Burdeles históricos de Tumeremo
En aquel Tumeremo, bañado por las frescuras de los vientos alisios, que soplan del nordeste. Hubo una época en que existieron algunas casas de pasividad, e igualmente botiquines o expendio de licores, que fueron parte de un pedazo de la historia popular pueblerina.
El centro del pueblo era el pilar fundamental de la economía lugareña. La explotación del balatá era el motor que impulsaba el pujante desarrollo de Tumeremo. Así surgieron varias casas de pasividad sexual, que en una forma acelerada se hicieron famosas, en un momento de regocijo erótico.
Época en que las casas de tolerancia fueron la antítesis que habitualmente les reconocen para bien o para mal, ya que los burdeles conformaron y concentraron aspectos de la vida social, que el tiempo y los escrúpulos se han encargado de ir ignorando.
Sin embargo, esta época que sonroja a algunos tiene un periodo de actividad que equivale a su época dorada en Tumeremo, especialmente para la imagen romántica de todos aquellos que la vivieron de cerca.
Aún quedan históricas casonas, que nos hacen inmortalizar recuerdos, y retrotraer el Tumeremo entusiasta, donde el machismo era ley, prevaleciendo el vale todo, la fama valía más que la verdad, y en medio de una noche de jolgorio, y parranda, el doblón, morocotas, napoleones, libras, y otras monedas de oro, era el desafío para sortear a lo macho, quien se quedaba con “Piel Canela”, La Chiva” o “La Bigolla”.
Para esa época del siglo pasado, funcionaron en Tumeremo, varios centros nocturnos, botiquines o mejor dicho licorerías, como comúnmente se denominaban, muchos de ellos adquirieron gran relevancia, la presencia de bellas damas, que engalanaban el ambiente, y por supuesto eran el aderezo discutido de cada cliente, quien al llegar al interior del botiquín, arrojaba sobre el mostrador, un puñado de oro, doblón o morocota, con esta acción se convertía en el símbolo del poder económico, cautivando el amor de la fémina elegida.
Para bien o para mal, estos célebres centros nocturnos, conformaron aspectos de la vida social de Tumeremo, y que al trascurrir el tiempo se fueron envejeciendo, subyugando la ignorancia, y el doble del ser humano.
Corría el año del 1920, Tumeremo, era un hervidero de gente de todas partes, y por consiguiente, era el epicentro de los movimientos políticos y militares. La convulsión aurífera y balatera, era parte de la vida cotidiana del pueblo. El aventurero “tiraba una parada”, en busca de un rico yacimiento aurífero, o una buena “mancha de pulgo”. Lo importante era lograr su objetivo económico, y obtener buenos dividendos del oro o el balatá. Una vez arreglada la cuenta con el patrón, el hombre se iba a uno de los burdeles, como es natural, en busca de recreación y placer sexual.
Algunos personajes, quienes vivieron de cerca, trayéndonos una idealización de ese pasado, y que cada vez quedan menos, últimos capaces en darnos esa descripción integral de la que fuera ese ambiente en Las Tres Rosas, El Volcán, o El Puñado de Rosa. Botiquines como Las Gradillas, de José Gradilla, y Nueva Granada, de Fausto González, ambos negocios ubicados en la calle Piar, frente a la Plaza Bolívar de Tumeremo.
“Las Tres Rosas”
Con respecto a este significativo e histórico nombre, algunos escritores y cronistas han afirmado que, en esa popular barriada, otrora llamada Junín, hoy avenida “Las Tres Rosas”, vivían tres bellas damas, y que cada una se llamaba Rosa, dizque, todos los domingos, cada una de ellas. se adornaban sus lindas cabelleras con una rosa, afirmación esta que carece de veracidad.
Cabe destacar que en la esquina de la calle Junín cruce con un callejón que para esa época no tenía nomenclatura, se ubicaba una casa, compuesta por tres amplias habitaciones, y en su parte de arriba (comúnmente llamado soberado). Cada techo o soberado estaba decorado con una sugestiva rosa, cómo símbolo de encanto para asemejar el célebre burdel “Las Tres Rosas”.
Las Tres Rosas, era frecuentado por personalidades de la alta sociedad tumeremenses, y por su puesto era emperifollado por floridas femeninas, todas acordes para ejercer, y desarrollar la actividad más antigua que conoce la humanidad, cuyo propietario era el señor Ricardo Wanderleine, de origen corso, influyente empresario, dedicado a la explotación del balatá.
Es necesario resaltar que, en el año de 1937, dicho centro nocturno canceló sus operaciones comerciales; y posteriormente el general Amador Ortega, esposo de doña Clara Velázquez, (mis abuelos), compró la referida casa.
