Cuentos reales y ficticios
El padre ciego y el niño anciano
Omer ya podía ver de un modo científicamente muy particular. Pero no eran sus ojos perdidos en un accidente lo que realmente le permitía ver, sino los 300 electrodos de titanio que un genio de la medicina electrónica le había instalado en su cerebro y aquella minúscula antena bajo su piel. En su pequeña cámara de televisión manual podía ver con ojos electrónicos a su pequeño Omerto hecho un guiñapo de anciano a pesar de sus siete años. Habría preferido seguir en tinieblas, pero no quiso defraudar al científico que se había interesado por su invidencia. Ahora parecía inevitable tener que sufrir el placer de poder percibir el mundo a través de la ventana de los ojos.
Lo del Síndrome de Hutchinson-Gilford que tanto le afectaba, apareció mucho después de su operación. Ocurrió cuando Omerto tenía apenas año y medio. Había nacido aparentemente normal y al quinto mes de gestado, su madre sabía que era varón. Fue una novedad de la más radiante alegría. Para saberlo, la madre sólo tuvo que esputar sobre un papel especial del laboratorio vaticinador del sexo fetal. La desgracia sobrevino como a los dos años de saberse que no sería hembra. Omerto se fue poniendo calvo y su piel sin tejidos, débil y transparente. El médico ha dicho ahora que el niño envejece prematuramente ocho por cada año. A los diez, tendrá la misma edad de su padre y estará al borde de la muerte. Omer lo sabe y llena con su llanto de titanio el día y la noche de su desgracia.
Un fígaro de película
Dalilo estaba pensativo, sentado al borde de una litera, tras la pesada reja del calabozo que un día antes le habían asignado para pagar la falta que a él siempre lo había hecho feliz. ¿Qué haría ahora, defenderse? ¿Qué podía esgrimir en su descargo si todo cuanto le imputaban era cierto? La penumbra del cine. Los cabellos de las damas seguidas por su rara patología. Las cajitas que él sólo podía distinguir a la onírica hora de excitarse con el cabello de ellas. Le atraían las mujeres de caballera libre, abundosa y ondulante: la dorada, castaña, negra pura, taheña, pero por nada lo atraía la de pelo afro o ensortijado. Era selectivo y las fijaba en algún punto de la ciudad, luego las seguía con sigilosa pasión detectivesca. Las averiguaba y llegaba un día en que podía capturarlas en el cine. Siempre sucedía cuando la pantalla se poblaba de imágenes luminosas y la atención del espectador era absorbida por la trama. Con toda naturalidad se sentaba detrás de la elegida y desde su butaca le tomaba y tijereaba el pelo sin que se diese cuenta. No había que cortar sino lo suficiente para llenar una cajita como las utilizadas antiguamente para los fósforos, pero concebida artísticamente y coloreada con el mismo color del cabello. Habría podido distinguir cada muestra con el nombre de la elegida, pero le bastaba con tocarla, percibir su olor y color a la hora propicia de rito que lo envolvía en vaporosa nube de amor y sexo.
Muerte a la carta
Paúl tenía diecinueve años cuando lo atropello un automóvil. Después no se supo más de su vida. Sólo su madre podía dar cuenta de ella durante noches eternas. También las enfermeras y los médicos del Hospital, impotentes ante aquel prolongado estado de coma. Paúl dormía su sueño más largo. No hablaba, no olía, no veía, no pensaba. Permanecía inmóvil, si acaso respiraba y aceptaba alimentos líquidos a través de sondas y en forma inoculada. Paralizado todo su cuerpo horizontal sobre una cama, respiraba no obstante lentamente y su corazón marchaba despacio. Cinco años en aquel silencio de estupor era demasiado para un hospital que no aguantaba mucha carga. De manera que Paúl, con su madre de vigilia al lado, debió regresar a su domicilio bajo aquel profundo sopor de inconsciencia y de impávida horizontalidad. Pero quienes viven en ese estado también enferman, aunque ya de por sí lo estén y no tardó en tener dificultades pulmonares. Paúl volvió a ser hospitalizado y una vez curado de la bronquitis, se trasladó de nuevo a su hogar. Paúl ahora tiene 42 años, de los cuales 23 en coma. Su madre, por supuesto, ya es muy mayor. Pasa de los sesenta y cada día es para ellos una oportunidad menos de vida. Sin embargo, la madre, fiel a los principios naturales, se niega adelantar para ningún penitente, la fecha de la muerte. Por eso, cuando se enteró de la posibilidad de una ley sobre la eutanasia, exclamó valiente y mirando fijamente a Paúl: “Estoy en contra de esa muerte a la carta”.
