Angostura a la luz del Correo del Orinoco. Capítulo séptimo
1822
El Correo llega a su destino final
1821 terminó en Angostura con una fiesta de tres días conmemorativa del aniversario nacional de Colombia. Cañonazos al despuntar la autora, repiques de campanas, música de veteranos, iluminación de la ciudad por las noches, oficios religiosos, representaciones teatrales y siempre una gran cena y baile en la casa de uno de los extranjeros prominentes, James Hamilton. Valía por Colombia y también por el año 1822 que asomaba como una esperanza que luego para desconsuelo comenzó a desvanecerse a medida que la ciudad se quedaba relativamente sola, tan sola, que hasta su único periódico terminaría cerrando páginas muy pronto. -123 (1).
Efectivamente, el 23 de marzo circuló la edición 128, la última del Correo del Orinoco. Podríamos decir que finalizó junto con la gestión de José Ucroz, gobernador de la provincia, quien se despidió de los guayaneses con una proclama el 11 de febrero, pues junto con la Constitución de Colombia aprobada por el Congreso General comenzaba prácticamente otro Gobierno. Simón Bolívar, ratificado, como siempre, en la primera magistratura, pero alejado de los negocios políticos, enteramente absorbido por la inevitable guerra de emancipación que en ese momento se dirigía hacia el Sur. Francisco de Paula Santander era el vicepresidente de Colombia. El Correo del Orinoco, de enero a marzo espació sus apariciones: 2 de enero; 1 en febrero y 2 en marzo, señal de su agonía. La edición final está cubierta por informaciones foráneas. De Angostura sólo da cuenta del bergantín Luiza a punto de dar vela hacia San Thomas y la goleta Petronila hacia Carúpano y Cumaná. Si hubiera permanecido unos meses más, habría registrado la muerte del prelado que acompañó a la República durante ese lapso: Don Domingo Remigio Pérez Hurtado, quien a raíz del deceso del Obispo José Ventura Cabello había sido nombrado muy democráticamente por el Clero de Guayana, Vicario Capitular Gobernador del Obispado, a requerimiento del Libertador.
Angostura al cierre del Correo del Orinoco
Angostura, al cierre del Correo del Orinoco, era una ciudad distinta. Había cambiado su fisonomía tanto física como espiritual. Bien cierto era que ya no tendría la dinámica propia de los grandes negocios de la política y de la guerra que le imprimía el hecho de ser asiento de los poderes supremos de la Gran Colombia y de Venezuela aparte de los de las provincias, pero le había quedado durante casi un lustro el fermento de toda aquella realidad republicana jamás asomada en el largo como lento proceso de la Colonia. Un fermento político que tomará cuerpo luego con la definitiva expulsión de todo cuanto olía a colonialismo hispano y que crecía cuando ya asentada la República sobre una gran conciencia ciudadana, las ideas encuentran cauce en torno a liderazgos como el de Anizeto Maldonado y Félix Figuera, pasado por las armas el 9 de agosto de 1824, en la misma plaza donde se fusiló Piar. Fueron pasados por las armas por levantarse contra el coronel José Manuel Olivares, quien gobernó la provincia de Guayana desde 1823 hasta 1828. (1:427)
Angostura conformará un liderazgo político con los hombres que tuvieron como civiles o militares idóneos, participación en la lucha por la independencia, entre ellos Ramón Contasti, Eusebio Afanador, José Tomás Machado, Juan Vicente Cardozo, Nicanor Afanador, Biviano Vidal, Ascensión Ferreras, Juan Bautista Dalla Costa padre, Tomás de Heres, Remigio Femayor, José Gabriel Alcalá, José Miguel La Grave, Florentino Grillet y José Manuel Olivares. Estos hombres, entre los primeros, habrán de sobresalir en la política regional hasta avanzado el siglo y militarán en los dos primeros grandes partidos habidos en Guayana: Los Filántropos o liberales liderado por Juan Bautista Dalla Costa y los Antropófagos, o Conservadores, que jefaturaza el General Tomás de Heres.
