La Guayana del Oro y Antonio Liccioni
En 1984, Horacio Cabrera Sifontes dio a luz su octavo libro dedicado a la explotación del oro de El Callao y a uno de sus principales protagonistas Don Antonio Liccioni.
La obra de diez capítulos y 215 páginas comienza hablando de la emigración corsa hacia la América del Sur y su notable presencia en la Guayana del oro, del balatá y el caucho, llegando a dominar por largo tiempo su realidad económica y social.
Corso fue Napoleón Bonaparte y corso igualmente lo fue don Antonio Liccioni, una figura casi legendaria nacida en 1817 en el Pueblo de Pino, justamente cuando Bolívar y Piar desplazaban a los españoles y les abrían camino y posibilidades a todos los hombres emprendedores del viejo mundo.
Don Antonio Liccioni, vertiente mayor de la sangre corsa en Guayana se radicó definitivamente en ella en 1865 y demostró su vitalidad y empuje como ganadero y fundador del gran pueblo aurífero de El Callao.
Como hemos señalado, Don Antonio Liccioni nació en la comuna de Pino, Mar Tirreno, en 1817. Ya Córcega era francesa. La había vendido Génova, pero también había sido Virreinato del Reino Unido.
Liccioni llegó a la América por Colombia, donde se casó con Natalia Beltrán. Fomentó un hato en Casanare y llegó a ser Perfecto de la provincia.
Entre 1865-1870 llegó a Guayana con todo su ganado, invitado por Juan Bautista Dalla Costa, quien lo ganó para reorganizar y presidir la Compañía Minera de El Callao, donde realizó una labor empresarial trascendente.
La Compañía Minera de El Callao llegó a producir hasta 8 toneladas de oro al año y le imprimió gran dinamismo a la actividad mercantil bolivarense, sostenida hasta entonces por la ganadería y explotación de subproductos de la selva como el caucho, la sarrapia, el balatá y las cortezas amargas de árboles medicinales.
Pero Liccioni no vino expresamente en busca de El Dorado sino como hombre de hacienda que quería poner en práctica su experiencia acumulada en el fomento ganadero de Casanare, pero por fortuna se encontró con el filón de El Callao que le permitió sin tener que dejar la ganadería, incursionar en el área minera como no antes ni después lo habían hecho otros sectores ligados a la explotación aurífera.
De la unión de Antonio Liccioni con Natalia Beltrán nacieron siete hijos: Antonio, César Leopoldo, Julio, José Roberto, Natalia y Margarita Liccioni Beltrán.
Su hija Natalia se casó con el General Eduardo Demóstenes Villegas. Ambos vinieron a Venezuela a administrar Tocoma y La Aurora, dos importantes hatos que don Antonio había fomentado a orillas del Río Caroní. Esta pareja tuvo tres hijos: Eduardo, Héctor y Tulia Villegas Liccioni. Natalia enviudó y celebró segundas nupcias con Angel Mattei.
Liccioni permaneció como jefe director de la Compañía Minera de El Callao hasta 1890 que se agotó la mina y ésta circunstancia hizo que le dedicara mayor tiempo a la cría de ganado. Anteriormente se alternaba y mostró gran preocupación por los ganaderos que carecían del título de propiedad de la tierra donde pastaba el ganado. Las tierras de las antiguas Misiones del Caroní, 379 leguas y 921 hectáreas pertenecían al Colegio Federal de Guayana que las usufructuaba mediante arrendamiento para poder sostener el funcionamiento del colegio.
Liccioni propuso al presidente Guzmán Blanco comprar esas tierras por 600 mil bolívares en oro que colocados a un interés del 6 por ciento producirían al Colegio el doble de lo que entonces percibía por el sistema de arrendamiento. El Congreso Nacional autorizó al Gobierno Nacional la venta de esas tierras y Liccioni las vendió a unos 150 parceleros que las pagaron en cuatro plazos. Pero, en definitiva, el dinero fue a engrosar las arcas de la nación para hacer administrativamente menos autónomo el Colegio Federal.
Horacio Cabrera deja ver que el presidente de la República, General Guzmán Blanco, tenía particular interés en vender estas tierras y se inscribió como socio sin aportar capital y por último pretendió sacar provecho del bosque Monte Sacro dentro de los propios linderos de las antiguas tierras de las Misiones.









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