Esquizofrenia de amor
Delia era excepcionalmente bella, pero no podía disfrutar de sus encantadores atributos. Se lo impedía una personalidad complicada que la intranquilizaba desde lo más recóndito de su ser. Tenía diecisiete años y sus padres decidieron los servicios de un anciano psiquiatra que dirigía una clínica privada de orientación juvenil.
A muchas sesiones, sentada cómodamente en un sillón y otras tendida horizontalmente sobre un diván, asistió con esmerada puntualidad la hermosa joven. La voz suave del anciano le recorría por su cuerpo. Su sexo vibraba y cada vez las sesiones eran más felices.
Cuando Delia tenía recesos prolongados, recibía amorosas cartas con descripciones gráficas de actos sexuales que la hacían paladear un amor al que al fin no pudo resistirse. Una vez, no sabemos en qué sitio ni de qué forma, el anciano la habría poseído; pero luego, la muchacha no podía tranquilizarse. Su problema derivó en una esquizofrenia de terribles visiones que la sustraían de su mundo real. Después no soportó más al viejo, quien también tuvo que tratarse en una clínica para enfermos mentales. No obstante, Delia en su mejor momento de lucidez, se sintió perjudicada y demandó los reparos consiguientes ante un Tribunal. El anciano fue al estrado de la justicia y negó haber tenido relaciones sexuales con su paciente; sin embargo, admitió haberle escrito sesenta cartas de amor, alegando que eran parte de la terapia.
Extraño hallazgo
Un día impreciso, Serafín desplazaba su automóvil por la carretera a unos 120 kilómetros por hora cuando comenzó a surgir ante sus ojos el espejismo luminoso de una zaranda gigantesca. Sorprendido y nervioso por lo que veía, sus pies reaccionaron automáticamente dejando sobre el asfalto la estela rechinante de los frenos. Intentando despejar cualquier duda, cerró y abrió los ojos repetidas veces hasta que con un buen resultado la visión del objeto se deshizo, pero apareció corriendo menudamente en dirección al auto un animalito con las características de un perro. Serafín sintió que un gran temor lo invadía, pero decidió abordar al cachorro. Lo examinó cuidadosamente, lo acarició y terminó llevándolo consigo. Su automóvil de nuevo rodaba por la vía, pero no con la velocidad de antes, pues iba escudriñando palmo a palmo el cielo, el horizonte y el ambiente. Así iba hasta que decidió estacionarse y pensar seriamente en lo que le ocurría. Volvió a mirar al animal de ojos ávidos y pelaje gris. Por largo rato estuvo contemplándolo, dudando sobre si proseguir o regresar al cachorro a su lugar de origen. Se decidió por lo último, pero caminando de regreso, un lobo furioso le salió al encuentro. Largó el cachorro y corrió, corrió a esconderse hasta hallar un lugar emergente que, para mayor sorpresa y muerte, era la guarida del lobo.
Un ovni en los bifocales
Él está allí, mirando fijamente un punto en el firmamento en actitud contemplativa y con las manos casi hundidas en los bolsillos. Lo veo de arriba abajo y me detengo en sus pronunciadas entradas anunciado una calvicie incipiente. Es un hombre delgado, de piel cetrina y bigote entrecanos. Hurgo alguna señal en los ojos, pero sus lentes me lo impiden. Es mediodía y las calles están desiertas. El parece no sentir el refulgente Sol que me tuesta la piel. Me aproximo y al fin sale de su ensimismamiento.
