Horacio Cabreras Sifontes

Un guayanés de la selva y la ciudad
Horacio nació específicamente en una casa grande de estilo colonial del Hato La Carata. Y su infancia hasta que se fue a estudiar a Las Antillas, donde aprendió el inglés y el francés, transcurrió entre Tumeremo y la Hacienda Las Nieves, al pie del cerro de Nuria donde funcionaba el ingenio azucarero de su padre Valentín Cabrera Nier.
Desde temprana edad, Horacio Cabrera Sifontes se sintió atraído por la política y admiraba a los revolucionarios antigomecistas, pues su familia era perseguida desde los tiempos del Mocho Hernández por estar siempre metida en empresas revolucionarias.
Un día, se embarcó en uno de los barcos que desde Ciudad Bolívar navegaban hasta el Lago de Maracaibo y estuvo un tiempo internado en la montaña zuliana, donde nació su hija Estela. Luego quiso normalizar su vida en Caracas, pero picado siempre del prurito revolucionario.
En Caracas comenzó a trabajaba en el diario “El Heraldo” como traductor de cables noticiosos del inglés y francés al castellano. En El Heraldo y también en “La Esfera” y en la New York Bermúdez Company. Horacio Cabrera Sifontes trabajaba, se ganaba la vida normalmente hasta que le dio por meterse en una conspiración contra Gómez denominada “Dancing del Hipódromo” para salir del sistema de gobierno imperante.
A pesar de que Gómez había liquidado el caudillismo existía una constante conspiración soterrada que a partir de 1928 se estaba manifestando en las calles con los universitarios. La oposición de los estudiantes a la autocracia que se había iniciado en la época de Guzmán Blanco renació durante la dictadura gomecista y la Universidad Central se cerró durante once años.
La conspiración o complot fracasó por delación. Una señora de la casa donde se realizaban las reuniones relató a funcionarios del Gobierno todo cuanto había oído en las sesiones, hasta la señal que era un disparo para que la gente que se iba a ubicar en la Plaza Bolívar manifestara y tomara el Nuevo Diario que era el periódico oficialista. Cabrera Sifontes según nos confesó durante una entrevista, se había metido de lleno no sólo por convicción democrática, sino porque su familia vivió siempre hostigada por el gomecismo que mandó a quemar sus propiedades.
Fracasado el complot lo hicieron preso sorpresivamente frente al Nuevo Diario y de allí lo llevaron a La Rotunda donde pasó cuatro años cargado de grillos, desde 1931 hasta el 6 de diciembre de 1934, en un calabozo llamado “El Olvido”. Los políticos se distinguían de los delincuentes porque tenían grillos.
Como los grillos de Horacio eran grandes encontró la manera de quitárselos, pero un guardia lo descubrió y entonces intentaron colocarle otros que le habían quitado a un preso tras cortarle el tobillo. Horacio protesto y le colocaron otros, aunque más pesados, de barra larga, no obstante le permitía abrir un poco más las piernas.
Eran 36 los presos políticos respirando un aire viciado, haciendo las necesidades fisiológicas dentro del mismo calabozo a la vista de los propios compañeros y en una lata de kerosén. Aquello era torturante, según confesara más tarde, pero más torturante todavía era la humedad y el frío nocturnos calándose por los huesos en la Caracas de aquella época y aquellos grillos que parecían más fríos todavía como pelotas de hielo seco.
Un día cualquiera en la Rotunda transcurría como el día en cualquier prisión, sin nada que hacer, lánguidos y ociosos; sin embargo, entre los jóvenes políticos presos se encontraban intelectuales de la calidad de Juan Bautista Fuenmayor, Mariano Fortoul, Fernando Key y otros que formaron un círculo de estudios a pesar de que no les dejaban pasar papel ni lápiz.
Don Horacio salió de La Rotunda el 6 de diciembre de 1934. El Dictador los embarcó en El Flandre. Fueron cinco los primeros en abandonar La Rotunda: Horacio Cabrera, Kotepa Delgado, Fernando Key, Raúl Osorio y José Antonio Mayobre. Salieron exiliados hacia Trinidad por el puerto de La Guaira.
Su llegada a Trinidad fue detectada por Miguel Otero Silva. Desde lejos el escritor veía que un grupo de recién llegados caminaba raro: los recién llegados habían perdido el centro de gravedad por llevar los pesados grillos tanto tiempo. Caminaban tirados hacia delante.
Cabrera Sifontes no volvería a Venezuela hasta después de la muerte de Gómez ocurrida el 17 de diciembre de 1935, cuando de nuevo se incorporó a la lucha cívica por la liquidación del gomecismo y ello le valió ser afectado por las medidas represivas del gobierno que culminaron con el decreto de 13 de marzo de 1937. Entonces se radicó en Bogotá y editó en esa capital una colección de relatos de la selva guayanesa con el título de “Caramacate”.
Posteriormente se trasladó a California y allí estudió ingeniería de sonido e intervino en la producción del filme venezolano “Joropo”. A partir de 1940 se vinculó al Maestro Rómulo Gallegos, le acompañó en sus exploraciones cinematográficas por Estados Unidos y escribió una adaptación fílmica de Doña Bárbara.
No pensaba volver a Venezuela. Comenzaba a echar raíces en los Estados Unidos cuando en tiempos de Isaías Medina Angarita una circunstancia lo devolvió de nuevo a su patria. El gobierno norteamericano lo obligaba a enrolarme en el ejército. Se negó alegando que era un exiliado político. Consultaron al gobierno venezolano y un telegrama de respuesta firmado por Arturo Uslar Pietri, Ministro de Relaciones Interiores, en el Gobierno de Isaías Medina Angarita, decía: “Venezuela no tiene presos políticos ni políticos expulsados”. De manera que Horacio Cabrera Sifontes se regresó.
Una vez en Venezuela y dada su amistad con Rómulo Gallegos, estuvo a punto de seguir de lleno en la política, pero se daba cuenta que los dirigentes que estuvieron presos en un mismo calabozo y quienes sufrieron exilios estaban divididos y eso lo decepcionó tanto que se dijo “mi puesto no está en ningún partido sino en el campo” y se vino para Guayana.
En Guayana de nuevo se dedicó a las faenas del campo y a participar en las fiestas de Coleo, deporte que le apasionaba. Así lo vemos en 1946 coleando a beneficio de la Cruz Rojas, en una manga improvisada en el Hipódromo, frente a las “Quince Letras” junto con Rafael Pulgar, Carlos Palazzi, Antonio Bello Vásquez, Alejandro Álvarez, Alberto Liccioni, Ovidio Olivieri, Jesús Lezama, Tomás Guerrero, Blas Jesús Palermo, Del Valle Silva y Ramón Isidro Pulgar. Fundó el Club de Coleadores, trajo de Estados Unidos una importación de caballos “cuartos de milla” y una Manga de coleo se levantó en los terrenos donde posteriormente se construyó el Estadio Polideportivo Heres.









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