá a ayudar a los muchachos?
Y ya algunos se disponían a encaminarse a La Matica, cuando apareció doña Bárbara, diciéndoles:
–No hay necesidad. Ya Balbino cayó.
Volvieron a mirarse las caras los vaqueros, con el supersticioso recelo que les inspiraba la «doble vista» de la mujerona, y cuando ya ella había entrado de nuevo en la casa, uno insinuó la explicación:
–¿No se fijaron en que el revólver se calló primero? Los últimos tiros fueron los güinchestes.
Pero ¿quién les quitaba ya de las cabezas a los servidores de la bruja del Arauca que ella había «visto» lo que estaba sucediendo en La Matica?









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