Esbozó una tímida sonrisa después que lo enteré del tiempo largo que llevaba observándolo. Me dijo que lo absorbía un punto luminoso que yo no alcanzaba a ver tras su índice apuntando hacia más arriba del horizonte. Estaba convencido de que era un Ovni y no fue posible hacerlo desistir de su percepción hasta que una hora después escuchamos el ruido de un avión. Entonces me contó que hacía tres días le había ocurrido lo mismo y me preguntó si acaso no estaría alienándose con tanta literatura y películas de viajes interplanetarios. Esto me lo decía al tiempo que volvía la vista y miraba de nuevo el punto luminoso. No era el avión, pues para él, allí más arriba del horizonte buscando en dirección norte, seguía el Ovni virtualmente plantado con su aura de luz. Entonces amablemente le quité los lentes. Los limpié con mi pañuelo y luego se los colocó. Volvió a mirar, pero ya el Ovni pulcramente había regresado a su base.
Maullido gatuno
Rebeca escasamente sabía del sol y del amor paternal. Sólo de las sombras y del aire viciado del escaparate. Para ella, los juguetes de la infancia no existían mientras permanecía allí en el escaparate períodos largos en cuclillas, padeciendo el silencio de la espera y los simples latidos de sus vísceras.
Tenía Rebeca apenas nueve años y desde que sus padres descubrieron que no era desenvuelta, parlanchina, alegre y traviesa como el común de los niños, se avergonzaron de ella y para que no denunciara su retardo la ocultaban dentro de aquel armario cada vez que debían salir o llegaba alguien de visita.
Rebeca, mientras permanecía encerrada, lloraba y su llanto era un lamento que un día imprevisto su prima Dolores, quien llegaba de lejos por sorpresa, percibió como el maullido de un gato. Cuando abrió la puerta del armario, el gato o la rana o la niña, con todos sus olores, se le metió como un huracán por los ojos y le batió el alma. Dolores sudó fría cuando vio que la niña, sentada en sus propios excrementos, procuraba salir moviéndose como una rana. Desde entonces, Rebeca no perturba a las buenas visitas ni maúlla ni salta como un anuro. Se recupera. Ha crecido y aumentado algunos kilos. Un Juez de menores ejerce su custodia mientras sus padres pagan una fuerte condena.
Vida milagrosa
Cirujanos obstetras extrajeron a Lazarina del vientre de su madre en un parto nada normal. Se había gestado ella fuera del útero. Los médicos explicaron entonces que el óvulo después de haber sido fecundado retrocedió a la trompa de Falopio y dejó el sistema reproductivo a través de una apertura entre la trompa y el ovario. Fue indudablemente un extraño caso como extraña igualmente fue su virtual muerte y resurrección. Tenía 25 años cuando Lazarina visitaba el Cementerio invitada por su padre y éste le disparó con un arma de fuego al tiempo que la acusaba de haber deshonrado el nombre de la familia al tener relaciones amorosas nada convencionales. Del suelo, desplomada, el padre la tomó. La arrojó al fondo de una tumba recién abierta muy cercana y la cubrió creyendo que estaba muerta. Varias horas después, un aterrado celador comunicó a la Policía que había visto moverse la tierra de una tumba. Lazarina había recuperado el conocimiento y pugnaba por salir de aquel infierno.
El Muchacho aquél
Hace unos cuantos lustros que vivo buscando en la niebla del recuerdo un forastero que vivía en mi patria ensangrentada y me salvó la vida. La República sucumbía bajo la carcoma de las guerras fratricidas. Apenas tenía once años. Era un lugar pintoresco de la ciudad y una torre con un tanque de agua donde había refugiados de las explosiones mortíferas. Al fin sucedió lo que entre rezos y llantos todos temíamos. La torre se desplomó de un cañonazo con su inmensa ola y una corriente me arrastró hasta un río cercano. Un hombre largo y blanco, con un gordo morral y un fusil, me rescató de la corriente. Mis piernas las sentía y veía desechas entre sus brazos robustos y velludos. Al fin llegamos a un lugar seguro y no recuerdo en que lenguaje me dijo que era de un país remoto. Cuatro décadas han pasado. Hoy me he encontrado con un viejo soldado de la célebre Batalla de Ciudad Bolívar y él me ha puesto en contacto telefónico con otro viejo camarada que conoció la historia y me habló de ese soldado extraño que me recató llamado José Garibaldi, descendiente de Giuseppe Garibaldi, revolucionario nacionalista italiano y líder de la lucha por la unificación e independencia de Italia. El encuentro a distancia me ha hecho feliz. Recordamos. Precisamos detalles. Lo visitaré algún día. Quiero darle las gracias a esta edad. Le llevaré un regalo. El quizás tiene –ya me lo anunció- otro regalo para mí. Se llama “El Muchacho aquél”, un capítulo de su libro sobre la Revolución Libertadora.