Durante la época del Correo del Orinoco quedaron echadas las bases para un comercio mercantil sólido impulsado por los europeos que llegaron a Angostura como el inglés James Hamilton, quien introdujo la navegación de vapor por el Orinoco, el alemán Johann Gottlieb Benjamin Siegert, inventor del famoso Amargo Angostura que le dio la vuelta al mundo como excelente tónico y el italiano Juan Bautista Dalla Costa por cuyo intermedio los hermanos Ayala trajeron a la capital guayanesa la segunda Imprenta (1838) para reanudar en ella la actividad periodística estancada desde la extinción del hebdomadario de los patriotas.
Angostura consolida su puerto fluvial de rango internacional y se conforma como centro comercial receptor y distribuidor de todo el arco sur orinoqueño y llanos del norte del eje Apure-Orinoco. Se abre una gran brecha para la inmigración corsa y anglosajona que genera una sociedad de estrato superior influenciada por los valores culturales europeos en pleno ascenso. Angostura entonces a través del Caribe, parece estar más cerca de Europa que de la misma Caracas. En ambos casos la comunicación es por la vía fluvial y marítima.
Angostura está en los ojos del mundo desde 1817 que los patriotas pusieron planta firme en este territorio capital que durante la primera y segunda República había sido inexpugnable. Su importancia estratégica la explica Bolívar en una carta cuando dice que es “muy propia para defenderla y más aún para ofender”. Solo eso, y con una población tan escasa se haya convertido, aunque transitoriamente, en triple Capital: Capital de la provincia de Guayana, capital de Venezuela y capital de la Gran Colombia.
La población era realmente escasa, sobre manera ilustrada. Faltaban hombres notables e idóneos para ocupar los puestos públicos. Por tal necesidad hubo que utilizar incompatiblemente los del Congreso para formar parte de los otros poderes. Y tal vez el problema no haya sido solo la provincia de Guayana sino de todo el país porque cuando don Fernando Peñalver se oponía en el Congreso de Angostura a la institución del Senado hereditario y se tranzaba por el vitalicio, aducía precisamente, entre otras cosas, “… la escasez de hombre ilustrados para desempeñar funciones que exigen luces y principios que solo el tiempo y la educación pueden dar…” 34 (1-2-3).
La educación siempre había sido de privilegiados y apenas comenzaban en Angostura a echar las bases que el Ejecutivo de la Gran Colombia, ya con asiento en Bogotá, conspiraba consolidar con el Decreto del 27 de noviembre de 1824, por medio del cual creaba el Colegio de Guayana, pero que al final no se materializó sino después de rota la unidad gran colombiana con la separación de Venezuela.
En Angostura por primera vez se oyó el clamor “La educación popular debe ser el ciudadano primogénito del amor paternal del Congreso” que orientó los pasos que en esta materia dio el Libertador a partir de entonces, llegando, dada la escasez de personal capacitado para la enseñanza y de recursos financieros, adoptar el sistema de las llamadas Escuelas Mutuas diseñadas por el educador inglés Josep Lancaster, que permitía a un maestro dirigir mediante la colaboración de los estudiantes más avanzados, hasta un millar de niños.
La Catedral y la religión católica tal vez sean las que menos beneficios obtuvieron durante el lapso del Correo del Orinoco. la Guerra, el sirio de Angostura, la degollina de los Misioneros del Caroní y el fallecimiento del obispo José Ventura Cabello en una isla deltana, habían descalabrado la actividad de la Iglesia, reducida a un limitado número de Ministros sagrados para sostener el culto y administrar los socorros espirituales. Por lo menos unas cien Parroquias habían quedado sin pastores y el Libertador preocupado por la situación, emitió un documento el ocho de noviembre de 1817 invitando al Clero a reunirse y a ejercer el derecho de designar una autoridad para la jurisdicción espiritual de la Diócesis de Guayana. “… por mi ardiente celo y amor a la causa de la religión cristiana-expresa-, me atrevo, como Jefe Supremo de la República, a excitar, llamar, y convocar con todo el afecto de mi corazón, en el caso necesario con el poder de la autoridad, a todos y a cada uno de los que componen el muy respetable clero de esta Diócesis, para que se presente por si o por sus legítimos poderes de esta Capital en el preciso término de cincuentas días, a deliberar sobre las necesidades de esta Iglesia y muy particularmente a nombrar un Superior que la administre”. Se designó Don Domingo Remigio Pérez Hurtado, quien falleció el mismo año de la extinción del Correo del Orinoco. (8:49-50).
