El Incidente del Cuyuní
El Reino Unido siempre le tuvo la mira puesta a la vasta extensión de la Guayana venezolana. Desde que Walter Raleigh apresó al Gobernador don Antonio de Berrío y se hizo dueño de San José de Oruña, desde que expulsaron a los holandeses súbditos del imperio español de las tierras de Demerara y el Esequibo, y, por último, desde que el capitán Lawrence Keymis quemó a Santo Tomás de la Guayana y vengó en el gobernador Diego Palomeque de Acuña la muerte de Walt (Walter), el hijo predilecto de Raleigh.
Desde esos angustiosos días del siglo diecisiete, el Reino Unido se obsesionó de Guayana y aprovechó la participación de los legionarios británicos e irlandeses en la guerra de Independencia para proponer al Congreso de Angostura en enero de 1819 la formación de una nueva provincia que se llamaría Nueva Erin, capital Nueva Dublín y que abarcaría desde Mánamo siguiendo el Orinoco hasta el Caroní, Barceloneta y límites con Brasil. Provincia, por supuesto, habitada y gobernada por irlandeses.
Rechazando tal proyecto por el Congreso de Angostura, el Reino Unido adoptó por otra salida, la de avanzar desde Demerara y el Esequibo por las inmensas soledades de la selva guayanesa hasta provocar un conflicto como en efecto ocurrió con el llamado “Incidente del Cuyuní” que le permitiera dilucidar en forma conveniente una situación en la que ella, debido a su gran poder imperial, tenía todas las de ganar.
Con razón dice Enrique Bernardo Núñez, al considerar el “Incidente del Cuyuní” protagonizado por el general guayanés Domingo Antonio Sifontes que este “sin saberlo, estaba obligando a que el Reino Unido aceptara el arbitraje, aunque le faltó malicia para sospechar que de todas maneras seríamos burlados toda vez que una de las condiciones aceptadas para el arbitramento fue que no estuviéramos presentes en la defensa de nuestro territorio usurpado”.
Horacio Cabrera Sifontes en su libro “El Abuelo” donde expone lo del “Incidente” dentro de un marco histórico y de acontecimientos regionales en el que sobresale la figura del general Domingo Antonio Sifontes, señala esta condición absurda de la no presencia de Venezuela en el arbitramento, en cambio, el Reino Unido sí fue aceptada como juez y parte con la virtual tolerancia del gobierno de Joaquín Crespo.
De allí que, al producirse el Laudo Arbitral de octubre de 1899, Venezuela perdió 159.542 km² en la zona del Esequibo que siempre hemos venido reclamando. Pero habríamos perdido más porque era mucho más, 203.310 km², lo que el Reino Unido reclamaba.
En 1841, bajo los auspicios de la Royal Geographical Society, el explorador y naturalista Robert Hermann Schomburgk se envió en un viaje de exploración botánico y geográfica a la entonces Colonia inglesa de la Guayana Británica para definir las fronteras con Venezuela y Guayana Neerlandesa (hoy Surinam). Este dio lugar a un estudio que es lo que se conoce como la línea Schomburgk. Schomburgk trazó una línea fronteriza desde el río Moruca hasta el Esequibo de una extensión de 4.290 km². Luego trazó una segunda línea llamada Norte-Sur que abarcaba la desembocadura del Amacuro hasta el Monte Roraima, lo que representaba unos 141.930 km².
El Gobierno de Venezuela protestó lo que consideró una invasión británica en territorio venezolano. Cuando se descubrió oro en el territorio en disputa, el Reino Unido trató de ampliar su alcance, reclamando 85.000 km² adicionales al oeste de la línea Schomburgk. Y movian la línea una y otra vez que después de 27 años de muerto Schomburgk, continuaron moviendo las tropas inglesas de avance que llegaron a establecer un cuartel en la margen derecha del Cuyuní frente a El Dorado.
Cuando ocurrió el Incidente, era porque el patriotismo se le había revolcado en la sangre al General Domingo Antonio Sifontes, viendo casi impotente cómo comandos ingleses subían y bajaban a su antojo el Cuyuní, y una vez más empeñó tranquilidad familiar y fortuna para hacer la guerra, esta vez no contra connacionales en la viciosa lucha por liquidar la arbitrariedad y adecentar el poder político, sino contra los usurpadores de buena parte de nuestro territorio, contra los británicos que desde más allá de los mares se aventuraban a estas tierras indoamericanas para ver cuánto podían lograr.
Del protagonista de esta acción nos habla precisamente uno de sus descendientes directos en el libro “El Abuelo” impreso en Caracas por “Ediciones Centauro” a expensas de la Asamblea Legislativa que de esta forma resolvió el homenaje a que se sentía obligada con motivo del Bicentenario de Tumeremo.
Es el décimo primer libro de Horacio Cabreras Sifontes y consta de 253 páginas en nueve capítulos y un anexo que comprende reproducción facsimilar de cartas y gráficas de la época. Es un libro interesante, profuso de datos y bien documentado como todos los de este Señor inmerso en una vida intensa donde se conjugan las ansias del saber y la investigación con la creación espiritual y material que al fin materialista y concreto es él como toda la estirpe del llano y la montaña.
Como buen investigador lo caracteriza la objetividad, vale decir, la veracidad de las cosas, siempre ajeno a la superstición y vanas creencias como esa la del “Muerto de la Carata”, que esclarece al detalle en el libro por ser exactamente “La Carata” el Hato donde nació Domingo Sifontes, así como Mercedes, la madre del autor del libro.
El libro de Horacio termina con el “Incidente del Cuyuní”, y la gran manifestación en contra del Reino Unido en Caracas y las palabras pronunciadas por el doctor Luis Felipe Vargas Pizarro en la ocasión de la muerte de Domingo Sifontes ocurrida en El Callao a la edad de 78 años.
Pero el “Incidente del Cuyuní” a que se refiere este libro, más que un incidente fue una acción patriótica reflexionada con gran sentido patriótico y tal vez en conciencia de las consecuencias inmedibles. Y es que lo importante en ese momento de la acción, una acción de fuerza que se repitió en tres ocasiones, no eran precaverse de que se estaba ante un gigante, sino que el gigante estaba hollando tierra sagrada y había que expulsarlo sin miramientos ni temores.
Tener a los ingleses allí en Cuyuní frente a El Dorado con un “Department of Police of Cuyuní and Yuruan Rivers” como bien claro decía el letrero puesto en la fachada del Bungalow, no era para quedarse tranquilo a la espera del visto bueno del presidente Crespo que absurdamente le pidió a Sifontes más o menos que se hiciera el loco, sino que había que proceder como bien procedió aunque con ingratos resultados, pues luego de detener al comisionado inglés Douglas D. Barnes junto con la oficialidad y la tropa y remitidos todos a Ciudad Bolívar, fueron puesto en libertad casi en el acto por el gobernador o presidente del Estado, general Manuel Gómez Gil.
Por eso, la segunda vez que los ingleses enviaron a 30 hombres al mando de Michael MacTurk, la experiencia indicaba que no había que detenerlos sino espantarlos a tiro limpio. Algunos ingleses resultaron heridos, pero la lección quedó aprendida y nunca más se atrevieron remontar el Cuyuní hasta El Dorado. El 2 de enero de 1895 es por eso fecha memorable. Cuatro años después se produciría el Laudo Arbitral de París y todos conocemos la historia.
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