Amalivaca, creador del Orinoco
Según el mito y la leyenda tribales, el Orinoco fue una consecuencia del Diluvio acaecido en tiempos ignotos durante cuarenta días con sus noches.
Durante ese lapso de cuarenta días que duró el Diluvio, las aguas incesantes lo sepultaron todo sobre la faz de la Tierra y sólo sobre las superficies flotaba al garete una palmera Moriche a la que asidos un hombre y una mujer, se detuvo en la cima del Cerro Tamanacú. Allí, a salvo, la pareja sembró la palmera que le proporcionó todo lo necesario para sobrevivir hasta que descendieran las aguas como, en efecto, descendieron por gracia de Amalivaca.
Amalivaca, dios enigmático, de contextura atlética suavizada por frondosa barba y cabellera blanca, casi del mismo color de su túnica, les dijo ser su padre y haberlos salvado para asegurar la permanencia de la vida humana sobre la tierra. Por ese motivo los invitó a crecer y multiplicarse y cuando se despidió de ellos las aguas comenzaron a descender.
Después de un tiempo largo, Amalivaca regresó en compañía de su hermano Vochi y dos hijas, con el propósito de perfeccionar la vida en la tierra. Fue cuando concibió la idea de crear al Orinoco para que la floreciente nación pudiera comunicarse con toda la Geografía.
Cuando llegó ese día, los hermanos se consultaron largamente, pues aspiraban los Tamanacos que fuese creado el Orinoco de tal manera que se pudiera remar sin esfuerzo tanto a favor de la corriente aguas abajo como aguas arriba, a fin de que los remeros no se cansaran en el curso de la navegación; pero, no fue posible, Amalivaca quería poner a prueba el ingenio de los Tamanacos y todo no se les podía servir en bandeja de plata. Entonces, dice la leyenda, habría sido cuando comenzó a materializarse la navegación a vela aprovechando el recurso del viento.
Se prolongaba el tiempo de permanencia y las hijas de Amalivaca deseosas de regresar, fastidiaron hasta más no poder al padre hasta que éste las sentenció a quedarse allí para siempre con las piernas inutilizadas para que no pudieran abandonar nunca el lugar, pero sin afectar su fertilidad o capacidad de procreación pues quería Amalivaca que ellas contribuyesen a la multiplicación de la raza tamanaca y como depositarias que eran de la sabiduría de su padre, la transmitieran a sus hijos en procura de la felicidad.
Amalivaca vivió entre los Tamanacos largo tiempo en el sitio denominado Maitata, justamente en la gruta existente en lo alto de un cerro llamado Amalivaca Yeutitpe. Su tambor “Amalivaca Chamburai”, era una piedra en el camino de Maitata.
Un día Amalivaca decidió regresar al otro lado del mar de donde había venido y ya listo en su canoa para el largo viaje, quiso obsequiarle a su pueblo vida eterna con estas solemnes palabras: “Uopicachetpe mapicatechi”, que para los tamanacos significaba que tendrían una vida eterna, tan sólo modificada por el cambio de la piel, tal como ocurre a los grillos y a las sierpes. Más, cuando una anciana de gran influencia sobre su estirpe escuchó la sentencia sagrada, incrédula se burló del dios y éste indignado rectificó diciendo “pues entonces habrán de morir” (mattageptechi).
Desde aquel momento, los Tamanacos atribuían la culpabilidad de su finitud a la abuela incrédula que pretendió burlarse de Amalivaca. Amalivaca zarpó en la canoa y dejó sembrada en su nación preferida el presentimiento de que volvería. Pero no volvió y cuando el misionero Filippo Salvatore Gilii, a mediados del siglo XVIII, visitó las riberas de Caicara del Orinoco (Municipio Cedeño) sólo quedaban 125 individuos de una población más numerosa que se deduce fue diezmada por las epidemias y las guerras.
Carapaica, su cacique o gobernante, dijo al misionero cuando le propuso trasladarlos a la Misión de la Encaramada, cerca de la Urbana: “Todos somos hijos de uno y aunque tenemos colores diversos, descendemos de un solo hombre. El sol abrasador, las fatigas y la penosa vida nos han disminuido. Somos ya humo blanco, blanco, como el vestido de Amalivaca”.
Amalivaca se fue y no volvió en persona sino a través de sus dos hijas que se multiplicaron en interminables generaciones que fueron poblando las costas del Orinoco desde su propio Delta hasta más allá del Atabapo.
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