La cueva y el tambor de Amalivaca
La mitología cosmogónica del pueblo Tamanaca de Caicara del Orinoco, narrada por el padre jesuita Filippo Salvatore Gilii en su «Ensayo de Historia Americana», tiene un sustrato de realidad evidenciado por el antropólogo, historiador y sociólogo Adrián Hernández Baño.
Adrián Hernández Baño es venezolano nacido en Murcia (España) en 1927 y radicado en el país desde 1956. Realizó estudios en la Universidad Central de Venezuela, donde obtuvo el título de antropólogo, historiador y sociólogo. Tiene doctorado en la Universidad Complutense de Madrid y fue hasta su muerte docente universitario y cronista del municipio Buchivacoa del Estado Falcón.
Ha publicados varias obras y en 1977 se propuso hallar en las inmediaciones del río Cuchivero, el famoso Cerro Tamanacú donde sobrevivieron al diluvio los padres de la raza Tamanaca, así como la Cueva y el tambor de Amalivaca, en San Luis de la Encaramada.
Filippo Salvatore Gilii, sacerdote jesuita italiano, destinado en 1748 a las Misiones del Orinoco Medio, fundó al año siguiente la Misión de San Luis de la Encaramada, con aborígenes Tamanaco que habitaban el norte del actual municipio Cedeño, a los cuales se agregaron Maipures y Pareques. Convivió con ellos durante dieciocho años y medio, al cabo de los cuales regresó a Roma acatando una medida de expulsión contra la Compañía de Jesús dictada por el Rey Carlos III.
Gilii escribió entonces, en cuatro tomos, su conocido Ensayo de la Historia Americana, donde da cuenta de la cultura de los Tamanacos en la que en el aspecto cosmogónico encuentra impresionante semejanza con la bíblica descripción del Diluvio y los primeros tiempos de la raza humana.
Narra Gilii que en el grupo étnico había un joven llamado Yucumare que recordaba vivamente lo que le contaban sus abuelos sobre el origen de los Tamanacos, pueblo de filiación lingüística caribe hoy desaparecido.
Recordaba y decía Yucumare en su propia lengua, la cual dominaba el misionero Gilii, que «en los tiempos antiguos de nuestros viejos se hundió en el agua toda la tierra y sólo sobrevivieron a la inundación un varón y una hembra, aferrados a un monte llamado Tamanacú, cercano al río Cuchivero».
- Y ¿cómo fue posible volver a propagar la especie humana? – preguntó Gilii a Yucumare:
- Te lo diré. Estando afligido los dos por la pérdida de sus parientes y dando vueltas pensativos por el monte, le fue dicho que tiraran por encima de los hombros el hueso del fruto de la palma moriche y los huesos de los frutos tirados por la mujer se levantaron convertidos en mujeres, y en hombres los tirados por el hombre.
Conforme a lo indagado por Gilii, el dios de los Tamanaco era Amalivaca, un hombre blanco vestido de blanco que tenía un hermano llamado Uochi. Juntos habrían creado la tierra, la naturaleza y los hombres. Cuando les tocó crear el Orinoco, discutieron largamente, pues querían lograrlo de tal manera que se pudiera remar a favor y en contra de la corriente como lo sugerían los aborígenes al objeto de no demorarse y cansarse en la remontada. Al final convinieron bajo un soplo de brisa que encrespaba la corriente descendente, que era mejor confiar esa posibilidad al ingenio de los aborígenes.
Amalivaca vivió mucho tiempo entre los miembros de esa etnia. Dice Gilij: «Estuvo Amalivaca largo tiempo con los Tamanaco en el sitio llamado Maita. Allí muestran su casa, lo que no es más que una roca abrupta, en cuya cima hay peñascos dispuestos a modo de gruta. Se llamaba cuando yo la ví, Amalivaca – yeutipe, eso es, «la casa donde habitó Amalivaca. No está muy lejos de aquella casa su tambor (En Tamanaco Amalivaca chamburay) esto es, un gran peñasco en el camino de la Maita al que dan este nombre».
Después de leer el relato mitológico que le sirvió de centro para su tesis de grado de historia, el antropólogo Adrián Hernández Baño se preguntó si era posible localizar el ambiente del pueblo Tamanaca, pero muy particularmente, la casa de Amalivaca y su tambor. Asimismo, el monte Tamanacú, tabla de salvación de los dos sobrevivientes del Diluvio y donde comenzó prodigiosamente a reponerse la raza Tamanaca gracias al milagro de la semilla del Moriche.
Pues bien, un día cualquiera, siendo estudiante de Historia y bajo la tutoría del profesor Marco – Aurelio Vila, acopió recursos y fijó residencia temporal en Caicara del Orinoco para en compañía del experto vaquiano Juan de Dios Villanera, ir en busca del Monte Tamanacú y más luego de la Cueva y el Tambor de Amalivaca.
Sólo de dos datos disponía para tan incierta aventura: el toponímico Tamanacú y el Cuchivero. De manera que a bordo de una curiara y llevando a Villanera de baquiano, Adrián Hernández inició su aventura al encuentro de la cueva y el tambor de Amalivaca.
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