Cithya, la hija de la Guaricha
Citnya, -así creo que se llamaba –era de Casanare, un pueblo de los llanos colombianos cercanos al Orinoco. Su madre, al parecer, era una guaricha que la tuvo con placer de ocasión en mala hora. Citya, por lo tanto, nació en miseria y a disgusto. Su vida retozando en el seno de la madre apenas si duró siete meses, es decir, hasta que por esos predios pasó una pareja estéril que dijo ser de Massachussets y la adoptó con facilidad increíble.
En su nuevo hogar, Cithya experimentaba la bondad de otro clima y todo parecía ir bien hasta que sintió la necesidad de la leche materna a la cual la tenía habituada su madre guaricha. Aquel biberón de farmacia y el seno en estación de estío de su madre adoptiva no la engañaba y Citya entonces comenzó a morirse. Los médicos que la observaron imploraron un SOS y todo el condado salió en auxilio. Mil madres dejaron por un rato de amamantar a sus hijos y un millar de biberones de leche materna congelada llegó a la casa de la niña desganada y triste. A Citya, por supuesto, le volvió el alma al cuerpo y sus padres de adopción respiraron contentos. Citya ahora evoluciona sin problemas y desde su cuna contempla con aire filosofal la enorme cava que guarda su gran provisión de leche.
Sorpresa de cumpleaños
Rodar, volar, pedalear un biciclo como el que tiene su vecinito que nunca se salta una tarde restregando su sillín. Eso era lo que el chico anhelaba porque ya estaba aburrido de esa patineta cojitranca y desgastada. De buena gana la metería en el aljibe del patio de aquella casa abandonada y cuando mamá le preguntara podría variar el cuento con el cual lo han tenido siempre engatusado: Seguro que se la llevó San Nicolás para traer de vuelta la bicicleta. Y siempre sería lo mismo: No te quejes David que Dios tarda, pero llega. Y mira que un día de verdad llegó la bicicleta y su madre la guardó en la casa vecina para que de allí emergiera como sorpresa de cumpleaños. Pero la familia vecina se fue de viaje el día en que la casa de David estaba sola, por lo que no le quedó más remedio que dejar la bicicleta recostada de la puerta de la calle. Cuando David regresó de la escuela, llamó, como un buen chico, a la policía y esta de inmediato se llevó un accidentado y rodante regalo de cumpleaños.
La playa de coral
La madre se había quedado rezagada recogiendo fósiles marinos, conchas y caracoles sin vida que luego echaba en una cesta. La niña Aror se había adelantado y se hallaba distante, maravillada y detenida. Sorpresivamente se había encontrado con un banco de caracoles, algo así como un sueño de su infancia. Se imaginaba una hawaiana ataviada de collares, brazaletes y pendientes con todos los colores de aquellos celentéreos: rosa, pardo, oro, púrpura. ¡Qué bello era el mar crepuscular sobre los arrecifes! Pero lo que más la ensimismaba era la anémona enraizada sobre el lomo limoso del caracol que a la vez servía de cueva a un cangrejo solitario. Su iluminación comenzó a volar. El mar, azul e inmenso como el cielo. La anémona como una rosa, el caracol como un asteroide y el cangrejo, diminuto ermitaño.
La madre, cuando se le acercó con toda la piel teñida de sol, no encontró semejanza alguna entre El Principito de Antoine de Saint-Exupéry y el caracol de los arrecifes e inquirió sonriente: El Principito ¿con tenazas? Y la niña respondió con otra interrogante: pues bien, ¿con que se va a defender? Y la madre reflexionó: ¡Ah, la espada! y se acostó sobre la arena tibia mientras las olas se deshacían en espuma contra las plantas de sus pies. Entonces recordó las clases de biología y trató de explicarle lo que era el mutualismo y la simbiosis, pero la niña no escuchaba la rara terminología profesional sino el silencio de la anémona navegando con remos de crustáceo sobre el rielar de sinuosos arrecifes.
