Samaniego, el fabulista
El 11 de agosto de 1801, falleció el famoso fabulista hispano Félix María Samaniego, a la edad de 56 años, en el mismo pueblito de su nacimiento llamado Laguardia. Pero hubiera podido morir antes, sino es por la intervención influyente de un amigo que lo salvó de la acusación que le hicieran ante la Inquisición por haber adoptado las opiniones de los franceses de aquella época.
Era Samaniego un hombre sencillo, estimado en los salones por su conversación amena y llena de gracia. La paz y el bienestar doméstico fueron su más cara ambición y estuvo siempre alejado de los cargos públicos que en aquel tiempo le ofrecieron. Era aficionado a la música y menospreciaba la fama literaria que tuvo y todavía subsiste a través de los tiempos. Porque fue sin duda un fabulista virtuoso bebido en las fuentes del griego Esopo, el romano Cayo Julio Fedro y el francés Jean de La Fontaine.
Moralizador, pues sus relatos siempre tuvieron una conclusión edificante o instructiva. Mediante personajes imaginarios puso al descubierto las más comunes acciones humanas y ridiculizó con aciertos y sensibilidad extraordinaria las debilidades de los hombres.
Las fábulas siempre han interesado y continúan interesando a la humanidad porque sus temas preferentes se viven a cada rato: La avaricia, el egoísmo, la vanidad, la holgazanería, la temeridad, el despilfarro, son defectos que consumen al hombre y de ahí que las fábulas al igual que las parábolas hayan sido concebidas por los grandes literarios para ponerlas al descubierto. ¿Quién no recuerda aquella de “El Cuervo y la raposa”?… donde la zorra elogia la hermosura del cuervo, hasta que éste, para demostrarle la armonía de su voz abre el pico y deja caer un pedazo de queso que, siendo lo que la zorra perseguía, lo toma para sí y deja burlado al vanidoso.









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