Antropólogo encontró Cueva de Amalivaca
El antropólogo Adrián Hernández Baños encontró sorpresivamente la Cueva de Amalivaca no obstante disponer sólo de los topónimos Tamanacú y Cuchivero.
Comenzó su aventura navegando el río Cuchivero desde su desembocadura en el Orinoco y encontró cerca del río un monte que los campesinos conocen como «El Zamuro».
A decir del propio Hernández, «se trata de un cerro no muy alto, cerca del río, el cual tiene en su cima muchas rocas graníticas, que se aguantan por ese sabio equilibrio que sólo la naturaleza sabe dar. Su formación es sumamente caprichosa y muchas de ellas parecen como si fueran sillones donde uno se puede sentar. Algunas de las rocas graníticas emitían un sonido especial al golpearse con un objeto contundente». Añade que en dicho cerro hay una multitud de pinturas rupestres, en rojo y blanco, que lo hace suponer que el lugar fue sitio de ritual de los aborígenes. No afirma que sea el Monte Tamanacú, solo lo deja como indicio tomando en cuenta ciertos elementos de la leyenda.
Luego de numerosos viajes y fracasos, navegando en bongo por el Orinoco, penetrando picas por la intrincada selva o rodando a bordo de un todoterreno por las sabanas, el explorador dio con la Cueva de Amalivaca en la llanura de Maita que ahora se llama la Sabana del Espanto.
Primero hubo de ubicar con muchas dificultades la antigua Misión de San Luis de La Encaramada, pues ninguna alma de aquellos líticos parajes, entre Caicara y La Urbana, sabía que se trataba de Pueblo Viejo. Fue el nombre que le quedó a San Luis de la Encaramada, ya sin casas ni bohíos, pero se puede apreciar la distribución del poblado. «Las piedras – dice Hernández Baño – indican el lugar en que estuvieron situadas las mejores casas. La vista que hay desde donde estaba la plaza a la serranía de La Encaramada, es impresionante. Encontramos muchos restos de ladrillos y tejas y una especie de hornos un poco alejados de donde estuvo el pueblo y a orillas del caño o río Guaya».
A partir de aquí salió en busca de la mítica casa de Amalivaca en las sabanas de Maita, hoy sabanas del Espanto, y encontró por casualidad un abrigo natural o cueva formada por unos enormes bloques de granito, apoyados los unos sobre los otros. «Mirando de frente la cueva de Amalivaca – dice Hernández Baño -, se ve a su lado izquierdo, una especie de escenario natural desde el cual se divisa toda la plaza que es enorme. En medio de la plaza y frente a la cueva, hay una piedra vertical, diferente a todas las demás que hemos visto por estos contornos. Parece como una especie de pedestal que presidiera las ceremonias que podrían haber tenido lugar en la plaza».
«No está muy lejos de aquella casa su tambor, esto es, un gran peñasco en el camino de la Maita al que dan este nombre», dice Filippo Salvatore Gilii y más tarde Alejandro de Humboldt: «…Se indica igualmente cerca de esta caverna, en las llanuras de Maita, una gran piedra: era, dicen los indígenas, un instrumento de música la caja del tambor de Amalivaca …»
Guiados sólo por estas sucintas indicaciones, estuvieron desde la Navidad de 1977 hasta Año Nuevo, de seis de la mañana hasta el atardecer, Hernández Baño y Juan de Dios Villanera, golpeando hasta el cansancio piedras y más piedras en aquel inextricable laberinto de rocas que surgen como islas en las sabanas de Maita. Toda aquella empresa parecía inútil y una noche mirando la estrella más lejana, Hernández Baño tuvo un presentimiento: «Señor Villanera, mañana vamos a tocar a primera hora el Tambor de Amalivaca»:
Nos levantamos a las seis de la mañana y empezamos a golpear todas las rocas que están a la izquierda de la Cueva de Amalivaca y al pie del cerro. Yo me fui al final de todo el camino rocoso y el señor Villanera empezó por las peñas más cercanas a la cueva. De pronto oí un sonido…El sonido era estremecedor, profundo como el telúrico tang – tang de un tambor africano. Villanera había tocado la suerte. El Tambor de Amalivaca, estaba allí, tenso y eterno, justo frente a la lítica casa del gran Dios de los Tamanaco, pero oculto entre intrincada selva, crecida desde que Gilii y los indígenas abandonaron el lugar hace 175 años.
Juan de Dios Villanera, acaso por Juan y por Dios, había tenido la suerte de sonar aquel tambor tan parecido al del enano Uxmal en la civilización Maya, aquel tambor como un monumento megalítico que anunciaba y animaba las ceremonias ritual de aquellos hombres desnudos que podían escribir y pintar sobre las piedras, que veían deidades en la liviandad del humo y que tenían por héroe a un señor alto y blanco que vestía y hablaba como los dioses y que cada vez que navegaba el Orinoco iba cortejado por delfines.
Ese Dios que se fue un día, después del Diluvio, para no volver dejó, sin embargo, un gran río alimentado por muchos ríos, una tierra inmensa y feraz tupida de moriches, una raza a la que una mala bruja le quemó la piel y un lítico tambor que ha vuelto a sonar como en sus lejanos tiempos. Pero en la sabana de Maita hay otros encantos, adicionalmente observados por el antropólogo, un ruido huracanado por las madrugadas y una bola de fuego que rueda de las montañas. Por eso los lugareños de tránsito han dejado la tradición oral de la Sabana del Espanto, al fin, Maita en lengua primitiva significa «lugar que no es», vale decir, lugar que deja de ser cuando en ciertos espacios de la noche un ser tenebrosamente extraño, posiblemente el demonio Yolokiano de los Tamanacos, ruge como una bestia que seguramente ellos trataban de alejar con el sonido inconfundible de su tambor, el lítico tambor que les dejó como heredad protectora el taumaturgo héroe de su cultura.
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