Batalla de Waterloo
El 18 de junio de 1815 se libró la célebre Batalla de Waterloo que puso término a la carrera política y militar de Napoleón Bonaparte, Emperador de Francia y quien logró dominar gran parte del continente europeo a comienzos del siglo XIX.
Regresado de la isla de Elba donde pagaba en exilio el fracaso de su invasión a Rusia y la pérdida de la batalla de Leipzig que volvió el reino a Luis XVIII, Napoleón se restituyó de nuevo en el poder y realizó grandes preparativos militares para hacerle frente a sus enemigos ingleses, austriacos, prusianos y holandeses.
La batalla se libró en la fecha señalada, desde las 11:30 de la mañana hasta pasadas las cuatro de la tarde, a 16 kilómetros al sudeste de Bruselas (Bélgica). Las fuerzas aliadas integradas por británicos, prusianos, holandeses y alemanes estaban comandadas por el general británico Arthur Wellesley, duque de Wellington. El general inglés disponía de 93 mil británicos, alemanes y holandeses y 16 mil prusianos. Las fuerzas francesas la integraban 124 mil hombres activos y 65 mil en posición de retaguardia. El ejército aliado estaba dispuesto para la lucha en dos cuerpos y conservaba una distancia de varias horas del ejército francés. Napoleón decidió atacarlos por separado. Primero atacó al ejército prusiano y lo derrotó, luego marchó contra Wellesley y esperaba la llegada del mariscal Emmanuel de Grouchy con 33 mil hombres para el golpe definitivo.
Las órdenes ambiguas de Napoleón el 17 de junio a su subordinado el mariscal Grouchy de perseguir a los prusianos con 30.000 hombres contribuyeron finalmente a la derrota de Napoleón. Grouchy, no siendo un madrugador, empezó la persecución tarde el 17 y el 18. El 18, con el ala derecha del ejército del norte reforzada con un cuerpo de caballería, ignoró el consejo del mariscal Étienne Maurice Gérard de «marchar hacia donde se oía el cañoneo» en Waterloo y se enfrentó a la retaguardia prusiana. Grouchy persigue a los prusianos que habían huido y no puede socorrer a las diezmadas fuerzas de Napoleón.
Cuando Napoleón dejó inesperadamente el campo de batalla a las primeras horas de la tarde el mariscal francés Michel Ney confundió una maniobra aliada para reposicionar sus tropas más atrás de las colinas con una retirada general. Sin consultar, ordenó avanzar a un regimiento, luego a otro, luego a otro, hasta que un masivo asalto de unos 5.000 efectivos de caballería atronaba subiendo la pendiente. Los ataques fueron repelidos doce veces por los sólidos cuadros de infantería aliados, el rápido fuego de la artillería británica obligó a la caballería francesa a retroceder para reagruparse y los decisivos contraataques acabaron por desbaratar la desordenada ofensiva imperial.
Esto significó la causa de la derrota de Napoleón y de aquí que la historia juzgue severamente a este general francés al igual que al mariscal Ney. Los franceses perdieron 40 mil hombres y 22 mil los aliados. Derrotado Napoleón en la batalla más cruenta de la historia moderna, abdicó por segunda vez y se entregó prisionero. Esta vez fue a parar a la isla de Santa Elena, donde terminaron sus días mientras la monarquía borbónica quedaba de nuevo restaurada en la Francia revolucionaria.
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