Suicida otoñal
Ese mal que ahora lo atormenta atenazándole un pedazo de cerebro podría ser psicosomático, como dicen los médicos que nunca le encuentran nada; pero lo cierto es que está allí como tumor maligno enervando su existencia.
Ahora que ha vivido setenta traslaciones, todo le parece sin sentido, de suerte que para él no hay otra alternativa que acortar la distancia entre la vida y la muerte. Allí está el revólver que heredó su padre. Conserva sus proyectiles intactos y la lubricación que jamás le ha faltado. Seguro que no lo hará fallar en el preciso instante tantas veces deseado bajo la impotencia de su edad.
Entregaría el sobre cerrado a la recepcionista dirigido al director de la funeraria explicándole los motivos de su determinación y anexándole un cheque por el valor de los funerales, de suerte que nadie pudiera condolerse de él en ese sentido, ni siquiera con un cortejo de familiares y allegados que pudiera originar una luctuosa tarjeta de invitación, pues no la había incluido en la cuenta. No deseaba una compañía que sólo fue solícita mientras gozó de juventud y comodidad.
No obstante que la amistad le fue virtualmente profusa, nunca de veras la necesitó como no la necesita ahora que ha abreviado la distancia y se encuentra frente a esa amable recepcionista de la funeraria, a quien ha resuelto entregarle también las llaves de su automóvil. Ella nada entiende y se apresura a llamar al Administrador. Justo en ese instante saca el arma y se dispara.
El bebé, el mono y la mona
El niño de tres años, 15 kilos de peso y 35 centímetros de altura, vivía en un hotel de la ciudad, propiedad de sus padres y sorprendentemente tomaba aguardiente desde los ocho meses de edad, cuando sus padres comenzaron a darle en un algodón para que no llorase. Todo empezó un día cuando el bebé paseaba con su madre, vio una llamativa botella de ron y comenzó a llorar desesperadamente. Su madre empapó un algodón en el licor y se lo pasó por los labios. Entonces cesó de llorar y jamás dejó de tomar sus tragos diarios, escuchando su canción preferida: “yo bebo sí, estoy viviendo, quien no está bebiendo está muriendo, yo bebo sí”. Pero un día se le complicaron las cosas cuando al mono que domesticaba la familia, el niño le frotó alcohol en la boca y el cuadrumano despertó en una “nueva personalidad” o, como se dice en buen criollo, con “una mona” terrible. Los chillidos del mono que mordía las patas de mesas y sillas alarmaron a los huéspedes y transeúntes, quienes llamaron a la policía. Abiertas las averiguaciones sólo el mono fue detenido porque el responsable, obviamente, resultó ser menor de edad.
El enano más enano
El enano, a los ojos de quien lo veía, podía ser el enano más enano del mundo pues apenas medía sesenta centímetros de estatura. Había llegado al Orinoco a bordo de un barco de vapor de ruedas como parte del elenco de un circo. Era de Budapest y había traído en su equipaje un buen abastecimiento de páprika y cebolla húngara, condimentos favoritos que lo hacían sentir bien a la hora de actuar. Asimismo, una caña de pescar pues la pesca era su deporte favorito. De manera que con sus 34 años a cuesta que decía tener y luego de haber comprado ropa ligera en una tienda para niños, se fue con sus anzuelos a descubrir la fauna Orinoqueña, pero tan pronto tiró su cordel se le pego un pez tan grande que lo arrastró con aparejo y todo. Su desaparición causó honda consternación en la ciudad cuyos habitantes se movilizaron a un rescate que parecía infructuoso, pero poco después un pescador de La Encaramada capturó un Lan-lau gigante y al abrirlo encontró en sus tripas al enano, quien, al verse en los ojos abismados del pescador, exclamó sonriente: ¡Hola, casi me asfixio!
