Canaima
Novela de la selva que escribió Rómulo Gallegos guiado por un baquiano de Ciudad Bolívar llamado Rafael Lezama.
En Ciudad Bolívar vivió un abuelo que sirvió de baquiano a Rómulo Gallegos durante trece días. Baquiano por los caminos de las vivencias, por los caminos de la memoria y de la realidad que cruzan la intrincada selva de Guayana con todos sus personajes, aventuras, mitos y leyendas. Se llamaba Rafael Lezama.
Gallegos llegó a Ciudad Bolívar en febrero de 1931, invitado por el presidente del Estado, doctor José de Jesús Gabaldón, y el secretario general de gobierno, el ingeniero upatense Toribio Muñoz. Entonces se le presentó a don Rafael Lezama, ganadero metido en el negocio y explotación del balatá (Manilkara bidentata). Gallegos quería escribir una novela de la selva para plantear la lucha de la barbarie y la civilización con un personaje central que resumiera el carácter y temperamento de todos sus principales personajes literarios.
Trece días fueron suficientes para que Rafael Lezama suministrase al ilustre novelista venezolano todo el material informativo necesario y poder escribir más tarde, entre Nueva York y España, la novela de la selva, considerada junto con “Cantaclaro” la mejor de su producción y la que seguramente escribió con mayor libertad y emoción.
Debido a esa circunstancia, algunos analistas de la obra literaria gallegiana conjeturan que Rafael Lezama seguramente inspiró a Gallegos el personaje de Manuel Ladera, hombre generoso y bueno, amigo y protector de Marcos Vargas, pero acosado por uno de los Ardavin (José Francisco) y muerto por la mano artera y sanguinaria del Cholo Parima, el mismo que habrá de ultimar más luego Marcos Vargas para vindicar la muerte de su hermano “La noche en que los machetes alumbraron el Vichada”.
Canaima es la divinidad del mal que le disputa a Cajuña, el bueno, los dominios de la selva y Marcos Vargas el centro vital de la novela. Marcos Vargas es el hombre que abandona la Ciudad para internarse en el mundo de Canaima y de Cajuña y quien al final se deja arrastrar por la vorágine hasta confundirse con la selva en un grito que espanta y abisma. Marcos Vargas, poseído de un demonio interior, desciende, desciende al fondo de su propio origen hasta encontrarse asimismo. Al final se dará cuenta que él es de allí, de lo primigenio, de lo telúrico, de donde es el cacique Ponchopire, el padre de Aymara, madre del nuevo y mestizo Marcos Vargas, el que regresa a la ciudad prendido en la esperanza de Tupuquén.
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