Como lo hemos señalado anteriormente, se demuestra que el nombre de Las Tres Rosas corresponde a un botiquín, que en el siglo pasado funcionó en la calle Junín, hoy conocida como avenida Las Tres Rosas, y no como lo han venido sosteniendo algunos cronistas, que se trataba de tres damas que se cubrían la cabellera cada una con una rosa.
“El Volcán”.
Tardes prodigiosas que acicalaban el ambiente. Acompañado de una música suave que se dejaba escuchar, proveniente de una vitrola.
Féminas que emperifollaban el círculo, Amapola, y La Chiva, bailando al son de un pasodoble, era las características pueblerinas que reflejaban la alegría desbordada de un deleitable momento de placer sensual. Se escucha la voz de un cliente, cantinero sirva otro palo de champaña. Como siempre el pago del servicio, oro, morocota, o napoleón. Un amplio salón, conforman al célebre botiquín llamado El Volcán.
Esta casa de tolerancia estaba ubicada en el cruce de las esquinas de la calle Junín con la Roscio de Tumeremo, cuyo propietario era Ramón Marcano. En ese centro nocturno se alternaban féminas, que proporcionaban sus servicios en otros botiquines, algunas de ellas eran contratadas para presentar algún espectáculo en El Volcán, de esta manera proyectaban su imagen, con el fin de mantener siempre el equilibrio sexual, con el fin de atraer a sus codiciados clientes.
En la oportunidad que el general Pedro José Fernández, regresó del alto Cuyuní, donde descubrió la una rica mina de oro el cual la bautizó con el nombre de “La Amarilla”, se comenta, que una tarde llegó el general Fernández al Volcán y les ordenó a unos de su sequitos que bajara de la mula un balde, y en medio del gentío, sobre una mesa vació un balde lleno de cochanos y gritó: ¡nunca han visto oro, entonces, vean oro!
Esta estructura aún existe, conservando su natural estilo arquitectónico, cuyo propietario actualmente es nuestro común amigo Carlos “Guasa” Astudillo.
“El Puñado de Rosa”.
En el laborioso Tumeremo, confundido en medio del fragor de la gente, como un verdadero remolino humano, asiduos clientes, que cada noche frecuentaban el botiquín, unos revoloteando en el candil de la noche para elegir una hermosa dama, o la presencia de expertos jugadores de naipe y dados quienes, con su ligereza de manos, era el prototipo que llevaba siempre la partida ganada.
Las apuestas a la vista, y la contraparte pendiente de que en algún momento se produzcan un piquete mal cruzado, o una carta marcada, un dado cargado de plomo, cuyo desenlace muchas veces resultaba fatídico, siempre al unísono ¡Topo a la parada!
En ese ambiente contaminado del juego de envite y azar, el acompañamiento de mujeres de las vidas ligeras y frívolas, El Puñado de Rosa, era frecuentado por políticos y personalidades de la alta estirpe tumeremenses.
Este botiquín estaba ubicado en la calle Miranda, frente a la plaza Bolívar de Tumeremo, el cual era regentado por su propietario José Figarella, justamente donde reside actualmente la honorable matrona doña Carlota Hernández de Camacho, quien por cierto durante muchos años ejerció la odontología.
Tumeremo, vivirá en el recuerdo, como uno de los pueblos de mayor importancia del Estado Bolívar, con un extraordinario pasado, incluyendo a Rómulo Gallegos, quien en la oportunidad que visitó a Tumeremo, pueblo este, donde comenzó a escribir su extraordinaria novela Canaima, tomando apuntes en el Puñado de Rosa, allí se encontró con Domingo Fuenmayor, el minero que trajo de las minas de Payapal tres quintales de oro, y en una fiesta de carnaval en vez de jugar con serpentina, jugó con oro, lanzándolo por las calles de Tumeremo. Este señor Fuenmayor fue quien le dio datos a Gallegos para escribir su novela Canaima.
¡Un radio en el Puñado de Rosa!
Era el año de 1939, la segunda guerra mundial estaba en pleno desarrollo. El pueblo estaba totalmente desinformado de los acontecimientos que ocurrían del otro lado del planeta. José Figarella, dueño del Puñado de Rosa, compró en Caracas un radio, y lo instaló en el interior del local, sintonizaban la “Estación de la BBC de Londres”, emisora que cada segundo trasmitía boletines, sobre los acontecimientos de la segunda guerra mundial.
Hombres y mujeres se aglomeraban en el interior del local, prestos a escuchar las noticias sobre el acontecimiento bélico.
El volumen de gente era más numeroso, el local resultaba insuficiente. Figarella, resolvió instalar una enorme corneta conectándola a un cable, instalándola a un madero que fijó en la parte derecha del redondel de la Plaza Bolívar. Como era de costumbre, la gente todas las tardes acudía a la Plaza Bolívar, a escuchar el reporte emitido por la estación de la BBC de Londres”.
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