Ámbar se tragó a su guardián
Por su llamativo color ámbar lo distinguían en el Zoológico. Hacia veinte años que lo habían traído del África Oriental. Su cola era descomunal. Medía aproximadamente cien centímetros y terminaba en una borla. Un día ingrato, después de solearse sobre una roca, se oyó su estentórea voz y cuando los visitantes se acercaron a la reja, el león doblaba con una garra la cabeza del Guardián al tiempo que lo engullía con su innata ferocidad. Más allá un elefante, una jirafa, un antílope y una cebra contemplaban la macabra escena y constataban una vez más la resistencia de la cerca.
Cosas de la guerra
Un soldado de la V División de Selva tras pasar la noche en un campamento se reintegró al pelotón en un sitio estratégico del combate durante El Carupanazo contra los enemigos del gobierno. Hasta cierto tiempo estuvo disparando con el fusil sostenido en sus brazos. Luego para no continuar soportando un arma que pesaba más de cuatro kilos, desplegó culata y bípode y comenzó de nuevo a disparar balas 5.56 a razón de 650 por minuto. Al final de la primera ronda se hartó de tanto fuego y se tendió en la arena. Vinieron los camilleros de la Cruz Roja y se lo llevaron. Horas después resucitó entre vivos y muertos.
El Niño prodigio
Waruma, a la edad de tres años, dominaba el inglés, el alemán y, por supuesto, su propio idioma. Resolvía complicados problemas de cálculo diferencial e integral sin ninguna dificultad y era además un excelente calígrafo que llevaba un diario donde contaba todo cuanto le acontecía. Pero Waruma tenía un problema: no le gustaba bañarse ni cortarse el pelo y creía que las nubes eran realmente de algodón y que se podía hilar ropa con ellas para vestir a los desarrapados que tanto lo deprimían. Un día para comprobarlo se fue a un Tepuy de La Gran Sabana coronado de nubes, y no volvió jamás. Su padre, un profesor de la Universidad de Oriente, al darse cuenta de la increíble aventura de su niño, se compró un telescopio y desde entonces lo busca desde la despejada azotea de su casa.
El hombre alcancía
El hombre, desconcertado por lo que leía diariamente en los periódicos, terminó desconfiando de los bancos y cajas de seguridad que la propaganda comercial ofrecía como invulnerables. De manera que, para mayor tranquilidad, según suponía, se fue tragando sus ahorros moneda tras moneda hasta llegar a una cifra que al final sirvió para pagar la clínica y al cirujano.
Burro travieso
El campesino no trabajó la tierra ese día, sino que montó en su burro y se vino al pueblo a cobrar un crédito que le había otorgado el Instituto Agrícola y Pecuario del Estado. Después de cobrarlo se relajó dando vueltas por la ciudad. De pronto sintió ganas de animarse y entró a una cervecería del Paseo Orinoco. Ya de regreso y con el sol transfigurado en crepúsculo no aguantó el trote del burro y se puso a descansar bajo la exuberancia de una Ceiba. Cuando el astro rey reapareció encandilando su rostro, sintió un cosquilleo en el lado de la faltriquera. Entonces vio cómo el burro tenía pedazos de billetes en el hocico y rebuznaba con deleite.
Afición borrica
Mi abuelo tenía un burro que montaba los domingos para ir de paseo. Pero el borrico cada vez que escuchaba música grabada o en vivo venida de algún lugar, se estacionaba y negaba a reanudar la marcha hasta que la música terminara. Un día mi abuelo decidió llevar a su Platero a disfrutar la retreta y éste, no satisfecho con escucharla como todos los demás, entró a la Plaza Pública y se puso con su batuta a dirigir la orquesta.
Genocidio
Una vaca descarriada pasó casualmente por el matadero y vio cómo su raza era víctima del genocidio más espantoso. Horrorizada por lo que había visto se reintegró de nuevo a su rebaño y por la noche se produjo una consternada conferencia que culminó con la ruina del hacendado, pues todas las del rebaño se refugiaron en la embajada de la India.
El loro de oro
El dueño de un bar, desesperado por la cuenta telefónica, se compró un loro que enseñó a gritar como charro tapatío mientras lo alimentaba con cerezas de los cócteles que dejaban sus clientes. Cuando a uno de ellos se le ocurría usar el teléfono el papagayo se le ponía eufórico y la comunicación se interrumpía. Más tarde se descubrió que el tono del grito del loro ebrio se ponía en la misma frecuencia de instruir a la computadora para que desconecte la línea, registre el tiempo y haga el cálculo para la cuenta.