Para entonces la Catedral desde tiempo del gobernador de la colonia, Miguel Marmión, permanecía inconclusa, pero aún realizaban en ella ritos religiosos y se enterraban los muertos, los muertos que en vida se distinguieron en la sociedad angostureña, porque los de menor rango, los menesterosos eran arrojados al río o sepultados en el monte. De allí que Juan Vicente Cardozo, gobernador político de la provincia y presidente de la Municipalidad haya emitido el 8 de enero de 1818 un conjunto de órdenes, entre ellas, una que advertía en su artículo 2 que “La nacionalidad, entre sus varias atenciones, ha comprendido la del establecimiento del cementerio, y en este concepto se prohíbe que ninguna persona, arroje al río los cadáveres, ni los sepulten, sin orden del Párroco por exigirlo así el orden y la facilitación de lo que debe observarse por aquel en el asiento de las partidas en su respectivo libro” (5:63).
El Libertador, el 15 de octubre de 1817, un día antes del fusilamiento de Piar, había emitido un decreto ordenando que los cadáveres no se entierren en la Iglesia; pero al año siguiente se derogó tal disposición, permitiéndose únicamente que se inhumaran en ellas ciertas personas notoriamente distinguidas (1:402). Todo hace pensar que el decreto original respondía a la necesidad de evitar que Piar fuese enterrado en la Catedral. Tavera Acosta dice que sus despojos fueron inhumanos en un despampanado llamado El Cardonal, pero jamás se localizaron.
Queremos afirmar entonces como corolario que la disposición del gobernador Juan Vicente Cardozo se cumplió y que el Cementerio Principal de la ciudad data de la época dado que en él se hallan los restos de Manuel Palacio Fajardo, falleció el 8 de mayo de 1819 aguardando su transferencia al Panteón Nacional.
En cuanto a la economía, esta no obstante que se rompió con el monopolio castrante y se permitió el comercio indiscriminado y libre, estuvo controlada por el estado, especialmente la exportación de ganado vacuno y caballar expropiado a las misiones y por cuyo concepto se fortalecieron los ingresos de las rentas públicas que permitían sostener la burocracia y costear la onerosidad de la guerra de cuyo aparato formaba parte el Correo del Orinoco y otros impresos editados en la primera impresa llegada angostura . Alrededor de este semanario se reunieron las más prominentes plumas del momento y tal coyuntura facilitó la introducción de una importante bibliografía en todos los idiomas secularmente negada, por el colonialismo, también de periódicos de otros lares como el Journal de París, el Telégrafo de Chile, el Times de Londres, el Trinidad Courant, y el Trinidad Gazette, el American, and Commercial Daily Advertiser, American Sentinel, Gazeta de Santa Fe de Bogotá, Correo Constitucional de Mallorca, el diario de Dublín, el Morning Chronicle, el Diario Gaditano, el Eco Patriótico de Córdoba, el Freeman’s Journal, y las Gacetas de Caracas, Curazao de Charlestón, Federal de Baltimore , de Londres, Madrid, Martinica, Nueva York, Turín, San Tomas, San Vicente, Santa marta y el London Magazine. Ninguna Ciudad de Venezolana tuvo como entonces mejor ocasión para la convergencia de la información, el conocimiento, el talento y la discusión de ideas.
Por todo lo transcurrido en ella desde su ocupación por los patriotas hasta la extinción del Correo del Orinoco, nos es dable concluir en que Angostura históricamente es el hito más importante de la Tercera República y que ello fue posible a su condición de capital de una provincia que como bien lo apreció y manifestó el Libertador, era «muy propia para defenderse, pero más aún para ofender», aparte de poseer vacunos y caballos, dos elementos esenciales para la economía y la guerra.
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