Problema de cerrajería
Inocencio, para asunto muy particular, logró una audiencia con el prelado de la ciudad y observó, lleno de curiosidad, colgando en una de las paredes del Palacio Arzobispal que el Escudo del Papa exhibía dos llaves cruzadas con idénticos dientes. ¿Cómo pueden ser idénticas las llaves del Paraíso y del Infierno? Se preguntó y preocupado abandonó el Palacio. Se fue a la biblioteca e identificó las llaves como las mismas. Volvió a pedir otra audiencia, esta vez para discutir con el arzobispo el asunto, pero un sacerdote oportuno apaciguó su agobio: “No habrá equivocación cuando mueras porque ambas llaves son del Paraíso”.
Libre por amor
No era mortal su pecado, pero la castigaron con cárcel y presa quedó con todos sus seductores atributos. Tenía unos ojos mágicos y eróticos y una piel de ámbar que sacaban al guardia civil de juicio. Una noche de connivencia y para mayor emoción, Día de San Valentín, ambos salieron furtivos a desafiar los lugares nocturnos de la ciudad abierta, pero cuando él se quedó dormido en la cama del motel, ella irremisiblemente se volvió golondrina.
El fantasma del riñón
Nunca había alcanzado a saber de la importancia funcional del riñón ni de lo que se podía padecer por una falla renal, hasta que aquellos dolores acompañados de fiebre obligaron al nefrólogo a practicarle diálisis por algún tiempo y finalmente a sustituirle su víscera por la de un donante muerto. Lo que jamás pudo corregir después el eficiente nefrólogo fueron las alucinaciones del paciente en las que se sentía atacado por el fantasma del donante.
El contador de estrellas
Harto del acreedor que persistentemente lo conminaba a pagar, el deudor decidió cancelar su cuenta acumulada, pero de manera que pasara trabajo contando lo que tenía que pagarle. Así que se las arregló para convertir 14 mil bolívares en centavitos que distribuyó en manejables talegas. Luego se presentó a la casa del implacable cobrador y éste al ver los pesados bolsones se sorprendió, pero luego esbozó una sonrisa placentera porque, pensándolo bien, contar monedas hasta cierto punto, venía a ser casi lo mismo que su insólito hobby de contar estrellas.
La tentación de amar
El sacerdote inició la lectura del Evangelio, luego terció la cinta roja sobre el libro abierto y se dirigió a los fieles con voz pausada que gradualmente fue tomando calor hasta resonar en el sagrado recinto. Los fieles escuchaban, de pie unos y sentados otros, el sermón de aquella mañana fría que enfatizaba constantemente: ¡No te me declares! ¡No te me declares! Repetía el sacerdote y los feligreses persignándose se miraban entre sí como tratando de percibir un gesto delator, algo así como una mano temblorosa, una lágrima de aflicción, hasta que una candorosa niña cayó desvanecida en este pasaje del sermón: “…y aunque las frases epistolares de la joven son de buen trazo, mucha limpieza y pureza de sentimientos, no me dejaré seducir por esas tentaciones”.
Jueces sin sesos
Su intuición le advirtió que perdería la custodia de sus dos hijos, por eso, el día de la audiencia, se presentó ante los jueces que habrían de sentenciar y cuando éstos se pronunciaron, se levantó impulsivamente, desenfundó un cuchillo de carnicero de 23 cm, lo clavó dramáticamente sobre una mesa frente a los dos jueces y luego le lanzó trozos de sesos gritando: “un poco del cerebro que les falta”.
Matrimonio luctuoso
El padre no quería perder a su hija ni siquiera en matrimonio. Separarse de ella por cualquier motivo equivalía a la muerte, de manera que cuando supo que su hija eligió casase con el pescador que había conocido en un festival de la Universidad, se puso furioso y publicó una nota necrológica en el periódico local invitando a sus amigos a los funerales. Ella, ni corta ni perezosa, tras casarse en la ciudad donde estudiaba, retornó a su pueblo a pasar la luna de miel e igualmente publicó otra nota luctuosa agradeciendo a quienes habían asistido a sus “funerales”.
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